Un cuento: «El palacio de las catacumbas habitadas por dioses».

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I

UN NUEVO AMANECER

Escuchadme, gentes de bien, y aprended la verdad: aquellos que juegan con poderes innombrables, que convocan a los mismísimos infiernos en busca de un conocimiento que no deberían poseer, están llamados al sufrimiento eterno, y tanto ellos como su linaje estarán malditos hasta que la cólera de esos infiernos se aplaque.

 

Que el horror en que se ha convertido la existencia de sir James Brogdan Kane, héroe de guerra y gobernador de Nilidia, os sirva de lección para el futuro. Él, que abrió las puertas que debían permanecer cerradas, a pesar de mis muchas advertencias y del pavor que causó en los que lo conocían, ahora sufre las consecuencias de sus actos, tal y como los dioses decretaron.

Yo fui testigo de su ascenso y caída, de cómo se dejó tentar por los adoradores del Maligno y cometió actos impuros, hasta que su alma no tuvo salvación. Yo, Taymullah Farûq, consejero del Gobierno de Nilidia, supe del oscuro destino que le aguardaba en el mismo día en que llegó a nuestra patria, un cuatro de febrero de 1901, una fecha aciaga que los más viejos aún recordaréis.

Era un día gris, con un viento gélido que azotaba el puerto de Baal Azur, congelándonos los huesos a pesar de la ropa de abrigo. Ninguno de los que estábamos allí sabíamos nada del misterioso hombre de guerra al que enviaban a gobernarnos, más que la historia de que había obtenido una Cruz Victoria en el conflicto contra los holandeses en Sudáfrica y que gozaba de la total confianza del nuevo rey. Nilidia iba a ser su gran prueba, una nación de la que él tampoco podía decir mucho, aparte de que era una posesión británica desde los tiempos de la reina Victoria y que sus habitantes, los azura, pobres e incultos gracias a ellos mismos y antes al Imperio otomano, les debíamos pleitesía.

Su barco llegó muy de mañana, ante la mirada expectante de un millar de personas que abarrotábamos el puerto, temerosos y congelados. El portentoso navío HMS Oedipus atracó en Baal Azur y vació su carga: alrededor de un centenar de nobles y soldados que acompañaban al nuevo gobernador Era un hombre extremadamente fuerte, de un tamaño colosal y vestido con uniforme de gala. Sus ojos recorrieron la multitud como el amo que revisa sus caballerizas antes de una gran carrera. Mientras su camarilla se esparcía por el puerto y recibía los honores de la clase gobernante, él se zafó de todos y caminó hasta nosotros, encarando a la muchedumbre que se agolpaba en las vallas y quería tocarlo, hablar con él, suplicar que fuera benévolo.

El gran caballero se aupó sobre la masa informe de los azura y nos dijo:

«¡Saludos, pueblo de Nilidia! Mi nombre es sir James Brogdan Kane, cabeza de la baronía de Kane, y he sido designado por la Corona británica para gobernar estas tierras. Para mí resulta un tremendo honor estar hoy aquí, y sabed que trataré de ser lo más magnánimo posible con vosotros. Habrá que trabajar duro para hacer algo bueno de este país, pero estaré siempre a vuestro lado para lograrlo. Vamos a demostrarle al Gobierno de Londres lo que se puede hacer en las Colonias. ¿Estáis conmigo?».

Entonces, cuando aún no le conocíamos ni podíamos opinar de él, nos pareció sincero, y le aclamamos como a los héroes que llegan a casa, aunque este héroe a lo que venía era a esclavizarnos.

Pronto le abordó ese monstruo cruel y degenerado que era lord Kendrick de Braemar, gobernador de este bello país hasta que sus propias atrocidades lo condenaron, y con él venía sir Philip Cartwright, portavoz del Consejo de Gobierno. Ambos le hablaron bien de Nilidia y le dijeron que sería fácil someternos. Le mintieron vilmente y él lo sabía, pues ya había leído informes acerca de nuestra revuelta y el mismo rey le había dicho que debía sofocarla lo antes posible. Pero aquel día, por lo menos, fingió aceptar sus palabras.

Quién sabe los horrores que ya pasaban por su mente, si la semilla de la maldad anidaba ya en su pecho y solo buscaba una tierra fértil en la que germinar.

Si es así, desde luego en Nilidia la halló, pues todo lo bueno y lo malo de lo que es capaz la Humanidad yace en sus castillos abandonados, sus criptas fantasmagóricas y sus secretos prohibidos, que este hombre sin decencia se empeñó en despertar.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Lunes, 4 de febrero de 1901:

Hoy por fin he llegado a Nilidia. Después de una travesía horrible en la que parecía que el Diluvio Universal venía con nosotros, el barco al fin ha tocado puerto. El HMS Oedipus es una antigualla que a duras penas ha logrado traerme hasta aquí, y eso no ha conseguido más que empeorar mi humor. La jaqueca también me ha acompañado hasta este nuevo destino, y ninguno de los supuestos remedios de los médicos ingleses ni holandeses ha podido hacer nada por aliviarla. Estoy desesperado y grito con facilidad a los que me rodean. Mis propios hombres desconfían de mí, y reconozco que cada vez los trato peor.

Aun así he logrado sobreponerme y dar un breve discurso a los que me esperaban, sucios mendigos que se resisten a hablar inglés y a abandonar sus viejas costumbres bárbaras, como esa historia del rezo y el sacrificio de los animales. ¿Cómo pueden creer en esas cosas? Las grandes naciones venimos a África y les traemos riqueza y progreso, y en cambio ellos nos responden con violencia. Sé que varios consejeros del gobernador Braemar han sido asesinados por rebeldes, y eso no podemos consentirlo.

Esto no va a ser como lo de El Mahdi en Jartum, y yo soy el hombre encargado de esa tarea.

Nilidia no posee recursos naturales demasiado valiosos ni una posición especialmente estratégica para el control del Mediterráneo, rodeados como estamos por la Libia otomana al Oriente y el Túnez francés al otro lado, pero de un modo u otro este lugar pertenece al rey Eduardo y así debe seguir siendo, pese a quien pese.

Aquí no hay nada que conservar más que el honor, y eso, para un Imperio como el que yo represento, es una razón de Estado. Así que a mí me corresponde preservar el honor de la Corona a cualquier precio, y para ello me han investido con plenos poderes y estoy dispuesto a usarlos, empezando hoy mismo.

Sin embargo hay una única cosa que no está a mi alcance, y es esa mujer que me han regalado. No puedo tocarla, no puedo hacerla realmente mía, pero a la vez me dicen que esa extraña dama de ojos profundos está aquí para servirme en todos mis deseos. Ahora mismo duerme en la habitación contigua.

¿Qué esperan que haga con ella…?

Qué gente más extraña son estos nilidios.

Arabesco

Yo mismo me presenté ante él aquella mañana turbulenta y mostré mis respetos, convocado por sir Philip Cartwright y otros miembros del Consejo a los que conocía bien, y que no se habrían atrevido a desobedecerme.

