Galeras nilidias, capítulo tercero: Qué significa ser un dios

«¿Qué locura o qué desatino me lleva a contar las ajenas faltas, teniendo tanto que decir de las mías?» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

En la época de la antigua Grecia, los abuelos contaban a sus nietos la leyenda de Escila. Existían muchas versiones circulando, pero la más popular afirmaba que Escila era una ninfa de la que se enamoró un pescador llamado Glauco, quien, tras ingerir unas hierbas mágicas, se convirtió en un dios del mar, mitad hombre y mitad pez. Su barba y sus cabellos se volvieron algas, su  cuerpo dejó de tener piernas y pasó a tener cola, y ya no pudo seguir viviendo en la tierra, por lo que fue acogido en la corte del dios Poseidón, que lo tomó como su propio hijo. Pero él seguía enamorado de Escila, de modo que se presentó ante ella. Por desgracia, la nueva forma de Glauco horrorizó a la muchacha, que, nada más verlo, salió corriendo. El pobre dios se sintió destrozado, y pidió a la maga Circe que lo ayudase a conquistar a su amada, elaborando algún bebedizo que hiciera posible que ella lo viera de la misma forma en que era antes. Que Escila entendiera que en el fondo seguían siendo iguales.

Sin embargo, Circe no cumplió la tarea de ese modo exacto, pues ella sí que estaba enamorada de Glauco y él no le hacía caso, de modo que la pócima no consiguió el amor de Escila, sino que la transformó en un horrible monstruo marino de un tamaño gigantesco, con seis cuellos reptilianos, cola de pez y grandes fauces. Cuando Glauco volvió a contemplarla, pensó que ya no le interesaba lo más mínimo, y la abandonó. Furiosa, Escila se marchó a vivir al estrecho de Mesina, donde pagaba su furia con los incautos viajeros, cuyos barcos hundía por pura diversión, igual que el otro monstruo de esa zona, Caribdis, que también era una ninfa transformada por los dioses.

Este cuento es absolutamente horrible, desde luego, por cuanto condena a un alma inocente a un tormento infinito, pero a la vez transmite la principal enseñanza de toda la mitología griega —y en general de toda la religiosidad a lo largo de la historia—: los dioses no son comprensibles según los parámetros humanos. Ellos no respetan las leyes de los hombres, y por eso les da igual si sus actos son justos o no. Cuando un mortal contempla a un dios, se siente aterrorizado, pues siempre nos da miedo lo que no entendemos, y eso les ocurrió por igual a todos los que alguna vez vivieron tal experiencia: a Escila a la hora de descubrir al nuevo Glauco, a Moisés ante la zarza ardiente o a Saulo de Tarso cuando se cayó del caballo. El descubrimiento de la divinidad es un proceso atroz y doloroso, y sólo se obtiene por medio de la humillación. Hay que perderlo todo y volver a ser un niño para aprender otra vez a caminar, pero esta vez con los pasos de un dios, que no se parecen en nada a los de los hombres.

La pérdida de la inocencia, la llegada abrupta de la madurez, que nunca se desea, pero no queda más remedio.

Esto también le había ocurrido a la mujer que se autoproclamaba Escila, la dama que condujo al dios emperador Danaga de regreso a su patria, en el atardecer del tres de abril de 1564. Ella más que nadie lo había perdido todo, y su proceso para aprender a caminar de nuevo fue tan terrible que sus fuerzas flaquearon un millón de veces. Pero allí estaba otra vez. Fuerte, poderosa, decidida a imponer su ley en un mundo de hombres, y sin que nadie fuera quién de contradecirla.

—¿Y quién eres tú, si puede saberse? —preguntó el gobernador, sin dejar de observar el largo estilete que le amenazaba.

—Mi verdadero nombre no te importa —sentenció ella—. Basta que con que sepas que se me conoce como Escila… ¡diosa de los piratas del mar de Nilidia!

Un silencio atroz llenó el salón del trono del emperador, que ahora estaba ocupado por su hijo. La corte entera la observaba, pues tanto nobles como plebeyos habían oído hablar de este  personaje extraño que ahora acompañaba a Danaga, y de quien se decía que había propiciado su fuga mediante artes mágicas.

—Creo que merezco alguna explicación más —añadió el gobernador, sonriendo incluso ante el brillo del acero en su garganta—. La última vez que vi a mi padre, yo mismo había ordenado que lo encerraran en la prisión de Deleh, para que no volviera jamás. Y ahora en cambio aparece aquí… protegido por una mujer guerrero… y devorado por la lepra. ¿Qué locura es ésta?

Lanzó una mirada de desprecio al cubículo donde el anciano reposaba, y su cuerpo hecho jirones se la devolvió convertida en odio. Era poco más que un amasijo de carne que olía a putrefacción, pero todavía seguía siendo su rey, y no pensaba rendirse fácilmente.

