Galeras nilidias, capítulo octavo: La batalla por el alma de Pago (Primera parte)

«Encomiéndate a Dios de todo corazón, que muchas veces suele llover sus misericordias en el tiempo en que están más secas las esperanzas» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

 

Nunca hubo un día en la historia de las islas de Pago que se recordara como aquél. Los hombres y mujeres de todo el mundo hablaron de ello durante generaciones. Los gobiernos se estremecieron al saber lo que había ocurrido, tanto cristianos como musulmanes. Fue entonces cuando se dieron cuenta que los piratas se habían hecho dueños del Mediterráneo, y por tanto del mundo.

Y estaban dispuestos a ejercer su poder.

Con las primeras luces del alba del cuatro de abril de 1564, el dios emperador Danaga regresó a su hogar, después de cinco años de exilio. Su cuerpo estaba curado de la horrible enfermedad que había consumido su carne durante tanto tiempo. Su espíritu estaba más fuerte de lo que había sido nunca. A pesar de los esfuerzos de tantos enemigos, Danaga no se había doblegado, y por eso el mundo empezó a temblar. Porque los corsarios de Pago ya estaban afilando sus armas, dispuestos para la guerra definitiva.

Los amigos más fieles y los soldados que mejor le conocían marchaban ahora a los lados de su carroza, adornada con sus vistosos estandartes, mientras que su poderosa figura caminaba al frente del grupo, contemplando sus dominios con una sonrisa orgullosa. El emperador volvía a casa, esta vez sí.

Tan pronto como corrió la noticia, una muchedumbre entusiasmada salió a recibirle. Gentes de cualquier edad gritaban de jubilo, rodeados de niños que no habían llegado a conocerle, pero que se habían criado con las historias de aquel pirata único y bondadoso, del rey de los mares. Enseguida aparecieron las viejas banderas, escondidas hasta entonces en sótanos mohosos para evitar los registros de los jenízaros, y ahora empuñadas con la misma decisión de antaño, como si no hubiera pasado el tiempo. Las consignas volvieron a sus labios, los cánticos de los corsarios de Pago resonaron otra vez en las plazas y en las calles, y con ellos resucitó la esperanza.

A la entrada de la ciudad de Gadiro, el primero que le aguardaba era Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago. La comitiva bajó de la montaña como una larguísima procesión de  gente festiva, celebrando la buena nueva de la llegada de su salvador. Tamuey se detuvo a un lado del camino e hizo señas en dirección al grupo, mostrando cuál era su regalo: treinta de los mejores corceles de las cuadras del gobernador, que antes habían pertenecido al propio Danaga.

—Mi señor, ningún rey debería recuperar su trono caminando —dijo el guardián de las Puertas.

Al primer instante, Akrab Reis se enfureció, pues oficialmente Tamuey había robado los caballos, pero entendió que era por un bien mayor, y dio el visto bueno.

El emperador sonrió ante un gesto tan hermoso, y le puso una mano en el hombro.

—Amigo mío, ningún rey tuvo nunca súbditos tan nobles como los míos… Llámame Danaga… como antaño.

Pero Tamuey bajó la cabeza, avergonzado.

—Danaga… ¿me perdonarás lo que hice? Fuimos estúpidos y creímos que la guerra debía terminar, al precio que fuera… incluso al precio de la cabeza de nuestro señor.

—No hay nada que perdonar —respondió—. No deseo el mal a nuestra gente. No quiero que sigan sufriendo por nuestras rencillas. Yo también he aprendido la lección, querido amigo, y no arrastraré a Pago a una nueva guerra si nuestros enemigos no me obligan.

Al oír estas palabras, Akrab Reis se emocionó, y fue él quien puso una mano en el hombro de su padre.

—¿Eso es cierto? ¿Renunciarás a la guerra?

—Sí, renunciaré, pero no a la libertad. No puedo consentir que nuestra tierra sea esclava de un imperio extranjero, pero he aprendido que puede haber más caminos aparte de la pólvora y la sangre… si ese imperio extranjero también lo entiende así.

Tamuey ladeó el rostro y miró hacia otro lado, incapaz de contar lo que sabía.

—Eso… no será tan fácil, mi señor…

Pero ya nadie le estaba haciendo caso.

