Galeras nilidias, capítulo décimo: La batalla por el alma de Pago (Tercera parte)

«El hacer el padre por su hijo es hacer por sí mismo» (Miguel de Cervantes, 1547 — 1616).

 

Los cronistas lo llamaron «El acuerdo de los almirantes de Pago», pero lo cierto es que fue una conjura en toda regla. Cuando corrió la noticia del regreso del dios emperador Danaga, los principales responsables de la defensa del archipiélago se reunieron en secreto. Era la madrugada del tres al cuatro de abril de 1564. El día que cambió la historia.

Ayman Tereni, almirante de la Flota de Oriente; y Othmân Fawar, almirante de la Flota de Poniente, se juntaron en torno a una mesa llena de planos en una habitación secreta de un sucio mesón del puerto. Su misión: decidir cómo actuar de cara a una posible guerra civil.

—El príncipe Selim no va a consentir que Danaga asuma el trono de nuevo —dijo Tereni—. No después de lo que le costó expulsarlo.

—¿Y crees que Akrab Reis sí lo consentirá? —respondió Fawar—. Todos los que ahora somos alguien en Pago, lo somos porque entregamos la cabeza de Danaga al sultán. Si el emperador regresa al trono, ten por seguro que se cobrará esas deudas.

—¿Piensas que nos matará? Podríamos ponernos de su lado en la batalla. Por ejemplo, cuando parezca que todo está perdido para su causa.

—¿Y enemistarnos con Selim? ¡Tú estás loco!

—¿Entonces qué propones?

A su espalda se abrió de golpe una enorme puerta, y en el umbral aparecieron dos figuras: una masculina y otra femenina. Ambas eran bien conocidas por ellos.

—¡Es hora de que me obedezcáis a mí! —dijo el hombre.

Y los conspiradores se estremecieron, porque el que les hablaba era nada menos que Hassan Tamuey, guardián de las Puertas de Pago.

—¡Mi señor! —chilló Tereni—. ¿Cómo… cómo nos habéis encontrado?

—¡Se lo he dicho yo! —respondió la mujer—. Porque yo soy quien realmente gobierna Pago… Anofis, suma sacerdotisa de la Orden de las Hijas de Dagón y amante del gobernador Akrab Reis. El alma de Hassan Tamuey me pertenece, igual que la del propio gobernador y la de todos los hombres que habitan estas islas. De modo que yo os voy a decir cómo actuaréis en una circunstancia como ésta… y vosotros os limitaréis a obedecerme.

 

 La batalla había transcurrido muy deprisa. El príncipe Selim había mostrado una crueldad absoluta hacia las islas de los piratas. Su voluntad tenía que ser obedecida a toda costa, y la llegada del dios emperador Danaga no lo había puesto precisamente fácil.

Uluj Alî, gran almirante de la flota otomana en Pago, había lanzado un ataque monstruoso sobre el puerto de Gadiro, arrasando la ciudad y causando innumerables muertes, ayudado por la infinita sed de sangre de los jenízaros, la mejor tropa de infantería del mundo. Picas, sables y cañonazos destrozaron los cuerpos de taberneros, prestamistas, sastres y corsarios, todos mezclados en horrendas montañas de cuerpos indistinguibles.

Sin embargo, las tornas empezaban a cambiar lentamente. Los supervivientes iban organizando un frente de resistencia, aunque fuese escaso y mal organizado, pero contaba con la mayor fuerza de voluntad que habían contemplado nunca aquellas islas. De modo que el imparable avance de los jenízaros fue parándose poco a poco, y los viejos corsarios gritaban sus consignas mientras despedazaban al enemigo, con el poderoso Danaga a la cabeza.

—¡Piratas del Gran Mar, adelante!

—¡A por la victoria!

—¡Cañones y sables, al abordaje!

—¡Libertad! ¡Libertad para Pago!

Seguidas de la canción que entonaban tras cada abordaje:

 

Piratas de Pago.

