Galeras nilidias, capítulo cuarto: Hijos de los dioses

«La senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

En el esquema general del universo, incluso los dioses tienen dioses a los que venerar, y éstos a su vez tienen a los suyos, y así hasta el infinito. Porque siempre habrá alguien más fuerte que ellos, más rápido, más habituado a la guerra o con menos escrúpulos. Los dioses son la representación viva de todas esas virtudes y también de los defectos. Cada aspecto del alma humana está representado por una deidad, y por eso se hallan en guerra unas con otras, del mismo modo que las pulsiones se enfrentan dentro del corazón del hombre, cuya voluntad es el resultado de semejante conflicto. Hay hombres en los que predomina el amor, en otros la fe, en otros la esperanza, y hay hombres tan entregados al vicio que emponzoñan todo cuanto hay a su alrededor. Y así el universo avanza, a trompicones, movido por las pulsiones humanas.

En la corte de Pago, nación de piratas y libertadores, el gobernador Akrab Reis era considerado un dios, y sin embargo él mismo veneraba a otros dioses, el más importante de ellos el poderoso Dagón, cuyo culto había atravesado el mundo en tiempos remotos. Cananeo, babilonio, fenicio y cartaginés, este Dagón mitad hombre y mitad pez había sido adorado durante eones, llamado a veces Dagan, Anu o Baal Hammon, de donde provienen las figuras del dios griego Cronos y del romano Saturno. Según la leyenda, Dagón tuvo como hijo a Baal a Zeus en Grecia, y a Júpiter en la antigua Roma, que se rebeló contra él y usurpó su lugar en el mundo, en una batalla que duró diez años y sacudió los cielos y la tierra, y que Hesíodo denominó Titanomaquia —«Guerra de los Titanes». Tras su derrota a manos del ejército de su hijo, hay distintas creencias sobre lo que ocurrió con Dagón. Unos afirman que fue encerrado en lo más profundo del infierno el Tártaro, para no volver a ser libre jamás. Otros relatan que su condena fue la de caminar entre los hombres hasta el fin de los tiempos, incapaz de disfrutar con ellos ni de regresar a su condición de dios, destinado a ser un eterno apátrida y un vagabundo. Sin embargo, el propio Hesíodo da una versión mucho más feliz de esta historia, al afirmar que su hijo lo liberó del tormento y lo nombró rey de las Islas de los Bienaventurados, el lugar donde las deidades reposan tras su misión en la vida, y que más tarde fue asimilado con Pago.

De esta forma, en el corazón de Gadiro, el más exterior de los reinos de Pago, dentro de la montaña que se alza en el mismo centro de la isla, existe un templo desconocido para la humanidad. Vigilado por las sacerdotisas llamadas Las Hijas de Dagón, sólo se permite la entrada de la Familia Real y su séquito, como en el atardecer del tres de abril de 1564, cuando Akrab Reis llevó los restos moribundos de su padre y se encomendó al gran dios, porque era la única esperanza que le quedaba.

Porque él también se había rebelado contra su padre, cinco años antes, y por eso ahora el dios emperador Danaga se encontraba entre la vida y la muerte. Tal y como contaba la Titanomaquia.

El séquito que transportaba el cuerpo putrefacto de Danaga recorrió sin desfallecer el largo camino que lo separaba del Templo de Dagón. Desde el Palacio de Gobierno, construido en la falda del monte Daga, caminaron hasta su cumbre, que estaba horadada por completo, y desde allí bajaron por una tortuosa escalera de caracol tallada en la pared interior de la montaña. El camino no era nada fácil, como si se tratara de una prueba de valor antes de contemplar a sus deidades. Llevando el cuerpo en parihuelas, del mismo modo en que había llegado al palacio, los esclavos del gobernador no dijeron palabra mientras el viaje se hacía cada vez más duro, más escarpado, y su voluntad empezaba a flaquear.

