¿Qué diferencia hay entre una novela histórica y una novela de aventuras?

En esta semana he celebrado, como la gran fiesta que es, el cumpleaños de Naguib Mahfuz, uno de los genios de la novela histórica., con este artículo publicado en Vigo É sobre una de sus obras más famosas. Mahfuz es uno de los más importantes escritores de la literatura árabe, autor de novelas históricas y costumbristas que suelen situarse en su Egipto natal. Sin embargo, no podría decir que escribiera novelas de aventuras, porque eso es otra cosa.

¿Dónde está el matiz? ¿Cuál es la diferencia entre una novela histórica y una de aventuras? ¿Por qué digo que «Akhenatón» es novela histórica, mientras que «Alatriste» es de aventuras, si ambas novelas se sitúan en épocas anteriores a aquellas en las que fueron escritas y describen de forma pormenorizada situaciones históricas?

Tiene que ver con el concepto de la novela. Toda obra tiene un porqué, una determinada cuestión que desea contar y que motiva toda la sucesión de hechos narrados. En realidad, casi todos los escritores, durante el proceso de creación de una historia, elaboran un breve resumen que les ayude a formarse una idea global de toda la arquitectura de la novela. No es una sinopsis (que tiene una finalidad comercial, para que lectores y editores se interesen por leerla, y por tanto esconde los elementos sorpresivos de la trama), sino una forma de poner las cartas sobre la mesa y explicar, como mucho en la longitud de un tweet, qué es esa obra.

«Akhenatón» podríamos resumirla como: «Un joven ocioso que no vivió la época del faraón Akhenatón trata de reconstruir su historia entrevistando a aquellos que lo conocieron de primera mano».

Por el contrario, de «Alatriste» diríamos: «El joven Íñigo Balboa entra al servicio del antiguo soldado y actual espadachín Diego Alatriste justo cuando este se ve inmerso en una conjura para asesinar en España al príncipe de Gales».

¿Se nota la diferencia?

La novela histórica tiene por objetivo reflejar de manera fiel un evento determinado, como puede ser una batalla, un linaje, una revolución, una travesía… Cuenta para ello con las experiencias vividas por determinados personajes, que pueden ser reales o no, como muestrario del hecho en cuestión. La novela comienza poco antes o en el mismo momento en que lo hace el evento y termina a la vez o poco más tarde.

La novela de aventuras, en cambio, se ocupa de una acción desarrollada por uno o varios personajes, reales o no, dentro de un contexto temporal determinado. Suele ser un viaje, una búsqueda, una persecución… El evento histórico en el que transcurren los hechos es fundamental para entender lo que está pasando, pero ese no es el objetivo de la novela, sino que esta centra su atención en la lucha de los protagonistas por conseguir sus metas. La novela comienza poco antes o en el mismo momento que la acción y termina a la vez o poco más tarde.

Estas definiciones, como es obvio, se solapan algunas veces. Las novelas que han aparecido este año acerca de la vuelta al mundo llevada a cabo por Magallanes y Elcano son a la vez históricas y de aventuras. En cambio, «Scaramouche», de Rafael Sabatini es una novela histórica (su objetivo es mostrar cómo se rompieron las barreras entre clases sociales durante la Revolución Francesa, por lo que una misma persona podía saltar de una clase a otro solo con su esfuerzo), mientras que «El halcón del mar», del mismo autor, es una novela de aventuras (las peripecias de un británico convertido en uno de los más fieros corsarios berberiscos del siglo XVI).

Valorar el porqué de una novela es fundamental. Eso es lo que se gana al lector, lo que permite saber, a la postre, si ha cumplido o no con las expectativas y por tanto si es buena. Esa planificación previa de elaborar un resumen y ceñirse a él, esas reglas que nunca se rompen.

Esta página web está dedicada en cuerpo y alma virtuales a las novelas de aventuras, pero sí, es cierto que en casos concretos hasta el autor mejor organizado se salta sus propias reglas y habla de otra cosa. En este caso, de una novela histórica, que es algo muy distinto.

Más novelas de aventuras, históricas y locas en este enlace.

