Galeras nilidias, capítulo séptimo: Sufriente Safo

«Sea moderado tu sueño; que el que no madruga con el sol, no goza del día» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

 

Durante las guerras, el término «héroe» suele usarse con mucha ligereza. Un mismo acto puede ser visto como una hazaña o una villanía según el bando de la persona que hable. Así, navegantes turcos como Dragut o los hermanos Barbarroja eran llamados «piratas» por sus enemigos, y odiados a causa de los ataques que realizaban sobre barcos cristianos y villas costeras; mientras que el Imperio otomano los denominaba «almirantes» y los colmaba de premios. En el bando contrario, grandes marinos como Andrea Doria actuaban de una forma parecida, asaltando barcos turcos y vendiendo después a sus tripulantes en los habituales mercados de esclavos de Trípoli o Gadiro. Ésta última se había nutrido durante décadas del comercio de esclavos de uno y otro bando, por los que casi todas las naciones enviaban allí delegados para negociar su rescate, con el consiguiente esfuerzo de pujas, regateo y mucha, mucha burocracia.

En realidad la guerra, igual que el resto de actividades humanas, se había visto invadida por la burocracia, que decidía el destino de los hombres —quién volvía a ser libre y quién no— y a quién había que considerar un héroe. El mundo estaba en manos de los funcionarios y no tanto de los soldados, los caudillos o los héroes, como iban a descubrir los corsarios de Pago.

Sin embargo, tales consideraciones no se aplicaban a Viena la Indómita. Ella sí era una heroína por derecho propio. Líder de las amazonas awasii que viven nómadas entre los distintos reinos de Pago, almirante de la flota corsaria, aventurera, exploradora y mujer soldado; sus hazañas se contaban por cientos, y era habitual que surgiera su nombre en las historias que las abuelas narraban por la noche a sus nietos. La fama de Viena llevaba años corriendo por todas las tribus. Los jefes la respetaban, y cualquier rey soñaba con tenerla de su lado en la batalla.

Por desgracia, no siempre los héroes reciben la consideración que se merecen. A algunos es posible hallarlos en lujosos salones, premiados por los gobiernos y cantados por los bardos. A otros como Viena, en cambio, la defensa de la verdad les lleva a oponerse a esos mismos gobiernos, y su final no es gozoso. Por eso, cuando Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago, tuvo que buscarla durante la noche del tres de abril de 1564, no lo hizo en palacios ni elegantes hospederías, sino en «La Casa de Safo», el más indecente tugurio del puerto de Gadiro.

Su reputación era tan terrible como se merecía. En todo Pago era famoso aquel antro por lo aborrecible de sus clientes, lo oscuro de sus salones y lo inmoral de los actos que allí tenían lugar. No había mercader o asesino que no lo conociera, ni había trama que no surgiera de sus mesas, o de sus reservados, o de la propia dueña del local. La guardia personal del gobernador había intentado cerrarlo en numerosas ocasiones, pero siempre volvía a abrir a los pocos meses, como si estuviera protegido por poderes más altos que los del mismo sultán. De hecho, en el gran salón central, entre las mesas atestadas de la peor gentuza del mundo civilizado, un ejército de monjes con blancas túnicas bordadas paseaban agitando sus incensarios, repartiendo en todas direcciones su olor a santidad. Quién sabe a qué dios rezaban, pues sus cánticos eran incomprensibles, mezcla de lenguas perdidas en el remoto pasado de la humanidad y de jerga errática propiciada por el opio. Ni ellos mismos podrían explicar sus letanías, pero tampoco nadie les preguntaba, pues en profesiones como las de aquellos sinvergüenzas siempre era bien recibida la protección celestial, sin que les importara mucho de qué dios venía.

Cuando Hassan Tamuey abrió las grandes puertas de madera labrada y entró en el salón, ni una sola cabeza se giró a observarle. Tanto él como sus dos acompañantes, idénticamente vestidos con el uniforme oficial de las galeras de Pago —difiriendo tan sólo en el color de su fajín—, caminaron a través del largo pasillo central bordeado por mesas, donde cientos de personajes de dudosa moralidad se dedicaban a sus quehaceres, sin que les importaran aquellos recién llegados. La discreción era fundamental en la Casa de Safo, pues la falta de ella era motivo inmediato para ser expulsado de allí para siempre. Tamuey cruzó miradas con los esclavos que se encargaban de la vigilancia del local, gigantescos eunucos de origen etíope a los que su ama concedía permiso para sacar por la fuerza a quien estuviera molestando, fuera quien fuese. La lealtad de aquellos hombres era absoluta, igual que temida era la fuerza de sus brazos. La guardia del gobernador había aprendido a tolerarlos, pues mutuamente mantenían a raya a lo peor de la brutal calaña que se movía por la isla. Si todo dependiera de los hombres de palacio, era obvio que no durarían ni la primera noche.