La voz del pequeño castor que era sir Philip me invitó a acercarme, mientras el nuevo Gobierno en pleno me observaba.

«Sir James», le dijo, «permítame que le introduzca a un buen amigo de Nilidia: Taymullah Farûq, consejero del rey en estas tierras perdidas».

Kane mostró su repulsa de una forma instintiva, pero al oír aquellas palabras se calmó, al menos en parte.

«¿Consejero del rey?», preguntó, «¿desde cuándo la Corona busca a lagartos azura para que le aconsejen?».

Tranquilos, tranquilos, hermanos, no os dejéis llevar por la ira. Eso fue lo que dijo, sí, y mis ojos le transmitieron la maldición que mis labios no podían formular entonces, pero que no tardaría mucho en golpearle de lleno. Me incliné ante él y mostré un respeto que no se merecía, pero que en ese momento no podía rebatir o se habría producido un baño de sangre.

Dije: «Señor gobernador, mi sabiduría, mucha o poca, está a vuestro servicio, como lo ha estado desde hace siglos a través de toda mi familia, en la que se cuentan grandes visires y nobles que sirvieron como mano derecha de los monarcas. Espero poder serviros a vos en la misma forma».

Él se acercó a mí y gruñó como las bestias, sin que llegara a entender el regalo que le estaba ofreciendo. Se giró hacia Cartwright y le preguntó:

«¿Hay muchos traidores colaboracionistas como este en Nilidia? Porque entonces mi trabajo va a ser muy fácil».

El portavoz del Consejo tragó saliva mientras yo abandonaba la reverencia y clavaba mi mirada en la suya, y fue Cartwright quien respondió, con un finísimo hilo de voz:

«Los llamamos askaris, señor. Son soldados indígenas que ayudan a nuestras tropas y sirven de mediación con la población general».

¿Os podéis creer que esa fue su explicación? Realmente a día de hoy aún creen que estamos deseando ayudarlos, que en verdad hemos creado la figura de los askaris, los azura colaboracionistas, en su beneficio y no en el nuestro propio. ¡Ah, qué equivocados están! Casi siento pena por ellos, que ni se dan cuenta de la manera en que nos hemos infiltrado en su mundo y lo hemos hecho nuestro, esperando el momento en que los expulsemos de aquí.

Y como un arma más en esta lenta guerra, acerqué hasta su mano la de la bellísima joven que me acompañaba, cubierta por el velo ceremonial, como manda la tradición de nuestro pueblo.

«Señor gobernador», seguí diciendo, «deseo hacerle un regalo de bienvenida. En mi tierra es costumbre que los hombres más poderosos tengan a su servicio a una mujer que se ocupe de cuidarlos, una criada que mande sobre todas las demás criadas y gobierne la casa para que seáis feliz. Esta figura, que recibe el nombre de ekkra, os obedecerá en todo, pero hay una condición que estaréis obligado a cumplir: debe ser siempre virgen, para que su afecto hacia vos sea puro y no se enturbie con el deseo carnal».

Kane asintió a la vez que yo descubría el velo de la muchacha, de modo que solo él pudiese verla, y los ojos más hermosos de toda Nilidia se clavaron en los suyos. Era una mirada intensa que brillaba con la luz de la luna de plata del desierto, con la magia de los pozos secretos que ellos nunca conocerán y los conjuros de las ancianas brujas de la arena. Era una diosa y un demonio, con la que espero que nunca os crucéis, porque en verdad os atraparía por siempre, como hizo con el incauto sir James.

«Señor gobernador», concluí, sabiendo que ya no me estaba haciendo caso, «esta es Umara Aziz, princesa del pueblo nómada de los hari, que os la entrega en señal de buena voluntad».

Y ya no hicieron falta más presentaciones, porque esa mujer hecha de fuego se había tragado por completo el alma corrupta del gran soldado inglés, y era cuestión de tiempo que lo demostrase.

II

EL DOLOR

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Viernes, 8 de febrero de 1901:

He podido finalmente conocer los principales logros del gobierno de la familia Braemar, y también sus desgracias. No me extraña que Su Majestad tuviera tanta prisa por sacarlos de su asiento de poder y entregarme a mí el mando de esta pobre nación, porque se había convertido en el hogar de los horrores más sacrílegos de los que pueda tener conciencia el ser humano.

La llegada a la capital, Nilur, fue un auténtico suplicio, atravesando caminos enfangados y casuchas de barro cocido, como si estuviéramos en la Prehistoria. La ciudad es hermosa, eso sí, pero está rodeada por enormes barrios2 de mendigos que destilan su pobreza y su mal olor hacia nosotros. Ya he ordenado derribarlos y que se marchen a vivir hacia el interior, a Basser u otras localidades que no estén cerca de mí. Dejaremos únicamente las construcciones básicas para que se alojen los criados que trabajan para las familias británicas de la ciudad, pero ni una más. Tengo muchos planes para Nilidia, pero va a ser un trabajo inmenso que tardará en dar sus frutos. Coches, carreteras, conducciones de agua potable, medicinas… Hacen falta tantas cosas para garantizar el bienestar de mis conciudadanos que a veces las obligaciones me abruman. Aún es pronto para nada, pero juro que lo conseguiré.

Este viejo azura que me sigue a todas partes, Taymullah, me ha recomendado encarecidamente que no me instale en el Palacio del Alba, donde hasta ahora se encuentra la vivienda del gobernador. Dice que está maldita y que fue la causa de la locura de la familia Braemar, lo que les llevó a desmanes sin fin con la población nilidia. He oído esas historias y no me gustan. Cuentan que sus propios soldados se rebelaron y atacaron el palacio en la noche, expulsando al gobernador y a toda su familia. Leí en el informe que las catacumbas habían sido utilizadas para encuentros depravados con animales y con mendigos de las aldeas circundantes, torturas y mutilaciones, una suerte de ritos paganos de una brutalidad nunca vista en los que lord Kendrick se entregaba a un frenesí carnal absolutamente indigno.

No sé qué pudo pasar por la cabeza de ese hombre, si es que todavía se le puede llamar hombre, pero las pinturas con las que decoró el palacio, cuyo autor no he podido identificar, son tan horribles, tan intranquilizadoras, que dan buena cuenta de lo monstruoso de su carácter. Cosas que reptan desde el interior de sarcófagos, ojos no humanos que nos vigilan entre la niebla, incluso cuerpos desmembrados y vísceras repartidas por el suelo. ¿Qué clase de persona decoraría con eso su salón?

Cuentan que es un loco que habla solo por las calles, y su familia ha vuelto a Londres mientras no se tengan noticias de él. Algunos afirman haberlo observado de lejos junto al oasis de Deleh, en la entrada del maligno desierto de Azura, del que ningún hombre blanco ha salido jamás. Si eso es cierto, temo que la familia Braemar no volverá a contemplar el rostro desencajado de lord Kendrick, ni a oír su risa inhumana, que a veces aún parece flotar por estos tétricos pasillos.

