Ser verniano en Vigo

Este pasado sábado, día 19 de febrero, tuvo lugar en Vigo un evento fundamental para cualquier enamorado de las novelas de aventuras: el homenaje a la entrada del capitán Nemo en la ría de Vigo.

Como te cuento en este artículo, Vigo es una ciudad plenamente verniana. En el capítulo octavo de la segunda parte de la novela Veinte leguas de viaje submarino, Jules Verne plantea que la principal fuente de riqueza del capitán Nemo es el tesoro hundido en la ría de Vigo, por lo que cada año realiza un viaje para obtener nuevos fondos gracias a su submarino Nautilus. Se interna en secreto en la ría y, con toda comodidad, sus buzos rescatan los cofres llenos de monedas y objetos de valor, con los que sufraga su modo de vida.

De paso, durante ese capítulo Verne hace alarde de sus conocimientos históricos y pone en boca de Nemo una larga disertación acerca de la batalla de Rande y las causas históricas que la motivaron, así como acerca de las diversas campañas que se han llevado a cabo a lo largo de los años para tratar de recuperar los tesoros hundidos. El autor se hace eco de los nuevos modelos de escafandra y de respiradores que se estaban empleando en esa época en un nuevo intento de rescate de los galeones y los pone al uso de los empleados del Nautilus, marineros experimentados y piratas al mismo tiempo.

Por estas cuestiones de divulgación científica, Jules Verne está considerado el padre de la ciencia–ficción, sobre todo en su vertiente de ficción especulativa, pero también en cuanto a crítica social, por cuanto advierte de los peligros a los que se enfrentará el mundo en caso de que tecnologías tan avanzadas caigan en malas manos. El capitán Nemo es un revolucionario, un rebelde, pero también un soñador y un genio. ¿El mundo necesita más gente como él o debería combatirlo?

Por su parte, Vigo reconoce su influencia verniana y homenajea al escritor con dos estatuas muy significativas: una en el Náutico ⸺donde Verne aparece montado sobre un pulpo gigante como el de la novela⸺ y en plena ría ⸺con un monumento muy curioso que, con la bajada de la marea, muestra a los propios buzos del capitán Nemo⸺.

Pero, además, desde 2012 existe la Sociedade Jules Verne de Vigo, que pretende dar valor a las raíces vernianas de la ciudad, hermanada con Nantes, cuna del escritor. A tal fin, este grupo de intelectuales y amantes de las novelas ha desarrollado diversos proyectos de generalización de la obra y en especial de 20.000 leguas de viaje submarino. El evento más importante es el homenaje al capitán Nemo cada 18 de febrero con motivo de su entrada en la ría de Vigo. Miembros de la Sociedade y admiradores de Verne en general se reúnen cada año frente a su estatua del Náutico y leen de manera conjunta el famoso capítulo octavo. Puedes leer un artículo sobre este acontecimiento en la propia web de la SJVV, que te enlazo aquí.

Este año, el acto se ha llevado a cabo el sábado 19 y yo mismo he tenido la fortuna de participar y leer un fragmento de la obra. Ha sido un orgullo para mí formar parte de algo tan hermoso e ilusionante. Verne ha sido clave en mi formación como persona y como escritor. Sus novelas me han enseñado valores, inquietudes y amor por la naturaleza. Sin ellas ⸺y sin el afán de mi padre para que leyera⸺, yo habría sido una persona mucho peor de lo que soy.

De modo que formar parte de algo como esto me parece cerrar un círculo de respeto y dignidad. Jules Verne se merece muchos homenajes y especialmente por parte de los vigueses ⸺también de los adoptivos⸺.

Los buzos del Nautilus rescatando los tesoros de Rande, según aparecen en un grabado de 20.000 leguas de viaje submarino

Más novedades, homenajes y aventuras exóticas en este enlace.

Así transcurrió el cuentacuentos «Leyendas de Zerzura»

Este pasado viernes 11 de febrero tuvo lugar una experiencia nueva para mí, una ocurrencia divertida que la librería Mar de Letras, en Oleiros (A Coruña), y mi editorial, Los Libros del Salvaje, me permitieron llevar a cabo. Y creo que con bastante éxito.

La idea fue organizar un cuentacuentos para adultos basado en la temática de mi novela El cazador de tormentas ⸺de la que, si aún no la conoces, podrás obtener toda la información en este enlace⸺. Es una historia acerca de los nómadas del desierto del Sáhara, sus costumbres, sus sueños, sus dioses y aspiraciones de futuro. Es una novela de aventuras, sí, pero firmemente basada en auténticas tradiciones del lugar, que he podido conocer profundamente a lo largo de los años. Y, cuando terminé la novela, me di cuenta de que había acumulado muchísima documentación acerca de hechos reales de esas tribus y pensé que podía ser tan fascinante para otras personas como lo era para mí.

De modo que pensé en crear un evento que me permitiera transmitir esas leyendas, cuentos e historias fantásticas que han sustentado durante siglos la vida de los nómadas, y de paso rendir un homenaje a esos narradores orales que lo han hecho posible.

Desde tiempos remotos, los contadores de historias han reunido a su pueblo en torno a un fuego y han compartido sueños, ilusiones, proezas y advertencias. Han enseñado a los niños cómo funciona el mundo y lo que se espera de ellos. Han transmitido valores e ideas que, en muchos casos, todavía permanecen en todos nosotros.

Y ese fue mi proyecto: un cuentacuentos para adultos que pudiera enseñar el legado de los contadores de historias, en este caso del desierto del Sáhara.

El viernes pasado nos juntamos en la librería Mar de Letras y yo aporté los objetos que he ido reuniendo en mis viajes: cojines, alfombras, un farol, una tetera, reproducciones de armas y monedas históricas, una kufiya o un turbante tuareg. Y, sobre todo, el cofre de las historias, en cuyo interior guardo objetos que se refieren a cuentos tradicionales bereberes. Cada asistente pudo extraer un objeto y, en base a eso, yo les transmití unas historias u otras, que ahora viven en cada uno.

Las historias están vivas en la mente de las personas, cambian, evolucionan y se transforman. Muchos objetos salieron del cofre esa tarde, pero otros quedaron en su interior, aguardando el día en que puedan revelar su misterioso significado.

La próxima parada de este evento será el viernes 25 en la librería Atlántica, en A Guarda (Pontevedra). ¿Te vienes?

Te espero para hablar del desierto en torno a un fuego.