—Busco a Viena de Gathol —dijo el guardián de las Puertas.

Pero los eunucos no respondieron, ni hicieron ademán de que lo entendieran.

—Es vuestra ama —continuó—. Vosotros la conocéis como Danae.

Entonces uno de ellos le observó con indiferencia, como si hasta ese momento no se hubiera dado cuenta de que estaba allí, y aun así no le importase mucho.

—Decidle que Hassan Tamuey desea verla…

Pero no obtuvo ni una mínima reacción. Hasta que un joven de no más de veinte años intervino en la escena, apoyando la mano en la espada y reforzando sus palabras con una bravuconería excesiva para su edad.

—La señora no recibe —dijo en un tono pretendidamente hostil que no impresionó a los marinos.

—Relajaos, gran caballero —contestó el guardián—. Ésta es una visita de cortesía, y creo que a tu ama le interesará lo que vengo a contarle.

El chico apretó el puño de la espada sin desenvainarla, pero dejando clara la amenaza.

—Yo no soy un esclavo. Soy un caballero del reino de España. Podría acabar con vosotros tres sin mucho esfuerzo. De modo que retirad vuestras palabras si no deseáis comprobarlo.

Tamuey respondió con una mirada de odio, pero una mano en su hombro le retuvo de prolongar el conflicto.

—Ya es suficiente. En mi casa sólo se mata si lo ordeno yo.

La voz era dulce pero autoritaria. Su dueña era una mujer alta y fornida, de rostro bellísimo y brazos tan fuertes como los de aquellos hombres. Vestía una larga túnica añil con dibujos bordados, pero sin duda lo más llamativo eran sus ojos color mar, enmarcados por un brillante pelo rojo que se derramaba en bella cascada sobre sus hombros. Sin embargo, la expresión de su boca era cruel.

—Marchaos —dijo a los esclavos—. No corro peligro en presencia del general Tamuey.

El joven relajó la mano de la espada, pero aun así no tenía claro cómo actuar. La mujer le dio un beso en los labios que aplacó sus miedos.

—Vete, querido —le susurró—. Hay asuntos que es mejor que no conozcas.

Tamuey vio con recelo cómo terminaban por quedarse solos, aunque a duras penas. Él también despidió a los suyos, y ella le condujo a un pequeño salón decorado con alfombras y cojines de estilo árabe, y en el que un tímido fuego de chimenea alumbraba sus rostros. Le sirvió un té y ambos bebieron, pretendiendo que eran amigos.

—Ha salido chulesco tu amante —empezó el guardián.

—Tiene motivos. Su nombre es Juan de Austria, es el hermanastro del rey Felipe de España e hijo bastardo del difunto rey Carlos.

—¿Qué dices? ¿Y qué está haciendo en Pago?

—Se fugó hace semanas del palacio que le asignó su padre y vino aquí a hacerse un hombre. Las galeras cristianas que hay en el puerto le obedecen a él.

—Pero… ¡eso es imposible! ¡Yo custodio las puertas! ¿Cómo es que ha entrado en Gadiro sin que yo me entere?

—Existen formas, y lo sabes tan bien como yo. Contactó con unos amigos míos en el puerto de Cartagena y yo facilité su huida. Ahora está acogido en mi casa, hasta que sepa lo que quiere hacer con su futuro.

—¡Por el amor del cielo, mujer, vas a conseguir que nos maten a todos! ¿Qué crees que hará el príncipe Selim cuando descubra que estás protegiendo a un espía de la Corona de España?

—No es un espía. Sólo es un hombre que me ama, igual que Selim. E, igual que él y que tú, algún día se llevará un desengaño… pero mientras tanto procuro que no lo maten tontamente en un duelo. Es como todos los hombres: no tiene más que orgullo, y nada de cabeza.