¡Adelante! ¡Por el dios de Pago! gritó Akrab Reis, y al final del recorrido contemplaron la imagen del bellísimo templo, una enorme construcción en alabastro, mármol y piedra incandescente que se erguía omnipotente en el corazón del volcán, donde una vez los fuegos del centro de la Tierra amenazaron la existencia de los piratas, y ahora sólo quedaba un mar en calma. Aunque eso sí, a una temperatura tan alta que ninguna forma de vida podría haber existido allí.

Al término de la formidable escalera de caracol se hallaba un antiguo embarcadero, construido por los patriarcas de la Familia Real de Pago, y aún quedaban barcas atadas a él, como si aquellos tiempos nunca se hubieran ido del todo. La larga comitiva ocupó una decena de esas barcas y avanzó por aquel mar interior de aguas volcánicas, conscientes de que, si alguno de los marinos caía en ellas, nunca podrían rescatarlo. Los vapores los rodeaban, como un muro aparentemente infranqueable, y las aguas eran tan espesas que resultaba casi imposible avanzar. Pero lo consiguieron, y los remos llevaron las barcas hasta el islote central, donde el templo se erguía en todas direcciones.

¿Cómo es posible? dijo la dama Escila. Las aguas hierven, pero los remos están fríos. ¿Cómo es que no transmiten la temperatura?

Es magia respondió Abban Paloukis, el cómitre de la galera real. Todo lo que vas a encontrar en Pago es magia, querida Magia buena o magia mala, pero ni un solo caso de ciencia en toda la isla.

Y ésa fue la única explicación que le dio. La superficie del agua parecía arremolinarse a su paso, como si formara grandes manos que quisieran atraparlos, pero Akrab Reis se irguió en la primera de las barcas, mostrando el legendario Amuleto Tritón, que durante siglos habían atesorado sus ancestros, y entonces el viaje resultó mucho más sencillo.

Nadie puede atravesar este mar explicó Paloukis. En sus profundidades se encuentra el cadáver del dios Dagón, que aguarda el día en que pueda volver a reinar sobre los hombres, como sucedió hace mucho tiempo.

¿Y qué debe pasar para que Dagón regrese? preguntó Escila.

Eso nadie lo sabe, excepto la Familia Real. Algún día Él vendrá de nuevo al mundo, y sólo sus fieles serán perdonados. Por eso los piratas rezamos cada día.

Las barcas arribaron a un enorme atracadero situado a los pies del islote, y los viajeros al fin pudieron observar el templo en toda su majestuosidad. Levantado a base de materiales que no tenían nada que ver entre sí, la construcción era tan sólida como la de un castillo, y las vetas volcánicas en su interior refulgían como verdaderas joyas, dándole la apariencia de un gigantesco corazón latiendo en el centro mismo de Pago. Un corazón amurallado e inexpugnable, como el de la mayoría de los hombres, que se protegen del dolor levantando muros.

Por lo demás, su diseño era incomprensible, con enormes paredes que avanzaban arriba y abajo, a derecha e izquierda, sin un porqué, y líneas que zigzagueaban como en la mente de un loco. Sin duda, quien había diseñado aquello no parecía muy cuerdo. En su fachada había gárgolas de aspecto monstruoso, caballeros luchando contra dragones y doncellas que traen el infortunio dentro de una caja labrada, como en muchas de las historias que le habían contado a Akrab Reis cuando era niño. Él sí entendía aquellos dibujos, era el único en toda su corte que había recibido la enseñanza secreta de los dioses de Pago, pues durante tres décadas había sido formado para heredar el trono de su padre, aunque él luego tomase un camino más corto para alcanzarlo.

Desde su cubículo llevado por esclavos, el dios emperador Danaga levantó la vista y contempló de nuevo las sagradas inscripciones en el dintel, y supo que por fin estaba en casa.

¡Deteneos! gritó Akrab Reis—. Hemos llegado.