Más eventos, novelas de aventuras y locuras varias en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: El farol que estuvo a punto de hacer volar el Parlamento

El farol de Guy Fawkes

Dicen que los objetos están cargados de magia por culpa de quien los creó, los utilizó o peleó por destruirlos.

Uno de los lugares donde se demuestra esa magia es el museo Ashmolean, en Oxford, Inglaterra, donde se almacenan artefactos humanos de todas las épocas. Estatuas del Antiguo Egipto, obras de arte minoicas, pinturas del Renacimiento e incluso un Stradivarius, uno de los violines más valiosos de la historia. El Ashmolean está considerado como el museo universitario más antiguo del Reino Unido y el segundo del mundo, tan solo superado por el Kunstmuseum Basel, en Suiza. Fue fundado en 1677 con la colección del anticuario, político, militar y alquimista Elias Ashmole, que la donó a la Universidad de Oxford para que el pueblo pudiera admirarla, a diferencia de los llamados gabinetes de las maravillas, popularizados en el Renacimiento, y que consistían en edificios privados donde se exponían objetos y hallazgos de todo el mundo para deleite solo de la nobleza y la burguesía locales. A partir de la generosidad de Ashmole surgió un concepto nuevo: el del museo público, que sirvió para llevar la cultura a todos los estratos de la sociedad.

Uno de los objetos menos conocidos de los que se exponen, y que sin embargo pudo haber cambiado por completo la historia del Reino Unido, es el farol de Guy Fawkes.

En 1605 tuvo lugar en Londres la llamada conspiración de la pólvora, por la que un grupo de radicales católicos ingleses trató de asestar un golpe definitivo a la monarquía anglicana por medio de 36 barriles de pólvora colocados en los sótanos del Parlamento británico y que podían haberlo hecho volar por los aires el día 5 de noviembre. El principal objetivo de este complot era el rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, quien había ordenado en años previos una sangrienta represión contra la población católica, igual que había hecho antes su madre, la reina Isabel I. Los católicos habían sufrido purgas y ejecuciones durante años y sentían la rabia suficiente como para poner en marcha una acción que descabezara a sus enemigos. El plan consistía en asesinar al monarca y todo su Gobierno con el fin de sustituirlo por otro que fuera afín al papa de Roma, con más probabilidad el príncipe Carlos.

La conspiración de la pólvora

Sin embargo, diez días antes del hecho, una carta anónima alertó de lo que estaba ocurriendo y esa noche la seguridad estaba preparada. Cuentan los testimonios que Peter Heywood, uno de los soldados reales de guardia, descubrió en los sótanos a Guy Fawkes, uno de los conspiradores, justo cuando se disponía a encender la pólvora con la ayuda de su farol. Heywood y Fawkes forcejearon en lucha por el farol y el primero fue quien lo consiguió finalmente, al tiempo que la guardia real detenía a Fawkes y lo encerraba en un calabozo.

Al cabo de los días, el conspirador sufrió horribles torturas hasta que desveló el nombre de sus aliados, o por lo menos algunos de ellos, que fueron sentenciados y ajusticiados en público. La pena para los traidores resultaba especialmente monstruosa: el verdugo los colgaba de la horca pero sin permitir que murieran, luego les cortaba los genitales, arrojaba estos al fuego y por último destripaba a los reos con un cuidado especial para que siguieran vivos durante todo el tiempo. Solo en el último momento los decapitaba y hacía pedazos allí mismo.

El propio Fawkes evitó este desenlace al saltar del taburete en que estaba colgado y romperse el cuello al momento, antes de que pudieran llevar a cabo ninguno de los horrores a los que lo habían condenado.

Los resultados de la conspiración de la pólvora fueron diversos: la población católica sufrió mayores represiones que antes, con un recorte brutal de derechos y una práctica de purgas que se sucedieron en el tiempo; además, la figura de Guy Fawkes se convirtió en símbolo del enemigo de la patria y por eso cada 5 de noviembre se celebran fogatas donde arden muñecos representativos del conspirador y el cielo se llena de fuegos artificiales; y, por último, se hizo famoso el farol con el que Fawkes estuvo a punto de encender la mecha que habría hecho explotar aquella enorme cantidad de pólvora y que habría terminado para siempre con la monarquía anglicana en el Reino Unido.

Este objeto en cuestión fue donado en 1641 por Robert Heywood, Protector de la Universidad de Oxford y hermano de aquel soldado que se enfrentó al conspirador y se lo arrebató de las manos. Desde entonces, cada visitante del museo ha querido sostener por sí mismo el legendario farol, lo que ha ido deteriorando el material y obligó en 1887 a que las autoridades prohibieran que nadie lo tocara.

Como si la magia del objeto se hubiera ido perdiendo entre tantas manos y por eso ahora apenas queda nada de la reliquia que una vez pudo haber cambiado el destino político y religioso de toda Europa.

Más conspiraciones, peleas en sótanos y objetos cargados de significación en este enlace.

La importancia de la ambientación en la literatura fantástica: a propósito de la Edad Hiboria

La literatura fantástica se define como aquella en la que aparecen elementos que ni han existido nunca ni pueden llegar a existir —esto es lo que la diferencia de la literatura realista—, y de los que no se plantea ninguna explicación coherente basada en la ciencia —esto es lo que la distingue de la ciencia–ficción—. Por tanto, la única explicación satisfactoria es la magia. En el relato se muestran hechos, objetos, animales o personas que no se pueden justificar mediante la ciencia ni el narrador lo pretende, de modo que su origen solo ser sobrenatural. Luego ya puede tratarse de una magia llamada blanda —sin reglas demasiado estrictas— o dura —mucho más explicada, casi como si fuera un libro de recetas de cocina—, pero su naturaleza incomprensible es la misma.

La geografía es algo que puede variar mucho dentro de este género, pero que también suele ser inventada. A partir de las obras de Edgar Rice Burroughs, Robert E. Howard o J. R. R. Tolkien, muchos escritores a lo largo del siglo XX han querido diseñar su propio mapa de aventuras, lleno de lugares peligrosos a los que mandar a sus héroes. Pero, igual que ocurre con los otros elementos mágicos, la geografía tiene que ser verosímil. El lector de fantasía está dispuesto a creer en barcos que navegan por el desierto, espadas que aguardan por su verdadero dueño o seres de ultratumba con modales victorianos, pero solo si el escritor se atiene a sus propias normas. Incluso la literatura fantástica debe tener unos límites precisos que aseguren la verosimilitud de la historia. Una narración sobre vampiros en los Cárpatos a mitad del siglo XIX puede incluir aldeanos, carros, castillos y vampiresas, pero no teléfonos móviles. El lector asumirá que el chupasangres se convierta en lobo, trepe por un muro de piedra o se comunique con murciélagos, pero levantará una ceja al instante si el cazador de vampiros pide ayuda a sus compañeros por WhatsApp. A menos, claro está, que cambiemos el siglo XIX por el XXI. Entonces lo que sobrará es el carro.