Tamuey paseó dubitativo por la oscura sala, jugueteando con el té entre sus dedos. Los vapores que flotaban del vaso le enturbiaban la cara. Sus ojos parecían ir a hundirse en las cuencas.

—Tienes que dejar esta vida —dijo al fin—. Se avecina una guerra, y no es fácil que salgas con bien de ella.

Viena rio a carcajadas.

—¿Eso es lo que me has venido a contar? Ya sé que Danaga ha vuelto, hace semanas que lo sé.

—Padece lepra. Tu hermano lo ha llevado al templo de Dagón para curarlo.

La alegría desapareció del rostro de la mujer.

—Después dijo que te avisaran, que «supieras que ha llegado el gran día».

Viena empezó a temblar. Dejó el té en el suelo y miró hacia el infinito. Sus ojos se volvieron turbios, no llorosos —pues hacía años que había perdido la capacidad de llorar—, pero sí tapados por una cortina de recuerdos.

—¿Ahora quiere que lo sepa? Fantástico… Y tenías que ser tú quien viniera a decírmelo…

—¿Y a quién esperabas? ¿Al Imperio otomano en pleno?

—Muy bien, ya has dado tu mensaje. Ahora vete.

Tamuey se puso en pie. La mujer había dejado de mirarlo, y seguramente ya ni recordaba quién era su interlocutor, pues estaba perdida en un mar de profundas preocupaciones.

—Viena… me alegro de haberte visto.

Sus ojos volvieron a fijarse en él, pero no con ternura, sino con el mayor de los desprecios.

—No seas hipócrita —respondió—. Tú sólo querías revisar tu inversión. Yo nunca te he importado lo más mínimo.

—Viena…

—Es la verdad. Si te importara, no me habrías tratado como lo hiciste.

—Viena… Tienes que entenderlo… No fue nada fácil.

—¿Y para mí sí? Conservo este local «por la gracia del gobernador», pero siempre con soldados en mi puerta. Me hablan como si fuera una apestada, y tú haces igual.

—¿La… la has vuelto a ver?

El rostro de Viena palideció de pronto, y sus dientes se apretaron con furia.

—No. Sabes que no. El gobernador la encerró en la Torre de la Catarata, protegida por un batallón, y si intentara siquiera acercarme, nos matarían a ambas.

—¿Y te extraña? ¿Cómo… cómo pudiste? Fue un crimen horrendo. No entiendo cómo tu padre te ha perdonado. Ella… era su esposa… y tú la mía.

Viena se levantó de un salto, desenvainó una afilada daga y la puso en el cuello del guardián. Sus ojos estaban dominados por la furia.

—¿Por qué eres cristiano, Hassan? Toda tu familia es musulmana, desde que tienen constancia de tus ancestros. Y sin embargo tú has decidido libremente rezar a otro dios. ¿Por qué? ¿Por qué?

—Yo… yo…

—¿Por qué las aves vuelan? ¿Por qué pueden los peces respirar bajo el agua? ¿Conoces la respuesta, Hassan?

—Yo… no… no la conozco.

—Pues entonces no preguntes más sandeces y márchate de mi casa. Si no puedes entender quién soy, entonces es que no me conoces.

Tamuey se frotó el cuello.

—Lo… lo siento. Todo. Siento mucho lo que pasó.

Bajó la cabeza y caminó en dirección a la puerta, con la cabeza hundida entre los hombros y sintiéndose el hombre más pequeño del mundo. Viena se giró una última vez hacia su figura, mientras él retenía el tirador.

—Hassan… protege a mi padre. He oído que han enviado a un asesino a matarlo. Se llama Alain Manard, sirve a la Corona de Navarra.

—No sé quién es.

—Un tipo peligroso. Es católico, como tú, pero en Navarra ahora gobierna una reina protestante, así que no puede volver allí. Hará lo que sea para encontrar quien le proteja… y Selim pagará bien a quien mate al emperador.

El guardián respiró hondo. Cada vez era más obvio que ya no habría tranquilidad en el mundo.

—Te he dicho que se avecina una guerra, querida. Espero que tú también tengas quién te proteja, porque no va a quedar piedra que no remuevan ni enemigo al que no maten. Se juegan el imperio.

Y diciendo estas palabras se marchó de la Casa de Safo para no regresar jamás.

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