El grupo de nobles de la corte y sus esclavos se plantó ante una gigantesca puerta doble hecha de cristal, en cuya superficie estaban grabadas plegarias de muchos siglos. El gobernador se acercó e intentó llamar, pero las jambas se abrieron por sí solas, y tras ellas apareció la figura encorvada de un anciano. Todos se estremecieron al verlo, pero Escila más que ninguno, pues, entre los plebeyos, ella era la única que lo conocía de antes.

¿Quién turba el descanso de Taymullah, guardián de los secretos de Dagón? dijo aquel ser pequeño y grotesco.

Su cuerpo estaba retorcido por los años y la deformidad, y apenas era capaz de moverse, pero su voz seguía siendo firme como antaño, y en sus ojos bullía un fuego como el del propio volcán dormido. Akrab Reis notó un escalofrío ante aquella visión horrenda, pues en su infancia también había oído hablar del poder del guardián de los dioses, y de la maldición que había recaído sobre su cuerpo a cambio de conocer la verdad. La grandeza con frecuencia se paga muy cara, y él lo sabía mejor que nadie. Por eso logró sobreponerse y liderar al grupo, como debía.

Yo soy el que viene a verte comenzó. Soy Sabar, hijo de Bandar, heredero del linaje del rey Atlante y ocupante del Trono de Poseidón. Necesitamos tu ayuda, gran Taymullah. El reino de los Pueblos del Mar corre peligro.

El anciano lo observó de arriba a abajo, y finalmente esbozó una sonrisa.

¿Sabar, hijo de Bandar? No conozco esos nombres. Éste es un lugar sagrado, y sólo se puede atravesar usando el Nombre Verdadero, que es el que otorgan los dioses, y no los hombres.

El gobernador respiró hondo.

Muy bien. Mi padre es llamado Danaga, dios emperador de Pago. Vos lo coronasteis con vuestras propias manos, en este mismo lugar.

Ah, sí. Recuerdo a Danaga. Y ya veo la clase de peligro que hace que recurráis a mí. ¿Y vos, entonces? ¿Cuál es vuestro Nombre Verdadero?

Akrab Reis, gobernador de Pago.

¿Reis? (1). Eso no es más que un mote, impuesto por tus nuevos amos. Yo no respondo ante el Imperio otomano, porque ellos no creen en el dios Dagón. Por tanto, sólo Danaga entrará en el templo y la mujer.

Todos se volvieron hacia ella, y la joven respondió con una mirada de asombro.

¿Yo? Pero yo no soy nadie en este reino.

Eres Escila respondió Taymullah. Eso es más que un nombre de guerra, es lo que te define, aunque todavía no lo hayas descubierto. Te conozco bien, mujer, pues los dioses somos capaces de atisbar el alma humana, y no sus disfraces. Adelante. Ocupa tu lugar en la historia.

Caminó entre el séquito con una seguridad fingida, aunque no la sintiera por dentro, y, cuando pasó junto a él, Akrab Reis le puso una mano en el hombro y la detuvo.

¿Sois la compañera de mi padre? ¿Por eso el brujo os ha elegido?

No sólo hemos compartido viaje y deseos de venganza.

Entonces cuidad de él. Lo que vais a encontrar ahí dentro es el puro horror, pero es su única esperanza. Confiad en vuestro corazón y venceréis.

¿Por por qué hacéis esto? Creía que Danaga y vos erais enemigos.

¿Eso os dijo? No Mi padre inició una guerra contra la Sublime Puerta que sólo podía llevarnos al desastre. Condujo a mi pueblo a la deshonra y al derramamiento de sangre, y su locura no tuvo fin hasta que me enfrenté a su reinado El poder es una droga poderosa, y él no pudo controlarlo.

Escila respiró hondo. Las puertas se abrieron de par en par para recibirlos, y con ellas el poder de los dioses, que tanto había ansiado.

Cuidad de él insistió el gobernador—… y cuidad de Pago. Nuestro destino depende de vos.