Las coordenadas espaciotemportales son las que garantizan la credibilidad de una historia y, en concreto, habrá una serie de características que definirán a la perfección las posibilidades del relato: los medios de comunicación, los medios de transporte y la manera de conseguir luz y calor. ¿El protagonista se desplazará a otro país en goleta, ferry, EasyJet o en un túnel de teleportación? ¿Escribirá una carta, dejará un anuncio en el periódico o le hablará a alguien por telepatía? ¿Existe la luz eléctrica? ¿Y de dónde proviene: del aceite, del gas o de la propia energía del alma humana?

La ambientación es uno de los tres pilares fundamentales de la novela de aventuras, junto a los personajes y la trama. Mientras la novela policíaca se apoya sobre todo en la resolución de un enigma y la romántica en la creciente relación entre la pareja protagonista, la aventura se construye generalmente dentro de una ambientación exótica que interacciona con la historia y la hace posible. Sin esa ambientación, sería inviable que la novela transcurriera de esa forma y viceversa.

Un ejemplo perfecto de esto lo constituye la Edad Hiboria, el marco geográfico y temporal de los relatos de Conan. El escritor texano Robert E. Howard publicó entre 1932 y 1936 unas veinte historias cortas protagonizadas por el cimmerio de cabello negro y ojos adustos, el de los pies calzados con sandalias. Todas ellas estaban situadas en un tiempo anterior a la historia escrita, hace unos doce mil años y unos ocho mil después del hundimiento de la Atlántida debido a una catástrofe natural. En esa era desconocida para los historiadores se alzaron unos reinos que dominaron los metales, la piedra y las joyas, pero que aún no conocían la pólvora. Por eso su desarrollo se parece mucho al de la Edad Media que conocemos.

Pero no solo eso, sino que además Howard definió un sinfín de características en cada uno de estos pueblos, en la geografía de su nación y en la manera en que vivían. Esa es la formidable riqueza de la Edad Hiboria.

Así, por ejemplo, Aquilonia es el más poderoso de los reinos de aquel tiempo, una nación interior que podría identificarse con la Francia medieval: encabezada por un rey y con el culto a Mitra como religión oficial monoteísta, su hegemonía se debe sobre todo a su caballería pesada y a sus arqueros bosonios. Ambos cuerpos constituyen la élite de los ejércitos de Hiboria. En Aquilonia transcurren historias de intrigas cortesanas protagonizadas por hechiceros oscuros, como en El fénix en la espada o La hora del dragón.

Zamora, en cambio, es un lugar de paso entre Oriente y Occidente, una nación que vive de las rutas comerciales y, como consecuencia de estas, del robo. Grandes fortunas se han creado allí a expensas de organizar caravanas o de apropiarse de ellas. Las ciudades muestran altas torres enjoyadas, templos dedicados a cien dioses variados y también suburbios plagados de tabernas donde se reúnen las bandas, y por las que los soldados del rey, curiosamente, apenas pasan. En Zamora tiene lugar La torre del elefante, una de las mejores historias del personaje, que definen su carácter y de paso todo el género de la espada y brujería. En esa época de su vida, Conan se gana la vida como ladrón y acepta un reto muy particular.

Al sur de Hiboria se encuentran otras regiones mucho más salvajes, como son Estigia y los Reinos Negros —Kush, Darfar, Punt o Zembabwei—. Son tierras antiguas de hechiceros malignos y templos dedicados a dioses crueles. Abundan los sacrificios humanos y las guerras por un palmo de territorio. Los poblados con cabañas de madera y techos de paja se alternan con urbes construidas en piedra, muchas de ellas abandonadas por razas ya extinguidas o sometidas a un terrible proceso de decadencia. Los relatos que se ambientan allí son más brutales que cualquier otro, llenos de escenas dramáticas que no se olvidan, como en La reina de la Costa Negra, posiblemente el culmen de toda la obra de Howard.

Esa es la importancia de una buena ambientación para la novela fantástica. La hora del dragón no tendría sentido en Darfar, ni La torre del elefante en Zembabwei. Cada región marca su propio relato, su propio ritmo interno y el desenlace de cada historia. Robert E. Howard supo dotar a los reinos de personalidad propia y explotarla, y por eso la Edad Hiboria es tan plural, tan compleja, tan valiosa y tan definitoria del género de fantasía heroica. Todos los demás hemos tenido que aprender del maestro.

Más torres enjoyadas, caminos de paso y reinas de la Costa Negra en este enlace.

¿Es James Bond un personaje pulp o un superhéroe?

Este otoño se ha estrenado la última película de Daniel Craig como 007, Sin tiempo para morir, que cierra su etapa y la del personaje en una cinta espectacular de acción, venganza y restitución. La historia, curiosamente, recuerda bastante a Solo se vive dos veces, una de las despedidas del Bond literario y también del actor Sean Connery, y de paso plantea uno de los grandes dilemas de la franquicia: ¿hasta qué punto James Bond debe evolucionar / adaptarse / envejecer / formar una familia?

Hoy voy a hablar sobre un tema complejo del que ha habido distintas versiones a lo largo de la historia —y que seguramente te destripará la película si no la has visto aún—.

James Bond debutó en la novela de 1953 Casino Royale, una historia de espías, sadismo y un trasfondo romántico que su creador, Ian Fleming, basó en sus propias experiencias como agente secreto, pero también en las revistas pulp de entretenimiento de los años 30 y 40. De hecho, la mayoría de tópicos de esas narraciones están presentes en las novelas de Bond: un héroe de acción de moral inquebrantable, una serie de mujeres hermosas que caen rendidas a sus pies, un jefe sobrio, comunistas, sociedades secretas, villanos orientales, matones deformes, fortalezas inexpugnables y planes rocambolescos de los que el protagonista sale siempre airoso. Las motivaciones de Bond resultan sencillas: él defiende a su patria por encima de todo y no importan los métodos que emplee o los riesgos que asuma. Cualquier cosa es aceptable para M, responsable del Servicio Secreto británico, mientras su principal agente logre terminar con la amenaza de turno. Y esta, casi siempre, se plantea de un modo surrealista que en nada se parece a la vida de los auténticos espías: misiles nucleares, bases ocultas en islas remotas, jardines venenosos, fieras amaestradas y otros peligros igual de poco creíbles.

