La importancia de la ambientación en la literatura fantástica: a propósito de la Edad Hiboria

La literatura fantástica se define como aquella en la que aparecen elementos que ni han existido nunca ni pueden llegar a existir —esto es lo que la diferencia de la literatura realista—, y de los que no se plantea ninguna explicación coherente basada en la ciencia —esto es lo que la distingue de la ciencia–ficción—. Por tanto, la única explicación satisfactoria es la magia. En el relato se muestran hechos, objetos, animales o personas que no se pueden justificar mediante la ciencia ni el narrador lo pretende, de modo que su origen solo ser sobrenatural. Luego ya puede tratarse de una magia llamada blanda —sin reglas demasiado estrictas— o dura —mucho más explicada, casi como si fuera un libro de recetas de cocina—, pero su naturaleza incomprensible es la misma.

La geografía es algo que puede variar mucho dentro de este género, pero que también suele ser inventada. A partir de las obras de Edgar Rice Burroughs, Robert E. Howard o J. R. R. Tolkien, muchos escritores a lo largo del siglo XX han querido diseñar su propio mapa de aventuras, lleno de lugares peligrosos a los que mandar a sus héroes. Pero, igual que ocurre con los otros elementos mágicos, la geografía tiene que ser verosímil. El lector de fantasía está dispuesto a creer en barcos que navegan por el desierto, espadas que aguardan por su verdadero dueño o seres de ultratumba con modales victorianos, pero solo si el escritor se atiene a sus propias normas. Incluso la literatura fantástica debe tener unos límites precisos que aseguren la verosimilitud de la historia. Una narración sobre vampiros en los Cárpatos a mitad del siglo XIX puede incluir aldeanos, carros, castillos y vampiresas, pero no teléfonos móviles. El lector asumirá que el chupasangres se convierta en lobo, trepe por un muro de piedra o se comunique con murciélagos, pero levantará una ceja al instante si el cazador de vampiros pide ayuda a sus compañeros por WhatsApp. A menos, claro está, que cambiemos el siglo XIX por el XXI. Entonces lo que sobrará es el carro.

Las coordenadas espaciotemportales son las que garantizan la credibilidad de una historia y, en concreto, habrá una serie de características que definirán a la perfección las posibilidades del relato: los medios de comunicación, los medios de transporte y la manera de conseguir luz y calor. ¿El protagonista se desplazará a otro país en goleta, ferry, EasyJet o en un túnel de teleportación? ¿Escribirá una carta, dejará un anuncio en el periódico o le hablará a alguien por telepatía? ¿Existe la luz eléctrica? ¿Y de dónde proviene: del aceite, del gas o de la propia energía del alma humana?

La ambientación es uno de los tres pilares fundamentales de la novela de aventuras, junto a los personajes y la trama. Mientras la novela policíaca se apoya sobre todo en la resolución de un enigma y la romántica en la creciente relación entre la pareja protagonista, la aventura se construye generalmente dentro de una ambientación exótica que interacciona con la historia y la hace posible. Sin esa ambientación, sería inviable que la novela transcurriera de esa forma y viceversa.

Un ejemplo perfecto de esto lo constituye la Edad Hiboria, el marco geográfico y temporal de los relatos de Conan. El escritor texano Robert E. Howard publicó entre 1932 y 1936 unas veinte historias cortas protagonizadas por el cimmerio de cabello negro y ojos adustos, el de los pies calzados con sandalias. Todas ellas estaban situadas en un tiempo anterior a la historia escrita, hace unos doce mil años y unos ocho mil después del hundimiento de la Atlántida debido a una catástrofe natural. En esa era desconocida para los historiadores se alzaron unos reinos que dominaron los metales, la piedra y las joyas, pero que aún no conocían la pólvora. Por eso su desarrollo se parece mucho al de la Edad Media que conocemos.

Pero no solo eso, sino que además Howard definió un sinfín de características en cada uno de estos pueblos, en la geografía de su nación y en la manera en que vivían. Esa es la formidable riqueza de la Edad Hiboria.

Así, por ejemplo, Aquilonia es el más poderoso de los reinos de aquel tiempo, una nación interior que podría identificarse con la Francia medieval: encabezada por un rey y con el culto a Mitra como religión oficial monoteísta, su hegemonía se debe sobre todo a su caballería pesada y a sus arqueros bosonios. Ambos cuerpos constituyen la élite de los ejércitos de Hiboria. En Aquilonia transcurren historias de intrigas cortesanas protagonizadas por hechiceros oscuros, como en El fénix en la espada o La hora del dragón.

Zamora, en cambio, es un lugar de paso entre Oriente y Occidente, una nación que vive de las rutas comerciales y, como consecuencia de estas, del robo. Grandes fortunas se han creado allí a expensas de organizar caravanas o de apropiarse de ellas. Las ciudades muestran altas torres enjoyadas, templos dedicados a cien dioses variados y también suburbios plagados de tabernas donde se reúnen las bandas, y por las que los soldados del rey, curiosamente, apenas pasan. En Zamora tiene lugar La torre del elefante, una de las mejores historias del personaje, que definen su carácter y de paso todo el género de la espada y brujería. En esa época de su vida, Conan se gana la vida como ladrón y acepta un reto muy particular.

Al sur de Hiboria se encuentran otras regiones mucho más salvajes, como son Estigia y los Reinos Negros —Kush, Darfar, Punt o Zembabwei—. Son tierras antiguas de hechiceros malignos y templos dedicados a dioses crueles. Abundan los sacrificios humanos y las guerras por un palmo de territorio. Los poblados con cabañas de madera y techos de paja se alternan con urbes construidas en piedra, muchas de ellas abandonadas por razas ya extinguidas o sometidas a un terrible proceso de decadencia. Los relatos que se ambientan allí son más brutales que cualquier otro, llenos de escenas dramáticas que no se olvidan, como en La reina de la Costa Negra, posiblemente el culmen de toda la obra de Howard.

Esa es la importancia de una buena ambientación para la novela fantástica. La hora del dragón no tendría sentido en Darfar, ni La torre del elefante en Zembabwei. Cada región marca su propio relato, su propio ritmo interno y el desenlace de cada historia. Robert E. Howard supo dotar a los reinos de personalidad propia y explotarla, y por eso la Edad Hiboria es tan plural, tan compleja, tan valiosa y tan definitoria del género de fantasía heroica. Todos los demás hemos tenido que aprender del maestro.

Más torres enjoyadas, caminos de paso y reinas de la Costa Negra en este enlace.