El palacio, sin duda, es la obra de otro loco parecido, pues ninguna estancia conduce directamente a otra, y el corredor gira y se retuerce sobre sí mismo como si fuera una cobra. Hallar cualquier lugar concreto es casi imposible, y si no fuera porque no creo en asuntos de fantasmas, diría que las habitaciones juegan a intercambiarse entre sí y confundirme. Los techos y la columnata del patio central están decorados con figuras horripilantes que sin duda representan a musulmanes condenados por la Inquisición durante la Edad Media, ya que, igual que pasó con Túnez, a Nilidia llegaron muchos de los adoradores de Alá que huían de la represión llevada a cabo por los cristianos. Ahora sus bocas sin dientes y sus ojos desorbitados gritan una agonía de hace cinco siglos desde el techo de mi alcoba o desde la bóveda bajo la que escribo en estos momentos.

Normalmente no me preocupa, pero en noches como la de hoy, cuando la jaqueca no me deja dormir y deambulo sin saber hacia dónde, esas nefastas presencias del techo me intimidan. La guerra con frecuencia es un asunto despiadado, pero hay ocasiones en las que la paz es mucho peor.

Umara, mi jefa de criadas, no tiene ningún problema para orientarse en palacio o para dormir con esas imágenes sobre ella, y me pregunto cómo lo hace. ¿Estará durmiendo ahora mismo? ¿Cómo será su respiración? ¿Estará intranquila?

No lo sé y, por alguna extraña razón, eso me produce un enorme desasosiego.

Arabesco

Pero él no quiso hacerme caso nunca, a pesar de mis advertencias sobre las criaturas que habitan en el Palacio del Alba, seres sin cuerpo que juegan a manipular a los hombres, invaden su corazón y es imposible expulsarlos. Eso es lo que le había ocurrido al depravado lord Kendrick, del que hasta los más ancianos han borrado cualquier recuerdo, pero Kane resultó no ser mucho mejor, o al menos igual de vulnerable a aquellas presencias.

Él no podía entender nada, no sabía lo que era el palacio o por qué estaba allí, y no atendía a razones.

Intenté convencerlo para que trasladara la capital al norte, a Baal Azur, donde en la Antigüedad reinó la dinastía de los Huymánidas, pero su curiosidad venció a la lógica y no se mudó. Y entonces esa mujer lo controló por entero.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Lunes, 11 de febrero de 1901:

No lo soporto, no puedo vivir así. Esa maldita princesa del desierto se contonea delante de mí con sus ropas de color y sus joyas tintineando, pasea sus manos por mi rostro y me seca el sudor, cuida mi ropa, limpia mis zapatos y hasta me baña. Su tacto es como de seda y su voz es dulcísima, y sin embargo no me está permitido siquiera tocarla. Solo con dirigirme a ella provoco un delicado rubor en sus mejillas que me encanta, y en cambio con lo que sueño cada noche es con agarrar y someter su cuerpo a todas mis fantasías, destrozar su túnica y hacerla mujer, aunque para eso tenga que romper mil tradiciones de este país sin sentido. ¿Quiénes se creen que son para negarme a mí nada, para imponerme esta estúpida norma?

¡Yo soy el gobernador de Nilidia y de toda su gente, y si deseo tomar a una mujer de su raza, deberían sentirse honrados!

No, no estoy siendo racional. Es esta maldita jaqueca, que no me abandona ni de día ni de noche. Vago desesperado por los más oscuros rincones de palacio y ya apenas salgo al exterior, consciente de que la luz del sol aumentaría mis padecimientos. Las Juntas de Gobierno únicamente pueden celebrarse aquí, y sé que mis enemigos políticos se están aprovechando de ello para confabular. Algunos miembros de la familia Braemar han sido vistos acudiendo a reuniones secretas en las que sin duda buscan recuperar el poder, aun sin la presencia de lord Kendrick, del que nadie sabe nada. Pretenden evitar que me asiente en mi cargo, ahora que apenas acabo de llegar y que ya conocen mis debilidades, pero no se lo permitiré. Hoy mismo he ordenado una purga de los barrios donde viven los altos cargos que se opusieron a mi nombramiento, y en breve tendré la piel de algún traidor.

Ah, qué bajo he caído en tan poco tiempo, ordenando represalias contra familias enteras en vez de enfrentarme a otros soldados en el campo de batalla. Es este país, sin duda, es maligno, destila crueldad en cada rayo de sol y cada brizna de hierba. ¿Cómo pude aceptar venir aquí?

Yo que era un héroe de guerra condecorado, y ahora me arrastro como un fantasma por un castillo plagado de dolor. Los rostros en piedra de los torturados aún me observan, y empiezo a sospechar que esta gente no murió en España por culpa de la Inquisición, sino que fue aquí mismo donde se infligieron tales castigos de una monstruosidad infinita. Hay noches que me complace imaginarlo, pensar cómo pudo morir uno u otro, qué tipo de atrocidades practicaron en ellos, qué causó cada rictus mortal.

De joven, cuando estudiaba en la Real Academia Militar de Woolwich, como hicieron antes que yo todos los varones de la familia Kane, leí un tratado sobre las técnicas de la Inquisición que nunca he sido capaz de olvidar. Aquellas prácticas inhumanas se me quedaron grabadas en la mente. Ratas masticando las tripas de los prisioneros, ruedas que les arrancaban los brazos y las piernas, mazas que trituraban dedos… ¿Cómo es posible que alguien idee esas cosas? ¿Qué clase de demonios…? Porque demonios es lo que eran en realidad, aunque con apariencia humana.

Ahora, en este siniestro lugar donde se cometieron actos similares, creo que puedo entender la fascinación que sintió el escultor por esas mandíbulas desencajadas y esos ojos que nunca tendrán paz, porque a mí me ocurre lo mismo. Cada vez me siento más identificado con el sufrimiento de estas personas, no con su raza, su lengua o sus creencias religiosas, pero sí con la manera en la que experimentaron dolor.

Tal vez el dolor sea el único lenguaje universal de los hombres, y hubo alguien que lo descubrió, en este mismo palacio, hace muchos siglos.

Taymullah me ha prometido que me traerá opio para calmar mi jaqueca, y es posible que entonces ya no piense estas cosas tan extrañas.

III

LOS DEMONIOS

El paso de los días probó que este nuevo gobernador era un hombre débil que no se merecía el cargo. La flaqueza que mostró a la hora de acometer sus obligaciones hacia esta nación fue aprovechada por los turcos para anexionarse las montañas de Urgo, en una rápida maniobra que nuestro ejército no supo contrarrestar. Los cuerpos de cientos de soldados nilidios regaron una amplia frontera que ya nunca hemos recuperado, y en la que desde entonces se yergue un monolito de piedra en honor a sus víctimas.

El efecto moral de esta derrota fue inmenso, y de no ser por el propio sir Philip Cartwright, que asumió el mando del ejército y se atrincheró en el norte para detener la invasión, es posible que la capital hubiera caído en un par de semanas.

