Galeras nilidias, capítulo quinto: Un felino entre piratas (Primera parte)

«El andar a caballo a unos hace caballeros, a otros caballerizos» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

La noticia corrió por el imperio de Pago como una exhalación: Danaga había vuelto. Su nombre era lo que todos los hombres y mujeres repetían sin cesar, unos recordando los tiempos en que sus barcos sembraban el pánico a lo largo y ancho del Mediterráneo, otros alumbrando esperanzas de un futuro que volviera a ser brillante. De cualquier manera, aquel cuatro de abril de 1564 había alegría en las calles, y los habitantes del reino de Gadiro sacaron a los balcones las viejas banderas, las mismas que les habían prohibido cinco años atrás. Los símbolos del tridente y los tres círculos concéntricos engalanaron otra vez las casas, y nadie pudo hacer nada por evitarlo, ya que se trató de un movimiento espontáneo, similar a la procesión que había escoltado a Danaga hasta el palacio (1). Las mujeres reían en el mercado, los niños jugaban a ser corsarios, y hasta el sol parecía despuntar con más fuerza en este día extraño, cuando el equilibrio de fuerzas en el mundo iba a cambiar.

Como es lógico, los espías se apresuraron a informar a sus señores, en uno y otro bando, y éstos prepararon sus planes para eliminar al nuevo emperador, pues a ninguno satisfacía su regreso.

En el palacio del gobernador, los esclavos iban y venían a toda prisa, llevando despachos a cualquier lugar del mundo, y la crispación se palpaba en el ambiente. ¿Hasta cuándo podría acumularse tanta pólvora sin que explotara?

Era un día de bullicio, de intrigas, de revolución invisible e impalpable, como lo son todas las que cambian la historia.

Un pequeño barco mercante se acercó a puerto. Entre las gigantescas galeras de guerra de la flota de Pago, aquél era sólo un pequeño cascarón sin importancia, y sin embargo iba a ser decisivo en el devenir de los hechos. Cuando pasó junto a las galeazas que servían de protección al estrecho de Gadiro, un jenízaro subió a bordo y registró la embarcación, sin hallar más que una bodega llena de mercancías para vender la mayoría telas y paños, algodón, vino y algunos esclavos negros del África más remota, junto a pasajeros en busca de fortuna y un mensajero. Éste último era sin duda el hombre más importante del navío, un fornido caballero de larga coleta gris, barba poblada y ropas lujosas, aunque las vistiera con la provocación de quien sabe que ha adquirido esa posición social por su propio esfuerzo, y no por el de otros. Su nombre, en aquella ocasión, era Henri Pomont, rico terrateniente de Capri interesado en hacer negocio en Gadiro, o eso le dijo al soldado que preguntó su origen, y así figuraba también en los papeles del barco. Afirmaba poseer vastos viñedos en su tierra, y suyas eran las cajas cargadas de botellas que iban alojadas en la bodega.

Nadie hizo más consultas, y así la travesía continuó en paz.

Lo que nadie imaginaba era que, bajo su impasible apariencia, se encontraba el espía más valioso de todo el mundo occidental, y su misión estaba destinada a cambiar la historia. Su verdadero nombre era Alain Manard, aunque allí de donde provenía era conocido como el Leopardo de las Nieves.

Este hombre único se plantó en el castillo de proa justo a tiempo para ver aparecer ante sus ojos la imagen hermosa y brillante de la bahía de Gadiro, con los primeros rayos del sol de la mañana refulgiendo en sus torres y sus palacios nacarados. No era tan lujoso el lugar del que había partido, ni mucho menos, y tampoco aquellas circunstancias se parecían a las que ahora presentaba, tratado con el respeto que correspondía a su fortuna. Quién iba a pensar los auténticos motivos que le traían al hogar de los piratas.

Apenas ha cambiado le susurró al joven criado que lo acompañaba. Este lugar es tan indescriptiblemente bello y es idéntico a aquella vez. Parece que las maldiciones del sultán no han hecho efecto.