En efecto, las tramas de las novelas de Bond tienen más que ver con las de Fu Manchú o Doc Savage que con verdaderas historias de espionaje. Fleming había actuado como agente de la Inteligencia Naval durante la guerra y conocía muchos de los secretos de esa forma de vida. Pero luego, a la hora de plasmarlos en el papel, decidió vestir a su héroe de una imagen frívola, seductora y amante de los lujos caros. Bond es un experto en comida refinada, tabaco exclusivo, destinos exóticos y amores fugaces, de manera que nunca se implica demasiado tiempo en una relación. Él solo se debe a su Gobierno y a las misiones que le encarga M, sin que ninguna mujer pueda apartarlo de sus obligaciones. Bond entiende el amor como un lujo más, una parte de su disfraz de vividor que le permite ocultar sus verdaderas ocupaciones. Un esmoquin caro y una mujer atractiva de su brazo para que nadie se fije en la pistola que lleva oculta bajo la axila.

Pero, como también ocurría con muchos personajes pulp, Bond fue evolucionando con el paso de las novelas. Una vez que Fleming pudo contar con una base de lectores fieles que seguían sus historias —incluido el presidente John F. Kennedy—, empezó a desarrollar las que más le gustaban. En 1963 apareció Al Servicio Secreto de Su Majestad, la gran novela del antagonismo entre Bond y su archivillano definitivo, Ernst Stavro Blofeld, líder de SPECTRE, una organización criminal independiente que chantajea Gobiernos y pone en marcha operaciones de masacre en cualquier punto del globo. Esta red clandestina opera desde una base secreta en Suiza que Bond se encarga de destruir en esta historia, pero en el proceso conoce a la bellísima Contessa Teresa di Vicenzo, antes Teresa Draco, hija de Marc–Ange Draco, líder del sindicato del crimen conocido como la Unión Corsa. Ambos se enamoran perdidamente y se casan al final de la novela, solo para que Blofeld aparezca de repente y la asesine delante de Bond.

La serie cambia por completo desde ese instante trágico. El agente secreto deja de ser infalible, consumido por la culpa, el alcohol y el tabaco. Bond inicia una fase autodestructiva en la que ya no le importa cumplir o no sus misiones y eso lo hace vulnerable a sus enemigos.

En Solo se vive dos veces, el enfrentamiento con Blofeld llega a su final, pero Bond acaba amnésico y retirado como un simple pescador japonés, solo para reaparecer como asesino soviético en El hombre de la pistola de oro. Casi un año después del desenlace en Japón, la KGB ha logrado confundir su mente hasta el punto de que Bond intente asesinar a M. Desde ahí, su situación se vuelve conflictiva. Hundido por sus muchas adicciones y su pésimo estado de salud, el Servicio Secreto ya no confía en él, pero M decide encargarle una misión sencilla: terminar con la vida del pistolero Francisco Scaramanga, un asesino cubano a quien se achacan las eliminaciones de numerosos agentes británicos.

Ian Fleming murió en 1964 debido a un ataque al corazón. No había terminado esta última novela, de modo que nunca sabremos lo que pretendía hacer con el personaje. Sin embargo, el camino que había tomado no presagiaba nada halagüeño para Bond, consumido por su estilo de vida y cada vez más molesto para el Gobierno. Había dejado un hijo en Japón y una esposa fallecida en Europa, además de un compañero en la CIA y unas cuantas amantes desperdigadas por el mundo.

Igual que ocurría con otros personajes de características similares, como Tarzán o Conan, Bond envejecía de una historia a otra, sufría achaques, se casaba o tenía descendencia —que en ocasiones continuaba la historia donde la había dejado su padre—.

Todo lo contrario de lo que hacían los superhéroes, que siempre contaban la misma historia de distinta manera. Desde la aparición de Superman en 1938, la manera de narrar cambió un poco, quizá porque estaba destinado a un público infantil. A pesar de que el Hombre de Acero posee muchos de esos elementos clásicos del pulp —villanos maquiavélicos, fortalezas ocultas y hermosas damiselas en apuros—, no existen en sus cómics el marcado componente erótico de Flash Gordon o Tarzán ni la complejidad en la evolución de los personajes. Superman pasó más o menos hasta 1986, con la llegada de John Byrne, sin cambiar prácticamente nada. El héroe era el mismo, sus secundarios también, y ni la relación amorosa con Lois Lane ni el enfrentamiento con Lex Luthor variaron apreciablemente hasta épocas modernas.

Algo de eso heredó el cine. El Bond de las películas es siempre el mismo, aunque lo encarnen personas distintas. Su chulería, su glamour y su compromiso con la patria no varían de una cinta a otra, y los tópicos se vuelven inamovibles. El martini seco con vodka, el arma, los trucos en el reloj o los ligues fáciles terminan por ahogar la esencia del personaje, al que nunca se le ha permitido crecer, no fuera a ser que perdiera seguidores. Pero, en el fondo, ¿eso no es tratarlos como niños pequeños, igual que hacían con Superman? ¿Un espectador del presente no es capaz de comprender que un héroe sufra, pierda y se deje ahogar por sus vicios, cuando sí lo entendía un lector de los años 60?

En 2006 se estrenó Casino Royale, la primera película de Bond protagonizada por Daniel Craig, un actor que aportó al personaje un registro más físico, burlón y comprometido emocionalmente. Por primera vez, Bond amaba y perdía sinceramente, tal y como Fleming había escrito en la novela original. A partir de ahí, sus interpretaciones fueron cada vez más oscuras: del sufrimiento interno se pasó al externo, a los achaques, la vejez y la obsolescencia. La reconversión del Servicio Secreto ponía en duda que siguieran haciendo falta esos viejos agentes con licencia para matar, de la misma forma que la Guerra Fría había pillado en desventaja a un personaje salido de la Segunda Guerra Mundial. Su final ha sido el mismo: alcohol, soledad y amargura. Las viejas pistolas ya no tienen dónde meterse cuando dejan de ser necesarias.

La tristeza en los ojos perdidos de Daniel Craig encarnan mejor que nadie el duro final de los agentes secretos desde el momento en que nadie se acuerda de ellos.

Ahora llega Sin tiempo para morir, que habla del retiro a tiempo, los amores desperdiciados, la vejez y el legado. Habla sobre la posibilidad de formar una familia y abandonar ese desastre de vida. Y, al mismo tiempo, vuelven los gritos en redes sociales, clamando que «este no es James Bond».