Nilidia era un baluarte que todos querían: los ingleses para demostrar que podían cons3ervarla, y los turcos porque conocían la leyenda de la Primera Ciudad y ardían en deseos de comprobar si era cierta. Sus consejeros les habían dicho que incontables tesoros aguardaban ocultos bajo las arenas del desierto de Azura, donde una vez existió la prodigiosa ciudad de Urm, la de torres más altas que el sol y hombres de una belleza y una sabiduría que no podrán igualarse nunca. Urm, que fue creciendo hasta abarcar toda África y Asia, hasta que su propia culpa la hizo mortal, y por decreto de los dioses las arenas la sepultaron por completo, con todas sus familias y sus maravillosas construcciones, que ahora no son más que recuerdos. Esto era lo que ansiaban los turcos, la riqueza y el poder de otro tiempo, aunque la misma leyenda les decía que tales logros les estaban vedados, pues sobre Urm había caído una maldición que afectaría a todo aquel que pretendiese liberarla, generación tras generación, hasta el fin de los días.

Pero como ya he dicho antes, la codicia es una de las fuerzas más poderosas de la humanidad, y así lo fue para el Imperio otomano, para sir James Brogdan Kane y para su ekkra, Umara Aziz, y ninguno de ellos salió bien parado de este drama.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Miércoles, 13 de febrero de 1901:

Hoy lo he comprendido por fin, ya sé lo que vio lord Kendrick en las catacumbas del que ahora es mi palacio, me ha sido mostrado el Mapa de la Creación y sé lo que somos.

Y me aterra.

Anoche probé a fumar el opio que me trajo Taymullah, tan desesperado estaba por mi horrible dolor de cabeza como para probar cualquier clase de sustancia que me facilitara cualquier clase de hombre, incluso un sucio chamán de una tribu de beduinos, de cuya lealtad ni siquiera estoy muy seguro. Pero algo tenía que hacer, mi cordura y mis logros estaban desapareciendo, mi posición de gobierno se tambaleaba, mi imagen de líder fuerte se había evaporado, fruto de una campaña de desprestigio extendida por mis enemigos, e incluso mi capacidad para discernir la realidad de la fantasía era cada vez más escasa.

Todo eso ha desaparecido hoy.

Por alguna extraña razón me he despertado con la cabeza lúcida y el corazón tranquilo, seguramente como nunca en mi vida, y he sido capaz de salir a la luz del sol y hablar con mis criados sin gritarles. La paz ha vuelto a mis manos, que ya no tiemblan más, y mi paso es firme de nuevo. En mis labios se dibuja una sonrisa un poco estúpida, y no me extraña, porque parece que al fin soy libre de años de sufrimiento y de pesar. ¿Cómo podría dar gracias por mi inmensa fortuna?

Sin embargo, en mi memoria siguen clavados los actos que tuve que realizar para ganarme este don, y es posible que ni yo ni mis descendientes nos veamos nunca libres de la penitencia que me corresponde por ello. Anoche probé el extraño opio de Taymullah y sin quererlo liberé mis instintos más primarios, haciéndome vulnerable a las malignas presencias que desde siempre han habitado en este palacio, y a las que ahora me debo, pues son las que me han curado.

Mis recuerdos son confusos, sobre todo en lo que atañe a los detalles más precisos, pero sé que me vi a mí mismo desde fuera y que caminaba por un bosque rodeado de bestias salvajes, un lugar tenebroso en el que todos los seres eran depredadores, tanto los animales como las mismas plantas, y podía sentir su aliento amenazándome desde los bordes del camino. Sus dientes y espinas se dirigían hacia mí, sus gruñidos, sus zarpas… hasta que fui capaz de sobreponerme al miedo, desenvainé la espada y me lancé fuera del camino, para combatirlos en su propio terreno. Corté miembros y troncos mientras me bañaba en su sangre y su savia, sin que yo recibiera ni una sola herida. Recuerdo la ferocidad de la batalla, el placer que sentí al destrozarlos a todos, hasta el punto que, cuando no quedó en pie ni uno, me puse en cuclillas y devoré su carne, disfrutando como si yo también fuera una bestia igual que ellos.

Entonces se apartó el velo de mis ojos, y entendí que esos enemigos a los que había matado no eran otros que los hermanos pequeños de la familia Braemar, cuyos cadáveres desmembrados y parcialmente devorados yacían ahora a mis pies, entre los llantos inconsolables de sus viudas. No podía controlar mi propio cuerpo ni la maravillosa sensación de placer por la victoria, y lo siguiente que recuerdo es verme a mí mismo desgarrando la túnica de Umara con los dientes y tomándola por la fuerza. No estoy orgulloso de lo que hice, pero incluso ahora, cuando la borrachera del opio ya ha pasado, sigo estremeciéndome de placer al recordarla. Fue un acto salvaje en el que no medió ni una sola palabra, pero no hizo falta, porque tanto ella como yo sabíamos que lo estábamos deseando hace tiempo, así que en cierto modo fue como una liberación.

Pasado el éxtasis, quedamos tirados en el suelo con nuestros cuerpos mezclados, sabiendo que no queríamos separarnos. Sin embargo, la droga fue evaporándose de mi organismo y mi conciencia volvió plenamente, momento en el que me sentí avergonzado de lo que había hecho y rompí a llorar.

Umara me rodeó con sus brazos para consolarme y dijo: «Mi señor, no te aflijas. Lo que has experimentado es la verdadera naturaleza de los hombres, que toman por la fuerza lo que desean. La civilización que tanto veneras no es más que un disfraz, y esta noche has conseguido desprenderte de él».

Pero yo no quería dejar de ser civilizado, esa brutalidad era tan ajena a mí que sentía que alguien había robado mi cuerpo y lo había utilizado para su propio disfrute. No podía entender algo semejante. Incluso en los peores días de la guerra, siempre había conseguido ser un caballero y no abandonarme a la locura de la violencia sin razón, en la que sí había visto sucumbir a otros, algunos de ellos amigos cercanos.

Y esta vez había sido yo el demente que se entregó a la furia y la sangre, destrozando toda posibilidad de recuperar mi vida normal.

Umara me acunó como a un niño y susurró en mi oído: «Hay dioses de un poder terrible que duermen en las catacumbas de este palacio. Su reinado es de otro tiempo, pero llegará el día en que despierten otra vez y gobiernen un mundo que les pertenece, pues los hombres no somos más que criados que guardamos la casa hasta el retorno del amo».

Y eso me estremeció más todavía.

Hoy en cambio me he levantado pletórico de fuerzas y sin un solo atisbo de debilidad. He dado órdenes con la firmeza de un auténtico líder, y creo que por primera vez los nilidios sienten que tienen el gobernador que se merecen.

Sé que estos dones no vienen sin un cuantioso pago, generalmente no solo por mi parte sino también por los que me hereden. Esta noche bajaré a las catacumbas y me enfrentaré a ellos, y es posible que no vuelva vivo. Si alguien encuentra este diario, sabed que no fui el hombre cruel y despótico que dirá la Historia, ni el títere de poderes oscuros que puede suponer quien lea estas líneas.