Firmas y aventuras en Cinania Libros

Desde que llegó al mercado El cazador de tormentas, he tenido la suerte de compartir esta novela con mucha gente. Amigos, lectores, libreros, quiosqueros… Clubes de lectura, analistas históricos, bibliotecas… Reprografía, imprenta…

Nunca crees, cuando estás escribiendo un texto, que pueda llegar tan lejos o interactuar con tantas personas diferentes. Este mismo artículo podrá llegar a ninguna parte o a cualquier lugar del mundo. Es la magia de la sociedad en la que vivimos.

Pero luego está Cinania. Este rincón único se halla entre las librerías con más encanto de España y su dueño, Guillermo Moldes, es uno de los libreros más sabios y que mejor conoce a los lectores de los que puedas encontrarte nunca. Cada vez que alguien entra en Cinania se siente transportado a un reino mágico cuyas leyes pueden haber sido escritas hace décadas o ayer mismo, y que descansan sobre papel, grabados, fotografías, carteles o DVDs. Jardiel Poncela comparte estanterías con Lindsey Davis, Nathaniel Hawthorne, Robert E. Howard, Hal Foster, Lorca o Posteguillo. Tintín se codea con Alatriste, Lupin, Astrid & Audaz, Leónidas o la Liga de los Caballeros Extraordinarios. Las novedades del mes y los libros más antiguos. En definitiva, el hogar de la literatura en todas sus formas.

Y hasta ahí llegaron mis nómadas el 7 de mayo. Hijo de Azor, la abuela Bordón, el viejo Zahareño y todos los demás miembros del Pueblo Halcón abandonaron por un día el desierto de Zerzura, en lo más profundo de la antigua Nilidia, y se perdieron entre los pasillos de Cinania. Guillermo actuó como un perfecto líder de la tribu y los guio a todos, con sus dromedarios y sus tiendas, hasta meterse en los bolsillos de muchos lectores. Un libro ágil que cabe en cualquier sitio, pero cargado de aventuras en el desierto, y que ese día recorrió muchos hogares de Pontevedra.

En la tarde del día 7 estuve firmando en ese lugar maravilloso junto a mis bártulos: una daga medieval de madera, un trabuco, un sello de aduanas de Nilidia y una fuente llena de dátiles. El sueño estuvo allí y mucha gente increíble se acercó a compartirlo conmigo.

Os agradezco hasta el infinito todo lo que hacéis para mostrarse el cariño y el apoyo a esta novela.

El cazador de tormentas ha dejado de ser solo mi escrito y ahora es vuestro. Los nómadas se desplazan y llegan cómodamente hasta vuestras manos, dedicatoria incluida. La ruta por del desierto continúa.

Más historias locas, viajes, aventuras y firmas de libros en este enlace.

Una tarde de aventuras en Libraría Cartabón con motivo del Día del Libro

El pasado día 23 de abril se celebró el Día del Libro y las principales librerías del país realizaron descuentos, promociones, sorteos y también firmas de autores. Era una ocasión estupenda para volver a salir a la calle y buscar libros, para recuperar la fiesta de la lectura que no se pudo llevar a cabo el año anterior y para encontrarse con esos libreros y escritores que uno aprecia, admira y sigue, y de los que, por desgracia, llevábamos tanto tiempo separados.

En Libraría Cartabón de Vigo pensaron que era una ocasión estupenda para que yo realizara una firma de mi nueva novela, El cazador de tormentas, que lleva a la venta desde el pasado 12 de abril. Engalanaron su espacio, repleto de libros hasta el techo, y colocaron a la entrada una mesa con los carteles de la portada. Allí estuve la tarde entera, firmando todos los libros que había para vender. Un encuentro delicioso, tranquilo y muy gratificante.

Las nuevas medidas de seguridad anti–COVID han hecho casi imposibles las presentaciones clásicas de libros. Esos encuentros con una sala llena en los que un autor hablaba durante largo tiempo sobre sí mismo y la importancia de su obra para el futuro de la humanidad han pasado a la historia, y quizá no sea una mala noticia. Muchas veces he pensado que los escritores pecamos de un enorme ego ⸺y en esto de los defectos me incluyo⸺ y nos encanta explayarnos acerca de lo divino y lo humano, acerca de las muchas fuentes que hemos utilizado para escribir cada línea ⸺y cuanto más pedantes y desconocidas por el resto de los mortales, mejor⸺ y de cuánto hemos sufrido para que ese libro en cuestión llegue al mercado.

La nueva realidad que ha dejado la pandemia, con aforos limitados en todos los locales y distancia de seguridad, obliga a que las presentaciones se reconviertan en firmas, sin charlas infinitas y con lectores que entran y salen de manera fluida. El contacto entre personas se minimiza en el tiempo, pero eso aporta una ventaja adicional: el contacto con el autor, por contra, es más cercano. Un escritor y su obra se encuentran cara a cara con los posibles compradores, sin charlas previas, y solo queda mostrarse tal cual. El mensaje se vuelve más directo, la realidad aflora frente a todo lo que se pueda llevar preparado.

El viernes 23 estuve firmando desde las cinco hasta las ocho y media ⸺que al final se volvieron las nueve⸺, y el resultado fue estupendo. La librería estuvo abarrotada todo el tiempo, siempre guardando las medidas necesarias, y eso convirtió el día en una verdadera fiesta de los libros. Gonzalo y Maribel, los dos pilares en los que se sustenta Cartabón desde hace años, iban y venían con una enorme sonrisa de satisfacción al ver tanto interés por la lectura entre la población viguesa, después de un año tan duro. La gente entraba, miraba en los estantes, preguntaba por obras antiguas o recientes, llevaba a sus niños y se perdía en aquel mar de publicaciones colocadas con un orden estricto. En su cara había ilusión por leer, por recuperar el tiempo perdido y los buenos hábitos. De hecho, tanto Gonzalo como Maribel afirman que ellos han comprobado el aumento de la lectura en este tiempo de pandemia, por lo que se sienten muy felices.

Por mi parte, me establecí en una enorme mesa a la entrada, donde situé mis bártulos para hacer el show: suelo acompañarme del rotulador bueno de las firmas, un sello de Nilidia obra del ilustrador Sal Donaire, una réplica de las dagas medievales de entrenamiento o un trabuco. El público, sobre todo el infantil, se acercaba y preguntaba qué era todo aquello, para qué servía o si podía coger un caramelo de la gran fuente que tenía a mi lado. Esto último fue un acierto por parte de Maribel, porque logró que mucha gente se acercara y así yo pude poner en práctica mis artes oscuras para hacer que compraran la novela.

De paso, hablé sobre esgrima, armas antiguas, hechicería, novelas de aventuras y un montón de locuras más. Hablé sobre el mercado editorial, sobre la suerte que implica hoy en día tener una editorial a tus espaldas, y sobre las posibilidades que tenemos los nuevos autores. Y al final vendí absolutamente todos los ejemplares que había en la librería. No me quedo ni uno. Todos fueron a parar a lectores entusiasmados, y espero que felices.