El gobernador sonrió y padre e hijo se dieron un fuerte abrazo. ¿Era posible que los años del terror hubieran pasado, que ya no aguardaran más dolor ni más muerte en el horizonte de Pago?

En ese instante, un esclavo llamó la atención del guardián de las Puertas y le susurró al oído:

—Mi señor, un soldado ha encontrado agonizando a unos rateros del puerto. Dicen que han sido atacados por un asesino como el que buscáis. Pueden describiros cómo es físicamente.

Y Tamuey se disculpó y corrió entre la multitud. Tal vez la guerra aún pudiera evitarse.

 

Montado a lomos del mejor caballo, Danaga entró en Gadiro. Las calles se llenaron de una masa chillona que ansiaba verlo finalmente, personas de toda condición que añoraban los tiempos en que los piratas de Pago regían el mundo, y a la vez olvidaban con facilidad estos cinco años sin su gobernante, como si sólo hubieran sido un mal sueño.

Con la llegada del nuevo día, el sol inundó las calles empedradas de brillantes losetas, las altísimas torres de pináculos refulgentes y el corazón esperanzado de los hombres, que aguardaban con ansia que las cosas cambiaran al fin. Akrab Reis recitó en el oído del emperador todos los grandes logros que él había obtenido en esta época, como las mejoras comerciales, los acuerdos con los principales puertos del mundo, la importancia económica de Gadiro o el respeto que le tenían las naciones más poderosas. Y esos avances impresionaron a Danaga, sin duda, pero nada le hacía tan feliz como los ojos ilusionados de su gente al verlo pasar, felices como no lo habían estado en mucho tiempo.

Su hijo remató el discurso con una última frase:

—Padre… todo lo hice para que no hubiera más dolor.

Y Danaga asintió, consciente de su deber como gobernante.

Sin embargo, aquel día les engulló la fiesta. Cientos de voces gritonas que celebraban la suerte de poder contemplar vivo a su emperador, pese a los enormes esfuerzos de sus enemigos. La procesión continuó durante horas, avanzando a paso de tortuga por la presión de la gente. Todos querían tocar a su señor, sonreírle, dedicarle unas palabras o simplemente comprobar que era él de verdad. Resultaba imposible cabalgar más de unos pasos. A cada momento se veían forzados a desmontar para saludar a alguien, besar a una mujer, acunar a un niño o abrazar a algún anciano superviviente de otro tiempo, cuyas mejillas se llenaban de lágrimas al reencontrarse con Danaga.

«Mi señor…», susurró uno de ellos. «Me he mantenido con vida hasta que volvierais. Siempre supe que este día llegaría».

Y luego tuvo que sentarse, por la emoción.

El emperador recorrió al paso la larga distancia que lo separaba de su destino: la Plaza de los Diez Reyes. Allí era donde todo el pueblo lo aguardaba, gritando su nombre, implorando que se dirigiera a ellos.

Según la leyenda, allí era donde se reunían los antiguos monarcas del archipiélago de Pago, los diez hijos del dios del mar y una mujer humana. Allí redactaban las leyes que luego se aplicarían a todos los hombres, y después las tallaban en un obelisco de oricalco (1), que se  erguía brillante en el centro mismo, para que cualquiera pudiera leerlas. Los tiempos habían cambiado, y ni del obelisco ni de aquellas leyes primitivas quedaba rastro alguno. La plaza era una vasta extensión de piedra pulida por muchos siglos, devastada por el mismo horror que una vez terminó con las viejas islas.

Danaga se preguntó si su regreso no iba a traer a aquella gente un cataclismo parecido.

Pero no le dejaron pararse a pensar. Empujado por la multitud, vitoreado y zarandeado por miles de personas, el emperador cabalgó hasta el centro de la plaza, y entonces tomó la palabra.