Fui un soldado que nunca se cuestionó las órdenes, hasta que me topé con un mal tan antiguo que los hombres a su lado parecemos recién nacidos, unos seres primigenios que se entretienen haciendo que suframos horrores sin fin, porque la inmensidad del Cosmos les ha enseñado a ser atroces y ellos disfrutan siéndolo.

A costa de la pobre alma humana, que destrozan día a día hasta que la consumen.

Arabesco

Sí, hermanos, esta tierra siempre ha sido hollada por conquistadores extranjeros. Romanos, otomanos y ahora ingleses… En nuestros campos siempre ha habido invasores, y con frecuencia también en el lecho de nuestras damas. Los turcos oyeron acerca de la leyenda de Urm y ansiaron poseerla, aunque sé de buena tinta que también les hablaron de la maldición. Ellos conocían la historia completa y aun así anhelaban recuperar este país, aunque sabían del destino aciago de Murtaka, el último de los reyes de Urm, cuya ambición sin límites condenó a la nación y la sepultó bajo la arena del desierto.

Se dice que Urm, la Primera Ciudad, había alcanzado cotas de desarrollo nunca vistas, gracias a la que aquellos seres que una vez fueron monos lograron convertirse en señores de la Creación. Sus máquinas eran portentosas, sus vidas se prolongaban casi hasta el infinito y su permanente contacto unos con otros hacía que siempre estuvieran felices. Sin embargo, nada de esto colmaba a Murtaka, cuyo corazón era una vasija sin fondo que ni con toda la felicidad del universo se habría podido llenar. Él contemplaba a sus súbditos y admiraba su capacidad para la alegría, mientras que él se afligía por no poseer más conocimiento, por no saberlo todo. Rebuscaba en libros prohibidos, conjuraba a entidades que los mortales no deberían ni mentar, y aun así nada le complacía, siempre sombrío, siempre triste.

Siempre solo.

Finalmente un día este rey oscuro convocó al mismísimo dios Baal, el padre de nuestra raza, que nos guía juiciosamente desde los tiempos de los viajeros fenicios. Baal le atendió con el amor de un padre, pero no era amor lo que buscaba el rey, sino el conocimiento prohibido, oculto en los rincones del Cosmos. Buscaba la verdad sobre el infierno y dónde se encuentra, por qué tenemos un alma o cuál es el propósito de la vida humana.

Baal le observó intranquilo y dijo que tales conocimientos están vedados a un hombre mortal, pero Murtaka siguió insistiendo, dispuesto incluso a renunciar a su mortalidad, a su corazón o a su alma si era necesario. Baal dijo que no le costaría solo eso, sino también la vida de todos sus súbditos, la pervivencia de su nación y su lugar en la Historia. Dijo que, si persistía en ese loco intento, Él le concedería su deseo, pero en adelante la figura de Murtaka sería tratada con pavor, se le llamaría loco y mal gobernante, y nunca más se recordaría su nombre, por miedo siquiera a pronunciarlo.

El rey meditó aquellas palabras durante un segundo y a continuación respondió: «Acepto el trato».

Y al alba del siguiente día Urm fue tragada por la más gigantesca tormenta de arena que ha conocido la Historia, dejando tan solo en pie el palacio que por esto se llamaría del Alba, y que había sido hogar de los monarcas de esta gran nación desde el comienzo de los tiempos.

Aprended por tanto la lección que transmiten mis palabras, gentes de bien: hay conocimientos que deben seguir ignorados, demonios a los que no debéis conocer, tesoros que acarrean desgracias para uno mismo y para los que os rodean. Así le pasó al rey Murtaka y desde él a todos los gobernantes de Nilidia, sin que el poderoso sir James Brogdan Kane haya escapado a la maldición de esta herencia nefasta, pues ahora sufre por la oscuridad de su alma igual que sufrimos todos.

Mirad, mirad dónde se encuentra ahora y en qué condiciones.

Compadeceos de él y no repitáis sus pecados.

Epílogo

EPÍLOGO

OTRO NUEVO AMANECER

Carta de sir Philip Cartwright, portavoz del Consejo de Gobierno de Nilidia, a lord Salisbury, Primer Ministro del Reino Unido:

Nilur, a 18 de febrero de 1901.

Estimado señor:

Por la presente le informo de que sir James Brogdan Kane, barón de Kane y gobernador de Nilidia, se encuentra afecto de una enfermedad presumiblemente incurable. Los médicos de la capital ya trabajan para restablecer su salud, pero se muestran poco esperanzados. Sus síntomas son erráticos pero muy incapacitantes, alternando momentos de locura, en los que profiere gritos disonantes y desea escapar de palacio, con días enteros en los que somos incapaces de despertarlo. Su mente parece luchar contra imágenes que él mismo no puede comprender, por lo que sufre de un modo horrible y a veces parece agonizar, haciéndonos temer por su vida.

Tal enfermedad dio comienzo una noche en la que fue hallado corriendo por los pasillos que provienen de las catacumbas. En aquel entonces chillaba frases inteligibles, y ya al día siguiente cayó en el profundo estado que le refiero, del que no ha sido posible que se recupere. Su criada favorita cuenta que esa noche sir James bajó a las catacumbas dispuesto a conocer el motivo de la locura del anterior gobernador, lord Kendrick de Braemar, del que no hemos tenido noticias desde que perdió el sentido. Sin embargo, parece más bien que ha sido al contrario, yCaveof100saintsentrance que la locura ahora ha contagiado a nuestro gobernante. Una desgracia, sin duda.

Lo único que pudimos sacar en claro de su discurso fueron las frases que oímos la criada y yo esa noche en que lo encontramos volviendo de las catacumbas, y que han resultado ser las últimas que pronuncie en esta vida:

«Estamos solos en el Universo».

«No hay nada allí abajo, absolutamente nada».

«Fuimos nosotros».

«Quien cometió esas monstruosidades fui yo, por mi propia mano, y lord Kendrick las suyas, y nadie más».

«Estamos solos en el Universo».

Y así lo repetía una y otra vez, sin un orden establecido. Desconozco a qué se refería, pero desde luego tiene que ser algo terrorífico, ya que lo atormenta de día y de noche.

Esto, como comprenderá, ha revuelto a las masas de Nilidia, sumado a los rumores acerca de la muerte violenta de la familia Braemar, que achacan al propio sir James. La población azura está encendida y es fácil que se produzca un levantamiento armado en los próximos días. Por eso le ruego que nombre a otra persona para el puesto de gobernador, yo mismo, si tiene a bien. El caos empieza a ser incontrolable y es preciso que la estabilidad se recupere enseguida. Mi conocimiento sobre los entresijos del Estado me convierte en el candidato más idóneo, por ello le solicito permiso para asumir el mando del país y encabezar de nuevo al Ejército contra estas revueltas.