Del interior del templo surgió un grupo de veinte mujeres cubiertas con holgadas túnicas blancas y capuchas que ocultaban sus rostros. Tomaron las parihuelas y transportaron a pulso la cámara donde descansaba el cuerpo del emperador, y tras ellas avanzaron el brujo Taymullah y Escila. Un largo pasillo acristalado les llevó a través de un sinfín de cámaras separadas por vidrieras, donde estaban representados héroes y dioses de otra época, entre ellos un impotente Ícaro que caía desde las nubes por su arrogancia, o Prometeo entregando a los hombres el fuego del Olimpo. Historias que Escila conocía bien, ya que las había estudiado en otro tiempo una época más feliz, que ahora ya parecía tan lejana, y descubrió con sorpresa que, para las mujeres de la orden, no eran sólo leyendas, pues ante cada una de las imágenes realizaban una breve genuflexión.

¿Quién era aquella gente, y en qué creía? ¿Qué era exactamente Dagón?

Al fondo del pasillo encontraron una gigantesca cámara circular que sin duda se trataba de su destino. De perfectas paredes talladas en el cristal, su impresionante altura, de unos veinte metros, remataba en una hermosa cúpula de infinitos colores, los cuales repartía por doquier conforme el sol iba ya descendiendo en el horizonte. Aunque el ambiente se había vuelto sobre todo rojo ocaso, tanto en los rostros de los asistentes a la ceremonia, como en la superficie de un formidable lago central. Allí todas las construcciones eran desmesuradas, no sólo para la medida de un hombre, sino para el número esperado de éstos, que también desbordaban con mucho. Al lado derecho había una grada capaz de albergar más de quinientas personas, y cada uno de los asientos había sido diseñado para un ser antropomórfico de unos dos metros de altura. ¿Qué podía significar eso? En la pared, a medio camino del techo, descubrió una tremenda pasarela circular desde la que debía contemplarse todo el panorama, y sus medidas también eran excesivas.

¿De dónde había salido aquello, de qué época perdida de la humanidad, en la que una multitud de gigantes asistía a eventos parecidos? ¿Y qué es lo que hacían en ellos?

Sin duda, la historia había cambiado mucho, pues ahora tanto la grada como la pasarela se hallaban vacías, y únicamente las veinte mujeres de túnicas blancas iban a ordenar la ceremonia. Taymullah paseó la vista por todo aquello con un deje de nostalgia, pero no hizo ningún comentario.

Sus ayudantes colocaron la cámara de Danaga sobre una grúa de madera que pendía un metro por encima del lago, y empezaron a entonar viejos cánticos. La lengua era extraña para Escila, pero el rítmico batir de las voces le recordaba el sonido del mar. Era como la suave caricia de las olas, como el rumor del viento. Ellas se colocaron de rodillas al otro lado del lago, golpearon un gong ceremonial y unos timbales, y así empezó la misa pagana.

Caminando por el mismo pasillo por el que habían venido ellos, se acercaron treinta hombres fornidos, de una altura y proporciones nunca vistos, hasta el punto que Escila creyó que debían tratarse de los descendientes de aquéllos que un día se habían sentado en la enorme grada. Eran seres de una complexión y una musculatura impresionantes, más parecidos a esos ídolos que aparecían en las vidrieras que a simples humanos. Su porte, su elegancia y su agilidad estaban muy encima de lo que nadie hubiera podido contemplar jamás, y sin embargo no transmitían furor, sino paz, una paz infinita que iluminaba su rostro con una magnánima placidez. Sin duda habrían podido doblegar el mundo con su fuerza, pero sencillamente no querían.

Las mujeres siguieron golpeando los timbales, dotando a la escena de un rítmico latir que a Escila le pareció el de su propio corazón. Era un sonido plácido, tranquilo, que por momentos empezaba a acelerarse. El gong resonaba por toda la estancia. De las paredes brotaron chorros de agua pura que bajaban mansamente hasta el lago. Ellas se despojaron de sus túnicas y mostraron a la roja luz del ocaso sus bellos cuerpos desnudos, que llevaron bajo los chorros de agua y a través del lago. Los hombres las siguieron sin decir palabra.