Pero ¿es que Bond no tiene derecho a evolucionar? ¿Es un personaje pulp o un superhéroe?

Tal vez el Bond de Daniel Craig no sea el mismo de Roger Moore o Sean Connery, pero es el suyo propio, y quizá, solo quizá, sea más bien el de Ian Fleming.

Y esas sí que son palabras mayores.

Más agentes secretos, licencias para matar y vicios inconfesables en este enlace.

Este mes leemos a… David Aja

Este mes ha empezado un club de lectura de cómics en Astora Cómics, en Santiago de Compostela, y claro, no he podido evitar meterme. Es una idea estupenda la de sentarse a hablar y compartir lecturas, más aún si se trata de tebeos. ¿Y qué tebeo ha sido el primer elegido? Nada menos que Ojo de Halcón, la etapa completa de Matt Fraction y David Aja ⸺que Panini ha publicado en España en dos ocasiones, y que podrás encontrar aquí y aquí, la última de ellas en un tomo integral⸺. Considerado como uno de los mejores cómics de la época, supuso la consagración de Aja, un ilustrador español que hoy en día se ha ganado un nombre entre los autores más importantes de la industria americana.

David Aja nació en Valladolid el 16 de abril de 1977. De niño leía cómics de Don Miki y Mortadelo y, más tarde, a Will Eisner, Frank Miller, Bill Sienkiewicz, Alex Toth, Ann Nocenti, David Mazzucchelli, Denys Cowan o Barry Windsor–Smith.

Se licenció en Bellas Artes por la Universidad de Salamanca y, a comienzos del siglo XXI, se mudó a Barcelona y empezó a trabajar en diarios, libros ilustrados y publicidad. Nada que ver con los superhéroes, de hecho ni siquiera leía cómics de este género en aquel tiempo, y se decantaba más bien por las obras de David Lapham o Peter Bagge.

Pero en 2004, conoció a dos importantes figuras de Marvel Comics durante el Salón del Cómic de Barcelona: Mike Marts y Warren Simons. Estos le dieron su primera oportunidad en los Estados Unidos y las cosas cambiaron para siempre.

Por aquel entonces, Marvel Comics triunfaba con el Spiderman de J. Michael Straczynski y John Romita Jr o el Lobezno de Greg Rucka, pero siempre tenía un ojo atento para descubrir nuevas figuras, a las que encargaba historias cortas o números independientes de sus series. Así, Aja dibujó un cómic para X–Men Unlimited y otro para Daredevil con guion de Ed Brubaker, y la respuesta de Warren Simons fue entusiasta.

Poco después le surgió la propuesta que habría de convertirse en su salto al estrellato: El inmortal Puño de Hierro, de nuevo con Brubaker. Era 2006, nueve años antes de que se estrenara la serie de televisión de Netflix sobre el personaje. Por esa época, Puño de Hierro era un secundario casi olvidado en el archivo de Marvel, demasiado anclado en la estética de los años 70 en los que fue creado y al que ni siquiera el genio de John Byrne había devuelto a la popularidad en su serie Namor. Pero Matt Fraction y Ed Brubaker aceptaron el reto y se unieron a Aja para crear una colección nueva, una historia distinta y unos orígenes más elaborados. Danny Rand seguía siendo el protector de K´un Lun, el legendario reino místico oculto en el Himalaya, pero no había sido el primero de la historia en ocupar ese cargo. Junto a los dibujantes Russ Heath, Travel Foreman y Derek Fridolds, Brubaker y Fraction desarrollaron un guion moderno que enlazaba con las anteriores encarnaciones del Puño de Hierro, para hacernos ver de dónde venían sus poderes y qué era lo que había heredado Danny Rand.

Pero, sin duda, el principal atractivo de esta serie, que se prolongó durante 27 números, fue el arte de David Aja. Fuerte, ágil, con reminiscencias del legado de Alex Toth y David Mazzucchelli, las páginas de Aja se convirtieron en la guía de cómo realizar un cómic de artes marciales. Tanto en las escenas de acción como en las más pausadas, el autor supo controlar y exponer el tiempo narrativo para que el lector solo pudiera dejarse llevar. La velocidad de las viñetas sube y baja según le apetece y según le pide la historia, en un flujo que en ningún momento se ve forzado y que se percibe de una manera natural. Su dibujo alcanza aquí su principal muestra de personalidad y a la vez sabe adaptarse a lo que pide el guion y al estilo de trabajo del resto de dibujantes. Una obra a tantas manos suele mostrarse desequilibrada en algún momento, pero El inmortal Puño de Hierro aparece como una historia unitaria, compleja y uniforme en todo momento.

Aja obtuvo en 2008 el Premio Eagle al Mejor Artista Revelación por este trabajo y la crítica se rindió a su labor revolucionaria y a su afán de experimentación en el mundo del cómic.

Desde ahí, tras algunos encargos ocasionales en otras series, David Aja pasaría a realizar el mejor trabajo de su carrera hasta ese momento: Ojo de Halcón, de nuevo con Fraction.

Pero de esta serie hablaremos más adelante, cuando hayas tenido tiempo de leerla. En dos semanas se celebrará la segunda reunión del Club de Lectura de Astora Cómics y, en otras dos, daremos por zanjada la serie completa. ¿Te animas a leerla conmigo?

Si quieres seguir a David Aja, puedes hacerlo aquí y aquí. Su última obra es Semillas, junto a Ann Nocenti, que puedes consultar en este enlace.

Más arqueros rebeldes, cómics de artes marciales y otras locuras varias en este enlace de aquí.

Historias asombrosas de la vida real: El castillo reconvertido a la educación sobre el medio ambiente

La costa gallega tiene una larga historia de ataques navales. Piratas vikingos y corsarios turcos e ingleses recorrieron sus villas en busca de riquezas, posiciones estratégicas o prisioneros a los que vender en los mercados de esclavos. Como consecuencia de esto, surgieron numerosas fortalezas en lugares escogidos, armadas con cañones y vigiladas por tropas del Ejército o por monjes guerreros, según a quien pertenecieran. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que dejaran de ser necesarias y en la actualidad muchas de estas fortalezas yacen sin cuidados, olvidadas por todos o con solo unos pocos restos en pie. Otras, en cambio, han hallado un propósito nuevo, muy diferente del original, pero que les garantiza la supervivencia.