Debe ser ahora que todavía estamos a tiempo.

De lo contrario, nos arriesgamos a que Nilidia sea engullida por tanto horror y desaparezca por completo, como se cuenta que sucedió con la antigua Urm en los tiempos del rey Murtaka.

Espero su pronta respuesta.

Atentamente…

Arabesco

Sin embargo, señores, tampoco me hagan demasiado caso. Todo en el fondo son historias, nada es real más que aquello en lo que creemos. Todo es ficticio, todo inventado, incluso nuestras vidas.

Y yo, Taymullah, no soy más que un juglar contando cuentos en una calle mugrienta, una pieza de ajedrez en un tablero que yo no controlo. No fue a mí a quien se le ocurrió esta historia, yo no muevo los hilos del mundo, ese es otro a quien nadie ha mirado hasta ahora.

Yo simplemente me ocupo de contarlo y espero que os guste, porque esa es la única función del cuentista: confundir al espectador hasta que se descubra la trama y entonces ofrecer su sonrisa, agradecer los aplausos y pedir la voluntad.

Gracias por vuestra paciencia. Venid mañana y volveremos a vernos, en la misma esquina, con los mismos sueños.

Estáis invitados al siguiente cuento.

Final

Mañana tendrá lugar la increíble presentación de «La reina demonio del río Isis» en Norma Cómics Vigo

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¿Ya has olvidado la cita que tienes mañana en Norma Cómics Vigo, donde se presentará ante el mundo «La reina demonio del río Isis»?

Hablaremos de piratas del Mediterráneo, de sultanes otomanos, de invasores británicos, de brujas y de unos cuantos pecados capitales. Contaremos una historia que puede que no haya ocurrido nunca, o puede que sí y nadie había tenido valor para destaparla hasta ahora.

En la maligna ciudad de Basser, en la que las almas y los cuerpos se venden al peso… durante la fatídica noche de Shazrah, cuando los demonios bajan de la montaña y caminan libremente por las calles… un grupo de personajes lucharán en una guerra sucia entre dioses y hombres. Para que al final nadie gobierne más que ella, la reina demonio, de quien se decía que era capaz de controlar a los hombres con sólo una mirada.

Mañana Vigo se transformará en la terrible Basser.

¿Estás dispuesto a perdértelo?

Galeras nilidias: Carta de amor a un editor valiosísimo.

Introducción a la edición de 1980 de «Galeras nilidias», escrita por Paula Raymond (1924 – 2003), nieta de Farnsworth Wright, editor original de la obra:

«Con la fatídica conversación entre la bruja Anofis y el sultán Süleyman, que determina el final de este último, concluyó la primera parte del serial «Galeras nilidias», publicado en la revista Weird Tales a lo largo de 1930 por el periodista, historiador y activista pro-independencia de Nilidia Allan Walker, bajo el seudónimo de Hassan Tamuey (en honor de uno de los protagonistas de la narración).

Mi abuelo, Farnsworth Wright, tuvo el gran honor de editar este serial para la revista, igual que hizo con obras significativas de escritores tan reputados hoy en día como Robert Ervin Howard o Howard Phillips Lovecraft. Él supo identificar el genio en todos esos hombres y mostrárselo al mundo, y gracias a eso pudimos disfrutar de algunas de las historias más impresionantes de la literatura americana de este siglo. Mi abuelo contaba que conoció a Walker una noche de 1928 en Nueva York, durante una conferencia que daba el historiador acerca de los mitos y leyendas nilidios. Le pareció, según sus propias palabras, «un hombre extremadamente pequeño que contaba unas historias preciosas». Esa noche mi abuelo me explicó la leyenda de la dama Escila, que luchó por expulsar de su tierra al Imperio otomano y logró construir una nación, aun a costa de su propia vida.

Dos años después, Allan Walker estaba escribiendo eso mismo para Weird Tales. Mi abuelo había conseguido uno de los mayores logros de su carrera.

«Galeras nilidias» fue uno de los seriales más extensos, complejos y mejor recibidos de la historia de la revista. A esta primera parte, que ahora reedita en tomo Editorial Ebediyet, continuaron la aventura en solitario de El Leopardo de las Nieves (en la que se infiltraba en el archipiélago de Pago e intentaba asesinar a la nueva reina Viena de Gathol), el descubrimiento por parte del anatomista Andrés Vesalio de los tres anillos concéntricos en el núcleo mismo de las islas (con las referencias atlantes que eso conllevaba) o el viaje iniciático de la dama Escila a la vecina tierra de Nilidia (donde pretendía hallar al desaparecido esclavo Abbas y se revelaban datos fundamentales acerca del origen de ambos). Pero sin duda ninguna saga fue tan especial ni tuvo tanto éxito como «La caída de la Atlántida», que apareció publicada en 1932 (a partir de las notas halladas en el domicilio de Allan Walker) y presentaba la última batalla de los corsarios de Pago, aquélla en la que el sultán Süleyman y su hijo Selim pretendían arrasar por completo esas islas problemáticas, aplastando cualquier intento de liberación. De tamaña gesta provenía la antigua leyenda de la dama Escila, que entronca con la historia real del final de la piratería en las islas de Pago y la formación de la nación de Nilidia, de la que Escila se considera matriarca.

Allan Walker era un gran conocedor de la cultura nilidia que, sin embargo, en ningún momento se jactaba de sus vastos conocimientos. Más bien al contrario, su pasión era narrar la Historia de una forma amena, para que cualquier individuo llano pudiera tenerla a su alcance. Por eso creyó, en aquel entonces, que ningún medio había mejor de contar el pasado que con un serial de aventuras. Y muchos han opinado lo mismo en tiempos sucesivos, ya que «Galeras nilidias» ha sido reeditado en numerosas ocasiones desde entonces, y sirvió como base para el serial radiofónico del mismo nombre (que estuvo en el aire desde 1934) y para el serial cinematográfico «La mujer pirata de los mares nilidios» (estrenado en 1940 y protagonizado por Buster Crabbe como el rey emperador Danaga y Julie Bishop como Escila).

Existe una leyenda acerca de Weird Tales, repetida hasta la saciedad. Muchos afirman que fue Robert E. Howard quien contó a Allan Walker la historia de Gottfried von Kalmbach, más conocido como Gombuk, Caballero de la Orden de Malta que, durante la batalla de Mohács (1526), había logrado cruzar armas con el mismísimo Süleyman e incluso provocarle una herida en el hombro de la que se quejaría toda la vida. Gombuk y el sultán otomano volverían a encontrarse en el sitio de Viena (1529), para luego arreglar cuentas finalmente en esta batalla del archipiélago de Pago (1564), cuando el germano había obtenido ya una corona por derecho propio e intentaba criar a su hija en paz (bautizada, como no podía ser de otra forma, Viena, pues la habían concebido tras los muros de esa asediada ciudad). Walker quedó impresionado con la manera en que ambos escritores habían estado trabajando sobre el mismo material, sin saberlo, y no pudo resistir la tentación de dejarlo entrever en el capítulo final de esta historia. Volvería sobre ello, con mucho más lujo de detalles, en «La caída de la Atlántida», cuando el dios Dagón, en respuesta a las plegarias de la dama Escila, resucita al rey emperador Danaga para que éste pueda obtener su venganza por la muerte de su amada esposa, la temida espadachina Sonya.