¿Qué significa esto? preguntó Escila.

Ésos son los Hazrah explicó el anciano, en susurros, los antiguos reyes de la nación de Azura, que fundó esta ciudad hace milenios, y de la que proviene el linaje de Danaga. Según la leyenda, cuando un rey muere, su alma anida en el templo de Dagón por toda la eternidad. Y cuando las bestias dormidas se levanten y pretendan aniquilar a la humanidad, ellos bajarán de su montaña y traerán de nuevo la guerra al mundo. Como han hecho siempre.

¿Bestias? ¿Qué qué bestias?

Ya las conoces las que ves en tus sueños.

Y el anciano no dio más explicación, pues, conforme hombres y mujeres se reunían bajo las aguas, él accionó la grúa para que la cabina de Danaga descendiera. La luz cada vez era más escasa. Los cristales de las paredes reflejaban el intenso escarlata de los rayos de sol. La superficie del lago empezó a borbotear y a aumentar de temperatura, conforme un géiser subterráneo brotó ante sus ojos. Los cuerpos se retorcían, se entrelazaban, compartían agua y aliento, respiraban los unos en los otros.

Escila notó que la boca se le resecaba ante este espectáculo. Hacía rato que la música se había detenido, pero en su cabeza y adivinaba que también en la de todos los demás su rítmico sonar continuaba. El cadencioso gong, los timbales, las voces que entonaban canciones perdidas en la bruma de los tiempos Aquellos cuerpos amándose entre las aguas tenían música propia, y con cada uno de sus movimientos transmitían una mezcla de deseo y fascinación. Sus manos se acariciaban constantemente, sus bocas se recorrían con ansia, hasta que al fin no quedó ni el más mínimo espacio entre ellos.

¡Por la sangre de la Primera Nación, que corre en nuestras venas! gritó el anciano. ¡Hijos e hijas de Atlante, amaos en su presencia, porque debemos continuar la sagrada misión! ¡Una vez más, el mundo entero depende de nosotros!

Y el ritmo de los movimientos fue subiendo hasta hacerse brutal. El lago empezó a convulsionar, entre la furia de la corriente subterránea y el calor que despedía, junto a la pasión desenfrenada de los hijos de los dioses y sus sacerdotisas. El cielo se detuvo, las estrellas dejaron de girar sobre sus cabezas, mientras el sol se escondía por completo y el templo quedaba en penumbra, iluminado tan sólo por el rojizo burbujear del géiser, reflejado un millón de veces en las paredes. El salvajismo, la entrega, la piel ardiendo, los ojos encendidos los hombres y las mujeres gritaban la pasión llegaba a su clímax.

Escila se estremeció, no sólo de miedo, sino también de deseo, del que ya se estaba sintiendo contagiada, aunque no quisiera admitirlo.

El anciano hizo que la cámara se hundiese bajo el lago, y el obsceno ritual siguió adelante.

¡Más! ¡Más! chillaba. ¡Entregaos a la causa, antes de que el dios se despierte!

Entre las aguas se fue dibujando lentamente una escena, adivinándose más y más entre la rojiza luminosidad del fondo. Era un rostro, pero uno que no tenía nada de humano. Sus facciones eran monstruosas, con unos rasgos primitivos que se parecían a los de un pez, o más bien a una gigantesca criatura que hubiera escapado de la negrura abisal. Pero sin duda lo que más destacaba eran sus ojos, llenos de una maldad tan pura que sólo podía provenir de un demonio, y de un desprecio tan absoluto que era evidente que no había nacido en ningún lugar de este planeta.

A Escila la recorrió un escalofrío, no por miedo, sino por el instintivo reconocimiento de un dios primordial.

Dagón estaba despertando.

