Galeras nilidias, capítulo primero: Un tiempo nuevo

«La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar. Por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida» (Miguel de Cervantes, 1547 1616).

Dice un viejo refrán nilidio que, «Hasta para poner en marcha la travesía más impensable, basta con tener suficientes monedas». Ése es el mundo que conoció la dama Escila: un mar de guerras injustificables, piratas a sueldo de los reyes, batallas navales, traiciones diarias e islas que cambiaban de dueño cada dos semanas.

Los corsarios de las islas de Pago lo llamaban el Gran Mar, y contaban que desde tiempos inmemoriales había sido suyo, pues afirmaban provenir de un pueblo antiguo y perdido cuya tierra había sido devorada por la furia de las olas. Los más ancianos narraban junto a las hogueras leyendas acerca de un reino olvidado allende el Gran Mar, limítrofe a las Columnas de Hércules, donde diez reyes fueron concebidos entre un dios y una mortal el dios de las aguas y la hija del mundo, pero por su arrogancia no sobrevivieron a aquellos primeros tiempos. La historia había cambiado mil veces en distintas épocas, y ahora ya es imposible saber cuánto de cierto había en ella, pero ¿qué más da?

En Pago existía una versión diferente para cada oído, e incluso ésta cambiaba según el tamaño de su bolsa de monedas y lo atento que estuviese a ellas. Siempre había alguien más hábil, más listo, más fuerte o simplemente más dispuesto a ganar, y en ese lugar del demonio los perdedores siempre acababan bajo las aguas.

Ah, si el Gran Mar tuviese voz propia, cuántos reinos temblarían

Pero la historia que nos ocupa no es la del origen de Pago, de la que no podemos concluir nada con certeza, sino la de cómo aquel pozo de iniquidad se convirtió en el centro del mundo, sus caballeros fueron venerados como grandes hombres y su diosa resultó aclamada por multitudes que en nada se parecían a ella, ni en su raza, ni en su país de origen, pero todos compartían un mismo objetivo: la libertad.

Para Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago, la historia comenzó en el ocaso del tres de abril de 1564, aunque, como ocurre con todas las buenas historias, en realidad había empezado mucho antes de que Hassan interviniera en ella, y terminó bastante después de su muerte. La cuestión ya provenía de 1453, cuando los turcos se hicieron con Constantinopla y desestabilizaron al mundo cristiano. O tal vez un año antes, con la bula Dum Diversas, que legitimaba el comercio de esclavos por parte de los portugueses. O quizá el problema empezó con las incursiones turcas en Europa para hacerse con prisioneros dispuestos a pagar caros rescates. O con la tribu de los yoruba, que vendían a sus enemigos a cualquier comerciante, turco o europeo, que quisiera pagar por ellos.

Qué más da. Hassan no sabía leer ni escribir, así que desconocía aquellos hechos. Cuando él llegó, Pago ya era un grandioso imperio enriquecido a base del comercio de todo tipo de esclavos, y seguiría siéndolo hasta bastante después, más allá de los reyes, los dioses y las nacionalidades que perdurasen, pues el odio es común a todos los hombres, igual que su deseo de libertad. Por eso es tan frecuente que los conquistadores priven de ella a los conquistados, y que éstos luchen hasta la muerte por recuperarla, ya que pocas cosas hacen la vida más indigna que la ausencia de libertad.

Aquel atardecer del tres de abril, los guardianes del puerto de Gadiro vieron surgir del ocaso la extraña embarcación, y al instante supieron que iba a traer problemas. Era una grandiosa galera de Azaes, uno de aquellos modelos colosales, y al mismo tiempo extremadamente ligeros, que antaño utilizaban los corsarios de todo el Gran Mar, y con los que hicieron temblar a reyes y papas. Con veintisiete bancos de remeros por banda, bogando a tercerol (1); dos palos o árboles —el maestro y el trinquete, este último más pequeño, igual que su vela, y situado hacia proa—; un espolón con forma de furioso tritón, mitad hombre musculado y mitad pez; dieciocho cañones distribuidos por toda su superficie —el gigantesco cañón de crujía y cuatro culebrinas en la proa, y el resto esmeriles y pedreros repartidos por las bandas y en la popa—; tres enormes faroles iluminando su parte posterior —los fanales—, situados en línea, como los de los barcos de la realeza; y enteramente pintada de un verde mar, a diferencia de las galeras de su época, que eran siempre rojas… constituía un espectáculo digno de ver.

Hassan la descubrió en la lejanía y no tardó demasiado en reconocerla: era la Atlántida, un bajel de aciago recuerdo que en otra época había diezmado las flotas de muchos países a base de muerte y fuego indiscriminado. Sus hazañas se contaban entre susurros, pues de aquel entonces ya no quedaba ningún pirata vivo, y los cascos de sus portentosas naves se acumulaban ahora en los cobertizos del sultán, que gustaba de ir a verlos acumulando polvo, humillados en su derrota. Y sin embargo allí estaba la Atlántida, atrevida, como si por ella no hubiera pasado el tiempo.

