Galeras nilidias, capítulo sexto: Un felino entre piratas (Segunda parte)

«El hombre bien preparado para la lucha ya ha conseguido medio triunfo» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

 

Una de las construcciones más antiguas de la isla de Gadiro era el Palacio de Eris. Según la leyenda, había sido edificado por un noble que deseaba ser rey e, incapaz de desafiar a los diez hijos del dios Neptuno —gobernantes naturales de los diez reinos que conforman el archipiélago de Pago—, decidió entregarse a la diosa de la discordia. Fundó una orden religiosa que llevaba su nombre, y sus rezos fueron tan profundos que la diosa empezó a moverse a sus anchas por las islas. Como es bien sabido, los dioses viven de las creencias de los hombres, y su poder depende de la veneración que reciban. Así, en apenas unas generaciones, las familias de los reyes se enfrentaron unas con otras, y finalmente se odiaron, hasta el punto de iniciar una guerra.

El noble en cuestión nunca llegó a ser rey, ni su hermandad gobernó el archipiélago, pero sí provocó el cataclismo que se conoce, en los anales de Pago, como «La noche en la que triunfó la discordia», o también «El castigo de los dioses por ser demasiado humanos».

Hay hombres que desean tan fervorosamente el poder que, cuando ven que es imposible que lo obtengan, se dedican a privar de él al resto, aunque para ello deban destruir a toda la humanidad.

Desde entonces el palacio había permanecido abandonado, tan sólo recorrido por fantasmas que, según se decía, alumbraban con velas las grandes salas cuando había noche de tormenta, y aullaban a la luz de la luna entre sus oscuros corredores. Sólo en los últimos años había ido a vivir allí el príncipe Selim del Imperio otomano, a quien su padre envió a ganarse un nombre, para que algún día mereciera el trono que Süleyman había estado guardando para él.

Lo que ya todo el mundo sabía en Pago —porque el propio Selim se había encargado de que corriera— era que el príncipe se había librado recientemente de cualquiera que amenazara su ascenso al trono, bien asegurando su lealtad mediante coacciones, bien de alguna forma mucho más permanente. Selim era experto en esta clase de «negociaciones», porque las había aprendido en casa. Su madre era Hürrem Sultán —también llamada Roxelana, por su hermosa melena del color del fuego—, la primera mujer en doscientos años que pasó de ser una odalisca del harén de Constantinopla a la esposa legal del sultán, saltándose todas las tradiciones, además de ser una de las personas más influyentes de la historia. Süleyman la amó como sólo pueden amar los hombres de sangre real, con una fascinación, una entrega y una devoción absolutas, y poniendo a sus pies todo un imperio. Son famosos los versos que le dedicó, en los que decía:

 

«Trono de mi mihrab (1) solitario, mi bien, mi amor, mi luna.

Mi amiga más sincera, mi confidente, mi propia existencia, mi sultana, mi único amor.

La más bella de las bellas».

 

Hürrem Sultán murió en el año 1558, dejando a Süleyman absolutamente destrozado, pero antes de eso se encargó de que su hijo Selim heredara el trono, aunque no le correspondía. Para ello, esta hermosa mujer de cabello rojo logró enfrentar a Süleyman con su propio hijo mayor, Mustafá —que no era hijo de Hürrem, sino de una esposa anterior, Mahidevran Gülbahar—, y finalmente Süleyman ordenó que lo estrangularan, por creer que Mustafá pretendía volverse en su contra. A partir de entonces, la sucesión dejó de estar tan clara.

En el cincuenta y nueve, Selim declaró la guerra a su hermano Bayezid, decretando su muerte allá donde se encontrase. Bayezid escapó a Persia con sus cuatros hijos, pero ni Selim ni el shah de Persia mostraron clemencia alguna con ellos, y toda la familia fue asesinada. De hecho el shah pidió una fuerte suma en oro a cambio de ocuparse personalmente de Bayezid y los suyos, y Selim lo pagó sin dudarlo, pues así se granjeaba su ascenso al trono.

En el Imperio otomano era tradición que tales sucesiones se arreglaran con sangre, y la mayor parte de sultanes había llegado al poder a base de matar a sus hermanos, eliminando cualquier rival que le hiciera sombra. Se consideraba una prueba de fuerza, que anunciaba lo que el joven príncipe podría llegar a hacer con el imperio en sus manos.

Selim había sido un gran ejemplo de ello, de modo que su padre se sentía muy orgulloso, y pronto lo envió a gobernar las islas de Pago, igual que él mismo se había curtido gobernando Sarukhan, al oeste de Turquía, como un paso previo en su madurez. Selim era consciente de cuánto se estaba jugando, de modo que no permitiría que el regreso del emperador Danaga le hiciera sombra. Él también iba a ser un emperador, fuera lo que fuera lo que tuviera que hacer para conseguirlo.

Sin embargo, despertarse con la hoja de una espada apoyada en su garganta, y el rostro sonriente de un asesino que le miraba a los ojos, no entraba exactamente en sus planes. Primero se aterrorizó, pero después recordó que era el hijo del sultán de Turquía, de modo que se esperaba de él que mantuviese el aplomo a cualquier precio, incluso amenazado de muerte en su propia cama.

