Historias asombrosas de la vida real: El farol que estuvo a punto de hacer volar el Parlamento

El farol de Guy Fawkes

Dicen que los objetos están cargados de magia por culpa de quien los creó, los utilizó o peleó por destruirlos.

Uno de los lugares donde se demuestra esa magia es el museo Ashmolean, en Oxford, Inglaterra, donde se almacenan artefactos humanos de todas las épocas. Estatuas del Antiguo Egipto, obras de arte minoicas, pinturas del Renacimiento e incluso un Stradivarius, uno de los violines más valiosos de la historia. El Ashmolean está considerado como el museo universitario más antiguo del Reino Unido y el segundo del mundo, tan solo superado por el Kunstmuseum Basel, en Suiza. Fue fundado en 1677 con la colección del anticuario, político, militar y alquimista Elias Ashmole, que la donó a la Universidad de Oxford para que el pueblo pudiera admirarla, a diferencia de los llamados gabinetes de las maravillas, popularizados en el Renacimiento, y que consistían en edificios privados donde se exponían objetos y hallazgos de todo el mundo para deleite solo de la nobleza y la burguesía locales. A partir de la generosidad de Ashmole surgió un concepto nuevo: el del museo público, que sirvió para llevar la cultura a todos los estratos de la sociedad.

Uno de los objetos menos conocidos de los que se exponen, y que sin embargo pudo haber cambiado por completo la historia del Reino Unido, es el farol de Guy Fawkes.

En 1605 tuvo lugar en Londres la llamada conspiración de la pólvora, por la que un grupo de radicales católicos ingleses trató de asestar un golpe definitivo a la monarquía anglicana por medio de 36 barriles de pólvora colocados en los sótanos del Parlamento británico y que podían haberlo hecho volar por los aires el día 5 de noviembre. El principal objetivo de este complot era el rey Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia, quien había ordenado en años previos una sangrienta represión contra la población católica, igual que había hecho antes su madre, la reina Isabel I. Los católicos habían sufrido purgas y ejecuciones durante años y sentían la rabia suficiente como para poner en marcha una acción que descabezara a sus enemigos. El plan consistía en asesinar al monarca y todo su Gobierno con el fin de sustituirlo por otro que fuera afín al papa de Roma, con más probabilidad el príncipe Carlos.

La conspiración de la pólvora

Sin embargo, diez días antes del hecho, una carta anónima alertó de lo que estaba ocurriendo y esa noche la seguridad estaba preparada. Cuentan los testimonios que Peter Heywood, uno de los soldados reales de guardia, descubrió en los sótanos a Guy Fawkes, uno de los conspiradores, justo cuando se disponía a encender la pólvora con la ayuda de su farol. Heywood y Fawkes forcejearon en lucha por el farol y el primero fue quien lo consiguió finalmente, al tiempo que la guardia real detenía a Fawkes y lo encerraba en un calabozo.

Al cabo de los días, el conspirador sufrió horribles torturas hasta que desveló el nombre de sus aliados, o por lo menos algunos de ellos, que fueron sentenciados y ajusticiados en público. La pena para los traidores resultaba especialmente monstruosa: el verdugo los colgaba de la horca pero sin permitir que murieran, luego les cortaba los genitales, arrojaba estos al fuego y por último destripaba a los reos con un cuidado especial para que siguieran vivos durante todo el tiempo. Solo en el último momento los decapitaba y hacía pedazos allí mismo.

El propio Fawkes evitó este desenlace al saltar del taburete en que estaba colgado y romperse el cuello al momento, antes de que pudieran llevar a cabo ninguno de los horrores a los que lo habían condenado.

Los resultados de la conspiración de la pólvora fueron diversos: la población católica sufrió mayores represiones que antes, con un recorte brutal de derechos y una práctica de purgas que se sucedieron en el tiempo; además, la figura de Guy Fawkes se convirtió en símbolo del enemigo de la patria y por eso cada 5 de noviembre se celebran fogatas donde arden muñecos representativos del conspirador y el cielo se llena de fuegos artificiales; y, por último, se hizo famoso el farol con el que Fawkes estuvo a punto de encender la mecha que habría hecho explotar aquella enorme cantidad de pólvora y que habría terminado para siempre con la monarquía anglicana en el Reino Unido.

Este objeto en cuestión fue donado en 1641 por Robert Heywood, Protector de la Universidad de Oxford y hermano de aquel soldado que se enfrentó al conspirador y se lo arrebató de las manos. Desde entonces, cada visitante del museo ha querido sostener por sí mismo el legendario farol, lo que ha ido deteriorando el material y obligó en 1887 a que las autoridades prohibieran que nadie lo tocara.

Como si la magia del objeto se hubiera ido perdiendo entre tantas manos y por eso ahora apenas queda nada de la reliquia que una vez pudo haber cambiado el destino político y religioso de toda Europa.

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Historias asombrosas de la vida real: El castillo reconvertido a la educación sobre el medio ambiente

La costa gallega tiene una larga historia de ataques navales. Piratas vikingos y corsarios turcos e ingleses recorrieron sus villas en busca de riquezas, posiciones estratégicas o prisioneros a los que vender en los mercados de esclavos. Como consecuencia de esto, surgieron numerosas fortalezas en lugares escogidos, armadas con cañones y vigiladas por tropas del Ejército o por monjes guerreros, según a quien pertenecieran. Sin embargo, el paso del tiempo hizo que dejaran de ser necesarias y en la actualidad muchas de estas fortalezas yacen sin cuidados, olvidadas por todos o con solo unos pocos restos en pie. Otras, en cambio, han hallado un propósito nuevo, muy diferente del original, pero que les garantiza la supervivencia.

El castillo de Santa Cruz en un ejemplo de este último caso. Construido a finales del siglo XVI por orden del capitán general de Galicia, Diego das Mariñas, y reforzado dos siglos después con otros baluartes por orden de Martín Cermeño, se alza sobre la isla de Santa Cruz, en el municipio coruñés de Oleiros. Su finalización en 1640 vino a completar el sistema defensivo de la ciudad de A Coruña, que ya contaba con el castillo de San Antón y al que se uniría más tarde el castillo de San Diego. Entre todas estas fortalezas se evitó que volvieran a ocurrir hechos tan dolorosos como el ataque de sir Francis Drake en 1589, cuando los ingleses lograron desembarcar y la ciudad resistió calle por calle durante catorce días, hasta que solo el valor de civiles como María Pita pudo rechazarlos.

Pero, a partir del siglo XVIII, la actividad corsaria se redujo en esta zona y el castillo quedó obsoleto. Sus cañones dejaron de proteger la ciudad y su mantenimiento resultó demasiado costoso, por lo que terminó subastado. Así, pasó a manos del matrimonio de Xosé Quiroga y Emilia Pardo Bazán, que rehízo el castillo como pazo para sus vacaciones veraniegas, incluyendo en él una capilla, un palomar y un hermoso jardín con árboles exóticos. Su perfil sobre la isla de Santa Cruz se volvió mucho más benévolo y adoptó las principales comodidades de la época.