—¡Hermanos! ¡Escuchadme! Yo soy Danaga, dios emperador de las islas de Pago. He vuelto de la prisión en la que fui encerrado hace cinco años, en la guerra en la que muchos de vuestros familiares murieron. He regresado a mi hogar, sólo para ver cuántas cosas han cambiado, y no todas para bien. Mi hijo ha gobernado estas islas en mi ausencia, y me consta que lo ha hecho con una buena intención, con el empeño de mejorar la vida de sus hermanos, los corsarios de Pago. Sin embargo, ya no hay corsarios, ni en las ventanas ondea la bandera con los tres anillos, que heredamos de los que habitaban estas islas muchos milenios atrás. Una vez, cuando el mar era joven y los hombres empezaban a recorrerlo, hubo un continente hermoso y noble llamado Atlántida, gobernado por diez reyes nacidos del dios del mar. La tierra de aquel lugar era fértil, y el dios dibujó tres anillos de agua en torno a la montaña que conectaba el mundo de los mortales con el Olimpo. Una montaña gigantesca que llegaba hasta el mismísimo cielo, a través de la que otros dioses podrían bajar a conocer a los hombres, y luego navegarían juntos por aquellos canales, en un mundo perfecto. Por eso nuestra bandera son los tres anillos, y también el tridente que empuñaba el dios del mar.

»Sin embargo, esa bandera disgustaba al sultán del Imperio otomano, que exigió que la retiráramos. Ahora las islas de Pago son una posesión otomana, y sólo ondean los símbolos que él decide, porque suya es la voluntad que rige nuestros destinos. ¿Eso es justo? ¿Ése debe ser el final que aguarda a los valientes de Pago?

Fuertes vítores recorrieron la plaza. Muchos puños se alzaron entre la multitud, buscando sangre, pero Danaga los tranquilizó.

—Sin embargo, hermanos míos, la orgullosa Atlántida desapareció por su arrogancia. Sus barcos se hundieron, su grandioso imperio fue tragado por las olas. Sólo un hombre sobrevivió a tan monstruoso cataclismo, un sabio llamado Atrahasis, que vio cómo estas islas eran consumidas por la furia de un dios, el mismo que las había levantado. Y Atrahasis miró al cielo y preguntó: «Señor, ¿qué será de mi vida ahora? He visto la muerte reinando en mi imperio. ¿Qué haré con mi vida?». Y el dios bajó del Olimpo y respondió: «Tú serás el rey de un nuevo imperio, un lugar  que aprenderá de la arrogancia de la Atlántida y no cometerá sus mismos errores. Los hombres lo llamarán el archipiélago de Pago, pero en secreto tendrá un nombre que sólo tú conocerás: ese nombre sagrado es Eunesos… la verdadera isla».

Al oírlo, un silencio atroz cayó sobre el pueblo allí reunido. El Nombre. Había revelado el Nombre. Sólo los emperadores podían conocer aquellos Misterios del Mar, cuyos ritos se celebraban una vez al año. Sin embargo, Danaga sabía que había llegado el momento de contarlo, pues el templo dentro del volcán se había hecho añicos, y con él se habían liberado los secretos más oscuros de la humanidad.

—Eunesos… Eunesos… Ése es el nombre de mis dominios, que se extienden mucho más allá de lo que conocen los hombres de otros reinos, pero ellos no podrían entenderlo. Hasta aquí llegué hace muchos años, perdido, desorientado, igual que el sabio Atrahasis, sin saber qué hacer con mi vida. Nada tenía sentido desde que murió mi esposa, mi adorada Sonia, la de cabello rojo como el fuego, junto a la que me enfrenté a las tropas del sultán en Viena. Allí fue donde tuvimos a nuestra hija, y durante años todo parecía felicidad, rodeados de la pólvora y la muerte de una guerra cruel. Pero, cuando extendimos el enfrentamiento hacia el Mediterráneo, ella no sobrevivió al combate naval. Nuestro barco se hundió y sólo yo me salvé del cataclismo. Igual que Atrahasis. Y llegué a estas costas convertido en una sombra del poderoso guerrero que había llegado a ser, y vosotros me acogisteis con cariño, con mimo, como a un hermano más. ¡Como a un verdadero hermano corsario!

Los gritos ahogaron la voz del emperador, que por un momento se vio incapaz de continuar su discurso.

 

 Sobre el tejado en ruinas de la Torre del Armisticio, Viena la Indómita vigilaba la multitud. Armada con una ballesta, no perdía de vista los espontáneos que atiborraban la plaza, atentos a las palabras del emperador. En realidad ella también lo estaba escuchando, aunque no quería, pero la sangre la llamaba a través de las décadas. Había recordado por qué la llamaron así.