Alatriste

Documentándome: ¿Por qué los beduinos fueron cruciales en la Historia de la Humanidad?

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Si hace poco publicaba un artículo acerca del papel de las sibilas, su identidad y su legado en la Historia, que puedes leer en este enlace, hoy toca hablar de otro de los elementos fundamentales de mi nueva novela: los beduinos.

Siempre me pareció increíble ese heroísmo invencible de los últimos pueblos nómadas del desierto, que han resistido la colonización, las guerras, el hambre y la pobreza. Y a pesar de todo siguen ahí, manteniendo sus tradiciones como un respeto por su identidad, y transmitiéndolas de forma oral como un encuentro entre padres e hijos.

Los beduinos son los nómadas del desierto arábigo, desde donde se extendieron por África en el siglo VII d. C., llevando consigo el islam. Arabia es una enorme región situada en la confluencia de Europa, Asia y África, formada por amplísimas llanuras de desierto pedregoso, moteada por escasos pozos de agua y los oasis que rodean a éstos, y poblada por tribus nómadas generalmente pobres. Los beduinos viven con más frecuencia del pastoreo, ya que en aquella tierra apenas crece nada, y recorren largas distancias en sus típicas caravanas de dromedarios, comerciando con unos pueblos y con otros.

En tiempos remotos, los beduinos eran politeístas y, más propiamente, animistas. Creían en la presencia de espíritus de las dunas, las piedras y los pozos, y que ellos gobernaban su vida. Con la propagación del islam, fueron de los primeros pueblos en convertirse, y a su vez extendieron la nueva religión a lo largo de sus travesías, manteniendo una creencia menor en los espíritus. En el año 622 d. C., Mahoma abandonó La Meca y se trasladó a Medina, hecho conocido como Hégira y que marca el comienzo del calendario musulmán. Ambas ciudades son consideradas santas para el islam, y las dos se encuentran en Arabia. De hecho, la peregrinación a La Meca constituye uno de los pilares de la fe islámica y es obligada para todo musulmán al menos una vez en la vida.

Sin embargo, el desarrollo del islam tal y como lo conocemos hoy habría sido imposible sin las migraciones de los pueblos beduinos, principalmente hacia el continente africano. Ellos fueron los responsables de que la fe islámica llegara a Egipto, Túnez, Libia, Marruecos y muchos otros países. Y lo lograron porque no sólo son pastores, sino también unos guerreros feroces, extremadamente hábiles en el manejo de las armas y duros en el combate. Se organizan en familias, clanes y tribus, casi siempre unidos por lazos de sangre que se remontan a la antigüedad. Los pequeños reinos que se ubicaban alrededor de aquel desierto sufrieron en sus carnes el empuje de los beduinos, motivados por su fe, su hambruna y sus escasísimos recursos naturales.

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Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

 

El elemento fundamental que rige su vida es la tribu. No existe una verdadera conciencia racial en la población árabe, pero sí tribal. Pueden odiar hasta la muerte a la tribu vecina y buscar su exterminio completo, a la vez que defienden hasta el infinito a los miembros de la suya. Por este motivo los matrimonios de conveniencia son habituales, sobre todo en la casta noble, con el fin de unir linajes y garantizar que cesen los conflictos.

El animal más valorado en el desierto es el camello, ya que aporta leche (que es su principal alimento), permite el transporte e incluso da sombra en los peores momentos. Un jinete sin camello está condenado a la muerte en pocas horas, por eso los tratos comerciales (incluidas las bodas) se cuentan en número de camellos que cambian de manos, y la riqueza o pobreza también. El camello es la moneda más habitual, seguido de lejos por cabras, ovejas y otros animales menores. El pastoreo es la fuente de subsistencia más habitual, por lo que un pueblo nómada viaja siempre con sus animales. Los niños aprenden a cuidarlos desde muy pequeños, y a valorar su importancia.