El castillo de Santa Cruz en un ejemplo de este último caso. Construido a finales del siglo XVI por orden del capitán general de Galicia, Diego das Mariñas, y reforzado dos siglos después con otros baluartes por orden de Martín Cermeño, se alza sobre la isla de Santa Cruz, en el municipio coruñés de Oleiros. Su finalización en 1640 vino a completar el sistema defensivo de la ciudad de A Coruña, que ya contaba con el castillo de San Antón y al que se uniría más tarde el castillo de San Diego. Entre todas estas fortalezas se evitó que volvieran a ocurrir hechos tan dolorosos como el ataque de sir Francis Drake en 1589, cuando los ingleses lograron desembarcar y la ciudad resistió calle por calle durante catorce días, hasta que solo el valor de civiles como María Pita pudo rechazarlos.

Pero, a partir del siglo XVIII, la actividad corsaria se redujo en esta zona y el castillo quedó obsoleto. Sus cañones dejaron de proteger la ciudad y su mantenimiento resultó demasiado costoso, por lo que terminó subastado. Así, pasó a manos del matrimonio de Xosé Quiroga y Emilia Pardo Bazán, que rehízo el castillo como pazo para sus vacaciones veraniegas, incluyendo en él una capilla, un palomar y un hermoso jardín con árboles exóticos. Su perfil sobre la isla de Santa Cruz se volvió mucho más benévolo y adoptó las principales comodidades de la época.

Más tarde, fue heredado por Blanca Quiroga, hija de la pareja, que durante la Guerra Civil lo donó al Ejército con la finalidad de que sirviera como casa de colonias para huérfanos militares. Recuperaba así un espíritu castrense, pero a la vez acogedor y divertido. Durante cuatro décadas, muchos niños procedentes de hospicios pasaron allí sus veranos, corrieron por sus jardines y se subieron a sus torres, desde las que pudieron contemplar el océano y tal vez recordaron los tiempos en que otros soldados como sus padres veían llegar a los corsarios desde el horizonte.

Pero, en 1978, este fin se perdió. Y, con la llegada del boom de la especulación inmobiliaria, hubo muchos intereses acerca de ese castillo abandonado justo delante de Oleiros, hasta que el municipio lo compró en 1989 para dedicarlo a educación medioambiental. Por medio de un acuerdo con la Xunta de Galicia y la Universidade da Coruña, se estableció allí el CEIDA: Centro de Extensión Universitaria y Divulgación Ambiental de Galicia. Sus fines son claros: promover la formación en medio ambiente, tanto a profesionales como a población general, por medio de granjas escuela, parques etnográficos, centro de avistamiento de aves y otros recursos gratuitos. Sus principales áreas de trabajo incluyen temas tan variados como el agua, el medio marino, la gestión ambiental, la cooperación a todos los niveles y el cambio climático, sin olvidar las exposiciones acerca de la historia del islote.

Hoy en día, el castillo de Santa Cruz ha vuelto a la vida. Unido a tierra mediante una amplia pasarela de madera peatonal, su visita resulta obligada, igual que la del precioso paseo de Porto de Santa Cruz. Su pasado de cañones y piratas se ha reconvertido en un presente de interés por los ecosistemas y de visitas temáticas, en un tiempo nuevo que ha permitido su supervivencia.

Baluarte, pazo, casa de verano para huérfanos y finalmente sede del CEIDA. Los viejos usos cambian y se adaptan a cada época. Quién sabe qué nuevas situaciones le aguardan al castillo de Santa Cruz. De un modo u otro, merecerá la pena verlo.

Más castillos, corsarios e historias asombrosas en este enlace.

«La senda de Jhebbal Sag», una novela por entregas para el verano en Vigo É

Hace unos años decidí inventarme un país. Era una idea loca, pero tampoco demasiado novedosa. Países inventados hay unos cuantos ya en la historia de la literatura, como Ruritania, Wakanda o Latveria. Lugares bien asentados en los hechos reales ⸺incluso con sus embajadas y espionaje internacional⸺, pero con la suficiente independencia creativa como para que puedan ocurrir cosas interesantes. Corsarios, batallas, maldiciones y unas cuantas locuras más, siempre apoyadas en la verdad de la zona.

Mi país es Nilidia, un espacio de aventuras entre Libia y Túnez donde he podido incluir todas las situaciones que me encantan. Viajes de exploración, leyendas, mitos, historias contadas junto a una hoguera y tribus que luchan por mantener sus viejas tradiciones pese a todo. Invasiones de ejércitos extranjeros, batallas navales y pruebas de valor tampoco faltan en un rincón del mundo que siempre ha interesado a los poderosos, bien por sus propios recursos naturales o por las vías de comercio que atravesaban su territorio. Nunca para mejorar la vida de la gente, por supuesto, pero esa es otra historia.

Este año ha salido publicado El cazador de tormentas, una novela situada en Nilidia, concretamente en la zona del desierto de Zerzura y en el año 1546. Contada desde el punto de vista de un niño del Pueblo Halcón que busca completar su prueba de madurez para que el Consejo de Ancianas pueda considerarlo adulto, sirve como punto de arranque de la historia de las tribus del desierto. En sus páginas se muestran las costumbres ancestrales de unos grupos humanos dispersos por kilómetros y kilómetros de llanura estéril y pura roca. Velos, espadas y túnicas que caracterizan sus esfuerzos por sobrevivir en el lugar más inhabitable del mundo. Magia y rituales antiguos que se convierten en la única manera de pedir clemencia a sus dioses.

Este verano he decidido continuar la historia con una novela por entregas, esta vez publicada en el periódico Vigo É: La senda de Jhebbal Sag.

Los seriales o novelas por entregas constituyen uno de los géneros literarios más antiguos, propio de las revoluciones culturales que causó la Ilustración, lo que trajo consigo un aumento importantísimo del número de lectores. Los periódicos comenzaron a incluir narraciones largas divididas en capítulos de aparición diaria o semanal, y ese fenómeno revolucionó la manera de escribir. Alexandre Dumas, Víctor Hugo, Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari o Benito Pérez Galdós fueron autores de novelas por entregas, un concepto de enorme éxito que luego se extendió a la radio, el cine y la televisión.

En mi caso, he optado por continuar la historia de Nilidia, pero esta vez desde un punto de vista nuevo: el del Pueblo de la Marea, una tribu que también se sitúa en el desierto de Zerzura, pero completamente distinta al Pueblo Halcón. Sus creencias se acercan más al animismo y en concreto a algo llamado el credo de Jhebbal Sag, una tradición de pueblos primitivos del centro de África que defiende que una vez, en tiempos anteriores a la historia escrita, los hombres y las bestias fueron hermanos y hablaron un lenguaje común. Sin embargo, un cataclismo cambió esta situación paradisíaca y estableció una división entre especies. Desde entonces, los chamanes que profesan esta religión afirman que pueden comunicarse con los animales y transmitirles su voluntad, pero cada vez menos, pues tanto unos como otros han ido olvidando aquellos tiempos.