Quiero agradecer expresamente a tantos amigos que se pasaron por allí y quisieron hacerse con mi obra. Y quiero agradecer a todos los que, sin conocerme de nada, le dieron una oportunidad a El cazador de tormentas. La lectura se sustenta gracias a los fieles y tener la mente abierta a nuevos autores puede darte grandes alegrías ⸺que es lo que deseo que ocurra en este caso⸺. Es necesario volver a soñar con parajes exóticos, aventureros y villanos, porque eso nos permitirá vivir miles de vidas en una sola.

La próxima parada de esta novela será Pontevedra, este mismo viernes, en Cinania Libros. ¿Te animas a venir y hablamos un rato de tú a tú?

Más locuras aventureras, firmas y charlas en este enlace.

Documentándome: La Atlántida en la ficción, entre Pierre Benoit y Robert E. Howard

Busto de Platón

Sigo empeñado en estudiar todo lo que se relaciona con la temática de mi nueva novela de aventuras, que llevará por título El cazador de tormentas y estará en el mercado en el mes de abril. Te hablé de ella en esta serie de artículos.

La fase de documentación es una de las más complejas y a la vez apasionantes dentro del enorme trabajo de escribir una novela. Antiguos tratados polvorientos, bibliotecas de monasterios perdidos o sabios que guardan secretos de otra época… Un escritor debe acudir a todas las fuentes —aunque lo cierto es que, hoy en día, Internet ha desbancado a las otras opciones—. Y un origen al que no solemos dar la misma importancia, pero que también aporta a veces un punto de vista muy valioso es el de otras novelas. Autores que ya han recorrido el mismo camino en épocas anteriores y que reconstruyeron el mito de la misma forma, pero antes de que se te ocurriera a ti. Al fin y al cabo, por muy original que te creas, no hay nada nuevo bajo el sol.

Como ya escribí en este artículo, Platón legó al mundo una leyenda inmortal que habría de proporcionarnos miles de historias adaptadas a cada época concreta. La Atlántida es el primer gran continente de la humanidad, es el origen de nuestra cultura y también un relato de la debilidad de los mortales frente a los dioses. La grandeza del mito implica que incluso los primeros humanos se dejaron seducir por la tentación del poder, la conquista y la formación de un imperio, más allá de las normas que les habían legado Zeus y su familia de deidades. A pesar de tener las leyes escritas en una columna de oricalco que se erguía en el centro del reino de Atlas, los diez reyes hermanos proclamaron que el mundo les pertenecía y se lanzaron a una serie de conquistas por mar y tierra que, en último término, los llevó a enfrentarse con los primeros atenienses. Pero, si la Atlántida se debía a Poseidón, dios del mar, Atenas rendía culto a Atenea, diosa de la sabiduría, y eso al final llevó a la tragedia que arrasó por completo el primer continente. Los dioses olímpicos se enfurecieron por el afán imperialista de los atlantes y decretaron su final, que ocurrió en «un solo día y una noche terribles». Un terremoto hizo añicos la isla y las olas se la tragaron por completo, sin que quedara un solo resto de su grandeza y dando lugar a una de las leyendas más conocidas de la historia. En aquel entonces, solo unos pocos sabios guardaron registro de la existencia de la Atlántida, lo que llenó esta narración de un misterio y un atractivo formidables.

Han sido muchos los escritores, ilustradores y cineastas que han decidido recrear esta leyenda en sus obras, de forma mucho más frecuente a partir del siglo XIX. Como sucede con todos los supuestos lugares perdidos ⸺como Thule, Lemuria, Antillia o Mu⸺, la Atlántida ha servido como ubicación para numerosas obras del género de aventuras.

Así, en Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), de Jules Verne, la tripulación del Nautilus visita las ruinas de un imperio hundido bajo el Atlántico:

El capitán Nemo contemplando los restos de la Atlántida

«Allí, bajo mis ojos, abismada y en ruinas, aparecía una ciudad destruida, con sus tejados derruidos, sus templos abatidos, sus arcos dislocados, sus columnas yacentes en tierra. En esas ruinas se adivinaban aún las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, se veían los restos de un gigantesco acueducto; en otro lugar, la achatada elevación de una acrópolis, con las formas flotantes de un Partenón; allá, los vestigios de un malecón que en otro tiempo debió abrigar en el puerto situado a orillas de un océano desaparecido los barcos mercantes y los trirremes de guerra; más allá, largos alineamientos de murallas derruidas, anchas calles desiertas, toda una Pompeya hundida bajo las aguas, que el capitán Nemo resucitaba a mi mirada.

¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba? Quería saberlo a toda costa, quería hablar, quería arrancarme la esfera de cobre que aprisionaba mi cabeza.

Pero el capitán Nemo vino hacia mí y me contuvo con un gesto. Luego, recogiendo un trozo de piedra pizarrosa, se dirigió a una roca de basalto negro y en ella trazó esta única palabra:

ATLANTIDA

¡Qué relámpago atravesó mi mente! ¡La Atlántida! ¡La antigua Merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por Orígenes, Porfirio, Jámblico, D´Anville, Malte Brun, Humboldt, para quienes su desaparición era un relato legendario, y admitido por Posidonio, Plinio, Ammien Marcellin, Tertuliano, Engel, Sherer, Tournefort, Buffon y D´mAvezac, lo tenía yo ante mis ojos, con el irrecusable testimonio de la catástrofe. Esa era, pues, la desaparecida región que existía fuera de Europa, del Asia, de Libia, más allá de las columnas de Hércules. Allí era donde vivía ese pueblo poderoso de los atlantes contra el que la antigua Grecia libró sus primeras guerras. (…)

Tales eran los recuerdos históricos que la inscripción del capitán Nemo había despertado en mí. Así, pues, conducido por el más extraño destino, estaba yo pisando una de las montañas de aquel continente. Mi mano tocaba ruinas mil veces seculares y contemporáneas de las épocas geológicas. Mis pasos se inscribían sobre los que habían dado los contemporáneos del primer hombre. Mis pesadas suelas aplastaban los esqueletos de los animales de los tiempos fabulosos, a los que esos árboles, ahora mineralizados, cubrían con su sombra».

La imagen que describió Verne quedaría grabada a fuego en la sociedad occidental: unos restos hundidos en el lecho del océano, la grandeza de tiempos perdidos convertida en ruina por unos dioses coléricos. Después, otros muchos seguirían el camino marcado por el genio de Nantes.

La Atlántida (1877), de Jacinto Verdaguer, es un poema en catalán que cuenta la historia del continente perdido y la manera en que esta llega a oídos de Cristóbal Colón, lo que produce en él la idea de navegar hacia el oeste, y eso llevará, en un futuro, al descubrimiento de América.