El caballo es un animal mucho menos frecuente en el desierto. Su velocidad de carrera es mayor que la del camello, pero su resistencia a largo plazo es mucho menor, sus necesidades de agua superan ampliamente a las del camello y su tiempo de aprendizaje es bastante más largo. Por eso su empleo está restringido a las personas muy ricas y que no realizan travesías, porque sólo ellos se lo pueden permitir.

Los nómadas viven en poblados itinerantes, conformados por tiendas de pelo de camello. Su sabiduría se transmite por vía oral, y apenas realizan intercambios culturales con otros pueblos. Eso hace que no hayan evolucionado de manera sustancial desde hace siglos. El poblado se reúne en torno a las hogueras y los mayores emplean cuentos ancestrales para transmitir sus conocimientos acerca del viento, las nubes, la tierra o el emplazamiento de los pozos. Todo ese saber le hará falta el día de mañana a la tribu para sobrevivir en un lugar tan duro como el desierto.

Algunos pueblos son cazadores de nubes: se dedican a recorrer larguísimas distancias persiguiendo las nubes que saben que contienen lluvia. Son capaces de percibir la humedad en una piedra, un musgo o en el propio aire, y seguir el camino que haga falta con tal de estar allí cuando caiga ese agua tan necesitada. Entonces cantan y bailan como hermanos, plantan semillas y obtienen los frutos de la tierra. Pero eso ocurre muy pocas veces.

Lo más habitual es que deban enfrentarse a la soledad, el hambre y un calor infernal, por tierras abrasadas donde, cada cierto tramo, se yergue una antigua fortaleza romana o un templo otomano, semiderruidos y que ahora sirven como puestos de vigilancia a otras tribus igual de belicosas. Y lo hacen porque saben que les va la vida en ello, pues el esqueleto de un templo o una fortaleza sin ventanas pueden servir para resguardarse del calor y, por tanto, salvar la vida a una tribu. Además, son grandes tiradores, y sus largos fusiles negros se han hecho famosos en diversos momentos de la Historia.

Esta forma de vida cambió enormemente durante el siglo pasado, con el descubrimiento de unos valiosos yacimientos petrolíferos en Arabia, que han convertido a sus gobernantes en multimillonarios. Esas riquezas, sin embargo, no han repercutido en una mejora de las condiciones de vida generales, sino que han agigantado las diferencias económicas entre las casas reales y los pastores de camellos.

Los beduinos son un pueblo apasionante, protagonista de hazañas, leyendas y batallas heroicas, y también presente en horribles purgas contra otros pueblos. Sin ellos, desde luego, no podríamos entender la historia de Arabia y de gran parte de África.

Una de sus tradiciones más arraigadas es el deber de hospitalidad. Todo el que se acerca a un poblado del desierto y solicita ayuda para sobrevivir debe ser atendido. El poblado le garantizará agua potable, alimento y un hueco entre los suyos, sin hacer diferencias. Incluso aunque se trate de un enemigo.

Eso podría dar pie a una buena novela de aventuras…

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Más historias de pueblos remotos, más hazañas, más leyendas y más hospitalidad en este enlace.

Historicidad vs narración.

Valerio Massimo Manfredi

El día 9 de marzo cumplió años Valerio Massimo Manfredi, uno de los autores de novela histórica más reputados y famosos del mundo, y con ese motivo escribí este artículo acerca de una de sus novelas menos conocidas (y peor valoradas): «El caballero invisible».

Además, esta semana leí esta crítica de Fran Zabaleta acerca del último libro de Ken Follet: «El caballero invisible». Recuerdo las entrevistas que le hicieron al autor con motivo de la publicación del libro, en las que ya recibió bastantes críticas por la escasa veracidad del componente histórico de la novela. Y claro, es una novela histórica, así que se supone que tiene que ser verdad lo que cuenta, ¿no?

Pues eso tampoco está muy claro. Estos días, con motivo del artículo de Fran, he leído unas cuantas aseveraciones que me han sorprendido, y que se pueden resumir en la siguiente frase: «Las novelas históricas no son libros de Historia, así que ya se espera que no todo va a ser verdad».