Treinta y cinco años atrás, sus padres se habían dejado la piel por frenar el avance de los turcos por Europa. Habían luchado en una batalla desigual y no habían dejado que sus enemigos avanzaran. Ellos habían sido héroes, aunque nadie se lo reconociera jamás, pero Viena sabía la herencia de valor que le habían dejado.

Como solía decirle Hassan Tamuey cuando estaban casados, las historias verdaderamente importantes siempre empiezan mucho antes de lo que nadie se imaginaría, y acaban bastante después. Ahora Viena estaba apostada en lo alto de una torre que antiguamente sirvió para firmar tratados de paz, hasta que el sultán la voló a cañonazos desde una de sus galeras de guerra. De aquella gloria no quedaban ya más que escombros mal reconstruidos, como de casi todo lo que había sido Pago en otros tiempos.

Una torre torcida a un lado de la plaza.

Así que le tocaba a ella volver las tornas contra sus enemigos, o al menos tratar de identificar al asesino que amenazaba a su padre.

Si ese hombre triunfaba en su empeño, el sueño de los corsarios se hundiría para siempre.

 

 Llegando desde el otro extremo de donde se ocultaba Viena, los jenízaros invadieron la plaza. Considerados con justicia como uno de los mejores cuerpos de infantería del mundo, estos soldados crueles apartaron a la multitud de su camino, abriendo paso al orondo y engalanado príncipe Selim. Sólo con ver el brillo de las armas, los lugareños se alejaron de este recién llegado, pero no pudieron ir muy lejos, pues las salidas de la plaza estaban tomadas. Desde la enorme explanada central, muchos eran los caminos que partían en todas direcciones, a veces amplias galerías y a veces sólo pasadizos angostos donde a duras penas entraría una persona adulta, y todos ellos estaban vigilados, prestas las armas ante cualquier movimiento hostil. Los jenízaros se extendieron como una mancha negra y brillante que ahogó a la multitud.

Además, mirando por encima de la balaustrada que daba al puerto, Danaga descubrió que las galeras otomanas se estaban armando para la guerra.

—Saludos, noble emperador —empezó Selim, ahora mucho menos altanero que cuando se encontraron en palacio (2).

—Príncipe… —respondió, con un breve movimiento de cabeza.

—Veo que os habéis recuperado completamente. ¿Cuál es vuestro secreto para haber logrado una curación como ésta?

—La fe de mi pueblo —dijo Danaga—. Ellos quisieron que regresara a mis calles, a mi palacio y a mi trono, y desde allí los volviera a gobernar.

—Así pues —confirmó Selim—, ése es vuestro propósito: volver a reinar sobre las islas de Pago.

—Nunca he dejado de hacerlo. Soy emperador por la voluntad de nuestros dioses, y nadie puede oponerse a ello… ni siquiera mi hijo.

Akrab Reis se mantuvo firme a su espalda. Selim no hizo ningún signo de que le hubiera importado aquel comentario y siguió adelante.

—¿Y yo debo aceptarlo? Os recuerdo que el Imperio otomano es quien manda ahora en estas islas, así que medid vuestras palabras.

Danaga respiró hondo y dijo una única frase, la que sabía que iba a marcar el destino de todo el Mediterráneo:

—Yo no entro en si debéis aceptarlo o no, ni en las consecuencias que eso traiga: yo soy el emperador. No me doblego ante nadie, igual que tampoco lo hace mi gente. Eso es todo.

El otomano lo observó con rostro pálido. Sus hombres miraron hacia él, esperando una orden.

—Como desees, «emperador»… Si ésa es tu elección, reinarás sobre una isla llena de muertos.

Sacó de su túnica un pañuelo rojo y lo agitó al aire. Las galeras abrieron fuego con toda su potencia. La balaustrada se hizo pedazos, los cuerpos de los habitantes de Pago saltaron por los aires. La muchedumbre trató de escapar, sólo para verse traspasada por las flechas y las picas que blandían los jenízaros, impidiendo que salieran de la plaza. Eso hizo que tuvieran que retroceder, hallando en su camino columnas de fuego que brotaban de todas partes.

El rincón más visitado de Gadiro se había convertido en un infierno, azotado por los truenos provenientes del mar, castigado por temblores que parecían seísmos.

A cada nuevo cañonazo, los suelos se abrían, los edificios caían y las piedras ancestrales volaban como si fueran hojas al viento. Los cuerpos carbonizados empezaron a acumularse en improvisadas montañas, mientras los soldados seguían acribillando a los que hacían esfuerzos por huir.