El anciano abrió la cámara a través de los mandos de la grúa, y Danaga se hundió en el lago. Desde ese momento las aguas se llenaron de sangre y temblaron por el fragor de la batalla. Los miembros de la orgía se retiraron, pues su función ya había acabado, y ahora correspondía al rey hacer su parte.

Fue entonces cuando Escila, al contemplar la violencia del conflicto resultante, entendió al fin que aquel rito no pretendía despertar a su dios, sino todo lo contrario: mantenerlo apresado en las entrañas del mar, donde lo habían sepultado hacía tanto tiempo.

¡Padres contra hijos, dioses contra dioses! gritó el anciano. Hace años el rey Bandar de las tierras de Pago se enfrentó mano a mano al dios Dagón, y por derecho de conquista obtuvo el nombre de Danaga, que desde entonces ha llevado por el mundo como una bandera.

El lago se convirtió en una locura descontrolada, con olas de una altura descomunal que barrían las orillas, mientras en su interior no se veía nada más que el rojo ígneo de la batalla, cada vez más intenso.

Otro dios enfrentado a su padre siguió, igual que hizo Baal con Dagón, y por ello lo enterró aquí y nos nombró a nosotros sus guardianes, para que el dios pez no regresase nunca al mundo exterior.

Incluso la figura decrépita del viejo brujo fue lamida por la espuma de semejantes olas, que formaban muros tan duros como la piedra y se estrellaban contra los inocentes espectadores. El templo parecía temblar por entero, y pronto las paredes de cristal se resquebrajaron. El suelo se encabritaba. La vida se venía abajo en minutos.

Escila sintió pavor en aquel momento, pero hubo otra voluntad más fuerte que la suya: la llamada de los dioses. Igual que habían hecho las sacerdotisas, la dama se desprendió de toda su ropa y se zambulló en el lago, dejando que aquellas aguas casi hirvientes la recorrieran. Notó el cosquilleo en su piel desnuda, y la espuma jugaba en su pelo. Bajo el agua, un Danaga plenamente curado se enfrentaba a un horror indescriptible, un gigante con cabeza y cola de pez, mientras que sus enormes brazos acababan en manos dotadas de ventosas. Era una aberración, y su mirada de odio supremo demostraba que no iba a rendirse. Ella se interpuso entre los combatientes y habló con voz firme, pese a encontrarse bajo la superficie:

«¡Deteneos! ¡Yo soy Escila, a quien la maldad del dios Glauco convirtió en un monstruo! ¡Yo soy ajena a vuestra guerra, y por eso decidiré lo que ocurra hoy!».

Dagón se acercó mucho a la joven y pareció sonreír, con unas fauces llenas de temibles dientes como puñales.

«Oh, no, mi querida jovencita aún no sois Escila pero por mi poder hoy vais a serlo».

La tomó de un brazo y la arrastró al fondo del lago, desapareciendo por completo de la vista.

Y a continuación el templo de Dagón se hizo añicos, formando un millón de pequeños cristales que se derrumbaron sobre sus ocupantes.

Fuera, la comitiva saltó de sus refugios al descubrir que el templo se había destruido, y de entre sus restos vieron llegar caminando al dios emperador Danaga, otra vez joven y fuerte, y con su voluntad renovada. Unas ancianas le colocaron sobre los hombros la capa real, y su hijo acudió enseguida a abrazarlo.

Así pues, es cierto dijo el gobernador entre lágrimas—… La magia de Baal todavía te protege.

Eso parece. Desperté y estaba solo respondió—… He tenido un sueño horrible No ha sido fácil no lo habría conseguido de no ser por ella.

Danaga volvió la vista atrás y contempló la montaña de cristales desastrados que una vez fue el edificio más importante del imperio. Se estremeció, pero nada de eso importaba ya, porque el edificio había caído.

Un edificio del que Escila no había logrado escapar.

REFERENCIAS

(1) «Reis»: Almirante, en turco. Nombre dado por el Imperio otomano a los principales responsables de su flota naval.

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