Es una opinión que me parece muy, muy interesante (no estoy de acuerdo, pero me interesa): ¿hasta dónde tiene que acercarse a la verdad el escritor de novela histórica? ¿Y el de novelas de aventuras? ¿Se le permite a éste último ser más laxo con la historicidad que al primero? (tu subconsciente está diciendo que sí, aunque te sorprenda, pero es que los tópicos tienen estas cosas).

Recuerdo un artículo de Pérez-Reverte de hace unos años en el que un lector le decía: «Me encanta toda la investigación histórica que ha incluido en su última novela… Se nota que ha tirado de Wikipedia unas cuantas veces, ¿eh?». Dejando aparte las tendencias suicidas que tienen algunos, la creación de una novela ambientada en el pasado conlleva necesariamente una investigación. No se puede situar la acción en 1852 (como hice yo con «La reina demonio del río Isis») y que, por ejemplo, de repente el protagonista le mande un whatsapp a su novia. Sé que esto podría parecer descabellado, pero aún recuerdo el cabreo que pilló también Pérez-Reverte por el uso, en la serie de televisión «Alatriste», de banderas que aún no existían en aquel período histórico. Y claro, en una superproducción hay dinero para contratar a un asesor histórico, pero el escritor tiene que buscarse la vida solito. Y por otra parte es cierto que estamos en la mejor época para realizar una investigación histórica de cualquier tema, ya que sólo hace falta un clic en el lugar adecuado para que aparezcan ante ti dioses egipcios, guerras del opio, rifles medievales saharianos o pomadas con antídotos para los más terribles venenos (juro que todas ésas son búsquedas reales de información que he realizado yo mismo para esa novela en la que estoy trabajando).

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Pero luego hay otro tema: el interés creciente por la Historia. El pasado de la Humanidad es una fuente inagotable de inspiración para novelas, y hay períodos que piden a gritos que un escritor se fije en ellos, como la época de los corsarios berberiscos en el Mediterráneo, la exploración del África negra o la relación entre Roma y Egipto (sí, de todo eso también va lo que estoy escribiendo).

Así que aquí llegamos al quid de la cuestión, y a la verdaderamente divertido de escribir ficción ambientada en el pasado: cuánto cambiar para meter la historia que tú quieres contar.

Alexandre Dumas era uno de los mayores genios de la novela de aventuras, y de los mayores expertos en retorcer la Historia para que cuadrase con sus novelas. Son conocidas las incorrecciones históricas que aparecen en «Los tres mosqueteros», y sin embargo eso no quita que siga estando considerada como una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos.

Arturo Pérez-Reverte es uno de los escritores que mejor ambienta sus novelas en el pasado (y un admirador confeso de Dumas). La saga «Alatriste» es un prodigio de estudio de su época, por donde discurren espadachines, novicias, judíos perseguidos, soldados de los Tercios, inquisidores, ladronzuelos, infantas y reyes. Y todas las escenas están perfectamente documentadas: el teatro en las corralas, las conspiraciones contra la Corona, los matrimonios pactados, las guerras de Flandes y la actividad de los corsarios en el Mediterráneo. Y todo eso sin perder jamás el ritmo narrativo.

Pero sin duda el maestro absoluto en este campo era Emilio Salgari. El veronés recorrió, en sus más de 80 novelas, todas las épocas y lugares donde podía tener cabida una aventura: el far west, el Caribe en el siglo XVII, Malasia en el XIX, Chipre en el XVI, Siberia, Alaska, Filipinas, Argelia, la India o China. Y en todas esas ocasiones mostró un conocimiento excepcional de las costumbres, la vestimenta, las creencias e incluso la alimentación de sus personajes, pues Salgari creía en el poder educativo de la ficción. Para conseguirlo, pasaba horas y horas en la biblioteca investigando libros de Historia, etnografía o botánica, y luego lo volcaba en sus novelas.

Manfredi es un término medio. Su trabajo suele versar sobre civilizaciones antiguas: Grecia, Roma, Persia o Macedonia. Su esmero con la recreación histórica es excepcional, e incluso recuerdo leer de adolescente su trilogía «Alexandros», en la que incluía un apéndice explicando qué partes de la Historia real había cambiado para su novela y por qué. Eso es respeto por la Historia y sus protagonistas. Claro, que Manfredi es arqueólogo además de escritor (aunque eso tampoco garantiza nada).