Pero éste es un tema sobre el que no conviene hablar ahora. Si nunca has leído estas historias, te aseguro que lo mejor queda aún por venir, y Editorial Ebediyet ya ultima su próxima publicación, para que las maravillas de las revistas pulp puedan estar de nuevo al alcance de todos, como siempre fue su pretensión. Allan Walker falleció en la guerra de liberación de Nilidia en 1930, Robert E. Howard se disparó en la cabeza en el 36, y mi abuelo abandonó el cargo de editor en el 40 debido a la terrible enfermedad de Parkison que padecía, y que fue la causa de su muerte ese mismo año, pero su trabajo, su genio y su creatividad vivirán por siempre.

Disfrutadlo. La aventura lo merece. Escila luchaba para construir un mundo nuevo, y los pioneros del pulp hacían exactamente lo mismo. El mejor homenaje que se merecen todos ellos, medio siglo después de su publicación original, es que una nueva generación de lectores pueda soñar y sentirse niños a través de estas locas aventuras.

Paula Raymond.

Los Ángeles, 1980».

«¡Por los dioses!», capítulo noveno: Una lección de Historia Antigua.

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«¡POR LOS DIOSES»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 16 de marzo de 1930.

En ocasiones este oficio de historiador acarrea momentos preciosos. Hace un año llegó una carta a la redacción de este periódico, dirigida a mí y firmada por el profesor Taymullah Farûq, de Nilidia. No tenía el gusto de conocer a tal caballero. Él se presentaba como gran estudioso de la Historia Antigua, en concreto de la de su región, y por ello había obtenido un lugar privilegiado en el gobierno, sirviendo de consejero para la familia de sir James Brogdan Kane —a quien el propio rey Eduardo VII había ordenado guiar los destinos de Nilidia, tras sus éxitos militares en la batalla de Ladysmith—. Taymullah había actuado también como preceptor del hijo mayor de los Kane, Jonathan, hasta que el padre lo envió a estudiar al castillo familiar, en Northumberland.

Por tanto, la posición de este hombre como intelectual reputado era indudable. Sin embargo, su carta mostraba una enorme hostilidad hacia mi trabajo. Me acusaba de mentir a los lectores del periódico y de tergiversar hechos históricos irrefutables para mantener la hegemonía de los hombres blancos. Taymullah es un firme defensor de los derechos de la población árabe, ha creado escuelas en viejos cobertizos abandonados, ha llevado la cultura a los pueblos nómadas mediante una compañía de teatro itinerante y, en definitiva, ha intentado que la población nilidia sea lo bastante independiente como para que nadie la pueda manipular. Ni el Imperio otomano, ni el británico, ni Mussolini ni cualquier otro. Ha intentado que piensen por sí mismos para que ninguna consigna, discurso ni libro sagrado les diga lo que tienen que creer, y que sean capaces de cuestionar hasta los preceptos más sagrados.

Eso es lo que distingue a un gran líder: aquél que pretende servir a su pueblo, y no que el pueblo le sirva a él.

Huelga decir que, desde entonces, Taymullah y yo nos hemos vuelto grandes amigos. Intercambiamos cartas repletas de información acerca del presente y del pasado —buen ejemplo de ello es el cuadro que adjunto con el presente artículo, y que Taymullah emplea en sus clases acerca de Historia Antigua—. Nilidia es un lugar apasionante cuya contribución a la Historia de la Humanidad resulta innegable: los amores de Aníbal y la reina Nilat, fundadora de la nación; el clan de los Huymánidas, cuyos restos descansan en una cripta secreta; las invasiones romanas; el éxodo hacia nuevas tierras…

En estas semanas iniciaré un nuevo viaje a aquella región, buscando el encuentro con mi buen amigo Taymullah. Compartiremos charlas eternas bajo las palmeras que contemplaron a las tropas cartaginesas. Nos bañaremos en el mismo mar donde morían los corsarios otomanos. Reiremos como reía Napoleón al contemplar las yeguas de Ranuhi.

¿Qué será de nuestras vidas? ¿Cómo asumirá el mundo la nueva realidad a la que nos enfrentamos, desde el horror que nos produjo la Gran Guerra?

Nilidia ahora contempla cómo resucita un antiguo enfrentamiento racial, que en realidad es el mismo que ya existía en la época de las guerras púnicas: colonizados rebelándose contra los colonizadores, víctimas que se convierten en verdugos, y mucha, mucha sangre derramada.

Espero que algún día los hombres de bien sepan escuchar la lección de la Historia y no derramen más sangre. Que amen más y lo demuestren, que se desvivan por los demás y no cobren sus deudas.

Espero que algún día los hombres blancos podamos aprender la amarga verdad que cuenta África: que allí nació la humanidad hace millones de años, y es donde menos respeto se tiene por la vida, en todas sus formas.

Espero que mi visita traiga a Nilidia menos muerte y más historias grandiosas, por la cuenta que nos trae.

Corolario:

Éste fue el último artículo de la vida de Allan Walker. Poco después viajó a Nilidia y se implicó en los movimientos culturales encabezados por Taymullah Farûq. Walker participó en la elaboración de obras de teatro como «La reina demonio del río Isis», actuó en pequeñas representaciones por todo el país, enseñó a leer y escribir a pueblos enteros, y finalmente asesoró al Gobierno británico en materia de educación. Por desgracia, el enfrentamiento entre árabes y británicos terminó en guerra, llevándose consigo a muchos intelectuales que no pretendían luchar.

El 13 de mayo de 1930, el Movimiento de Liberación Nilidio atacó la ciudad de Ranuhi, en la costa norte, iniciando una batalla casa por casa que costó la vida a más de mil personas blancas y provocó una intensa respuesta armada por parte del Ejército británico. Allan Walker fue una de esas mil personas blancas, y sus restos nunca pudieron ser identificados.

El Movimiento de Liberación Nilidio consideraba que toda persona de raza blanca era culpable de la situación de falta de derechos humanos en la que vivía la población árabe, y por tanto debía ser castigada. Esto llevó a una guerra atroz donde ambos bandos perdieron.

Sirvan estos textos como homenaje a un grandísimo historiador que amaba su trabajo, amaba Nilidia y, por encima de todo, amaba la vida. Y todo eso se lo quitó la guerra.

«¡Por los dioses!», capítulo octavo: Nuestras vidas anteriores.

«¡POR LOS DIOSES»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

Por Allan Walker, periodista e historiador

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 9 de marzo de 1930.