El chico un gigantesco guerrero de piel negra marcada por músculos poderosísimos, y sin embargo no mayor de quince años caminó hasta él y le habló en bajo, tratando de ocultar la excitación que sentía.

¿Mi mi señor ya estuvo aquí en el pasado?

Oh, sí. Hace mucho tiempo, con otra identidad, aunque con una misión parecida. Danaga era un rey cruel. Hasta el propio sultán lo temía, aunque nadie se atreviera a decirlo en alto.

Bueno eso parece que ha cambiado.

Por completo, mi buen Abbas. Las ratas se han vuelto temerarias. Antes los jenízaros eran menos que el barro de las botas de los corsarios, y como tal se les trataba Ahora en cambio se permiten dar órdenes.

¿Puede este humilde criado recomendar a su señor que no hable tan alto? Los soldados ya han desconfiado de dos hombres fuertes que viajen solos, y además portando armas. Temo que sospechen de nosotros.

No sufráis, amigo mío. Como os digo, puede que estas tropas sean temidas en las tierras de Hungría, pero nunca hicieron temblar las islas de Pago y de pronto su mirada se ensombreció, y sus dientes rechinaron con furia. Más bien hizo falta la labor de muchos traidores para que esta nación cayera derrotada. Ellos fueron quienes la entregaron en bandeja, y ahora no es sino una más de las odaliscas del harén de Constantinopla.

Antes incluso de que fijasen amarras, el Leopardo saltó a tierra y se perdió entre la masa de viajeros deseosos de probar los placeres de uno de los mayores puertos del mundo. Él no buscaba alcohol ni compañía carnal, así que pronto fue ignorado por los que ofrecían tales bienes, y sus pasos y los de su criado no recibieron mayor atención. O eso pensaría cualquiera, pero no él, pues sus instintos habían sido entrenados en todas las guerras que se libraban en su época, de un confín al otro del mundo, de modo que enseguida se dio cuenta de que los seguían.

La multitud era abrumadora: cientos de personas de toda condición que recorrían afanosas las inmensas hileras de chamizos de paja dedicados a la venta al por menor. Situados éstos al otro lado del paseo del mar, un atareado enjambre de mercaderes entraban y salían de ellos portando exóticos cargamentos, y seguidos por hileras de esclavos a los que obligaban a arrastrar bastantes más. Alfombras, pieles, colmillos, dientes de bestias a las que se tenía por sagradas, huesos de brujos protegidos por encantamientos, espadas, dagas y hasta algún cañón de pequeño tamaño.

Y, sin embargo, incluso a través de semejante horror de voces, caras y lenguas ininteligibles, el Leopardo fue capaz de identificar a su enemigo. Estaba medio oculto tras un convoy de pienso, pero no dejaba de mirarlo fijamente. Apenas un crío envuelto en una túnica raída y con cara de hambre, pero el espía sabía a ciencia cierta que a esa clase de emisarios había que tomarlos como los más peligrosos, pues eran capaces de las atrocidades más horrendas tan sólo por comer. De modo que recorrió la muchedumbre con mirada experta y pronto reconoció a otros como él: un chico parado en una esquina, una joven que vendía sus favores a bajo precio, un vigía colgado de un balcón y un forzudo que divertía a las masas tragando antorchas. Todos ellos le estaban mirando, con mayor o menor sutileza, y acto seguido las manos del Leopardo se dirigieron, de una forma automática, a la daga y la espada que pendían de su cintura. Y sus pasos le llevaron, en apenas tres zancadas, a salir del camino principal y perderse tras los chamizos de los mercaderes.

El grupo de asaltantes actuó tan deprisa como pudo, pero ni siquiera eso fue bastante. El vigía transmitió el intento de fuga de su presa mediante un código especial de silbidos que tenían acordado entre ellos, y el compañero que se ocultaba tras el pienso echó a correr. La chica abandonó a un cliente con el que fingía tontear y rodeó las tiendas para atraparlos, mientras el forzudo cargaba, antorcha en mano, desde el lado contrario.