Así que volvemos al debate que motivó este artículo: ¿dónde está el límite de la flexibilidad a la hora de ambientar una novela en el pasado? ¿Hasta dónde puede un escritor modificar los hechos a su antojo?

Diría que la respuesta es mucho más sencilla de lo que podría parecer: el límite está en el respeto.

El respeto hacia la compleja y apasionante Historia de la Humanidad.

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Más novelas históricas, más escritores y algunas locuras que no vienen al caso en este enlace.

Cómo mezclar ficción histórica con fantasía.

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En 1927, un escritor desconocido llamado John Steinbeck publicó su novela de debut: «La taza de oro, vida de sir Henry Morgan, bucanero, con ocasionales referencias a la historia». Esta obra no obtuvo reconocimiento de ninguna clase, y ese escritor desconocido tuvo que esperar hasta 1935 para triunfar, con la impresionante «Tortilla flat». Steinbeck se hizo célebre por su descarnada representación de la vida en California, que luego repetiría en las renombradas «De ratones y hombres» (1937) y «Las uvas de la ira» (1939). Sin embargo, «La taza de oro» contiene elementos de fantasía poco corrientes en la obra de Steinbeck, sólo presentes en «Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros», novela publicada de manera póstuma en 1976.

Puedes leer una amplia reseña de «La taza de oro» en este artículo de Vigo é.

Sin embargo, es importante detenernos en esta habilidad tan poco frecuente en un escritor: mezclar con sabiduría el fiel retrato realista de la novela histórica con elementos de fantasía, en este caso pertenecientes al mito artúrico. «La taza de oro» trata sobre la vida de sir Henry Morgan, corsario galés del siglo XVII que atacó numerosas ciudades del Caribe, como Portobelo, Maracaibo y sobre todo Panamá (conocida entonces como «la taza de oro», por sus enormes riquezas), pertenecientes a la Corona española. Estos hechos le sirvieron para obtener el beneplácito de su rey, que le otorgó el título de caballero y lo nombró vicegobernador de Jamaica. Pero Steinbeck no se limita a retratar los hechos históricos constatados, más bien eso le importa poco, y en su novela mezcla a Morgan con otro galés bastante más famoso que él: el mago Merlín.

Incluso la famosa «taza de oro» de Panamá queda reflejada como una gran copa con asas a ambos lados, lo que nos recuerda bastante al Santo Grial, del que hablaría Steinbeck años después en «Los hechos del rey Arturo».

Es decir, que, a pesar de tratarse de una novela de piratas en el Caribe, se notan de sobra las alusiones al ciclo artúrico, del que Steinbeck era un fan absoluto.

Merlín es uno de los personajes principales de ese ciclo, casi con la misma importancia que el trío central: Arturo, Ginebra y Lanzarote del Lago. Según la leyenda, Merlín era hijo de un íncubo y de una monja seducida por éste. El niño resultante vino al mundo con el fin de propagar el mal, y para ello contaba con grandes poderes sobre la naturaleza, el clima, los espíritus y los animales. Pero Merlín rechazó el mal y se convirtió en consejero de grandes reyes, primero Uther Pendragon y después su hijo Arturo. Uther fue un gran rey de Britania, en la época posterior a la caída del Imperio romano. Sus hazañas están presentes en numerosas historias locales, y se dice que su estandarte era un dragón. Sin embargo, Uther cayó perdidamente enamorado de Igraine, la esposa de Gorlois, duque de Cornualles, con quien ésta había tenido tres hijas: Elaine, Margawse y Morgana. Gorlois y Uther se declararon la guerra, y el primero encerró a su mujer en el castillo de Tintagel, para evitar que Uther se hiciera con ella.