Danaga saltó al centro de la plaza e intentó organizar un grupo de supervivientes, pero nadie le oía. Su voz no era más que un susurro en medio de la tormenta. Hacía gestos para llamar la atención de los pocos que aún correteaban, sin saber dónde ir, pero una tupida nube lo cubría todo. Estaban perdidos.

El emperador se giró y vio la figura regordeta del príncipe Selim, cubierto de cenizas, saltar hacia él espada en mano.

—¡Muere! —le gritaba—. ¡Muere de una vez, maldito!

Danaga desenvainó su hoja. A su alrededor, las paredes seguían cayendo y la tierra se retorcía como el cuerpo de una serpiente. Detuvo los tajos ansiosos de su enemigo, pero a duras penas. El acero recorría su piel, era imposible evitarlo a la vez que esquivaba la furia de los  cañones, los cadáveres de su gente y la huida frenética de los que aún permanecían en pie. Pronto empezó a sangrar abundantemente por brazos y piernas. Se debilitaba.

Entonces los jenízaros hicieron un gesto a las galeras y éstas redoblaron sus disparos, al tiempo que se acercaban a la costa. Habían pasado a una segunda fase del plan: desembarco y saqueo casa por casa.

Danaga sabía que esta vez no iban a mostrar clemencia. Selim estaba ansioso por demostrar su crueldad. Las palabras del emperador habían condenado a todo su pueblo.

Miró una última vez a la lejanía del mar y vio algo que le heló la sangre en las venas: las defensas de Gadiro no estaban respondiendo al ataque otomano. ¿Cómo era posible? Ni las colosales galeazas al mando de Hassan Tamuey ni las altísimas torres de vigilancia habían abierto fuego una sola vez sobre la flota apostada en la entrada del puerto, como tampoco habían levantado las cadenas que cerraban el acceso a la bahía. Simplemente se quedaban quietos y les dejaban actuar impunemente. ¿Por qué?

Un rápido vistazo a la mirada burlona de Selim le aclaró sus dudas.

—Tú… ¿Qué has hecho, desgraciado?

—Digamos… que me he asegurado de que los defensores de Pago me sean leales a mí, y no a tus locuras.

—¿Qué? ¿Cómo es posible?

—¿Recuerdas a tu querido Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago? Hace años que trabaja para mí. Está enamorado de la bruja que reina en el río Isis, a la que los árabes llamamos Anofis… y vosotros conocéis como Circe.

Danaga se estremeció, hasta el punto que las mortales estocadas de su adversario estuvieron a punto de alcanzarle en el pecho en varias ocasiones. Pero se rehizo, y su mirada se volvió gélida.

—Circe… recuerdo bien ese maldito nombre… La mujer que me embrujó y me causó la lepra.

—La misma —dijo Selim, entre risas—. A diferencia de ti, Tamuey cayó prendado de sus encantos, así que no hizo falta acabar con su vida. ¿Por qué crees que llamó así a su galeaza? ¡Sólo vive para cumplir los deseos de la bruja!

La cabeza de Danaga empezó a dar vueltas, presa de un mareo incontrolable. ¿Era esto posible? ¿Hassan, el hombre con el que acababa de reconciliarse, en realidad le había  vendido? No… parecía una locura.

Y sin embargo, de alguna forma, tenía sentido. Y con ello venía su perdición.

Danaga entendió que, en ese preciso instante, su sueño de unas islas libres se había perdido. En realidad nunca había tenido ni la más mínima oportunidad. Selim lo había estado vigilando en la distancia y jugaba con él como un depredador con su presa, esperando el momento de clavar sus garras y despedazarlo.

Todas las verdades en las que había creído demostraban ser sólo un disfraz, una pantomima.

Empezó a flaquear. Era sólo cuestión de tiempo que fallara algún tajo y el acero de su enemigo lo atravesase. Ambos sabían que esto era así, porque Danaga había dejado de luchar. Su brazo se mostraba cada vez más débil, su hoja más dubitativa. Sus ojos estaban llenos de tristeza y él mismo se abocaba a su pronto final.

