Galeras nilidias, capítulo segundo: El hogar de los piratas

«Ayer lloraba el que hoy ríe, y hoy llora el que ayer rio» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

 

A mediados del siglo XVI, el mundo se encontraba dividido en dos frentes eternamente enemistados: el Occidente cristiano y el Imperio turco, y en el medio estaban los corsarios de Pago, tan sólo leales a sí mismos y a su feroz sentido de la libertad. O al menos así era hasta que Danaga, Dios Emperador de Pago y señor de los piratas del Gran Mar, fue traicionado por su propio hijo y entregado a los turcos.

Por eso, el día en que la galera del emperador Danaga volvió a Gadiro, el mundo entero se estremeció, y él y su tripulación reclamaron venganza.

El puerto de Gadiro era uno de los más importantes de aquella época, sin mucho que envidiar a ciudades como Nápoles, Constantinopla o Cartagena. Tanto en el aspecto comercial como en la presencia de ejércitos y barcos de guerra, Gadiro sobresalía como una visita obligada para la mayoría de los mercaderes, soldados, diplomáticos e incluso reyes. En su atracadero se reunían, a no mucha distancia, toda clase de carabelas, fustas, naos, jabeques, bergantines, un par de dromones que se habían salvado de la caída de Bizancio e incluso un pequeño drakkar vikingo proveniente de tiempos perdidos, al que conocían como El Navío Blanco. No en vano la realeza de Pago se había hecho famosa desde siempre por atesorar las mejores embarcaciones del mundo, y los astilleros de Azaes —el reino más próximo al de Gadiro—, por elaborarlas de un modo tan portentoso que con frecuencia parecía magia en vez de ciencia. Desde la época del Imperio romano, grandes constructores viajaban a Azaes para intentar descubrir los secretos de la fabricación de sus naves, pero era éste un conocimiento sólo al alcance de los muy iniciados, hasta el punto que conformaron una hermandad llamada La Unión del Oricalco, que únicamente compartía el saber entre sus adeptos. Así, el valor económico de Pago se mantuvo a lo largo de los siglos, y pocas eran las naciones capaces de competir con ella.

En el atardecer del tres de abril de 1564, la orgullosa galera Atlántida atravesó el cerco defensivo que imponían los barcos de Pago y sus altas torres de vigilancia. Discurrió suavemente por sus aguas plagadas de mercaderes, soldados y contrabandistas, y se acercó a puerto. La bahía de Gadiro, dispuesta en semicírculo y parcialmente cerrada por el estrecho del mismo nombre —donde las defensas lo tenían fácil para proteger la ciudad—, era una de las más hermosas del mundo. Con su miríada de pequeñas casitas blancas iluminadas por aquel sol rojo, sus brillantes minaretes y su oleaje suave acariciando el puerto, Gadiro se había convertido en una mezcla extraña de apátridas, turcos, cristianos, comerciantes sin honor y demás escoria de tantos mundos. En definitiva, gente que se ocultaba en la belleza de sus callejuelas empedradas para realizar actos innombrables. De hecho, Gadiro era una ciudad muy distinta de día y de noche, y los demonios se quitaban el disfraz tan pronto como el sol se escondía.

Abban Paloukis, el cómitre de la embarcación, observó su destino y se sintió feliz de haber llegado por fin a casa, aunque era consciente de que su trabajo no iba a ser agradable. Sabía que, cuando estallara la guerra, ni los cientos de barcos que se hallaban ante sus ojos podrían detener la furia de su capitán, así que abandonó el castillo de proa, olvidó la hermosa imagen de Gadiro y se concentró en su tarea.