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(Restos del castillo de Tintagel, en Cornualles, Reino Unido)

Entonces el rey pidió ayuda a Merlín, ya que con el poder de su espada no podía alcanzar a Igraine. Entonces el mago le propuso un trato: la magia haría posible la unión de Uther e Igraine, pero deberían entregarle a Merlín el fruto de esa unión. El rey aceptó, y esa noche su apariencia se transformó en la del duque Gorlois. Atravesó sin problemas las defensas del castillo de Tintagel y yació con la duquesa. Por la mañana, Gorlois murió, por lo que Uther se hizo con sus tierras y se casó con Igraine. De esa unión nacieron dos hijos: Arturo y Ana.

Así pues, Arturo fue el resultado de una unión impía, como el propio Merlín (a diferencia de los mesías y los héroes clásicos, que eran producto de la unión entre un dios y una mortal). Merlín se comprometió a educar al niño para que trajera el bien al mundo y no el mal, y por ello se lo entregó a sir Héctor, un poderoso noble que prometió enseñarle junto a su propio hijo, sir Kay. Con el paso de los años, el rey Uther falleció, y entonces se reveló que tenía un hijo natural, Arturo, oculto hasta entonces. Se ha hecho famosa la imagen de Arturo proclamado rey al extraer de una piedra la espada mágica llamada Excalibur. No hay gran consenso sobre el origen de esta espada: unos autores afirman que era la espada del rey Uther, que la dejó clavada en la piedra a su muerte, y que sólo un heredero directo suyo podría empuñar; otros cuentan que la forjó Merlín en la mítica isla de Avalon; y algunos dicen que se la entregó la Dama del Lago, que era amante de Merlín.

Nimué, conocida como la Dama del Lago, es otro de los personajes fundamentales de esta historia. Según se refiere, Nimué era una joven de quien se enamoró profundamente Merlín, y por ello le enseñó todo cuanto sabía sobre la magia, a cambio de su amor. Pero ella temía al brujo, por ser hijo de un demonio, y decidió encerrarlo en una cueva por toda la eternidad. De ese lugar no podría salir nunca Merlín, pero ella podría entrar y salir libremente. Algunos autores cuentan que Merlín había podido ver su destino con claridad, pero era tan intenso su enamoramiento por Nimué que no hizo nada por evitarlo.

Pues bien, ésa es la imagen que emplea John Steinbeck para representar a Merlín: la de un venerable anciano que aconseja a los héroes desde tiempos remotos, encerrado para siempre en las montañas galesas y envidiando la libertad y el poder de la juventud. Cuando el joven Henry Morgan acude a la cabaña del mago para que éste le aconseje, Merlín le dice:

«—Así que te vas a ir a las Indias. Siéntate aquí, muchacho. ¡Mira!, puedes contemplar tu valle natal para que no se vaya volando a Avalon. (…) ¿Debes dejar a tu padre, muchacho… solo completamente en un valle de hombres que no son como él? Sí, creo que tienes que irte. Los planes de los muchachos son serios e inamovibles. ¿Qué puedo decirte yo para retenerte aquí, joven Henry? Tarea difícil de cumplir me encomienda tu padre.»

El viejo mago aparece de nuevo como mentor, convertido en un símbolo, en un arquetipo junguiano que pasaría a la posteridad. Y Morgan se eleva por tanto hasta ser más que un hombre y más que un pirata: es un ser mítico, un nuevo Arturo buscando su Camelot y su Ginebra, aunque en la novela de Steinbeck, y ésta es una más de sus genialidades, nunca llegue a encontrar ninguna de las dos, y su frustración le consuma.

Por tanto, el escritor californiano toma lo que quiere de la historia y del mito, los mezcla a su antojo y crea una historia fascinante, que ni es novela histórica, ni fantasía ni moraleja: es un canto a los sueños de juventud y a la desesperación de ver que no se cumplen.

Y pensar que esta novela no le gustó a nadie en su tiempo…

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(De N.C. Wyeth – The Boy’s King Arthur: Sir Thomas Malory’s History of King Arthur and His Knights of the Round Table, Edited for Boys by Sidney Lanier (New York, Charles Scribner’s Sons, 1922). Scanned by Dave Pape., Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2897164)

Más reyes, magos, piratas, aventuras y locuras varias en este enlace.