Más tarde, fue heredado por Blanca Quiroga, hija de la pareja, que durante la Guerra Civil lo donó al Ejército con la finalidad de que sirviera como casa de colonias para huérfanos militares. Recuperaba así un espíritu castrense, pero a la vez acogedor y divertido. Durante cuatro décadas, muchos niños procedentes de hospicios pasaron allí sus veranos, corrieron por sus jardines y se subieron a sus torres, desde las que pudieron contemplar el océano y tal vez recordaron los tiempos en que otros soldados como sus padres veían llegar a los corsarios desde el horizonte.

Pero, en 1978, este fin se perdió. Y, con la llegada del boom de la especulación inmobiliaria, hubo muchos intereses acerca de ese castillo abandonado justo delante de Oleiros, hasta que el municipio lo compró en 1989 para dedicarlo a educación medioambiental. Por medio de un acuerdo con la Xunta de Galicia y la Universidade da Coruña, se estableció allí el CEIDA: Centro de Extensión Universitaria y Divulgación Ambiental de Galicia. Sus fines son claros: promover la formación en medio ambiente, tanto a profesionales como a población general, por medio de granjas escuela, parques etnográficos, centro de avistamiento de aves y otros recursos gratuitos. Sus principales áreas de trabajo incluyen temas tan variados como el agua, el medio marino, la gestión ambiental, la cooperación a todos los niveles y el cambio climático, sin olvidar las exposiciones acerca de la historia del islote.

Hoy en día, el castillo de Santa Cruz ha vuelto a la vida. Unido a tierra mediante una amplia pasarela de madera peatonal, su visita resulta obligada, igual que la del precioso paseo de Porto de Santa Cruz. Su pasado de cañones y piratas se ha reconvertido en un presente de interés por los ecosistemas y de visitas temáticas, en un tiempo nuevo que ha permitido su supervivencia.

Baluarte, pazo, casa de verano para huérfanos y finalmente sede del CEIDA. Los viejos usos cambian y se adaptan a cada época. Quién sabe qué nuevas situaciones le aguardan al castillo de Santa Cruz. De un modo u otro, merecerá la pena verlo.

Más castillos, corsarios e historias asombrosas en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: La cripta de los cuerpos rescatados del Tíber

Las ciudades se construyen unas sobre otras. Los tiempos modernos aplastan con su peso otros más antiguos y las eras se muestran como capas superpuestas de restos arqueológicos. Aquellos antiguos asentamientos prehistóricos, cercanos a los recursos naturales que permitían sobrevivir a la tribu y fáciles de defender, se convirtieron siglos después en castros romanos, luego en ciudades medievales amuralladas y por último —al menos de momento— en bulevares, rascacielos y zonas de oficinas. Las ciudades muestran en sí mismas el mapa de nuestra historia, época tras época, nivel tras nivel.

Pero pocas ciudades tienen tanto pasado oculto en sus calles como Roma. Es difícil construir nada en la ciudad eterna, porque raro es el día en que una excavadora que pretende hacer obra en un solar no se encuentra una vasija etrusca, una sandalia romana o una moneda del Renacimiento. Y entonces los operarios maldicen a todos los dioses antiguos, porque saben que no podrán seguir trabajando. El patrimonio de Roma es enorme, pero aún queda mucho enterrado bajo su asfalto.

Uno de esos lugares con muchas historias en su haber es la isla Tiberina. Como su nombre indica, se encuentra en mitad del río Tíber, a su paso por Roma. Cuenta una leyenda que esta isla no existía en la Antigüedad, sino que apareció tras la muerte del temido Tarquinio el Soberbio, el último rey de Roma, a quien derrocaron mediante un levantamiento popular que instauró la República en el año 509 antes de nuestra era (ANE). El pueblo lanzó el cadáver a las profundidades del río y se decía que sobre este empezaron a depositarse las basuras y residuos del agua hasta llegar a conformar una isla. Por este motivo, la isla Tiberina representaba lo peor de la ciudad, la degradación y la maldad de Roma concentradas. La pena de confinamiento en ese lugar estaba considerada como una de las peores que se podían imaginar en aquel tiempo.

Eso cambió alrededor del año 300 ANE, a raíz de una terrible epidemia de peste que sacudió la ciudad. El Senado investigó el asunto en los Libros Sibilinos —unos pocos textos proféticos que precisamente Tarquinio el Soberbio había comprado por una fortuna a la sibila de Cumas, después de que esta le ofreciera muchos más legajos y el tirano quisiera regatear el precio, hasta que la sibila se puso a quemarlos y entonces Tarquinio pagó por tres libros lo que antes ella le había pedido por nueve—. En los Libros Sibilinos ponía que los romanos debían erigir un templo a Esculapio, dios de la medicina, y entonces la ciudad tendría la cura. El Senado envió una delegación a la región de Epidauro, donde se adoraba a una estatua muy conocida de Asclepio —la versión griega del mismo dios—. Durante esa clase de viajes, los marinos tenían por costumbre llevar consigo una serpiente, que representaba a la deidad, y en aquel día afirmaron que, tan pronto como se pusieron en ruta, la serpiente se enroscó alrededor del mástil y, en el momento en que regresaron con la estatua, el animal se desenroscó y tomó tierra en la isla Tiberina. Los supersticiosos romanos entendieron que su dios quería establecerse allí. Levantaron un templo y, milagrosamente, la peste se esfumó.

Desde ese momento y para todos los siglos venideros, la isla se convirtió en un lugar de curación y fe. El templo de Esculapio permaneció en activo durante siglos, sustituido después por la basílica de San Bartolomeo y el hospital de San Juan de Dios. Ambos continúan en pie y con la misma función que antaño.

Pero lo que poca gente conoce es que debajo de esas construcciones se halla una cripta llena de huesos humanos de hace siglos. Se trata de la cripta de Sacconi Rossi, un lugar espeluznante al que solo se puede entrar en un día concreto del año.

En 1760 se fundó la «Venerable Hermandad de Devotos de Jesús en el Calvario y de Santa María de los Dolores en beneficio de las almas del Purgatorio», una orden franciscana que pretendía dedicarse a orar para auxilio de aquellos que aún no habían entrado en el Cielo. Se vestían con túnicas rojas y capuchas del mismo color que les dieron el sobrenombre de Hermandad de Sacconi Rossi.

En 1780 levantaron el Colegio Franciscano junto a la basílica de San Bartolomeo y, por debajo de él, una cripta donde pretendían depositar los restos de sus hermanos. Pero pronto se dieron cuenta de que el Tíber arrojaba a sus orillas muchos cuerpos que no se reclamaban, restos de personas anónimas cuyos entierros nadie quería pagar y que terminaban entregados a las aguas. Desde ese momento, la hermandad comprendió que su deber no era solo la oración, sino tratar de forma cristiana esos cadáveres. Por ello, cada noche los monjes bajaban al río, candil en mano, y transportaban los cuerpos hasta su propia cripta. Con el tiempo, los huesos descarnados se fueron acumulando y los monjes los colocaron en posiciones decorativas, lo que volvía el espectáculo todavía más macabro.

Solo a partir del siglo XIX, debido a unas epidemias de cólera, el papa prohibió estos enterramientos en criptas y únicamente autorizó el uso de cementerios legales. Los soldados franceses del ejército de Napoleón ocuparon durante un tiempo esta cripta a modo de cuartel, pero desde entonces se encuentra deshabitada.

Los huesos de aquellos cadáveres rescatados por los monjes se acumulan en repisas y adoptan posiciones extrañas. Las salas acumulan un frío horrendo y un aura tenebrosa con tantos cráneos apilados siglos atrás.

