Galeras nilidias, capítulo noveno: La batalla por el alma de Pago (Segunda parte)

«No ames lo que eres, sino lo que puedes llegar a ser» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

Despertó muy despacio, con el cuerpo sumido en un dolor terrorífico. A su alrededor había sangre, su sangre, y supo al instante que tenía una brecha en la cabeza.

¿Qué había pasado? ¿Estaba muerta?

No todavía no. Y sus enemigos iban a sufrir por eso.

Viena la Indómita se puso en pie a duras penas. Las costillas le dolían como si estuvieran rotas, pero eso le daba lo mismo. Tenía que luchar, su vida y la de su pueblo estaban en serio peligro. Ella sabía que esto podía ocurrir, Juan se lo había advertido, pero nunca creyó que fuera a ser para tanto. Estúpida, estúpida

El aire se había vuelto irrespirable, tragado por una espesa nube de polvo negruzco que olía a muerte y azufre. La torre en la que se había apostado ya no existía. Lo único que Viena descubrió a su alrededor fue una montaña de cascotes destrozados por el fuego de cañón, un ventanuco informe donde antes hubo una terraza y muchos gritos.

A sus pies, la gente estaba muriendo por cientos, arrasados por cada nuevo disparo o mutilados por las espadas de los jenízaros. La carnicería era atroz, y ella no había sido capaz de preverlo.

La Torre del Armisticio había sido derribada por la primera andanada proveniente de las galeras turcas. Sus piedras ancestrales ya no eran más que cascotes repartidos por media plaza, aplastando en su camino a algunos incautos. ¿Era posible que la flota otomana supiera que Viena estaba allí escondida, y por eso había disparado en esa dirección? Tal vez, pero ese pensamiento no iba a cambiar su auténtico problema: el cruel ataque la había dejado inconsciente durante un largo tiempo, y por eso ahora las cosas se habían descontrolado hasta tal extremo.

Intentó expiar su culpa y, con las últimas fuerzas que le quedaban, encendió la punta de una flecha y apuntó a la colosal antorcha situada en el centro de la Plaza de los Diez Reyes, un pebetero de diez metros de diámetro y otros diez de altura, que era lo único que quedaba del mítico obelisco de oricalco de los reyes atlantes.

Disparó su arma y vio con deleite que aquel fuego prendía como no lo había hecho en siglos.

Danaga tuvo que reprimir una lágrima ante tan bella imagen. Las llamas ardían en la Antorcha de los Diez Reyes, derramándose como en una cascada de color rojizo que inundaba la isla, purificándola. Eso hizo que el sueño de libertad se extendiera del mismo modo por las gargantas y los corazones de los viejos corsarios, y esto agradó el emperador.

Después de tanto tiempo, su pueblo volvía a ser grande.

Los luchadores aprovecharon para encender antorchas de mano con aquel fuego sagrado, y después quemaban a sus enemigos, incluso a través de las armaduras que portaban, mejorando sus posibilidades en la batalla. Los gritos ya no sólo provenían de las gargantas de Pago, sino ahora también de los jenízaros. Pronto sus cuerpos fueron arrojados directamente a las hogueras, y eso las alimentaba cada vez más. Las ansias de libertad se habían vuelto infinitas, igual que las ansias de venganza.

Danaga se unió a los suyos, haciendo uso de la misma espada con la que había desarmado a Selim. Cortaba, pinchaba, rebanaba gargantas. Reunidos en torno a la colosal antorcha, el pueblo de Pago estaba consiguiendo dominar a sus enemigos, cuyos cuerpos se acumulaban en el suelo por docenas. El combate se había revertido, y Selim empezó a temer por su vida.

Casi al borde del puerto, la flota otomana contempló aquel fuego con desconfianza. Su líder, el poderoso almirante Uluj Alî, era uno de los más temidos del Imperio otomano, y en este día horrendo se había atrevido por primera vez a cruzar las defensas de Gadiro en son de guerra. Su amo, el sultán Süleyman, le había ordenado que diera al mundo una lección de lo que era capaz la Sublime Puerta, y por Alá que se la había dado. Pocas veces en la Historia se había producido una matanza semejante. Los gritos de agonía podían oírse casi desde alta mar. Los edificios más emblemáticos de la isla habían sido arrasados, y todo estaba cubierto por una tupida niebla de polvo y cenizas.

Los antiguos piratas no podrían recuperarse jamás de este golpe.