Tanto tiempo, y tantas cosas que habían ocurrido desde la batalla de las islas de Pago, que acabó con una era de nobleza y eliminó cualquier atisbo de rebelión contra el sultán. Ahora los delegados de la Sublime Puerta (2) se paseaban por Pago con una altanería que en otro tiempo habría sido impensable, y sus andares chulescos, sus exigencias en el abono de los tributos y sus constantes vejaciones provocaban el odio de todos cuantos habían conocido aquellos días lejanos, cuando el nombre de Pago era pronunciado con reverencia, por la cuenta que les corría.

Ahora, en cambio, Hassan debía lucir en su barco las enseñas del sultán, y dar gracias por seguir vivo y mantener su puesto de vigía, sin que lo hubieran desollado como a otros. Así pues, es normal que se estremeciera al ver acercarse a puerto la figura elegante y pausada de la Atlántida, que venía envuelta en bruma y en sangrientas promesas de futuro, mientras la acompañaba un silencio aterrador. Los hombres de su propio navío guardaron silencio al verla, pues también eran conscientes de a quién pertenecía, y lo que iba a ocurrir cuando atracase. Un escalofrío recorrió a toda la tripulación, y Hassan ordenó que se aproximaran a ella, para poder inspeccionarla.

Él era el honroso capitán de la galeaza Anofis, una enorme embarcación con tres palos, treinta remos y veinte cañones que se encargaba de custodiar el estrecho de Gadiro, que daba acceso al puerto. Uno de los más concurridos del mundo, sobre todo a partir de la desaparición de los piratas, que habían hecho estas aguas mucho más seguras. Aun así, la presencia de la poderosa Anofis, secundada por otras cuatro galeras de menor tamaño y potencia de fuego, y de las altas torres de vigilancia que se levantaban a ambos lados del estrecho, garantizaban un recibimiento adecuado a quien pretendiera venir a dar problemas. La galeaza se movió, lenta y segura, en dirección a la recién llegada, mucho más ágil que ella. No tuvo que acercarse demasiado para que Hassan reconociera a muchos de sus tripulantes, viejos amigos a los creía perdidos: el cómitre Abban Paloukis, con su ayudante, el sotacómitre Tammâm; el escribano Philippe Joubert; el maestro de azuela o mestre d´aja, Ierolai; los artilleros Klaus y Bergman; el timonero Yusuf y el médico barbero, sir Alan de Braemar.

La veterana tripulación de la Atlántida, en definitiva, a los que él mismo, igual que otros, había entregado a los turcos para que los matasen, a cambio de una palmadita en la espalda.

Tal pareciera que era verdad, como contaban los rumores de las últimas semanas, que Danaga, dios emperador de las islas de Pago y señor de los piratas del Gran Mar, había logrado escapar de la prisión donde lo encerrara su propio hijo, y había vuelto a casa a reclamar lo que le pertenecía. Sin duda ése era el día en que la sangre iba a inundar los antiguos palacios, y todas las cuentas serían saldadas.

Entonces, ¿quiénes eran las extrañas mujeres que se erguían en la proa, contemplando el puerto, y cuál era el papel que les deparaba el destino? ¿Y dónde se había metido Danaga, que no lograba verlo por ningún sitio?

Una vez más, Hassan se maldijo por no poder conocer toda la historia y, por si acaso, desenvainó la espada. Si los demonios habían venido a establecerse en Pago, él no sería el primero en visitar el infierno.

LEER CAPÍTULO SEGUNDO EN ESTE ENLACE

.

REFERENCIAS

  1. Clásicamente las galeras organizaban a sus remeros en dos líneas de bancos separados por un espacio central llamado crujía, que discurría libremente de proa a popa. En cada banco se sentaban tres hombres, cada uno con un remo de distinto tamaño, viéndose obligados a remar de manera coordinada, en lo que se conoce como boga a tercerol. Es a partir del siglo XVI que ésta se sustituyó por la boga a galocha, en la que los tres remeros de cada banco manejan un único remo.

  1. Sublime Puerta: En turco, bâbi âli. Mítica entrada a la corte del sultán de Estambul, próxima al Palacio Topkapi, donde el Gobierno del Imperio otomano recibía de manera oficial a sus visitantes extranjeros. Por extensión, el término «Sublime Puerta» ha acabado denominando al propio gobierno como representación del Imperio en su conjunto.

Un comentario en “Galeras nilidias, capítulo primero: Un tiempo nuevo

  1. Pingback: Galeras nilidias, capítulo segundo: El hogar de los piratas – Gabriel Romero de Ávila

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s