En la actualidad, la hermandad pervive, aunque sin miembros activos. En la noche del 2 de noviembre de cada año, numerosas personas venidas de muchos lugares llevan a cabo un ritual muy parecido al de aquellos monjes: visten sus mismas túnicas rojas, encienden candiles y bajan hasta el río para rendir homenaje a los fallecidos en las aguas. Lanzan al Tíber una corona de flores y rezan por sus almas, y luego descienden a la cripta de Sacconi Rossi para visitar la obra que dejaron atrás los franciscanos.

Un lugar misterioso edificado sobre los restos del templo de Esculapio. Una isla dedicada a la sanación, la purificación y el perdón de los pecados a través de los siglos. Y un formidable osario que pone los pelos de punta.

Más templos, epidemias e historias asombrosas en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: El Apalpador, el gigante que trae regalos en la Navidad gallega

El final del año es época de tradiciones en casi todas las partes del mundo. De unos lugares a otros pueden cambiar el calendario, las creencias o las costumbres locales, pero siempre existe la tendencia a recuperar los viejos usos de nuestros abuelos, aquellas experiencias que a ellos les hicieron disfrutar. Además, en los últimos tiempos vivimos en una ilusión creciente por recuperar tradiciones del pasado que se creían olvidadas. Así ha ocurrido con el Samaín, la festividad celta de la que proviene Halloween, y que ahora se extiende por toda Galicia, sobre todo entre los niños. Y así ha sido también con el Apalpador.

Se trata de una de las leyendas más antiguas de las montañas del Courel, que ha ido pasando de padres a hijos durante siglos. Según esta, existe un gigante bonachón que vive en lo más recóndito de la montaña, se dedica a su oficio de carbonero y viste con una chaqueta vieja, pantalones con remiendos, zapatones y una boina negra. Es pelirrojo y lleva la cara cubierta por una frondosa barba que le da un aspecto gracioso. Además, siempre fuma en pipa. Con todos esos datos, no resulta muy difícil reconocerlo.

Sin embargo, el Apalpador no se muestra nunca, sino que permanece en su montaña trabajando y tan solo baja de la montaña en una fecha significativa: la del 31 de diciembre.

Cuentan en el Courel que, una vez al año, todos los niños reciben la visita del Apalpador, que entra en su habitación cuando están durmiendo, les frota la tripa para ver si están bien alimentados y de paso les deja unas castañas. Si han sido buenos, también les trae regalos para festejar la llegada del año nuevo. Por eso los niños siempre esperan ese momento mágico y a muchos les cuesta coger el sueño, ilusionados por la posibilidad de ver al gigante.

En muchos pueblos se celebran desfiles y pasacalles en los que el Apalpador es la estrella, con su ropa vieja y manchada de carbón. Los pequeños se asoman a verlo, antes de que él se presente en su casa esa misma noche.

En los últimos años estamos viviendo un resurgir de tradiciones antiguas, que encuentran un lugar nuevo en una sociedad que se enorgullece de sí misma. Mirar al pasado y recuperar lo que hacía feliz a la gente siempre es bonito, ilusionante y sabio. Los niños recortan figuras del Apalpador o se disfrazan y organizan representaciones teatrales, al tiempo que esperan que llegue la noche y sueñan con lo que se encontrarán cuando despierten.

Es tiempo de Navidad, de luces que engalanan la ciudad y ojos brillantes.

Y si además hay un gigante que trae regalos, mucho mejor todavía.

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Historias asombrosas de la vida real: La torre que defendió Cambados de los ataques vikingos

Cambados es una villa marinera de la provincia de Pontevedra con una rica historia e incidentes de toda clase. En su territorio, de clima suave y agradable, recalaron fenicios, romanos, godos y musulmanes. La Edad Media fue una época dura para la población, con frecuentes ataques normandos que obligaron a imponer medidas de vigilancia.

Desde el siglo IX de nuestra era, llegaban a Galicia barcos provenientes de Normandía, cuyos tripulantes se dedicaban a saquear las costas. Eran piratas de procedencia danesa que se habían establecido en Francia y desde allí lanzaban frecuentes ataques armados a las costas de Inglaterra y la Península Ibérica. De esas intentonas surgieron hitos históricos tan importantes como la invasión de Inglaterra en el siglo XI, de la que habló sir Walter Scott en su novela «Ivanhoe».

Mientras, las villas gallegas se protegían frente a los saqueos. Uno de los símbolos más conocidos de aquella necesidad es la torre de San Sadurniño, de la que ahora solo tenemos sus ruinas. Situada en la conocida como isla de la Higuera o isla de San Sadurniño, albergó en su tiempo una doble función: por un lado servía para alertar, mediante luminarias, de la presencia de barcos enemigos en las proximidades; y al mismo tiempo actuaba como faro para las embarcaciones amigas, con el fin de que llegaran con bien a puerto.

No está claro el origen de esta torre. Algunos autores hablan acerca de la posibilidad de que ya los fenicios o los romanos hubieran levantado alguna construcción semejante, pero de la que sí que tenemos certeza es de la torre medieval, que data del siglo VIII o IX y que fue reconstruida por orden del obispo Diego Gelmírez en el siglo XII para darle mayor capacidad defensiva.

Fue destruida en el XV durante la revuelta irmandiña, para luego pasar a manos de Pedro Álvarez de Sotomayor, conocido como Pedro Madruga, y durante largo tiempo estuvo en poder de la familia Sotomayor.

Siguió en pie hasta 1755, cuando un gran terremoto la destruyó por completo. En la actualidad solo quedan dos muros parciales, que sirven de monumento a aquellos tiempos inciertos, en los que el mar les daba la vida, el alimento y la riqueza, pero también el miedo permanente a esos terribles asesinos que llegaban de costas lejanas y en cualquier momento podría llevarlos al desastre.

Hoy en día constituye un lugar de visita obligada en el municipio de Cambados. Pasear por el estrecho puente que lleva a la isla y compartir esas vistas, que tantos pueblos del pasado disfrutaron en un momento o en otro, es una delicia impresionante.

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Historias asombrosas de la vida real: El mapa de Piri Reis o el misterio de la Antártida prehistórica

Con frecuencia, la Historia de la Humanidad ha pecado de europeocentrismo, por medio de un colonialismo cultural y económico muy arraigado. Términos como «el descubrimiento de América» o «el descubrimiento de las fuentes del Nilo» demuestran nuestra incultura y nuestra falta de respeto hacia los pueblos que ya vivían en esos lugares antes de que ningún europeo los pisase.

El mundo islámico se convirtió, durante la Edad Media y la Edad Moderna, en uno de los puntos de mayor avance científico y artístico de la humanidad. Poetas, traductores, arquitectos, filósofos y otros muchos sabios compartían conocimientos en una vasta red que abarcaba desde la Península Ibérica hasta las tierras más lejanas de Oriente. Solimán el Magnífico —apodado «el Legislador» entre los autores islámicos— no fue solo un brillante estratega militar y un líder ambicioso, sino también un gran poeta y un importante mecenas de los movimientos artísticos de su tiempo. Con sede en el Palacio de Topkapi, llegó a formar una Ehl–i Hiref o «comunidad de talentos», donde los genios de las artes más diversas compartían su conocimiento con los jóvenes.