Y sin embargo, Uluj Alî no estaba tranquilo. Las defensas de Gadiro se habían mantenido silenciosas ante su avance, tal y como acordaron en el pacto de sus generales con el príncipe Selim, pero a ellos nadie les había dicho nunca que los otomanos pretendieran destruir su ciudad.

¿Qué pasaría ahora?

¿No se encuentra satisfecho, mi señor? dijo el cómitre de la galera capitana. Seremos recordados durante muchos siglos por esta victoria. Los hombres hablarán de nuestra gesta durante generaciones.

¿Gesta? respondió Uluj Alî. Hemos bombardeado una ciudad indefensa. ¿Crees que tenemos algún mérito por eso?

Bueno Ésa era nuestra misión, mi señor. Y la hemos cumplido mejor de lo esperado.

Hemos aprovechado nuestra ventaja, nada más. Avancemos hasta el puerto y tomemos lo que queda de ellos. Así nos evitaremos sorpresas.

Pero la sorpresa era inevitable. Tan pronto como el último de los barcos atravesó el estrecho de Gadiro, que daba entrada al puerto, una cortina de pesadas cadenas se levantó entre las dos torres, evitando que pudieran salir. A su espalda, una flota aún más numerosa que la suya empezó a reunirse, preparando sus cañones para un ataque directo. Al frente, un chaval de apenas veinte años que llevaba tiempo soñando con algo así.

Estamos listos, mi señor le dijo una voz firme.

A mi orden contestó.

A continuación fijó su mirada en la impresionante antorcha de la victoria, que se vislumbraba desde cualquier punto de la isla y transmitía un mensaje clarísimo: la batalla estaba lejos de acabar. Entonces añadió:

Adelante. Destruidlos a todos.

Y así fue como aquel día llegó a su desenlace.

El nombre del capitán de esta flota era don Juan de Austria, hijo bastardo del difunto rey Carlos, que ansiaba desde hacía años probar su valía ante los nobles de la corte española. Las galeras que comandaba pertenecían a los Caballeros Hospitalarios de Malta, y la voz que le había preguntado era la de Jean de Valette, Gran Maestre de la Orden. Bajo su mando se hallaba un enjambre de naves tan numeroso que llegaba a tapar por completo el horizonte. Había barcos de toda condición, construidos en las atarazanas de Barcelona: galeras, galeazas y fustas, cuyas armas apuntaban ya a los incautos otomanos. Valette hizo un gesto a los suyos y se desató el infierno.

Los cañones tronaron al unísono. La retaguardia del grupo de Uluj Alî se despedazó al instante. El mar se llenó de fragmentos rotos, cuerpos hechos trizas, gemidos, súplicas y sangre tiñendo las olas, de la misma manera que los otomanos habían causado en tierra.

Era una batalla caótica. Los artilleros solían apuntar en dirección al velamen o a los remos para evitar que sus enemigos huyeran, pero tampoco era raro que disparasen a ciegas, dado el enorme atasco que se había formado en la bahía, por lo que arrasaban, con cada descarga cerrada, a hombres, cargamento y cañones, esparciéndolos en dirección a la costa.

Tan pronto como Uluj Alî supo lo que estaba pasando, ordenó virar las galeras otomanas y devolver el ataque, pero ya era tarde. La mitad de su flota había sido diezmada, y el resto jugaba a esquivar los disparos, con desigual fortuna. Algunos aún podían responder con sus cañones pedreros y sus culebrinas, pero no era lo mismo.

Aquel espacio cerrado a la navegación que habían creado los piratas se había convertido en una ratonera donde los propios barcos se estorbaban entre sí, impidiendo que pudiesen maniobrar. Hasta que las cadenas que cerraban la bahía cayeron, y por el estrecho de Gadiro llegó una nave colosal, tan mítica y tan formidable que la batalla entera se detuvo para contemplarla. Era la Atlántida, el barco del emperador Danaga, con el que había triunfado en un centenar de conflictos.

Sin embargo, Danaga no podía estar a bordo, ya que había luchado en la plaza hasta que se encendió la antorcha. Así pues, ¿quién guiaba esta galera infernal?

Contemplando esta extraña visión desde la proa de su navío, aparentemente indemne, Uluj Alî no pudo reprimir un escalofrío al descubrir una figura poderosa capitaneando la Atlántida: Sabar, hijo del emperador Danaga, a quien el mundo había conocido hasta entonces como Akrab Reis, gobernador de Pago.

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