Él era el encargado de coordinar a los galeotes y organizar las maniobras del barco, sobre todo en las cercanías de los puertos, que era cuando más se empleaban los remos —a diferencia de la navegación en alta mar, que dependía en su mayor parte del velamen—. Paloukis revisó a sus hombres, que ya se estaban aprestando en sus puestos, y les fue dando ánimos uno por uno. En la Atlántida, todos los galeotes eran lo que se conocía como buenas boyas, esto es, hombres libres que navegaban a las órdenes del Emperador Danaga por deseo propio, a diferencia de las galeras turcas y cristianas, en las que estos puestos se ocupaban con esclavos. Por ello Paloukis los apreciaba tanto, porque éstos eran tan compañeros suyos como los artilleros o los calafates, y cobraban su parte del botín. Además, la mayoría eran veteranos de otros conflictos, por lo que les unían viejas deudas de sangre, que entre esa gente son las más profundas.

La galera se arrimó a puerto y al fin pudieron desembarcar. El vocerío de la mayor ciudad de Pago les recibió con los brazos abiertos. Compradores, vendedores, ladrones y mercenarios se acercaron a la tripulación que descendía. Peristas y esclavistas se ofrecieron a comprarles cualquier mercancía que trajeran, mientras los soldados rellenaban los permisos y hacían como si no se enteraran de a qué se dedicaban los demás. Niños sin hogar les ofrecían armas pequeñas que podrían ocultar fácilmente, como puñales, dagas o espadas roperas —llamadas así precisamente por no ser vistas cuando se portaban entre las capas de ropa—. Un poco más allá, jóvenes de distinto sexo ofrecían sus cuerpos por unas monedas, otros pedían de comer, algunos vendían telas o carne de cordero.

La miseria y la forma de solucionarla distaban apenas unos pasos, pero nadie haría nada por cambiar esa situación, ya que la desigualdad es la principal arma de los gobernantes para controlar a su pueblo: venden a los pobres la esperanza de mejorar, mientras a los ricos les prometen que conservarán sus privilegios, y así ambos les mantienen en el poder y no dan problemas, y las ruedas siguen girando.

Paloukis contrató a algunos chavales que vagaban por el puerto buscando trabajo, y éstos desmontaron la carroza, que era la parte posterior de la galera, donde se hallaban los habitáculos de los oficiales. Pasando por ambos lados unas enormes pértigas, y montándolas sobre un tren con ruedas de madera, marcharon en procesión a través de todo Gadiro, transportando a su ocupante como un auténtico emperador. En la parte posterior, este enorme carromato lucía los banderines propios del gran Danaga, con los símbolos —el tridente y los tres anillos concéntricos— que desde tiempos inmemoriales habían representado a la Casa Imperial de Pago. De modo que el pueblo salió a vitorearlo, y a su paso todo eran fiestas y celebraciones. Escoltado por sus tropas de infantería y sus artilleros navales, la carroza de Danaga atravesó el centro de la ciudad sin que nadie se atreviera a decirle nada, cruzó las principales calles del mercado, recorrió los baluartes del ejército imperial —rindiendo honores a los soldados que defendían la muralla—, y finalmente se dirigió al palacio del gobernador, que una vez, mucho tiempo atrás, le había pertenecido a él.

Ahora, en cambio, ya no ondeaban sus estandartes en la fachada, sino los del sultán de Constantinopla, y la entrada estaba protegida por jenízaros, la temible infantería otomana, cuyos éxitos eran famosos por todo el mundo. Pero incluso éstos se estremecieron al ver la multitud que acompañaba al recién llegado, un millar de personas que, de modo espontáneo, había salido a la calle y vociferaba viejas consignas:

—¡Piratas del Gran Mar, adelante!

—¡A por la victoria!

—¡Cañones y sables, al abordaje!

—¡Libertad! ¡Libertad para Pago!

Ésta última era la que más les intranquilizaba, pues sabían que aún no había pasado suficiente tiempo desde la derrota de los viejos cosarios, y que muchos nativos de Pago todavía ansiaban la independencia. Tal vez sólo hacía falta una pequeña chispa para que toda aquella pólvora explotase, y Danaga podía ser esa chispa. Sin embargo, nadie se atrevió a enfrentarse a aquella masa gritona y, cuando volvieron a desmontar la caja y la transportaron en parihuelas, los jenízaros la dejaron pasar.