Galeras nilidias.

Honrad para siempre al dios del mar.

 

Sacad las espadas,

luchad con valor,

que la sangre manche vuestras hojas.

 

Piratas de Pago.

Galeras nilidias.

Hasta vencer o morir.

 

Al mismo tiempo, atravesaba la entrada del puerto una formidable flota de naves guiadas por los Caballeros Hospitalarios de Malta, cuyos cañones se cebaban ya sobre la gente de Uluj Alî. Al mando de don Juan de Austria, bastardo del emperador Carlos, aquellos hombres esforzados estaban partiendo en dos la retaguardia otomana, evitando que pudieran desembarcar en Gadiro. Su plan de conquista se estaba desmoronando.

Pero ningún navío era tan impresionante como el que comandaba el avance, nada menos que la Alejandría, la galera del dios emperador Danaga, cuyo nombre estaba ligado a algunos de los momentos más sangrientos de la historia del Mediterráneo. Allá donde los valientes defendían una causa justa, donde los poderosos hacían uso de la fuerza para oprimir la razón, allá estuvo siempre la Alejandría, equilibrando las fuerzas, dando una oportunidad a los que no la tenían.

Sólo que en este sangriento amanecer las circunstancias habían requerido un cambio de capitán. Hoy al frente de aquellos corsarios no se encontraba Danaga, sino su hijo, Sabar, al que los otomanos conocían como Akrab Reis, pues había sido uno de los suyos durante cinco años.

Al principio Uluj Alî no supo qué hacer. Akrab Reis era uno de sus mejores amigos. Habían compartido noches de confidencias y alcohol, y ahora se veían como rivales. El gobernador tampoco lo tuvo claro durante unos segundos, pero sólo necesitó ojear la costa de su amada isla, ahora humeante y consumida por los fuegos de la destrucción, para volverse hacia el nuevo cómitre y ordenar:

—Aniquiladlos. Por completo.

La Alejandría contaba con el definitivo poder de destrucción de sus dieciocho cañones, distribuidos por toda su superficie. Los más temidos eran el gigantesco cañón de crujía y las cuatro culebrinas, bien situados a proa, y que fueron los primeros en disparar. El estruendo resonó en todo el puerto como si anunciara la llegada del mismísimo Hades, y a su señal abrieron fuego también los Caballeros de Malta. La flota al completo había iniciado el asalto definitivo, conscientes de que los otomanos se hallaban encerrados en la bocana del puerto. Y aun les quedaban más sorpresas, pues en las torres que se erguían a ambos lados del estrecho de Gadiro, también asomaron cañones que los castigaban desde las alturas. Uluj Alî supo que estaba enormemente superado en número y estrategia, y que era sólo cuestión de tiempo que lo matasen.

Esta vez nadie querría capturarlo para después venderlo como esclavo. Para nada. Ahora querían su piel.

 

 En la Plaza de los Diez Reyes, ya nadie luchaba. Piratas y jenízaros se habían detenido para contemplar la evolución de la batalla naval. Danaga y Selim se intercambiaban miradas de odio, pero sin duda lo que enervó al príncipe fue la imagen de las torres ocupadas por defensores.

—¿Cómo es posible? El pacto… el pacto…

—¿Creías que ibas a acabar con todos? —dijo una voz a su espalda—. Quizá has sobreestimado tus opciones, querido.

Selim se volvió para contemplar la imagen más hermosa de su vida, una mujer cuyos ojos le quemaban, cuyos andares eran los de un felino de la selva y sus palabras le atravesaban el cuerpo entero.

—Tú…

Su nombre cambiaba a cada hombre que se dirigía a ella, pero todos sabían quién era: el pecado, la tentación. Lilith, Circe, Anofis… Qué importaba cómo llamarla, o de quién fuera amante, pues todos la deseaban y nadie la podía poseer. Ella era un espíritu libre, y como tal jugaba con todos los hombres.