Otras novelas que plantean la búsqueda de los ansiados restos son El librero de la Atlántida (2016), de Manuel Pimentel; y Atlántida (2010), de Javier Negrete.

Cartel de la versión cinematográfica de la obra de Pierre Benoit

Pero sin duda hay dos autores que han marcado la historia de la leyenda y de sus publicaciones en papel, con numerosas adaptaciones de sus obras: Pierre Benoit y Robert E. Howard. El primero fue un novelista francés criado en el norte de África, autor de más de quince obras y muy popular en su época, miembro de la Academia Francesa y especialmente recordado por La Atlántida (1919). Esta publicación fue revolucionaria por dos motivos: situaba la historia en tierra en lugar de en el mar ⸺concretamente en el macizo del Hoggar, en Argelia, en pleno desierto del Sahara⸺ y lo convertía en un reino vivo en lugar de muerto ⸺gobernado por Antinea, una monarca cruel que buscaba amantes por todo el planeta y luego, al terminar con ellos, los convertía en estatuas de oricalco⸺. De este modo, Benoit se sumaba a la moda de los reinos perdidos en África, de la misma forma que Henry Rider Haggard ya había presentado en 1902 a su personaje Ayesha, «la que debe ser obedecida», monarca de Kôr; o Edgar Rice Burroughs había hecho lo propio en 1913 con la reina La, suma sacerdotisa de la ciudad de Opar. La Antinea de Benoit es una mujer dura, acostumbrada a gobernar con mano de hierro y dueña de todo el mercado ilegal del continente africano. Mediante las redes de transporte de mercancías a través del desierto, ha creado un imperio secreto aún más poderoso que el de sus ancestros atlantes y solo se dedica a buscar placer. En los sótanos de su palacio guarda los restos de aquellos hombres que cayeron en sus redes ⸺debidamente numerados e identificados mediante placas⸺, y aquellos que la han conocido admiten que es imposible resistirse a sus encantos.

Mapa de la Era Thuria, creada por Robert E. Howard y representada aquí por John Bolton

Robert E. Howard, por su parte, trazó una gran cronología de la historia de la humanidad que se movía en torno al auge y caída de la Atlántida. Este habría sido el primer gran continente de la humanidad, pero no el primer reino habitado del mundo. En su lugar, ese honor recaía en Valusia, antigua morada de los hombres serpiente, donde estos llevaban a cabo malignas brujerías y esclavizaban a los humanos. Los hombres serpiente, los hombres lobo y otros demonios semejantes gobernaron el mundo en la más remota antigüedad, pero entonces los humanos se alzaron en armas contra ellos bajo el liderazgo de un caudillo conocido como Raama ⸺y, en otras fuentes posteriores, Jhebbal Sag⸺, hasta que lograron vencer a los demonios, proclamarse señores de la Creación y establecer la Atlántida como su primer gran reino. Valusia, por su parte, quedó como baluarte frente al regreso de sus enemigos, como la punta de lanza de la humanidad. Tiempo después, un cataclismo arrasó la Atlántida y sepultó cualquier vestigio de esta era, dando lugar más adelante al imperio de Acheron y, tras la desaparición de este, a la Edad Hiboria. Howard entendía la historia como una sucesión de épocas marcadas por el desastre, el conflicto y la grandeza. Valusia, Hiboria, los pueblos pictos, el Imperio romano, las migraciones celtas o la expansión del islam aparecen reflejados en sus obras como momentos concretos de brillantez en una línea de tiempo que no es lineal, sino en forma de picos y valles. Los pictos son el mejor ejemplo de esos cambios sucesivos, pues muestran un elevado desarrollo como sociedad en los tiempos de Valusia, una degeneración a la barbarie en tiempos hiborios y un nuevo ascenso en la escala de la evolución para enfrentarse a las legiones romanas en tierras británicas. La Atlántida se convierte, en cambio, en solo un elemento más de esa línea de tiempo, ni especialmente brillante ni muy recordada en épocas futuras, sino más bien un ejemplo de la manera en que los siglos sepultan los reinos más impresionantes y ya nadie vuelve a acordarse de ellos. En la cronología de los relatos de Howard, la Atlántida habría quedado destruida hace unos doce mil años, tal y como especificó Platón, y para él no se trató más que de un puñado de tribus dispersas y poco merecedoras de la inmortalidad.

Ahora bien, ¿en qué medida han influido estos autores en la trama de El cazador de tormentas, mi próxima novela? ¿Qué versión de la Atlántida aparecerá nombrada allí, si es que aparece alguna: la olvidada en el tiempo, que describió Robert E. Howard; o la viva y maligna de Pierre Benoit? ¿Qué ciudades malditas se ocultan en el corazón de África, a la espera de los aventureros que las quieran explorar?

Más continentes hundidos por dioses griegos y autores de novelas de aventuras en este enlace.

«El cazador de tormentas» estrena portada y sinopsis

Hoy tengo el enorme orgullo de mostrar en público la que será portada de mi nueva novela, que se publicará el mes que viene dentro de la editorial Los Libros del Salvaje.

Esta portada es el producto de un largo trabajo basado en escenas clásicas de novelas de aventuras y cuadros orientalistas, todo ello reformulado con una estética moderna.

La imagen proviene del cuadro Caravan in una tempesta di sabbia —«Caravana en una tormenta de arena»—, obra del pintor orientalista Hermann Corrodi. Pero después este dibujo tradicional ha sufrido una metamorfosis hasta convertirse en portada y todo eso es obra de Fran Zabaleta, responsable último del diseño y de la adaptación final. Ver esta portada me produce una enorme satisfacción, porque representa a la perfección del espíritu de la novela y también la de muchos autores a los que siempre he adorado. De una forma instintiva, recuerda a Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari y Karl May. Habla de esfuerzo, suplicio y magia en un lugar inhóspito, donde cualquier acto es una aventura.

Y de paso, con esta portada viene también la sinopsis de la obra:

«¿Quieres conocer la auténtica Nilidia? —dijo la anciana—. Entonces debes escuchar la historia del cazador de tormentas…».

Hijo de Azor tiene que completar su prueba de madurez, la que demostrará su valor ante la tribu y le concederá el derecho a obtener su propio nombre. Solo entonces dejará atrás la niñez y el Consejo de Ancianas le permitirá formar una familia y levantar su tienda junto a los demás adultos.

Para superar la prueba, Hijo de Azor debe dar caza a un esclavo huido, arrancarle la piel y colgarla de las murallas del Palacio del Alba. Pero desde el norte avanza un frente de guerra. Yosef Vrolok, el hechicero negro, regresa a Zerzura para devolver algo que tomó prestado hace tiempo: el Zuaregi, la tormenta de arena, la más terrible fuerza del desierto…

¿Y bien? ¿Qué te parece? ¿Te llama la atención esta portada?