Justamente fue en el Palacio de Topkapi donde se encontró una de las piezas más extrañas y quizá más valiosas de toda la historia del Imperio otomano. En 1929, el Gobierno turco encargó una tarea muy compleja a un grupo de estudiosos: clasificar todo el material histórico del que se disponía en el Palacio de Topkapi, con el fin de convertirlo en un museo. Pero lo que nadie esperaba fue que hallasen un extraño mapa del siglo XVI que definía perfectamente costas que por entonces aún no habían sido descubiertas. Es el mapa de Piri Reis, una de las joyas del tesoro de Turquía, que por desgracia no puede ser expuesto, dado lo frágil de su estado. Se trata del fragmento de un mapa de navegación dibujado en 1513 sobre cuero de gacela, y que mezcla leyendas de la época con una descripción pormenorizada de las costas de América e incluso de la Antártida. Algo absolutamente imposible.

El autor fue Ahmed Muhiddin Piri, también conocido como Hājjī Mehmet y como Piri Reis —«Reis» era el título que otorgaban en el Imperio otomano a los almirantes de la flota naval—. Nacido en 1465 en Galípoli, Turquía, se crió con su tío, Kemal Reis, un importante corsario otomano, famoso por sus frecuentes ataques a Málaga o Córcega y por ayudar a salir de España a los judíos y musulmanes expulsados. Piri aprendió así a navegar y conoció lugares remotos, además de hablar numerosos idiomas. Su pasión era la cartografía, en una época en la que constantemente se llevaban a cabo nuevos descubrimientos. En 1488, el portugués Bartolomé Díez avistó por primera vez el llamado por entonces Cabo de las Tormentas, hoy en día Cabo de Buena Esperanza. En 1492, Cristóbal Colón puso un pie en un nuevo continente. Era un tiempo vibrante para un cartógrafo, cuando se estaban empezando a definir los mapas.

En 1526, Piri Reis regaló al sultán Soleimán el Kitab–ı Bahriye o Libro de las materias marinas, un completísimo atlas de navegación que incluye un total de 5700 mapas solo del Mediterráneo. Su grado de detallismo y su complejidad no han sido igualados nunca en la historia, lo que le granjeó la fama universal.

Lo que no sabía nadie hasta 1929 era que Piri Reis había dibujado otro mapa trece años antes, esta vez dedicado al Mar de las Tinieblas, como entonces se denominaba al Océano Atlántico. El mapa de Piri Reis es una maravilla y a la vez un enigma. Perfilacon una exactitud portentosa la línea de la costa occidental de la Península Ibérica y del continente africano, aproximadamente hasta el golfo de Guinea. Desde allí, traza las llamadas líneas de rumbo, que marcan direcciones para atravesar el mar y que eran muy habituales entre los marinos de esa época. Pero sin duda lo más curioso resulta lo que encontramos hacia el oeste y el sur. El mapa es sorprendentemente correcto a la hora de definir cómo es la costa este de América del Sur. Aparecen Brasil, los Andes, el río Amazonas, el Orinoco y el río de la Plata, e incluso una llama pintada. También se muestran algunas leyendas de su tiempo, como la isla de Antillia —que luego dio nombre a las Antillas— y San Brandán —que podría corresponderse con las Azores—.

El gran misterio llegó al ver lo que Piri Reis había dibujado al sur de América: una gran masa de tierra que se correspondería con la Antártida, pero no como la conocemos ahora, sino como se encontraba hace unos cuatro mil años, antes de la última glaciación. Piri dibuja los accidentes costeros exactamente como sabemos que se encuentran bajo el hielo actual. Sin embargo, este continente helado no fue descubierto hasta 1603, cuando lo divisó el español Gabriel de Castilla, y más tarde, en 1820, por los exploradores rusos Fabian Gottlieb von Bellingshausen y Mijaíl Lázarev. Entonces, ¿qué es lo que aparece en el mapa otomano?

Resulta bien conocido que Piri obtuvo sus datos de uno de los marineros de Colón, a quien capturó Kemal Reis en 1501, y que por entonces obraba en su poder un mapa que había dibujado el propio almirante genovés durante su primera travesía al Nuevo Mundo. Kemal le entregó el mapa a su sobrino, que mezcló aquellos descubrimientos con lo que ya sabía, por haberlo obtenido de cartas de navegación portuguesas y ptolemaicas. Pero además Piri afirma haber descubierto otros lugares gracias a la información obtenida de los que llamó «los antiguos reyes del mar». Al no ser más claro en su explicación, esto disparó las elucubraciones.

Algunas fuentes aseguran que Piri Reis tenía acceso a cartas provenientes de culturas previas, que habían recorrido los mares siglos antes que él. La versión más probable es que simplemente trazó lo que pensaba que podía ser la costa sur de América, con más tentativa que base real, y nuestro conocimiento actual acerca de la Antártida hace que queramos ver ahí lo que solo sea una aproximación voluntariosa. Todo parece indicar que es nuestra mente la que nos traiciona.

Aun así, el mapa de Piri Reis constituye un verdadero tesoro histórico y durante mucho tiempo ha aparecido en los billetes de Turquía. La única pena es que no se pueda exponer en público ni tampoco someter a estudios intensivos, con el fin de esclarecer a qué se refería el navegante con eso de «los antiguos reyes del mar».

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Historias asombrosas de la vida real: El anfiteatro de El Djem, muestra del colonialismo más antiguo.

De Hp.Baumeler – Trabajo propio, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=78463089

África es la región del mundo con una mayor historia colonial y en cuyas tierras aún perviven los signos más antiguos. Desde que empezaron a prosperar las civilizaciones de más allá del Mediterráneo, así como las del este del mar Rojo, todas ellas se volvieron hacia el Continente Madre, en busca de recursos naturales, comercio o esclavos. Al mismo tiempo, numerosas culturas expansionistas se decidieron a ubicar allí colonias o puestos de avanzadilla, que terminaron por crecer y formar grandes ciudades, en ocasiones incluso como cabeza de sus propios imperios.

De esta manera, un grupo de navegantes fenicios procedentes de la ciudad de Tiro fundó Cartago en el siglo IX antes de nuestra era. A partir de ahí, el asentamiento creció, prosperó, se independizó de la cultura de la que procedía y llegó a convertirse en un Estado propio, fuerte y hegemónico en el Mediterráneo. Hoy en día los restos de Cartago forman uno de los atractivos turísticos más impresionantes de la república de Túnez.

Pero no solo de Cartago vive este país. En la ciudad de El Djem, en la Gobernación de Mahdia, se encuentran algunos de los restos mejor conservados de la época romana, cuando prosperaba aquí la llamada ciudad de Tisdra o Thysdrus. Así, pueden verse los famosos mosaicos de su mercado, dedicados a la diosa África, con un cuerno de la abundancia en las manos. Los romanos siempre practicaron el sincretismo durante su expansión colonial: tomaron las creencias locales y las mezclaron con las propias, para que así resultara más fácil aceptar la colonización. Los nativos de la entonces provincia romana de África podrían seguir rezando a sus deidades, que se fueron poco a poco combinando con las más tradicionales de Roma.