Pero ni siquiera los vieron llegar. El enorme criado enarboló una porra con la que golpeó en el rostro al que servía de avanzadilla, y su señor corrió, con espada y daga, contra el fuego de la antorcha del más corpulento, sin hacer preguntas ni esperar por ellas. En semejantes escaramuzas, las palabras sobraban, pues todos ellos sabían que sólo la muerte podría detenerlos. La chica agarró un puñal que llevaba entre los pliegues de su falda, y tras ella aparecieron los dos últimos miembros de la banda, amenazando con espadas roperas, como buenos asesinos encubiertos.

El Leopardo de las Nieves bajó la cabeza y sonrió. Por un momento había temido que aquel encargo fuera demasiado sencillo y que no hubiera tiempo para algo de acción.

En su interior se alegró de que la acción hubiera venido a buscarle.

A continuación la batalla fue rápida, apenas unos cuantos movimientos fugaces y algo de sangre derramada. Un par de giros de su hoja le bastaron al espía para desarmar a su contrincante, segando la mano con la que sostenía la antorcha. Después un quiebro rápido y la daga se hundió en el cuello del que había actuado como vigía, y que ni siquiera tuvo tiempo de gritar. Por su parte, el colosal Abbas, que hasta entonces había actuado como criado, se desembarazó del resto tan sólo con bracear, pues su fuerza era la de tres hombres adultos y su velocidad la de una pantera, y aquel grupo de asaltantes no podría hacerle frente ni en sueños.

El Leopardo se acercó muy despacio al forzudo, que lloriqueaba en el suelo mientras se agarraba la mano derecha. Era un hombre formidable, o al menos debió haberlo sido en tiempos, pero las señales de látigos y batallas perdidas se habían marcado a fuego en su piel. Estaba consumido, mucho más de lo que debería por su edad, y ambos supieron, sólo con mirarse, que en el fondo eran iguales.

Decidme, ¿dónde os capturaron? le preguntó. ¿En Trípoli? ¿O en la isla de Yerba (2)?

En la batalla de Pago respondió, entre susurros. Yo también era un corsario, pero caí en manos de las tropas del sultán Mi única salida fue convertirme a la Fe Verdadera Ahora soy un asesino, igual que todos los que no morimos aquel día.

¡Por los clavos de Cristo! ¿Es que ya no tenéis honor? ¡Estáis avergonzando los sagrados principios de los corsarios de Pago!

¿Principios? ¿De dónde habéis salido vos? Hace años que eso no existe, desde que el hijo del emperador nos entregó al enemigo. Antes éramos una familia y ahora salimos adelante como podemos, cada uno a su modo.

El Leopardo respiró hondo y agarró con fuerza la espada. Él también podía haber estado en esa situación, si no hubiera encontrado en su momento quien lo protegiera. La vida nunca es fácil para los soldados, movidos por los caprichos de los reyes como hojas al viento. Las guerras vienen y van, tal y como se les antoja a los gobernantes, y sus hombres caminan detrás sin tener idea de hacia dónde, intentando mantener la libertad y la honra, con desigual fortuna.

Aquel asesino ya no serviría para nada, con una mano inútil e incapaz de sostener un arma, de modo que llevó a cabo un acto de piedad y le clavó su hoja en el abdomen hasta la guarnición. Después la limpió y envainó de nuevo, y los dos extraños hombres se perdieron en las calles de Gadiro, sin mirar atrás un solo momento.

Porque sabían exactamente a dónde se debían dirigir.

REFERENCIAS

(1) Ver capítulo dos.

(2) La isla de Yerba o de los Gelves es una pequeña masa de tierra frente a la costa de Túnez, famosa por la utilidad de sus puertos para la navegación. Parece ser que incluso el propio Ulises la holló. En la época de Escila, se convirtió en un punto fundamental para la dominación del Mediterráneo, por lo que corsarios otomanos y almirantes europeos lucharon por ella en repetidas ocasiones, al igual que ocurrió con otros puntos como Trípoli, Argel o Túnez. Y en cada una de esas incursiones, ambos bandos obtenían prisioneros que luego vendían como esclavos en los mercados del norte de África o en la propia Gadiro.

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