Más aventuras, viajes y tormentas de arena en este enlace.

Documentándome: Los pueblos del desierto

Uno de los elementos que caracterizan una novela de aventuras es el entorno en el que sucede la acción ⸺los otros dos son la trama y el ritmo narrativo: sobre esos tres pilares se erige este género⸺. El entorno narrativo ⸺en los últimos años llamado worldbuilding⸺ de una novela de aventuras suele ser exótico, misterioso, intrigante, desconocido pero familiar y propenso a las escenas de acción. Los protagonistas recorren los lugares principales en busca de algo o escapando de algo, y siempre ese entorno se convierte en un elemento definitorio del resultado final. Los piratas recorren el mundo en pos de un tesoro escondido en un emplazamiento significativamente remoto, los prófugos se esconden en localizaciones apartadas y las pruebas de madurez se realizan donde nadie se atreve a llegar. Lo que unos y otros se encuentran por el camino marca el devenir de los acontecimientos.

Hay muchas formas de definir un entorno narrativo, que básicamente comprenden los lugares geográficos ⸺una montaña inalcanzable, una isla perdida, un barco sin rumbo⸺ y las características sociales del grupo humano ⸺razas, edades, sexos, idiomas, costumbres, modelos económicos, creencias religiosas, potencias hegemónicas o desarrollo del armamento y acceso a él por parte de la población general⸺.

Todas estas cuestiones me las planteé en profundidad cuando estaba escribiendo mi próxima novela, de la que podrás encontrar más información en este enlace. Tenía claro que iba a transcurrir en el desierto del Sahara durante la Edad Moderna, esto es, en el período histórico comprendido entre el descubrimiento de América y la Revolución Francesa. Esto abarca una época compleja en la que iban desapareciendo los pequeños reinos independientes y señoríos feudales tan propios de la Edad Media, y poco a poco volvían a surgir los grandes imperios. Españoles, germanos, franceses, ingleses y turcos se enfrentaban los unos a los otros por hacerse con la hegemonía del mundo. Y mientras, las demás naciones estaban obligadas a posicionarse.

Por tanto, los pueblos del Sahara se comportaron en aquella época como un guiso de elementos discordantes, del pasado más remoto y del presente más alejado geográficamente. Viajeros de Oriente y Occidente llegaban a este rincón en busca de fortuna o huyendo de alguna persecución. No era un destino muy deseado, a diferencia de los reinos del sur, a donde se dirigían las caravanas de dromedarios. Por tanto, el Sahara quedó reducido a un lugar de paso, una necesidad en un continente rico que todas las potencias querían explotar. Una mezcla anárquica de pueblos mal avenidos.

El Sahara ⸺«El gran desierto», en árabe⸺ es una de las regiones donde a la vida le cuesta más salir adelante. Vastos territorios de arena, piedra, grava y sal, con solo algunas zonas por donde discurren ríos estacionales ⸺que se forman durante el deshielo de las montañas y se desecan en verano⸺ y unos cuantos oasis que nacen a partir de escasos pozos de agua. El clima es especialmente duro, con unas temperaturas extremas y unas precipitaciones escasísimas y limitadas a épocas muy concretas. Por otra parte, los picos de montaña son tan altos que en sus cumbres aparecen fuertes vientos, hielo y nieve. Las tormentas de arena y los tornados son habituales, hasta el punto de que los nómadas los consideran los enemigos más peligrosos del hombre, por encima incluso de las fieras y solo superados por la sed. Los científicos consideran que este clima ha permanecido más o menos estable durante los últimos doce mil años.

Sin embargo, eso no ha impedido que el desierto del Sahara albergara a muchas de las grandes culturas de la humanidad. Tribus, pueblos e imperios han atravesado este lugar sin esperanza y en muchos casos han establecido allí reinos muy poderosos.

Alrededor del año 9000 antes de nuestra era (ANE), los nubios dominaron un territorio que aún estaba sin desertizar y allí establecieron las primeras comunidades sedentarias. Lograron domesticar a grandes rebaños de ganado, formaron una sociedad perfectamente estructurada e incluso investigaron la posición de las estrellas y su relación con el transcurso de las estaciones. De todos estos hechos dejaron constancia en unas valiosísimas pinturas rupestres.

La región de Nabta Playa, en el desierto de Nubia, alberga enormes yacimientos arqueológicos que muestran un pueblo que vivió en torno a un lago estacional y logró dominar el arte del pastoreo gracias a la vegetación que crecía en las orillas. Se han localizado tumbas dedicadas al ganado vacuno, que demuestran el desarrollo de una adoración por este, en la forma de Hathor, la diosa vaca. Del animismo de las tribus más sencillas surgieron los panteones más sofisticados, y así, del culto a los animales que les proporcionaban vida, evolucionarían más tarde las creencias de la mitología egipcia.

De la época de los nubios, alrededor del año 6000 ANE, procede también el sorprendente crómlech de Nabta Playa, que los expertos consideran un observatorio astronómico primitivo y un calendario basado en la posición de las constelaciones. Curiosamente, el crómlech más famoso de todos, el monumento de Stonehenge, data aproximadamente del año 3000–2000 ANE, mucho más reciente por tanto.

La desertización del área obligó a sus moradores a buscar lugares nuevos donde vivir. Los oasis, pozos y caminos se volvieron elementos fundamentales de supervivencia, hasta el punto de desatar guerras frecuentes entre unas tribus y otras. Tan solo el valle del Nilo presentaba un clima estable y una fuente de agua permanente. El Nilo es el mayor río de África y atraviesa el continente de sur a norte, hasta llegar al Mediterráneo. En sus orillas acumula grandes cantidades de limo que vuelven fértiles las tierras y permiten los cultivos. Por esa razón se establecieron allí las primeras comunidades, que dieron lugar al Egipto de los faraones.

Desde el norte llegaron exploradores provenientes de lugares remotos, que establecieron colonias en África, como los fenicios ⸺de los que provienen los actuales bereberes⸺ o los griegos ⸺que terminaron por helenizar todo Egipto y dieron inicio a su propia dinastía de faraones⸺. Los romanos llegaron más tarde, construyendo ciudades, levantando fortalezas y torres de vigilancia. Hoy en día muchas de esas construcciones siguen parcialmente en pie, más como vestigios de una época olvidada que como una realidad, y sirven de refugio a las caravanas que atraviesan el desierto.