Pero esto no llegó a suceder nunca. De entre la nube de polvo que los rodeaba se elevó una voz ronca que venía de cien gargantas, un llamamiento más antiguo de lo que nadie podía imaginar, y que una vez más corría por entre aquellas islas dejadas de la mano de los dioses.

—¡Eunesos! —gritó Abban Paloukis, el cómitre imperial.

—¡Eunesos!— gritaban los viejos y los niños, las mujeres, los guardias.

Sus voces eran una sola, sus puños se alzaban para demostrar la fuerza que habían atesorado. Era la fuerza de su identidad humillada durante cinco largos años, la unidad de su gente, el poder de su coraje sin límites.

Paloukis desenvainó su espada y sus hombres se repartieron por la plaza, artilleros con años de experiencia que habían luchado en la vieja guerra de las islas de Pago, y que justamente por eso le tenían muchas ganas a los jenízaros.

Selim se estremeció al ver aquel ejército improvisado.

La sorpresa del monstruoso ataque había pasado, y los corsarios de Pago hallaron la voluntad necesaria para unirse otra vez.

Danaga miró hacia el mar y comprobó que las galeras otomanas se acercaban peligrosamente. Tenían que ganar ventaja enseguida. El puerto se había destruido, con las casas de los mercaderes tragadas por el fuego, su gente despedazada por las balas de cañón y una gigantesca nube de cenizas cubriendo el aire, que ya se extendía por casi toda la isla. Apenas conseguían ver ni respirar, así que dio por hecho que la tripulación de los barcos tampoco podría verlos a ellos. Los muertos ya se contaban por centenares. ¿Quién podría haber deseado un horror así?

Tamuey no podría haberlo hecho solo. Si todas las defensas del puerto se habían negado en bloque a protegerlo, tenía que deberse a una conjura de generales en su contra. Tamuey debió  convencer a la mayoría de sus compañeros, y éstos a sus propias tripulaciones, para que ni un solo barco se decidiera a cumplir con su misión. Habían accedido a que se produjera una matanza. ¿Qué pudo haberles prometido Selim para algo semejante?

Danaga contempló al grupo de valientes que se habían alzado en su favor. La guerra aún no había acabado. Tomó la espada con nuevas fuerzas y redobló el ataque a su enemigo, logrando herirle en un brazo. La furia corría por su cuerpo, su garganta ardía con el grito de libertad.

—¡Eunesos! —chilló el emperador, y arrancó el arma de la mano de su enemigo.

Los jenízaros quedaron petrificados. Su amo, el gran príncipe Selim, había sido vencido. Su orondo cuerpo se hallaba ahora a merced de lo que Danaga quisiera hacerle, y los corsarios entendieron que era el momento para que ellos actuaran también.

Una descarga de arcabuz resonó en la plaza. Decenas de soldados otomanos rodaron por el suelo. Los corsarios marcharon sobre ellos cortando y clavando sin más miramientos, destrozando a todos cuantos se oponían a su paso. Bien corriendo o cargando a caballo, los hombres de Pago avanzaron sobre la mejor infantería del mundo, cuya estrategia había sido bruscamente paralizada. Los sables y espadas de los guerreros del mar no hallaron rival entre las atónitas filas de los jenízaros, que poco a poco empezaron a retroceder. Ellos habían creído que atrapar a los piratas en la plaza significaría su final, cuando fue todo lo contrario. La sensación de encierro y de final irremediable había despertado un ansia que llevaba años dormida a propósito, una necesidad de gritar que habían ido controlando en pos de una convivencia pacífica, aunque fuera como sirvientes de la Sublime Puerta.

Pero ahora esa época había acabado. Danaga les dio el coraje para ser ellos mismos, mandase quien mandase. Ahora conocían el nombre secreto, y eso significaba que ellos también eran reyes. Que aquella tierra era suya por derecho, y no iban a dejar que nadie se la arrebatase. El grito se extendió como la llama en la pólvora, prendiendo un fuego intensísimo que ya nadie podría parar.

El cómitre Paloukis miró a su emperador con una sonrisa en los labios, y ambos supieron que era posible que vencieran.

 

REFERENCIAS

(1) Oricalco: Mítico metal originario de la Atlántida, y con el que se realizaban las grandes construcciones. Según los escritos de Platón, se consideraba más valioso que el oro y que las piedras preciosas.

 (2) Ver capítulo segundo.

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