Tras la caída definitiva de Cartago durante la Tercera Guerra Púnica, no hubo más hegemonía en el Mediterráneo que la que imponía Roma, y sus legiones y sus ciudadanos recorrían el mundo, levantaban ciudades e imponían la ley. Tisdra surgió como una importante ciudad romana construida sobre unos restos cartagineses, enriquecida por la producción de aceite de oliva. Eso dio lugar a la aparición de unos comerciantes ricos y al auge de la región.

De Diego Delso, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=51315486

En el siglo I de nuestra era se erigió un primer anfiteatro en la ciudad, primitivo y que no tardó en erosionarse. Tenía capacidad para unos seis mil espectadores y estaba ubicado sobre una colina.

En el siglo II apareció una construcción más evolucionada, para unas siete mil personas, y que se extendía en una explanada de la misma colina. Fue utilizada con frecuencia, pero Tisdra seguía creciendo, gracias a las abundantes rutas comerciales que hacían parada allí, de modo que este anfiteatro no tardó en quedarse pequeño también.

A comienzos del siglo III surge el gran lugar de espectáculos que haría famosa a toda la región. Se trata del más grande y el mejor conservado de África. Podía albergar a unos treinta y cinco mil espectadores, por lo que solo el coliseo de Roma y el anfiteatro de Capua eran más grandes que él. Estaba dedicado a combates de gladiadores y demostraciones con animales salvajes, que hicieron muy popular a la ciudad. De hecho, fue construido en pleno centro, para que resultara accesible a todo el mundo.

Sin embargo, esa época no fue demasiado halagüeña para Roma. La inestabilidad política era tan grande que entre los años 235 y 268 de nuestra era gobernaron unos veintiséis emperadores distintos, y casi todos ellos murieron de forma violenta. En el año 238, en concreto, hubo seis emperadores. Eso extendió el caos, las fronteras se volvieron inestables, los gastos de defensa se multiplicaron y la economía se hundió. Cada vez hacía más falta la contratación de mercenarios que garantizaran la seguridad de los ciudadanos romanos, que a su vez observaban cómo la inflación llegaba a cotas nunca vistas y los impuestos se volvían abusivos.

En ese mismo año, la clase rica de Tisdra se rebeló contra el opresivo emperador Maximino el Tracio, la revuelta se volvió generalizada y el prefecto local fue asesinado. La oposición al emperador eligió como representante al anciano procónsul Gordiano, de ochenta años por entonces, que aceptó gobernar el Imperio junto a su hijo. El Senado le dio la razón el 22 de marzo y lo nombró Gordiano I, con el sobrenombre del Africano, mientras que su hijo sería Gordiano II. Ambos entraron en Cartago como vencedores y las provincias se pusieron a sus órdenes. Una de las primeras decisiones que tomaron fue la sustitución de Capeliano como gobernador de la provincia de Numidia, por la constatación de que era leal a Maximino. Pero Capeliano rechazó esa petición y se levantó en armas contra los nuevos emperadores. El ejército de Numidia arrasó la provincia de África y depuso a los dos Gordianos, provocando incluso la muerte en combate del segundo. El anciano padre, al considerarse responsable de lo que había ocurrido, se ahorcó utilizando su propio cinturón. Pero eso no detuvo la violencia: el Senado se opuso al gobierno de Maximino y este continuó con su política de extorsión y utilización del ejército para promover el terror, hasta que sus propios soldados lo mataron a él y a su hijo, y enviaron sus cabezas a Roma con la intención de congraciarse con el Senado. Este nombró como emperador, en último término, al nieto de Gordiano, que asumiría el cargo como Gordiano III, a finales del año 238, sin que tampoco le durara mucho la tranquilidad.

Una historia terrible que daría lugar a la progresiva decadencia del Imperio.

También se cuenta que en este anfiteatro se atrincheró la reina guerrera Kahina en su rebelión contra las tribus árabes durante el siglo VII de nuestra era, pero esa será una historia para otro día.

Sangre, herencias, revoluciones y poder se mezclan en torno al anfiteatro más grande y mejor conservado de toda África, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979, y que cada año visitan más de quinientos mil turistas. Ellos afirman que aún se puede sentir la magnificencia de aquellos ciudadanos romanos en las colonias, el ardor que ponían en sus diversiones habituales y el dolor de tantos esclavos que murieron bajo las garras de las fieras, en la época de mayor auge económico de la región.

Más historias asombrosas, anfiteatros, animales salvajes y emperadores fallidos en este enlace.

De Diego Delso, CC BY-SA 4.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=51315489

Historias asombrosas de la vida real: El día en que un rey ordenó tallar una montaña

La Historia está plagada de grandes momentos en los que una sola persona fue capaz de cambiar el destino. Un descubrimiento, una decisión, una voluntad de poner el mundo bajo su poder. Una cepa del hongo Penicillium que no crecía en un medio, un hacha que derribó la puerta de un muro o la huella de una bota sobre la arena lunar. Por supuesto, nunca es la labor de uno solo, detrás o antes hubo cientos de personas más que se ocuparon del mismo asunto y fueron partícipes del resultado final. Pero los logros siempre se tienen que adjudicar a alguien, tiene que haber un nombre de quien lo hizo en primer lugar.

Y luego hay individuos únicos que realmente dominan el destino y transforman el mundo casi por sí solos. Uno de ellos fue Alejandro Magno.

Era hijo del rey Filipo II de Macedonia y de Políxena de Epiro, llamada así por la princesa de Troya a la que el héroe Aquiles había amado hasta llevarlo al desastre. La historia no aparece directamente en La Ilíada, pero otras fuentes cuentan que hubo una Políxena, hija de los reyes de Troya, de la que se había enamorado Aquiles durante el largo asedio de la ciudad, hasta el punto de llegar a pedir que cesara el ataque para poder casarse con ella y hasta el punto de contarle su debilidad en el talón. Parece ser que Políxena fue quien reveló a los troyanos este asunto del talón de Aquiles y quien arregló una emboscada para el héroe, con la ayuda de su hermano Paris, que provocó la muerte del aqueo. Como venganza, el fantasma de Aquiles se apareció durante el asalto a Troya y exigió la muerte de Políxena. El propio hijo de Aquiles, Pirro, decapitó a la mujer sobre la tumba de su padre y se cuenta que este sacrificio hizo posible que los griegos tuvieran vientos favorables para su regreso a casa. Menos Ulises, claro, que se pasó diez años más dando vueltas, pero esa es otra historia.

El caso es que el rey Filipo conoció a una mujer de Epiro a la que habían llamado Políxena en honor a aquella, y la convirtió en su esposa y reina de Macedonia. El mismo día en que nació su hijo Alejandro, el 21 de julio de 356 a. C., Filipo obtuvo un gran triunfo en los Juegos Olímpicos, detalle que ella quiso festejar cambiándose el nombre por Olimpia. Siempre fue una mujer compleja, implicada en intrigas de palacio, participante en cultos antiguos y de la que se decía que tenía sueños premonitorios. Incluso algunos autores afirman que ella esparció rumores por la corte de que Alejandro no era hijo de Filipo, sino que la concepción había sido una obra divina. Tres años después del nacimiento del príncipe, Olimpia le dio una hermana: Cleopatra de Macedonia.