Pero sin duda la mayor influencia fue árabe. A partir del siglo VI de nuestra era, tribus provenientes de Arabia se extendieron por el continente africano y llevaron consigo su cultura, su ciencia y su fe islámica. Pronto el territorio entero se islamizó, lo que fraguó una cercanía cultural entre pueblos que se encontraban a grandes distancias. Se organizaron rutas comerciales a través del desierto que permitían el comercio de oro, sal y esclavos negros, y que iban desde los reinos del sur hasta el Mediterráneo, y una vez allí, a todas partes del mundo.

Cuando el Imperio otomano llegó a África en el siglo XVI, lo tuvo mucho más fácil para dominar a los reinos locales. El árabe ya era la lengua general y el islam la religión predominante. Las rutas se mantuvieron inalteradas y simplemente cambiaron de destino final.

De eso es precisamente de lo que trata esta novela: de la resistencia al colonialismo cultural y bélico, de los pueblos que no quisieron adaptarse ni servir a un nuevo amo, sino mantener sus viejas tradiciones, aunque tampoco fueran suyas realmente, sino heredadas de otros tiempos, otros pueblos y otros colonialismos anteriores. Cada sociedad es hija de su tiempo, pero también de todos los tiempos anteriores, de todas las sociedades que la precedieron y le entregaron sus conocimientos, sus valores, sus dioses y sus sueños. Y ahora no queda para recordarlas más que unos dibujos en una piedra, unos pergaminos olvidados o una novela de aventuras que transcurre en el desierto, y que trata sobre las personas que vivieron allí durante tantos siglos.

Más pueblos remotos, desiertos imposibles y guerras por un pozo de agua ⸺o no⸺ en este enlace.

Reseñas aventureras: «Las extrañas aventuras de Solomon Kane», de Robert E. Howard

Sigo otra semana más con las recomendaciones de novelas de aventuras para este verano tan loco. Estés en la playa o en la montaña, vayas a pasar unos días con tu familia en la aldea o solo y disfrutando de la tranquilidad, pocas opciones son más agradables que una buena novela de aventuras, que te haga soñar y te transporte a otras situaciones. Piratas, espadachines, salvajes, brujos, zombies, vampiros, monstruos primigenios o magia vudú. Cualquiera de esos ingredientes serían magníficos para pasar un buen rato. Pues el libro del que quiero hablarte hoy tiene todo eso junto.

Weird Tales es una de las revistas más importantes de la historia, dedicada a la fantasía y el terror desde 1923 y hasta el presente. En ella han publicado escritores tan reputados como H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith o Robert E. Howard. Este último fue uno de sus pilares más significativos, y Weird Tales constituyó su vía más frecuente de publicación. En el número correspondiente a agosto de 1928 aparecía «Sombras rojas», el debut de un personaje muy peculiar.

«Era un hombre alto, tanto como Le Loup, vestido de negro de pies a cabeza: su severa ropa iba extrañamente a tono con su tenebroso rostro. Los largos brazos y los anchos hombros delataban al espadachín, así como la larga hoja que llevaba en la mano. Sus rasgos eran saturnales y tétricos. Bajo aquella luz incierta, la sombría palidez de su rostro le daba una apariencia fantasmal, efecto que era realzado por la satánica negrura de sus amenazantes cejas. Sus ojos, grandes y profundamente entornados, observaban al bandido sin pestañear, escrutándole. Al mirarse en ellos, Le Loup no supo a ciencia cierta de qué color eran. Por otra parte, el aspecto mefistofélico de su rostro y barbilla era desmentido, curiosamente, por una frente ancha y amplia, escondida, en parte, por un sombrero sin pluma.

Pero mientras que aquella frente pertenecía a un soñador, idealista e introvertido, los ojos y la nariz, estrecha y recta, eran los del fanático. Cualquier observador se habría asombrado al contemplar los ojos de los dos hombres que se enfrentaban en aquella caverna, pues, aunque escondiesen insospechados abismos de poder, ahí acababa cualquier parecido. (…)

Los ojos del hombre de negro, hundidos en sus órbitas, que miraban fijamente bajo unas cejas prominentes, eran fríos, pero profundos; al contemplarlos se tenía la impresión de estar mirando desde insondables profundidades heladas».

Así aparece en escena Solomon Kane, un puritano inglés que recorre el mundo sin un destino claro, siempre vagando de un lugar a otro, persiguiendo el mal en todas sus formas. Apenas sabemos nada de su origen o de lo que hizo que asumiera una misión tan compleja, pero no parece tanto un héroe como la víctima de una maldición que intente limpiar su alma. Él no se une a ningún ejército ni a ninguna causa conjunta. Su camino es solitario y autoimpuesto, con el único fin de terminar con cualquier elemento maligno, igual un señor feudal germano que esclavice a su pueblo que un reino de vampiros establecidos en el corazón de África. Sabemos que nació en una familia puritana de Devonshire, que navegó por todos los mares en barcos mercantes o que fue corsario en el Nuevo Mundo contra navíos españoles. A partir de ahí comienza un lento vagabundeo por Europa que hace que se tope de bruces con elementos mágicos, intervenciones demoníacas y terribles hechiceros, a los que combate una y otra vez, solo porque cree que es su obligación. Reza a Dios y se considera su mano ejecutora, en ocasiones como un verdadero fanático, capaz de recorrer el planeta entero con tal de salvar a alguien en apuros.

Robert E. Howard explicó en una de sus cartas que había imaginado por primera vez a este personaje cuando tenía alrededor de dieciséis años, impresionado por la estética de esos espadachines de mirada gélida y movimientos calculados de los que leía en las historias de Rafael Sabatini. El nombre del puritano podría venir de «Sir Piegan Passes», de W. C. Tuttle, un western que salió publicado en la revista Adventure en 1923. En esa historia se nombra a un vaquero llamado precisamente Solomon Kane, y es sobradamente conocido que Robert E. Howard leía con asiduidad Adventure —y soñaba desde siempre con publicar en ella—, y también que reutilizaba como autor lo que antes había disfrutado como lector de revistas pulp —su personaje El Borak tiene mucho que ver con el capitán Athelstan King, creación de Talbot Mundy—. Tal vez un día de 1923 un joven Howard leyó ese nombre en su revista favorita y pensó: «esto quedaría genial para un espadachín puritano».

El caso es que finalmente el Solomon Kane de Howard no tiene nada de western y sí mucho de vengador bíblico, de la misma forma que se cuenta que el rey Salomón perseguía y capturaba los demonios que amenazaban a la humanidad. Y a Kane le da lo mismo que su enemigo sea humano o infernal: movido por su invencible fe en lo que está haciendo, empuñará su estoque y sus pistolas para lanzarse a cualquier clase de combate.

Aunque todas sus historias están ambientadas en una época concreta —finales del siglo XVI y principios del XVII—, Howard muestra unas localizaciones escasamente realistas, solo lo imprescindible para situar una narración de misterio. Europa se representa como un lugar siniestro, poblado por vampiros antiguos que se disfrazan como señores feudales, mientras que África es el horror, la selva tupida donde se oculta la brujería más antigua y terrible.