—¡Que vea al gobernador! —gritaba una anciana.

—¡Vayamos con él hasta la sala del trono! —decía un niño armero.

Pero esto era imposible.

El palacio estaba construido sobre la ladera de la alta montaña que se erguía en el mismo centro de la isla, y desde sus terrazas podía contemplarse entero el Gran Mar. Se decía que, en sus tiempos, Danaga podía descubrir lo que estaba haciendo el sultán en Constantinopla con sólo mirar por un catalejo. Sus salones eran gigantescos, adornados con trofeos de sus muchas batallas y con frecuencia dedicados a fiestas multitudinarias. Sin embargo, ni siquiera estos espacios tan inmensos habrían podido dar cabida a un populacho como aquél, tan abundante que englobaba a casi toda la población de la isla. La procesión fue mermando hasta quedarse en los más fieles de sus compañeros, la tripulación que había arribado junto a él, y luego unos cincuenta o sesenta espontáneos que no habían querido permanecer fuera.

—¿Quién perturba a Su Excelencia Akrab Reis, gobernador de Pago? —inquirió uno de los jenízaros que defendían la sala.

Una joven de penetrante mirada oscura se adelantó del grupo y tomó la palabra. Era alta y espigada, de brazos fibrosos y movimientos pausados, como los de un felino que recorre la jungla. Toda ella transmitía ferocidad, y los soldados se dieron cuenta nada más verla.

—El gran Danaga, dios emperador de Pago, es quien perturba a su hijo Sabar, que ahora se hace llamar Akrab Reis —dijo con voz rabiosa.

Al oír estas palabras, del fondo llegó un hombre descomunal, un verdadero titán de brazos fortísimos, pecho desnudo y barba y melena que le caían desordenadamente. Su vestimenta era rica, aunque había sido apartada durante algún acto de pasión, y en su mano derecha blandía una gigantesca cimitarra que habría podido partir en dos incluso los álamos centenarios que crecían en el jardín de palacio.

—¿Qué estás diciendo, mujer? —bramó, mientras la sujetaba de un brazo—. ¿Cómo va a ser mi padre el que viene ahí?

El cómitre Paloukis ordenó que desmontaran la carroza, dejando al descubierto su contenido, que no era otro que una pequeña sala circular tapizada de alfombras, cojines y sedas, y allí estaba tumbado un hombre mayor.

El gobernador dio un salto hacia atrás, horrorizado, al contemplar aquella imagen: Danaga estaba consumido por la lepra. Su cuerpo era un amasijo informe desgarrado por la enfermedad y, de no ser por lo penetrante de sus ojos color mar, habría resultado imposible identificarlo.

Akrab Reis fue el primero en recuperar la iniciativa, y aprovechó la inmovilidad de sus soldados para levantar la cimitarra, dispuesto a descargar un golpe fatídico.

—¡Muerte al ponzoñoso! —chillaba, intentando justificar ante su pueblo lo que iba a hacer.

Pero hubo alguien aún más rápido: la extraña mujer de ojos negros desenvainó un fino estilete que portaba entre sus ropas y, con un movimiento que nadie de los presentes pudo percibir, lo colocó en la garganta de Akrab Reis, con su punta arañando la piel desnuda.

—¡Detente! —le dijo—. Este hombre está bajo mi protección.

—¿Y quién eres tú, si puede saberse? —preguntó el gobernador, sin dejar de observar el acero que le amenazaba.

—Mi verdadero nombre no te importa —sentenció ella—. Basta que con que sepas que se me conoce como Escila… ¡diosa de los piratas del mar de Nilidia!

LEER CAPÍTULO TERCERO EN ESTE ENLACE.

LEER CAPÍTULO PRIMERO EN ESTE ENLACE.

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