—Sí, yo. Nunca has tenido la más mínima oportunidad en esta batalla. Estás perdido.

Levantó los brazos y la tierra tembló. El monte Daga se estremeció como sacudido por un rayo, y de su mismo corazón brotó una riada de corceles blancos a cuya grupa viajaban mujeres desnudas. No iban sobre sillas de montar, sino agarradas de las crines, dulces, etéreas, como si volaran en pos de sus animales, que en el fondo eran parte de sí mismas. En cada mano portaban un largo cuchillo con hoja de plata, que se encargaban de mover en círculos como el vuelo de una mariposa. A cada pasada, ríos de sangre se derramaban de los cuerpos de los jenízaros. Heridas brotaban en su cuello, torsos y brazos. Manos quedaban cercenadas. Cabezas rodaban.

Eran un torbellino de muerte dulce que salía de las profundidades de la tierra, del alma de las islas de Pago.

Al verlas, Viena la Indómita bajó de su torre y se unió a los suyos. Sabía perfectamente quiénes eran esas mujeres, porque durante un tiempo ella las había liderado: eran las amazonas awasii, las guerreras personales del dios Dagón, junto al que habían luchado en las ancestrales guerras de la Titanomaquia, y que sólo pudieron ser derrotadas por los propios Dioses Olímpicos. Se decía que entre sus filas una vez se halló la que perdió el cinturón de Gea ante el semidiós Heracles, y también aquéllas que recogían las almas de los héroes caídos en batalla. Eran diosas de una belleza incomparable, y también luchadoras feroces. Por eso los otomanos se estremecieron como nunca en su vida. Porque ellos también las conocían.

Y al frente de su avance se encontraba alguien de quien nadie se acordaba ya: la dama Escila, la mujer pirata que desapareció en las profundidades de Gadiro, sólo para resurgir ahora transformada. Su piel se había vuelto azul y surcada de runas, con hermosos dibujos en sus brazos, su torso y su cara. Su melena era negra, adornada de corales. Sus ojos eran de un azul profundo, bellísimo y silencioso como el propio mar del que había renacido. Era una verdadera diosa. Había dejado atrás su pasado gracias a Circe, y ahora su poder se había vuelto infinito.

Por eso Selim entendió que habían estado jugando con él desde el principio.

 

 En vista de cómo cambiaba el devenir de la guerra, Uluj Alî tomó una decisión terrible:

—Preparad la pólvora. Aprestad a los galeotes. Que no se detengan por nada.

La Ebediyet, la nave capitana, avanzó con toda la velocidad de la que eran capaces sus remos. La quilla rasgaba el agua como un cuchillo. Los hombres supieron que con aquella locura terminaría la batalla. Era el momento de la verdad, y muchos se arrojaron al mar, asustados de lo que iba a suceder. Pero su capitán se mantuvo firme, mirando directamente a los ojos de su enemigo, que en silencio le retaba a enfrentarse a él.

A bordo de la Alejandría, Sabar de Gadiro comprendió que ellos dos eran los últimos luchadores de un enfrentamiento ancestral, del cual el resto del mundo sólo era un espectador. Uluj Alî representaba lo mejor del almirantazgo otomano, y él era el príncipe de los corsarios de Pago, así que por fuerza estaban destinados a enfrentarse. Sabar desenvainó su sable y aguardó la llegada de su enemigo natural. Era el momento de pelear mano a mano por la victoria.

La nave turca se lanzó como un proyectil, ignorando el fuego de los cañones, e impactó de pleno en la proa de la Alejandría. Sabar se relamió. Estaba ansioso por acabar con la vida de Uluj Alî.

Pero nada de eso llegó a ocurrir nunca, porque, tan pronto como la colisión se produjo, la bodega de la Ebediyet reventó en pedazos. Una sola mecha prendió todos los barriles de pólvora que acumulaba, y con la explosión se llevó consigo la mitad de ambas flotas y parte de las torres que cerraban el estrecho de Gadiro. El fuego se desató en forma de gigantescas bolas rojizas. Las nubes de un negro espeso cerraban la visibilidad de la escena. Los truenos de muchos estallidos resonaban en un ambiente ensordecedor.