En el volumen «Las extrañas aventuras de Solomon Kane» están incluidos los siguientes relatos:

«Sombras rojas»: La primera aparición del personaje. Kane se topa por casualidad en Francia con una joven atacada por una cuadrilla de bandidos. Cuando la víctima muere en sus manos, el puritano se jura a sí mismo que les hará pagar su crimen, aunque eso le suponga lanzarse a una búsqueda de varios meses y atravesar África, con la aparición de tribus salvajes, magia ancestral y un poderoso hechicero que se convertirá en su único amigo, el misterioso N´Longa.

«Calaveras en las estrellas»: «Dos son los caminos que llevan a Torkertown». Así comienza una de las mejores historias del personaje, donde se encuentra con el mal a mitad de una senda y resuelve una maldición que amenazaba a una pequeña villa desde mucho tiempo atrás.

«Resonar de huesos»: Una posada a un lado de un bosque, llamada El Cráneo Hendido, y Solomon Kane intenta pasar allí una noche. Al final no le quedará más remedio que descubrir por qué le han puesto ese nombre a la posada y qué tiene que ver el esqueleto de un antiguo hechicero.

«La mano derecha de la condenación»: Otro relato magnífico. Kane sirve de testigo y motor de la historia en una narración de venganza, caza de brujas y justicia poética, situada en Inglaterra.

«Luna de calaveras»: De un modo similar a lo que ocurrió en «Sombras rojas», el puritano viaja a África por una misión solitaria, esta vez para rescatar a una joven secuestrada por piratas y vendida a una reina salvaje, la temida Nakari, la reina vampiro de la ciudad de Negari, a donde tendrá que ir a salvarla. Pero ese es un lugar horrible, donde tienen lugar los rituales más inhumanos.

«Las colinas de los muertos»: Durante su gran viaje a través de África, Kane se encuentra de nuevo con el chamán N´Longa, que le entrega el antiguo cetro del rey Salomón, con el que se puede combatir a los demonios. Y no le vendrá nada mal cuando tenga que enfrentarse a una ciudad entera poblada por vampiros, que han asesinado a todos los miembros de las tribus locales.

«Los pasos en el interior»: El África negra sufre el ataque constante de esclavistas árabes, que arrasan pueblos enteros. El puritano intenta acabar con una de esas partidas y liberar a los esclavos, pero lo superan en número y él mismo acaba unido a la cadena. Lo que no se esperan los esclavistas es el horror que duerme en los lugares aparentemente más tranquilos de la jungla.

«Alas en la noche»: Kane sigue explorando África de un rincón a otro, esta vez para descubrir que hay monstruos mitológicos que se han refugiado en sus montañas, para seguir alimentándose de los mortales como hacían en la Antigüedad.

Hasta aquí los relatos publicados en vida del autor. Existen otros, de los que supimos más tarde, como «Espadas de la hermandad» —un cuento de piratas y un noble que les ayuda en sus fechorías, a los se enfrenta Kane para ayudar a un muchacho, cuya novia han secuestrado para convertirla en su esclava—; o fragmentos inconclusos, como «El castillo del diablo» o «Los hijos de Asshur», que prometían historias increíbles que nunca se llegaron a realizar; o incluso poemas, como «El regreso al hogar de Solomon Kane», que habla acerca del día en el que el puritano se plantea abandonar la vida errante y echar raíces de vuelta a Devon, e incluso pregunta por una muchacha llamada Bess, que en tiempos lloró por él, cuando abandonó la tranquilidad de la vida sedentaria en busca de aventuras, y ahora hace años que yace muerta. Pero Kane es un alma vagabunda, siempre a la caza de nuevos seres malvados y de nuevas emociones, y tan pronto como escucha «el aullido de los sabuesos del océano», su mirada cambia y sus intenciones también, porque él nunca tendrá más consuelo que la batalla, ni más intenciones que combatir el mal, allá donde se encuentre.

Más espadachines ingleses, lugares tenebrosos y almas errantes en este enlace.

Vuelve la revista «Mundo Verne»

Después de la larga cuarentena, que bien podría haber aparecido en una de las novelas del genio de Nantes, ya está en las casas el número 33 de «Mundo Verne», la revista oficial de la Sociedad Hispánica Jules Verne (SHJV), a la que puedes acceder a través de este enlace.

Quién podría pensar a comienzos de año que ocurriría algo así, una pandemia que arrasaría a la humanidad entera y nos obligaría a confinarnos. Jack London o H. G. Wells podrían haber firmado esa historia, o el mismo Jules Verne, con sus novelas de especulación científica. Pero no, ha sido real, y nos ha obligado a replantearnos este 2020.

Había muchas ideas previstas para este año, sobre todo para los vernianos, que nos íbamos a reunir en Palma de Mallorca para el III Congreso Internacional y además pretendíamos viajar a Rusia en el mes de julio, siguiendo los pasos de Miguel Strogoff. Todo eso ha habido que cambiarlo, pero no desaparece: el congreso se celebrará en la misma localización los días 4 al 6 de noviembre de 2020 (como puedes ver en este enlace de aquí), y además ya está en casa el nuevo ejemplar de «Mundo Verne», su revista oficial. Es el número 33, el segundo del año, que corresponde al período de mayo a agosto. E incluye material muy interesante:

Ariel Pérez Rodríguez, actual presidente de la SHJV, escribe «¿Cómo citar la bibliografía primaria?», un artículo que intenta homogeneizar el uso de siglas a la hora de referenciar las obras de Verne, con el fin de evitar equívocos entre los distintos estudiosos.

Guillermo Gómez Paz es el autor de «Los aspectos lúdicos en la obra verniana», que muestra la presencia de acertijos y enigmas en diversas obras del escritor. Adivinanzas, retos matemáticos, bromas con el lenguaje, apuestas e incluso un juego de la oca abundan en sus novelas, como un disfrute añadido para el lector atento.

El vigués José Antonio Garabatos Cuadrado firma «¿Es Jules Verne un autor de Ciencia Ficción?», sobre la clásica discusión de si el maestro de la novela de aventuras se podría considerar padre del género de ciencia–ficción. Garabatos zanja el asunto con una amplia investigación acerca de Verne y acerca del propio género de la CF, encontrando y analizando los argumentos de la polémica.

Pasqual Bernat y Jesús Navarro aportan «Ciencia y técnica en “La isla misteriosa”», que trata sobre la flora y la fauna que aparecen en la continuación de «20.000 leguas de viaje submarino» y la forma en que Verne actúa como un naturalista en la obra.