—¿Ahora enviáis a niños a hacer el trabajo de hombres (2)? —preguntó el atacante, un tipo alto y fornido que demostraba una agilidad portentosa, y al que Selim reconoció al momento como Henri Pomont, el francés del que le habían hablado sus consejeros.

—Tenía que asegurarme de que erais vos, antes de permitir que os acercarais a mi persona.

—¿Ah, sí? Pues de este modo no habéis «permitido» nada, alteza, sino que he sido yo el que se ha colado entre vuestros guardias… bastante patéticos, por cierto.

El Leopardo de las Nieves saltó de la cama y llegó hasta una mesa con docenas de botellas de colores, de donde se sirvió una copa de vino de Anferes, una de las bebidas más antiguas de las que se tiene constancia en la historia de la humanidad —y de hecho algunos expertos piensan que la palabra «ánfora» deriva de este mítico reino del Mediterráneo—. Llevó la copa a su nariz y luego a sus labios, y por un momento pareció que estaba paladeando recuerdos, unos especialmente dulces.

—¿Qué sabéis de mi misión? —preguntó al fin.

—Que os envía el gobernador de Nilidia —respondió Selim, mientras se cubría el cuerpo con una túnica—. Desea advertirme de la fuga del emperador Danaga, pero han llegado antes las personas que las noticias. Ahora estamos al borde de una nueva revolución en Gadiro.

—Esa gente es peligrosa —susurró el Leopardo—. Yo he visto de lo que son capaces, por eso he tardado tanto. Estuve en el oasis de Deleh, donde mantenían encerrado a Danaga… y os juro que no queda piedra sobre piedra. Toda la construcción se ha venido abajo. No era fuego… era… algo más.

—¿A qué os referís?

—Magia. Es la única explicación. Nada humano podría haber hecho eso.

Selim guardó silencio al notar un escalofrío que le corría por la espalda. Lo único que verdaderamente podía aterrorizarle era la magia. Ni sus enemigos ni las batallas le causaban efecto, pero la magia era algo que no podía controlar, así que tampoco podía conquistarla.

Si sus enemigos eran magos, la historia cambiaba por completo.

—¿Cómo… cómo sé que decís la verdad?

El Leopardo envainó la espada y cambió la expresión de su rostro, volviéndose mucho más amigable.

—Mi príncipe… no os he contado toda la historia. Mi nombre es Alain Manard, y trabajo para la Corona de Francia. Deseamos, igual que vos, poner freno a la hegemonía del rey Felipe II. Para eso me han enviado.

—¿Manard, al que apodan el Leopardo de las Nieves? ¿Vos sois el asesino personal de la reina de Navarra (3)?

—El mismo. Soy al que avisan para cazar las presas que nadie más puede. La propia reina Catalina en persona me encomendó la tarea de presentarme ante vos y recuperar viejos lazos.

Selim observó al que unos momentos antes parecía que iba a asesinarle. Ahora su forma de moverse era mucho más relajada, como si fueran unos amigos de toda la vida compartiendo una copa. De modo que él también se sirvió vino y lo degustó, riéndose de la ironía.

—Creía que a la regente sólo le preocupaban las guerras religiosas.

—Mi señor, el rey Carlos, ya ha sido considerado adulto por las Cortes, y tanto a él como a su adorada madre le importan mucho las relaciones con el gran Süleyman.

—¿Y así lo demostráis, amenazando a su heredero con una espada? Debería haceros azotar.

—Lo lamento, mi señor. Digamos que no me gusta que envíen asesinos a matarme, y menos aún que sólo sea una prueba. Si queremos salir de ésta, debemos tener confianza mutua, mi príncipe.

Selim meditó la situación por un instante. Aquel viejo soldado se había escabullido entre sus guardias igual que el felino del que tomaba nombre. ¿Era posible que los corsarios de Danaga hicieran lo mismo? ¿O quizá simplemente levantarían en armas al pueblo y le arrasarían?

Por lo pronto, era mejor tener de su parte a un guerrero que consumar la venganza por tal atrevimiento. Un felino muerto no le servia de mucho en ese instante.

—¿Y cuál es el plan que habéis urdido?

—Oh, eso es algo mucho más sencillo. Lo aprendí durante mi época en el Mediterráneo: la única manera de evitar la revolución en Pago es matar a Danaga. ¡Y yo, mi querido príncipe, me dedico exactamente a eso!

 

 REFERENCIAS

 (1) Mihrab: Hornacina considerada como el corazón de la mezquita, ya que está orientada hacia la ciudad de La Meca, y por tanto señala la dirección hacia la que el musulmán debe mirar cuando reza.

 (2) Ver episodio anterior.

 (3) Al morir sin descendencia el joven rey Francisco II en 1560, la corona de Francia pasó a su hermano, Carlos de Orleans, que sólo contaba diez años. Por ello la regencia fue encargada a la madre de ambos, la reina Catalina de Médicis, viuda de su padre, Enrique II. Catalina intentó, sin éxito, mediar en la guerra religiosa entre católicos y protestantes, y para ello nombró como Teniente General del Reino a Antonio de Borbón, que además fue rey de Navarra desde 1555 hasta 1562 y murió en el asedio a la ciudad de Ruan junto al bando católico. Ante esta enorme pérdida, la corona de Navarra pasó a su viuda, Juana de Albret, que reinó como Juana III de Navarra.

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