La guerra terminó de esta forma. No habría vuelta atrás, ni para los líderes muertos ni para los cientos de hombres de rostro carbonizado que emergían de las olas pidiendo ayuda.

Gadiro estaba acabado.

 

 —¡Nooooooooooooo! —gritó Danaga, al ver cómo su hijo ardía como una tea y se lanzaba al agua tratando de mitigar sus quemaduras.

Ése fue el momento que aprovechó el Leopardo de las Nieves para asesinar al emperador.

Fue un movimiento sorpresivo. La espada entró por la espalda, deslizándose entre las costillas, atravesando el pecho y emergiendo de nuevo entre los pulmones. Un solo reguero de sangre brotó de su boca, mientras el aire se le escapaba para no volver nunca. El corazón se detuvo. El enorme cuerpo se derrumbó como las altas torres destruidas por la explosión.

Nadie lo vio venir, y no fueron capaces de evitarlo. El cómitre imperial, Abban Paloukis, levantó su sable en un movimiento reflejo, pero no pudo hacer nada. La primera en reaccionar fue Viena, que empuñó de nuevo su ballesta y disparó sobre el asesino. Una única flecha fue lo que hizo falta. Se le clavó entre los ojos, atravesó su cráneo y salió por la nuca. El mejor asesino del mundo rodó por el suelo como un fardo, cayendo sobre el empedrado lleno de sangre y uniéndose a los muchos cadáveres que había dejado la guerra.

Los jenízaros se replegaron, con su príncipe en el medio. La carnicería había sido atroz. Apenas quedaba un puñado de ellos, heridos y llenos de mugre. El propio Selim se veía derrotado, no sólo físicamente. El enfrentamiento les había costado mucho más de lo esperado.

Y sin embargo, aún tenía una oportunidad de triunfar. Danaga estaba muerto, tal y como él siempre había soñado. Quizá fuera su momento, él que llevaba tanto tiempo esperando.

Pero entonces Viena se arrodilló junto al cuerpo del emperador y, llorando desconsoladamente, tomó en sus manos la vieja espada. Era la misma que su padre había utilizado para enfrentarse a los turcos en el sitio de Viena. Era el símbolo de la lucha sin descanso, de los ideales largamente perseguidos.

Viena se puso en pie y miró al príncipe Selim entre la cortina de sus propias lágrimas. Sentía dolor, pena e impotencia, y aun así fue capaz de hablarle con la voz más dura que ha habido nunca en la historia:

—Sal de mi isla. Márchate ahora mismo y te dejaré seguir vivo. No repetiré esta oferta. ¡Fuera!

Y el otomano supo que hablaba en serio.

Él y sus hombres bajaron en silencio la escalera que llevaba al puerto, ahora destruido por los disparos de cañón. Reorganizaron sus tropas, ordenaron replegarse y montaron en una de las pocas galeras supervivientes.

Los Caballeros de Malta cesaron su ataque. De la Alejandría y la mitad de su flota no quedaban más que restos humeantes, con su abundante tripulación esparcida por las aguas. Entre los heridos que llegaban a la playa, apareció un quemado Uluj Alî, que aún era capaz de mantenerse en pie, aunque a duras penas. Sin decir palabra, Selim recogió a cuantos pudo de sus hombres y encaró el mar abierto. Había sido derrotado, y eso era lo más difícil de aceptar.

Sus enemigos tampoco estaban en mejores condiciones. La victoria se había obtenido por muy escaso margen, y a un precio infinitamente caro.

La guerra se había cobrado el alma de Pago, que los piratas conocerían en adelante como Eunesos, y ahora una nueva reina ocuparía su trono, aunque hubiera tenido que perderlo todo para conseguirlo.

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