Han sido muchos los pueblos a lo largo de la historia que han reivindicado las creencias de Jhebbal Sag, entre otros los pictos de la Edad Hiboria o los que se enfrentaron a las legiones romanas bajo las órdenes del caudillo Bran Mak Morn. Pues bien, se me ocurrió que tal vez hubiera alguna tribu en el desierto de Zerzura que también hubiera recibido esas enseñanzas y luchara por perpetuarlas en contra de la fuerte invasión cultural de origen árabe. El Pueblo de la Marea se convierte así en el defensor de ese credo frente al mundo, a pesar de que actuar de ese modo les obligue a tomar parte en una antigua guerra.

Así nació La senda de Jhebbal Sag, una novela por entregas que irá apareciendo publicada a lo largo del verano en el periódico Vigo É. Una historia de nómadas, brujas y leyendas que te hará disfrutar en estas épocas de calor. Ya van unos cuantos capítulos, a los que puedes acceder a través de este enlace.

¿Te animas a formar parte de este viaje? Toma tu velo y tu espada y prepara tu dromedario para unirte a la caravana. Este verano pienso hacerte vivir la aventura de tu vida.

Más países ficticios, leyendas y sueños en este enlace.

Documentándome: Robert E. Howard, un bárbaro de Texas

Hay pocos autores a los que se reconozca de forma unánime como padres o madres de un género. Podemos llamar así a sir Walter Scott o a Benito Pérez Galdós para la novela histórica moderna, y a Alexandre Dumas o Robert Louis Stevenson para la novela de aventuras. Robert Ervin Howard ostenta el honor indiscutible de ser el padre de la fantasía heroica o género de espada y brujería. Junto a J. R. R. Tolkien, se ha convertido en el autor más influyente en la literatura fantástica del siglo XX y XXI, formando cada uno su propia corriente literaria: el primero por medio de la fantasía épica y el segundo con la llamada alta fantasía.

Los matices entre ambas son complejos a veces, pero un buen resumen sería decir que, en la obra de Howard, la magia no actúa como una solución a los problemas, sino más bien como algo aterrador y ajeno a la humanidad, que solo causa dificultades y consume el alma de quien la practica. Las historias están narradas desde el punto de vista de guerreros mortales que saben que en su mundo existe la magia, pero solo reservada para unos pocos. Los conflictos son generalmente físicos y los entes mágicos aparecen como terribles amenazas que desafían a la lógica, pocos frecuentes y reservados a momentos muy puntuales, que son aquellos en los que la tensión dramática de cada relato se encuentra en lo más alto.

Aunque ambos autores escribieron sus obras más o menos a la vez, durante la década de los años 30, sus orígenes literarios y por tanto sus resultados fueron muy distintos. Mientras que Tolkien y su amigo C. S. Lewis habían estudiado de forma pormenorizada las mitologías celta y nórdica y plantearon sus obras como una modernización de estas, Howard provenía literariamente de las revistas pulp y, sin perjuicio de que su formación en Historia resultara abrumadora, no alcanzó nunca el estatus de alta literatura.

Howard nació en 1906 en el pequeño pueblecito de Peaster, Texas. Su padre era médico, el doctor Isaac Mordecai Howard, y por su trabajo tenía que viajar con frecuencia. De hecho, en sus primeros trece años de vida, el muchacho recorrió con sus padres casi todo el estado de Texas, hasta que el doctor Howard decidió asentarse en Cross Plains, en el condado de Callahan. Sin embargo, la relación entre la pareja nunca resultó buena y la madre, Hester, fue poco a poco sobreprotegiendo a su hijo y llevando de forma personal su educación y sus ansias por escribir. Al mismo tiempo, la mujer contrajo la tuberculosis, lo que hizo que estuviera cada vez más limitada.

Howard fue desde niño un lector apasionado, sobre todo de Historia, y su ansia por descubrir el mundo lo convirtió en un gran experto en la Edad Media y la Edad Moderna. Mostró un interés significativo por la evolución de los pueblos, las corrientes migratorias y la supervivencia del más fuerte, y en especial por la existencia de un pueblo en concreto: los pictos, una gente extraña que se había resistido al avance del Imperio romano por Escocia y de la que no se tienen muchos datos. Howard veía en ellos el ejemplo más claro de sus teorías. Él entendía la Historia como una sucesión de oleadas de rabia producidas por determinadas razas que buscaron prosperar, crearon imperios y luego fueron consumidas por otras razas más jóvenes. Del mismo modo, la geografía del mundo había sufrido grandes cataclismos que marcaron épocas determinadas y dibujaban un compendio de picos y valles en la Historia. Egipcios, romanos, árabes, turcos… El pasado no era una línea recta, sino quebrada, sacudida por la furia de grandes caudillos que movían tras de sí a pueblos enteros.

Y si eso parece un hecho fundado, ¿por qué no ir más allá? ¿Qué hubo antes de la Historia escrita? ¿Era posible que ya se alzaran imperios antes de aquellos de los que hemos sabido, y que algún gran cataclismo y unas terribles invasiones no dejaran rastro de aquel tiempo?

Howard reconoció haberse visto influenciado por los relatos de aventuras de Jack London y también por sus escritos sobre vidas pasadas; así como por las historias exóticas de Rudyard Kipling y Talbot Mundy. Pero su principal fuente de inspiración fueron las revistas pulp, creaciones baratas, generalmente con escritores desconocidos y que trataban temas escabrosos: detectives de lo sobrenatural, exploradores de reinos fantásticos, criaturas horrendas y mujeres ligeras de ropa a las que salvar del peligro.

Uno de los autores más famosos en ese tiempo fue Edgar Rice Burroughs, que en 1912 había publicado por entregas, en la revista All–Story Magazine, las dos obras que le harían famoso: A princess of Mars ⸺el debut del héroe John Carter de Marte⸺ y Tarzan of the Apes ⸺la primera novela de la saga del señor de la jungla⸺. Gracias a Burroughs, se hicieron enormemente populares las historias acerca de reinos fantásticos, héroes musculosos y reinas feroces y propensas al amor.