Finalmente, Philippe Langueneur escribe «Influencia de la francmasonería en los “Viajes extraordinarios”», texto traducido por Omar Enrique Sandoval Ávila, en el que se revisan las historias del genio en busca de referencias ocultas de origen masón y aparecen unas cuantas sorpresas.

«Mundo Verne» ha vuelto. Igual que sus historias siempre tenían un final feliz y razonado, la SHJV ha regresado a sus actividades y sigue dándonos buen material aventurero, por mucho tiempo más.

Más vernianos, viajes extraordinarios y artículos interesantes en este enlace.

Reseñas aventuras: «Coraline», de Neil Gaiman

En estos días de cuarentena, una de las mejores formas de compartir lecturas con los demás es participar en alguno de los muchos Clubes de Lectura por Facebook que existen. Si no sabes de qué hablo, puedes encontrar información en este artículo que les dediqué.

Pues bien, uno de los más activos es «Lecturas fantásticas: Club de lectura de fantasía juvenil» (en el que podéis entrar mediante este enlace de aquí). El mes pasado leímos «Coraline», una de las obras más importantes de Neil Gaiman. Si tampoco lo conoces a él, tal vez sea porque llevas treinta años en un refugio antiatómico, sin contacto con el resto de la humanidad. No cabe otra explicación, porque Gaiman es uno de los escritores más reputados del mundo y merecedor de todos los premios imaginables.

De todas formas, te resumo que Neil Gaiman es un autor británico que ha revolucionado el mundo del cómic, la novela, el relato corto y el ábum ilustrado. Creador de auténticas maravillas como «The Sandman», «American Gods», «Mitos nórdicos» o «Stardust», ha vuelto a poner de moda el género fantástico, que gracias a él ha invadido los telediarios, las grandes superficies o las plataformas de streaming. Sus obras han sido adaptadas al teatro, la radio, la animación y el cine, siempre con éxito. Es una figura imprescindible en la historia de la literatura contemporánea y ha llegado a serlo gracias a su dominio, entre otras cosas, de las fuentes clásicas, que reinterpreta, adapta y convierte en productos nuevos, rabiosamente modernos.

«Coraline» es un ejemplo de esta premia. Gaiman publicó la novela en el año 2002 y por ella obtuvo los Premios Hugo y Nebula a la mejor novela corta y el Premio Bram Stoker a la mejor obra para lectores jóvenes. The Guardian la consideró una de las 100 mejores novelas del siglo XXI y en 2009 fue adaptada en forma de película de stop-motion, que también obtuvo un éxito considerable.

«Coraline» funciona como actualización de los cuentos clásicos medievales, con una bruja que devora niños, un gato con capacidades extrañas y un mundo secreto más terrorífico de lo que podría parecer. Comparte algunos elementos con «Las crónicas de Narnia» y, sobre todo, con «Alicia en el país de las maravillas», pero además Gaiman lo viste todo de fantasía, surrealismo y terror. Esta es la historia de una niña que se muda con su familia a un viejo caserón y descubre que hay una puerta que no se puede abrir. Eso, como es lógico, despertará su curiosidad hasta obligarla a encontrar la llave que le permita el paso. Sin embargo, lo que hay al otro lado resulta bastante más oscuro y siniestro de lo que ella habría pensado.

«Coraline descubrió la puerta al poco tiempo de mudarse de casa.

El dificio era muy antiguo: tenía un desván debajo del tejado, un sótano al que se accedía desde la planta baja y un jardín cubierto de vegetación lleno de viejos árboles de gran tamaño».

La novela empieza deprisa, con un orden que no tarda mucho en romperse y una niña aventurera que descubre un mundo similar al suyo, pero habitado por espíritus malignos que llevan décadas encerrando a otros niños como ella. La idea de un universo paralelo a modo de espejo forma parte de los clásicos de la literatura de fantasía y ciencia-ficción, pero aquí asume un tono mucho más siniestro, con una «otra madre» que planea atravesar los ojos de la protagonista con agujas de calceta y coserle unos botones en su lugar, para que no tenga más remedio que quedarse allí. De esta forma, se crea la metáfora de que en ese otro universo los muñecos de peluche se han convertido en amos de la creación y esclavizan a los humanos para jugar con ellos. Uno de los sueños más terribles que puede tener una niña como Coraline.

El propio Gaiman reconoció que esta historia surgió en su cabeza por un hecho casual. Estaba empezando a escribir un cuento sobre alguien llamado Caroline cuando por error tecleó el nombre con la a y la o cambiadas. Eso le hizo pensar en la manera tan simple en que un personaje puede convertirse en otro, que sería como un reflejo suyo pero a la vez diferente. Entonces, ¿quién era esa Coraline de la que había escrito el nombre? ¿Y qué tenía que ver con un espejo? A partir de ahí, su creatividad se disparó.

La novela muesta escenas terroríficas que pueden helar la sangre al lector. En este sentido, recuerda a las truculentas historias para niños de la Edad Media, cuando los cuentos servían para hablar sobre los terrores que había por el mundo. La propia frase de la primera página ilustra sobradamente la intención que tenía Gaiman: «Los cuentos de hadas superan la realidad no porque nos digan que los dragones existen, sino porque nos dicen que pueden ser vencidos (G. K. Chesterton)».

Una de las intenciones más loables que puede tener cualquier clase de narración.

Más gatos extraños, brujas con botones por ojos y casas misteriosas (o no) en este enlace.

Costas de Carcosa recupera «El regreso de Tarzán», un clásico desaparecido

(Artículo publicado en Vigo É el 11 de enero de 2020)

Hoy en día la imagen del personaje de Tarzán está grabada a fuego en la conciencia de millones de personas, que hemos crecido con sus aventuras a través de distintos países y reinos perdidos. Sin embargo, nada de eso habría sido posible sin esta novela, que marcó las características generales del héroe mucho más que su predecesora y permitió arrancar una larga saga llena de aciertos y errores. Este pasado noviembre la editorial Costas de Carcosa ha publicado en España «El regreso de Tarzán». Hoy hablaremos de por qué es tan importante.

La historia del niño blanco criado por animales salvajes ya venía de antiguo. Rómulo y Remo o Mowgli, el protagonista de «El libro de la selva» (ya comentado en este misma sección cultural) constituyen buenos ejemplos de una leyenda tan antigua como la humanidad. Pero en 1912, un aficionado a las revistas pulp llamado Edgar Rice Burroughs modernizó por completo el mito y nos dio algo nuevo: una pareja de nobles británicos, los Greystoke, son abandonados en una costa desconocida de África Occidental, donde construyen una cabaña y procuran sobrevivir hasta que alguien acuda a socorrerlos.

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Más héroes primitivos, reyes de los monos y aventuras a vida o muerte en este otro enlace de aquí.