En el 337 a. C., el rey repudió a su esposa, que se tuvo que exiliar a su Epiro natal con su hijo, mientras la princesa Cleopatra se quedaba junto a Filipo. Los planes del rey incluían casarse con una noble macedonia, Eurídice, que podría darle un heredero de sangre pura, mientras pretendía recuperar la amistad de Epiro gracias a un enlace acordado entre la joven Cleopatra y su propio tío, Alejandro, rey de Epiro y hermano de Olimpia.

Al año siguiente se celebró en Macedonia la boda de la nueva familia real de Epiro, a la que acudió Filipo como padre de la novia. En esa fiesta, Pausanias, miembro de la guardia real, asesinó con su arma al rey Filipo de Macedonia. La reacción de los soldados fue inmediata y Pausanias murió a sus manos. A día de hoy, aún no está claro quién ordenó la muerte del rey: se ha achacado a Olimpia, a Alejandro o incluso al rey de Persia, pero no existe acuerdo entre los historiadores. Lo cierto es que Filipo no llegó a tener más hijos y Alejandro subió al trono de Macedonia en 336 a. C.

Sin embargo, las polis griegas aprovecharon el momento para rebelarse contra el trono y exigir su independencia. Tebas y Atenas no querían seguir bajo el reinado macedonio, pero no contaban con la rapidez de reflejos del nuevo monarca. Alejandro movilizó sus tropas en dirección a Grecia, para controlar la sublevación.

El camino más rápido era a través del paso del Temple, a los pies del monte Ossa. Allí, sin embargo, se habían establecido los soldados de Tesalia, dispuestos a frenar su avance en un cuello de botella donde tenían las de ganar. Alejandro era consciente de que no podría atravesar el paso y que una batalla directa contra los tesalios le haría perder muchos efectivos. Era su gran prueba de fuego. Todo el mundo helénico miraba hacia él, con un trono recién ganado y las sospechas en su propia corte de haber ordenado la muerte de su padre.

El monte Ossa era un lugar impracticable junto al mar, como se puede ver en la imagen. No había forma de rodearlo ni de escalarlo. La única vía de acceso era el paso del Temple. Entonces Alejandro tuvo una de sus ideas geniales, de las que marcaron su vida y cambiaron el destino del mundo: ordenó tallar una escalera en la montaña. Llevó hasta allí a quinientos esclavos de las minas de la región, a los que prometió la libertad y un buena recompensa si lo conseguían en solo diez días.

El truco fue bueno: empezaron a trabajar por el lado de la montaña que daba al mar, sin que los tesalios pudieran verlos, y lograron la hazaña en solo siete días. Alejandro lideró a tres mil de sus soldados en un avance nocturno a lo largo del monte Ossa que los llevó directamente a la retaguardia de los tesalios. Al amanecer, el paso del Temple estaba dominado por soldados macedonios en ambos extremos y los tesalios se veían impotentes para huir de la trampa. Su general no tuvo más salida que rendir el lugar y permitir que Alejandro continuara su camino sin una sola baja en su ejército.

Ahí empezó la leyenda. Alejandro no era solo un monarca joven, sino una persona única, con la capacidad de construir un imperio. Era el año 335 a. C., el comienzo de una época gloriosa. Después de eso, solo viviría doce años más, pero con su empeño personal cambiaría el mundo.

Cada vez que alguien cuenta la historia del monte Ossa, la conclusión final es que todo se puede conseguir con arrojo y empeño. Pero Alejandro no solo hizo eso, sino que buscó su propio camino, aunque tuviera que tallarlo en la montaña. Los obstáculos no solo se superan con empeño, sino que a veces hay que buscar otra manera de hacer las cosas e incluso construir tu propia escalera, si hace falta.

Más historias asombrosas, locuras geniales y escaleras en la montaña en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: El mapa de crímenes del Londres medieval

Las novelas históricas y los dramas de época han creado la imagen de que las principales urbes europeas de la Edad Media eran un nido de ratas transmisoras de enfermedades, asesinos embozados en callejones oscuros y niños que nacían bajo un puesto de pescado. ¿Pero esto fue realmente así o solo es un mito?

Para comprobarlo de manera científica, la Universidad de Cambridge ofrece el mapa de crímenes del Londres medieval (al que puedes acceder hacieno clic en este enlace), en el que el visitante podrá investigar con un solo clic hasta 142 eventos trágicos de la época. Un pescadero que le abrió la cabeza a un clérigo con una pala, una joven asesinada para robarle las ropas o unos criados que azotaron a otro hasta la muerte por acostarse con una prostituta que consideraban de su propiedad. Una colección de macabros sucesos de los que dejaron constancia las fuerzas del orden, en su empeño por detener a los culpables.

Pero sin duda lo mejor de esta página son los filtros, que permiten seleccionar crímenes por el género de la víctima, la escena del crimen, el año en que se cometieron, el arma empleada o el barrio en el que sucedieron los hechos. Gracias a eso podemos averiguar que las víctimas masculinas eran muchísimo más frecuentes que las femeninas o que los lugares públicos eran los preferidos para estos asuntos.

Añadidos a este mapa existen artículos que explican hechos muy importantes acerca del Londres medieval, como que la tasa anual de muertes violentas era unas 20 veces mayor entonces de lo que sería hoy en día en una ciudad del mismo tamaño, pero bastante menor que en las principales urbes del presente. Por otro lado, entonces no había facilidad para acceder a armas de fuego, de modo que la mayoría de asesinatos se debían a armas blancas de uso común entre la población: espadas, dagas, hachas, mazas y también utensilios agrícolas o de trabajo en fábricas. En general la causa de la muerte era una trifulca menor que se les había ido de las manos, casi siempre en referencia al honor. Eso sí, la mayoría de heridas ocurrían en la cabeza y cuello y las víctimas con frecuencia morían en el acto, por lo que queda claro que la intención del agresor era cerrar la trifulca para siempre. A esto debemos sumarle el hecho de que en aquel entonces no había hospitales con servicios de urgencias que pudieran tratar esas heridas ni ambulancias que evacuasen a nadie, de modo que la tasa de mortalidad diferida de estos ataques resulta altísima desde nuestra mentalidad actual.

De la misma manera, en el campo se producían más asesinatos en verano, mientras que en la ciudad aumentaba la frecuencia durante los fines de semana (días de ocio y encuentro en los bares) y en segundo lugar los lunes (la dura vuelta al trabajo). En cuanto al lugar, las tabernas y los edificios religiosos ocupan, con mucho, las primeras posiciones, ambos con la misma frecuencia.

Por tanto, ¿de verdad el Londres medieval era tan violento o solo debemos verlo como una versión a pequeña escala, y en realidad más pacífica, de nuestro presente?

Lo que me ha quedado claro después de ver esta página es que, si alguna vez viajo a la Edad Media, no pienso nombrarle el honor a ningún londinense varón que vaya en esos momentos por una taberna o una capilla, sobre todo si es fin de semana y con mucho más motivo si lleva encima una de esas mazas con pinchos, un hacha más grande que mi cabeza o una espada de las que necesitas las dos manos para levantarlas.

Yo lo dejo ahí como consejo.