—El gran Danaga ha hecho un viaje muy largo —explicó la mujer—. Ha cruzado ríos y desiertos sólo para contemplar su hogar de nuevo. Le debéis eso al menos, ¿no os parece?

—¿Y la prisión de Deleh…?

—Ya no existe.

—¿Qué? ¿Por qué razón?

La dama bajó la cabeza e hizo una mueca de disfrute.

—Magia —explicó—… mi magia.

Y la corte se pobló de murmullos irrefrenables. Unos rezaban a Alá en busca de protección, otros la tachaban de blasfema, pero nadie movía un dedo para defender a su señor. Hasta que una daga salió volando de entre la multitud e hirió a la joven en su mano derecha, desarmándola. La masa de fieles, sirvientes y caballeros se apartó con aire reverencial, y de entre ellos asomó el rostro orgulloso de un joven adornado con un turbante y una chaqueta ricamente ornamentados.

—Mi amigo Akrab Reis, gobernador de Pago, no luchará solo esta batalla, mi señora —dijo, entre sonrisas atrevidas—. Igual que vos protegéis al emperador, él cuenta con el apoyo de Selim, príncipe de Constantinopla, hijo y heredero del sultán Süleyman, que rige el destino de Nilidia.

La corte volvió a guardar silencio y tan sólo contempló el espectáculo, incluyendo un pequeño caballero cristiano que habría de jugar un papel decisivo, pero que en ese momento, como todos, procuró no moverse ni llamar la atención de los interesados. Al menos de momento.

Escila miró al turco con un odio profundo, pero Selim, rechoncho y tranquilo en sus movimientos, no le hizo mucho caso. Dedicó un rápido vistazo a la herida que lucía la dama en la palma de su mano, después otra al arma con que ella había amenazado al gobernador, y finalmente a éste, como aguardando un dictamen. Pero Akrab Reis no dijo una sola palabra, por lo que Selim desenvainó un pesado alfanje que pendía de su cadera, dispuesto a tomar sus propias decisiones. Sólo una voz de ultratumba pudo frenarle:

—No te encuentras en Nilidia, joven príncipe… Allí el Imperio otomano es quien gobierna, de acuerdo, pero esto es Pago, un imperio propio… que no vende su orgullo.

Selim se giró hacia el pequeño cubículo, desde el que Danaga se estaba atreviendo a retarle. De modo que el viejo corsario había regresado a casa, y parecía que con la misma chulería. Pues tal vez fuera la hora de pararle los pies… Acarició la empuñadura de su alfanje mientras se imaginaba el golpe que le gustaría descargar, el ruido de los huesos al estallar, la presión en su brazo. Sería tan fácil reventar a su viejo enemigo, ahora que se encontraba vulnerable.

Pero no, ese día no sería hoy. No, mejor primero estudiar esta situación tan extraña y saber a qué atenerse.

Respiró hondo. Los bandos estaban claros: Danaga y la extraña mujer que había traído consigo; él mismo y los jenízaros, como representación de la Sublime Puerta; y finalmente Akrab Reis y los suyos, jugadores intermedios que no rendían lealtad más que al oro y al poder político, y ambos se vendían en Pago para quien pudiera comprarlos. De modo que ahora el príncipe debía ser cauto si quería mantener su posición, tan inestable como era.

El mundo de los piratas estaba empezando a tambalearse.

—Muy bien… muy bien… Akrab Reis, vos sois el gobernador de Pago. El sultán apoyó vuestro nombramiento. Por tanto, os corresponde tomar una decisión sobre este asunto. ¿Qué opináis? Es vuestro padre el que ha regresado a palacio…

La corte entera se volvió hacia su señor, cuya formidable estatura hacía que todos tuvieran que elevar la vista para contemplarlo. Era un ser enorme y colérico, famoso por sus decisiones llevadas por la rabia. Sin embargo, en este día especial, nada sucedió como se esperaba, y el temido gobernador volvió a mirar a su padre, esta vez con ojos distintos. Habían pasado cinco años de la atroz batalla en las islas de Pago, donde toda una generación de osados libertadores murieron. La sangre había corrido por salones tan elegantes como aquél, los barcos se incendiaron, y el orgullo de una nación se arrastró por el suelo.

Todo para que él, hijo y pirata, pudiera gobernar.

Los ojos de Akrab Reis se entornaron al contemplar la figura desvalida de su padre, y por primera vez sus palabras no estaban teñidas de rabia:

—¡Llevadlo al templo del dios Dagón! ¡Conozco el ritual que puede curarlo! —y, volviéndose hacia su consejero más fiel, añadió en bajo —. Y avisad a mi hermana Viena. Que sepa que el gran día ha llegado.

Un comentario en “Galeras nilidias, capítulo tercero: Qué significa ser un dios

  1. Pingback: Galeras nilidias, capítulo segundo: El hogar de los piratas – Gabriel Romero de Ávila

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