Howard cogió todas estas ideas y las hilvanó en una formidable saga única conformada por distintos episodios pseudohistóricos, cada uno protagonizado por un héroe muy peculiar: el rey Kull y la Era Precataclísimica, Conan el cimmerio y la Edad Hiboria, Bran Mak Morn y el Imperio romano, Cormac Mac Art y la Edad Oscura, Turlogh el Negro y los tiempos de Camelot, Cormac Fitzgeoffrey y las Cruzadas, Solomon Kane y la Inglaterra isabelina, Sonya la Roja y el sitio de Viena, El Borak y el Afganistán del Gran Juego o incluso James Allison, que recordaba sus vidas pasadas y volvía a habitar todas esas épocas.

Howard hizo alarde, en sus once años de carrera literaria, de un grado de conocimiento histórico apabullante, que le permitía describir con todo detalle la corte del sultán Solimán el Magnífico o la vida de los nobles que acudieron a las Cruzadas. Y eso aunque nunca realizó grandes viajes ni estuvo jamás en los lugares donde transcurrían sus historias. Desde lo más profundo del corazón de Texas llegó a conocer el mundo mejor que muchos historiadores, y además logró transmitirlo con la viveza, la emoción y la aventura propias de los mejores relatos pulp, de los que enseguida se hizo el rey.

Debutó en 1925 en la revista Weird Tales con el relato titulado Spear and fangLanza y colmillo⸺, una historia de enfrentamientos entre tribus prehistóricas y lucha a muerte por la que le pagaron 16 dólares. Había empezado una carrera fulgurante que duraría hasta 1936.

El 11 de junio de hace 85 años, Hester Howard cayó en coma debido a la evolución de su tuberculosis y los médicos dijeron que no se recuperaría más. Entonces su hijo, el autor afamado, el rey de las historias de aventuras, se metió en su coche y se disparó en la cabeza. Aún siguió vivo durante ocho horas más, pero no se pudo hacer nada por su vida. Su madre murió al día siguiente y ambos fueron enterrados juntos el día 14.

Se perdía un escritor único, un erudito de los tiempos pasados y, en muchos aspectos, un sabio. Su dominio de los resortes de la literatura de evasión no ha sido igualado nunca, ni tampoco su capacidad para mimetizarse con los planteamientos de cualquier otro autor y hacerlos suyos. Howard podía escribir con el estilo de Sax Rohmer, de Talbot Mundy o de H. P. Lovecraft y al final llevar la narración a su terreno y hacerla completamente reconocible. Podía llenar las páginas de detalles históricos y luego ceder a las presiones de su editor e incluir alguna escena con desnudos femeninos, monstruos grotescos y héroes salvajes. A través de su amplia obra podemos seguir la estela de los pictos a través de muchas vicisitudes, desde el estado de sabios tribales con el que aparecen en los relatos de Kull hasta el primitivismo involucionado de la Edad Hiboria, y más allá aún, a los tiempos en que casi se habían extinguido bajo la espada romana y solo unos pocos luchaban fieramente por sobrevivir.

Robert E. Howard dejó tras de sí un poderoso influjo que muchos escritores hemos aceptado. La aventura, la emoción y el salvajismo han pasado de unas plumas a otras y yo mismo me reconozco gran admirador del maestro de Cross Plains.

No hay más que leer con atención entre las líneas de El cazador de tormentas, mi última novela. ¿O qué son, sino homenajes velados, ese hechicero de nombre Yosef Vrolok, ese caudillo llamado Othman, esa reina de la Atlántida y esos huesos de los últimos hombres serpiente, que yacen para la eternidad en el interior de una cueva?

Siempre hay que dar las gracias a los maestros que nos formaron y yo se las mando con este artículo al escritor que me convirtió en adulto, justamente en el día en que decidió quitarse de en medio.

Más hechiceros, reinas y hombres serpiente en este enlace.

Museo Robert E. Howard en su antiguo hogar en Cross Plains, Texas

Firmas y aventuras en Cinania Libros

Desde que llegó al mercado El cazador de tormentas, he tenido la suerte de compartir esta novela con mucha gente. Amigos, lectores, libreros, quiosqueros… Clubes de lectura, analistas históricos, bibliotecas… Reprografía, imprenta…

Nunca crees, cuando estás escribiendo un texto, que pueda llegar tan lejos o interactuar con tantas personas diferentes. Este mismo artículo podrá llegar a ninguna parte o a cualquier lugar del mundo. Es la magia de la sociedad en la que vivimos.

Pero luego está Cinania. Este rincón único se halla entre las librerías con más encanto de España y su dueño, Guillermo Moldes, es uno de los libreros más sabios y que mejor conoce a los lectores de los que puedas encontrarte nunca. Cada vez que alguien entra en Cinania se siente transportado a un reino mágico cuyas leyes pueden haber sido escritas hace décadas o ayer mismo, y que descansan sobre papel, grabados, fotografías, carteles o DVDs. Jardiel Poncela comparte estanterías con Lindsey Davis, Nathaniel Hawthorne, Robert E. Howard, Hal Foster, Lorca o Posteguillo. Tintín se codea con Alatriste, Lupin, Astrid & Audaz, Leónidas o la Liga de los Caballeros Extraordinarios. Las novedades del mes y los libros más antiguos. En definitiva, el hogar de la literatura en todas sus formas.

Y hasta ahí llegaron mis nómadas el 7 de mayo. Hijo de Azor, la abuela Bordón, el viejo Zahareño y todos los demás miembros del Pueblo Halcón abandonaron por un día el desierto de Zerzura, en lo más profundo de la antigua Nilidia, y se perdieron entre los pasillos de Cinania. Guillermo actuó como un perfecto líder de la tribu y los guio a todos, con sus dromedarios y sus tiendas, hasta meterse en los bolsillos de muchos lectores. Un libro ágil que cabe en cualquier sitio, pero cargado de aventuras en el desierto, y que ese día recorrió muchos hogares de Pontevedra.

En la tarde del día 7 estuve firmando en ese lugar maravilloso junto a mis bártulos: una daga medieval de madera, un trabuco, un sello de aduanas de Nilidia y una fuente llena de dátiles. El sueño estuvo allí y mucha gente increíble se acercó a compartirlo conmigo.

Os agradezco hasta el infinito todo lo que hacéis para mostrarse el cariño y el apoyo a esta novela.

El cazador de tormentas ha dejado de ser solo mi escrito y ahora es vuestro. Los nómadas se desplazan y llegan cómodamente hasta vuestras manos, dedicatoria incluida. La ruta por del desierto continúa.

Más historias locas, viajes, aventuras y firmas de libros en este enlace.