Más escaramuzas en tabernas o capillas, más asesinatos medievales (o no) y más historias para recordar en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: Josiah Harlan, el aventurero que se convirtió en príncipe de Ghor

El siglo XIX es una fuente casi inagotable de historias de aventuras. Pioneros del mundo civilizado viajaron a lugares remotos con la intención de hacerse ricos e incluso apropiarse de un reino, solo con la fuerza de su brazo y su valor sin límites. La literatura, como es lógico, supo aprovechar ese filón para convertirlos en protagonistas de un sinfín de novelas apasionantes. James Brooke, el rajá blanco de Sarawak, que Salgari tomó como villano para algunas de las batallas de Sandokán; los buscadores de oro del Yukón, de los que habló Jack London en tantas ocasiones; o los mares del sur, que atrajeron a Robert Louis Stevenson.

En 1888, el escritor y corresponsal Rudyard Kipling publicó «El hombre que pudo reinar», la historia de dos estrafalarios aventureros, aparte de caballeros británicos y masones, que se internaban en los territorios desconocidos de Kafiristán con solo veinte rifles y sus sueños de grandeza, y terminaban llegando a ser reyes y prácticamente dioses de los pueblos locales. Esta novela corta es una parábola de la moderna picaresca anglosajona enfrentada al exotismo de las tierras salvajes, y tiene tanto humor que esos dos pobres diablos terminan por caerte bien. En el fondo estás deseando que se coronen reyes de algún lugar, aunque solo sea por un día.

Ahora sabemos que Kipling tuvo un referente para su historia: Josiah Harlan, un avispado estadounidense que se aprovechó de las inestabilidades políticas en la región de Asia Central para crear su propio ejército y alzarse con el título de príncipe de Ghor, del que luego fue desposeído por los británicos. Se cuenta que en su mejor época cabalgaba a lomos de un elefante y al frente de cuatro mil soldados afganos, a las órdenes del emir de Kabul, y esa imagen impresionó tanto al príncipe de Ghor que aceptó entregarle a Harlan su título a cambio de que él lo protegiera de sus enemigos. Al final esto no pudo ser y hoy en día Ghor forma parte de Afganistán. Pero ese es otro tema.

A lo largo de la historia, Asia Central ha sido una de las zonas más conflictivas e inestables del mundo. Nómadas de las estepas, chinos, griegos, persas, turcos y mongoles pasaron por allí, en un incesante cambio de fronteras y dueños. Su principal interés era la Ruta de la Seda, que conectaba China con África y Europa a través de lugares tan legendarios como Samarkanda, Antioquía, Alejandría y Constantinopla. Igual que legendarios eran aquellos viajeros que atravesaban medio mundo por un cargamento de la más valiosa de las mercancías, como Marco Polo, que en el siglo XIII les descubrió a los europeos las maravillas que albergaba el Imperio chino.

Sin embargo, ese trayecto cayó progresivamente en desuso tras la fragmentación del Imperio mongol y la conquista otomana de Constantinopla en 1453, hechos ambos que cortaron la llegada de mercancías al oeste. Los turcos se adueñaron de los restos del Imperio bizantino y rompieron las relaciones comerciales que existían con las grandes potencias de Occidente, por lo que en adelante estas apostarían por la navegación. Los portugueses en el Índico —con Vasco da Gama— y los españoles en el Atlántico —con Colón y luego Magallanes y Elcano— trazaron nuevas rutas marítimas que burlaban el control otomano y llegaban de forma más segura hasta su destino. Por ello la vía terrestre fue perdiendo importancia, pero no del todo. Asia Central seguía siendo un punto de contacto entre continentes, lo que le confería un valor clave en la política internacional.

Durante el siglo XIX, la región fue sometida a un enfrentamiento enconado entre China, Rusia y el Imperio británico —que por entonces dominaba la India—. Pero la primera tuvo que afrontar sus propios conflictos internos, de modo que solo quedaron dos contendientes en pie: el oso ruso y el león británico. La lucha se prolongó durante un siglo, prácticamente hasta la Primera Guerra Mundial, sin que nunca llegaran a chocar de forma directa más que en la guerra de Crimea. Este conflicto recibió el nombre de «el Gran Juego», expresión que aparecía en la novela «Kim», de Rudyard Kipling, y gracias a ella se hizo mundialmente famosa. Persia y Afganistán se convirtieron en las piezas clave de la guerra fría del XIX: quien controlara aquellas naciones podría obtener una salida hacia el Mediterráneo y disponer de sus materias primas para enriquecerse. Sin embargo, las cosas no fueron sencillas. Asia Central demostró encontrarse disgregada en multitud de pueblos dispersos, a veces simples tribus de las estepas, imposibles de dominar. Rusia y el Reino Unido promovían la inestabilidad en la zona con el fin de ganarse aliados para su propio bando, pero eso hacía que las guerras se volvieran continuas y con desenlaces poco claros, siempre con posibilidad de reiniciarse. Muchos soldados murieron en aquellas zonas remotas, sin saber muy bien por qué habían ido hasta allí.

Sin embargo, lo que el mundo occidental percibió de ese enfrentamiento fue la visión gloriosa y triunfal de las novelas de aventuras. Autores como Karl May, P. C. Wren, Emilio Salgari o Jules Verne reflejaron en sus obras el heroísmo de los soldados, el exotismo de aquellas tierras y las maravillosas oportunidades de éxito que suponían para aquel que supiera aprovecharlas. Atractivo impagable para los soldados de fortuna y los pícaros que soñaban con ser reyes.

Uno de los casos más interesantes resultó el de Josiah Harlan, un hombre sin formación específica que consiguió actuar como cirujano de guerra, consultor de reyes y finalmente príncipe, para después perderlo todo por culpa de los británicos. Había nacido en Pennsylvania, pero un desengaño amoroso lo llevó a escaparse del país en 1824 y buscar empleo en el lugar más remoto posible. Por entonces estallaba la primera guerra anglo–birmana y la Compañía Británica de las Indias Orientales buscaba cirujanos para el frente. A Harlan se le ocurrió que ese sería un destino magnífico para él, sin importarle demasiado el hecho de no poseer estudios de Medicina en absoluto. En 1825 se unió a la Compañía como supuesto cirujano y después actuó como militar, guiando numerosas tropas hasta el verano del año 26. En ese tiempo demostró una capacidad de aprendizaje monumental, tanto de idiomas como de costumbres locales. Eso le llevó a amar la tierra por la que luchaba y, de paso, pretender fama y fortuna, por lo cual abandonó el ejército y puso rumbo a Afganistán.

Allí descubrió que el país estaba gobernado por dos familias siempre en guerra, los Durrani y los Barakzai, siendo estos últimos los que gobernaban en ese momento, y a su vez los distintos príncipes también peleaban entre sí. Shuja Shah Durrani, el depuesto emir de Afganistán, buscaba hombres que se unieran a sus tropas para recuperar el poder, y Harlan aprovechó la oportunidad para obtener privilegios. Shuja prometió nombrarlo visir en el momento en que recuperase el trono, de modo que el americano reclutó a un centenar de mercenarios locales —y algunos desertores de la Compañía de las Indias Orientales— y, disfrazado como un derviche, se presentó en la corte de su enemigo. Sin embargo, su sorpresa fue considerable cuando descubrió que Dost Mohammad Khan, el vigente emir de Afganistán, era un hombre culto, honorable y buen anfitrión, que lo agasajó con multitud de placeres y al que llegó a admirar. Dost Mohammad se había ganado el cariño de su pueblo, a veces con demostraciones de poder y a veces con sobornos muy generosos, en una época en la que no existía lealtad entre las tribus y solo importaba el dinero. Su propio hermano, Nawab Jubbar Khan, admitió delante de Harlan que, muy a su pesar, el emir no podía ser derrocado, por lo que las aspiraciones de los otros príncipes y las del depuesto Shuja quedarían en nada.

Decepcionado, en 1829 Harlan abandonó la conspiración que había encabezado y se marchó a Punjab, que por entonces se había significado como uno de los reinos más poderosos del subcontinente indio. Su gobernante, el maharajá Ranjit Singh, «el león de Lahore», era un hombre pequeño, tuerto y deforme, cruel con sus enemigos pero extremadamente asustadizo acerca de su salud, por lo que Harlan aprovechó para presentarse ante él como un sabio médico occidental, capaz de curar al gran rey de todos sus padecimientos. Con algunos remedios menores y mucha labia, el americano fue ganándose el afecto del maharajá, hasta conseguir que este lo nombrara gobernador del distrito de Gujrat ese mismo año. Las riquezas de Punjab eran formidables en aquel tiempo, como demuestra el hecho de que Ranjit Singh poseyera el mítico diamante Koh–i–Noor —«Montaña de luz», en persa—, que había obtenido precisamente de las manos de Shuja Shah Durrani —aquel príncipe afgano al que Harlan traicionó—, en agradecimiento por protegerlo de sus enemigos. Años después, en 1849, Punjab fue anexionado por el Reino Unido y desde entonces el Koh–i–Noor forma parte de las Joyas de la Corona Británica.

Existe a su alrededor una supuesta maldición que afirma que solo las reinas podrán tenerlo, mientras que, si es un hombre quien lo posee, caerán sobre él innumerables desgracias y perderá su trono. Viendo el final que tuvo Ranjit Singh y la facilidad con la que los británicos se hicieron con su imperio, cabe pensar que la maldición sea cierta. Aunque también pudo influir el hecho de que Ranjit fuera un alcohólico depravado, al que le obsesionaban los ritos sexuales de todo tipo, y empeñado en aumentar su vigor amatorio de la manera que fuese. Tras su muerte, las distintas tribus locales se disputaron el territorio y el ejército británico no lo tuvo muy difícil para someterlos a todos.

El caso es que Josiah Harlan obtuvo un palacio, una fortuna personal y numerosas concubinas durante su tiempo en Punjab, todos ellos regalos del maharajá por su buen trabajo en la región. El trato que dispensó a los nativos de Gujrat fue correcto, evitando la crueldad que habían mostrado sus predecesores, por lo que obtuvo el afecto de todos.

Sin embargo, en 1834, Punjab y Afganistán entraron en conflicto por la posesión de la valiosa ciudad de Peshawar. Las pérdidas humanas fueron terribles, de modo que el maharajá de Punjab decidió enviar a Harlan como emisario diplomático —recordando que el americano ya había conocido al emir afgano durante su tiempo allí—. De nuevo, Harlan fue inteligente y audaz. En vez de presentarse directamente en la corte del emir Dost Mohammad, decidió hablar antes con su hermanastro, Mohammad Khan, con quien estaba enfrentado por el amor de una bailarina afgana, de la que el emir se había apropiado para su harén aun a sabiendas de que su hermano estaba enamorado de ella. Harlan aprovechó esta desunión para ganarse la confianza de Mohammad Khan y atraerlo a su bando, de modo que finalmente Dost Mohammad renunció a enfrentarse a las fuerzas combinadas de ambos y detuvo la guerra. El emir quedó tan impresionado por las habilidades diplomáticas del americano que, dos años después, cuando el maharajá de Punjab creyó que Harlan conspiraba en su contra y este tuvo que huir a toda prisa del reino donde había hecho fortuna, lo acogió en Afganistán y le dio trabajo.

Esta es sin duda una de las muestras más evidentes de la manera en que ocurrían las cosas en aquella época. A Ranjit Singh no le costó mucho dudar de la lealtad de Harlan, a pesar de que llevara años sirviéndole con honor y se hubiera ganado un nombre en la provincia de Gujrat. De igual modo, Dost Mohammad no tuvo problemas en contratar a un mercenario extranjero que ya había conspirado en su contra en dos ocasiones, pero al que, extrañamente, admiraba. Harlan le correspondió con su afecto más sincero y aceptó entrenar a las tropas afganas —antiguas e ineficaces, sin artillería moderna ni buenas tácticas— a la manera que había aprendido en la Compañía de las Indias Orientales y en Punjab. Pronto volvieron las hostilidades entre ambos reinos y los afganos sacaron buen partido de lo que les había enseñado Harlan, por lo que obtuvieron éxitos muy sonados. Esa fue la época de mayor esplendor para el americano, cuando recorría Afganistán al mando de un ejército de miles de hombres, cabalgando a lomos de un elefante —como hiciera en su tiempo Alejandro Magno— y combatiendo a aquellos príncipes que se levantaban contra su señor. Uno de ellos fue Mohammad Reffee Beg Hazara, príncipe de Ghor, que no tuvo más remedio que aceptar los términos de ese impresionante general que asediaba sus ciudades con una tropa de infatigables guerreros: Harlan obtuvo el principado de Ghor para sí mismo y todos sus descendientes a cambio de la protección que su ejército podía proporcionar.

Pero el triunfo tampoco le duró mucho esta vez. En 1839 se desencadenó la primera guerra anglo–afgana, cuando la Compañía de las Indias Orientales decidió sustituir al emir Dost Mohammad por el antiguo gobernante, Shuja Shah Durrani, mucho más leal a los intereses británicos. Shuja no se había olvidado de la traición de Harlan diez años antes, por lo que lo expulsó del país, bajo amenaza de muerte.

Pobre de nuevo y sin ningún reino que lo protegiera, el americano aún intentó buscar aliados en el Imperio ruso, enemigo tradicional de los británicos, pero no lo consiguió, de modo que regresó a los Estados Unidos, quince años después de su marcha supuestamente definitiva. Allí escribió un libro sobre sus hazañas: «A Memoir of India and Afghanistan − With observations upon the present critical state and future prospects of those Countries». Intentó en diversas ocasiones que el Gobierno americano lo enviase de vuelta a Afganistán como agente especial, sin conseguirlo, y aún tuvo tiempo, a los sesenta y dos años, para formar su propio regimiento de caballería y luchar en la Guerra de Secesión americana.

Ninguna actividad era pequeña para él. Cualquier guerra se aparecía a sus ojos como una oportunidad para obtener una posición privilegiada. Finalmente murió en 1871, víctima de la tuberculosis en San Francisco, sin haber podido regresar a Asia Central ni hacer efectivo su título de príncipe.

Años después, Rudyard Kipling adaptó muchas de sus aventuras para crear la novela «El hombre que pudo reinar» —de la que existe una maravilla adaptación al cine de 1975—, que inmortalizó la figura de este pícaro, soñador y aprovechado, un hombre que salió de los Estados Unidos en busca de fortuna y nunca dejó de soñar, pese a todo. Un loco en unos tiempos más locos todavía, que lo tuvo todo durante breves períodos de tiempo, pero al que nunca le dejaron conservarlo.

Puedes encontrar el libro que cuenta la historia de Josiah Harlan en este enlace.

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