 

Uno de los libros más curiosos de la literatura nilidia es «El hacha», de lady Iris Zimbalist, publicado en Inglaterra en 1869. En él se presenta la extraña teoría de los Caballeros de Azura, que tanta polémica ha despertado hasta nuestros días. Curiosamente, lady Iris nunca pisó el continente africano, y las opiniones que vuelca en sus obras acerca del pasado nilidio provienen de las numerosas sesiones de regresión hipnótica que realizó a lo largo de su vida. Sin apenas salir de su mansión familiar en los escasos sesenta años que permaneció en este mundo, lady Iris afirmaba recordar más de veinte vidas pasadas, de las que escribió datos que luego han resultado ser reales. Bien como sirvienta de Lucrecia Borgia, esclava de Cleopatra, gladiador en el circo romano, operario en la construcción del Nautilus o trabajador en las minas nilidias de Fawar, estos supuestos recuerdos dormidos fueron volcados en su serie de libros «Mis anteriores yo», traducidos a más de treinta idiomas. La fama de la escritora inglesa ha atravesado el globo, convertida en adalid de la hipnosis como medio de autoconocimiento, igual que de exploración del medio. No sin razón es considerada la única conquistadora de África que nunca salió de su propio país.

El artífice de tales milagros fue su terapeuta personal, el reputado hipnólogo Marcus Zimmer, que ya había realizado trabajos similares consigo mismo y otras personalidades de la intelectualidad europea. Algunos de los tratados que ha elaborado Sigmund Freud empleando la hipnosis provienen de lo que había investigado previamente Zimmer (1).

«El hacha» es el cuarto libro de la serie «Mis anteriores yo», y habla de tres ocasiones en las que lady Iris afirma haber vivido en la cuenca del río Isis, y lo que vio entonces.

En la primera de ellas refiere haber sido Anaruk, escriba oficial de un gran imperio que entonces ocupaba el centro de África, en una isla en mitad de un gigantesco mar interior, alrededor del año 10.000 o 15.000 antes de Cristo. Lady Iris denomina a este imperio Urm, empleando un vocablo proveniente de la lengua ancestral de los nómadas alaiurm es el nombre de su primera vocal, de modo que se cree que llamaron así a su antigua patria por considerarla el primer reino de la historia de la humanidad—. El concepto zimbalistiano de Urm coincide con la Azura de sir William McKenzie (2), pero aportando muchos más datos. A través de la voz del escriba Anaruk, lady Iris narra el día a día en la corte del rey Thoruk, padre de Murtaka —protagonista del poema del siglo XIV La Épica de Murtaka, del que ya hablamos en capítulos anteriores—. Thoruk era conocido como el rey loco, último representante de la sagrada genealogía de reyes dioses de Urm, cuya sangre se encontraba tan diluida por los sucesivos emparejamientos con humanos que ya apenas quedaba nada de la nobleza original. Thoruk era un ser caprichoso, infantil e intransigente, por cuya actitud se enfadaron los dioses primigenios, el dios solar Resu y su hermana Kho, gobernantes del cosmos. Ambos juzgaron lo que Thoruk estaba provocando en el reino, y su decisión fue terminar con el linaje real de la manera más sencilla: volver estéril al monarca. Al no poder tener descendencia, todo el reino se tambalearía, causando su desaparición. En aquellos tiempos, el reino sólo se entendía bajo un gobierno teocrático, tal y como más tarde ocurriría en Egipto, y, si los dioses retiraban sus favores, la familia real dejaba de tener sentido. Sin embargo, Thoruk hizo algo que nadie esperaba: negó su esterilidad y presentó a un joven noble, Murtaka, como su hijo secreto, fruto de una relación ilícita con una dama de la alta sociedad. El caos se adueñó del reino, pues en realidad todos sabían que esta afirmación era falsa, pero nadie tenía pruebas que lo demostrasen.

Éste fue el detonante de la guerra de sucesión de Urm.

Lady Iris fue una autora muy valiosa, al aportar varios conceptos fundamentales a nuestra cosmogonía nilidia: en primer lugar dota al futuro rey Murtaka de un trasfondo político del que nunca habíamos tenido noticia. En la Épica de Murtaka se habla de cómo este rey apenas poseía sangre de dioses, debido a los matrimonios sucesivos con humanos durante muchas generaciones, y eso provocó la caída del imperio. Sin embargo, ¿cómo fueron sus ancestros, los inmediatamente anteriores a él? Lady Iris muestra al rey Thoruk como veleidoso e incapaz de asumir los asuntos de gobierno, y del padre de éste nombra cualidades parecidas, aunque no tan manifiestas. Fue el infantilismo de Thoruk el que le llevó a negarse a abandonar el trono, inventando la existencia de ese hijo secreto para justificarse a sí mismo. Todo el reino se dividió entre los partidarios y detractores de Murtaka —que eran, en el fondo, partidarios y detractores de Thoruk—, incluyendo el Consejo de Gobierno de Urm, cuyos miembros se vieron obligados a posicionarse.

Aquí es donde lady Iris incluye el segundo elemento de su aportación al mito: los Caballeros de Azura. La autora, en palabras del jefe de escribas, explica que el Consejo de Gobierno tenía a sus miembros escindidos en dos grupos según su sexo, a los que ella denomina Órdenes de Caballería, por ser el antecedente más antiguo de estos grupos militares del Medievo. Parece ser que, por un lado, se hallaban las Amazonas de Margala, provenientes del frondoso norte del reino, jinetes ágiles acostumbradas a las competiciones, y que rezaban a la diosa Kho, personificación de la luna. Enfrente pudo ver a los Caballeros de Sadran, nacidos en el desierto y educados para los viajes y la guerra, rindiendo pleitesía al dios solar Resu (3). Ambas Órdenes estaban conformadas por seres nobles y sabios, y por ello habían sido elegidos para aconsejar al rey. Sin embargo, llevaban enfrentadas desde siempre, pues su naturaleza era absolutamente contraria, y en la guerra de sucesión llegaron al derramamiento de sangre. Los Caballeros de Sadran, leales al trono de Urm más allá de cualquier duda, atacaron el Templo de la Diosa con el fin de obtener la reliquia que daría el gobierno a Murtaka: la Labrys de Urm.

Éste es el último de los elementos propios de la mitología zimbalistiana, y sin duda el más original. La Labrys es uno de los objetos más antiguos de los que se tiene constancia, un hacha de doble filo que representa la dualidad del ser humano: bien y mal, masculino y femenino, sol y luna. Se piensa que la Labrys era una reliquia sagrada que empuñaban las sacerdotisas de la Diosa Madre en los primeros rituales de la Humanidad, sacrificando animales fieros como el toro o a los enemigos del rey de Urm, simbolizando que incluso los más poderosos eran sometidos por la nobleza de la Corona. También era el emblema de la unificación del reino, pues todo ciudadano de Urm, por diferente que fuera, se sentía acogido bajo la protección de su rey, en cuya mano lucía la Labrys y con ella dominaba el mundo entero. Lady Iris afirma que incluso los elementos del cielo y la tierra obedecían al portador de la Labrys, y que por eso con frecuencia los reyes de Urm han sido representados como dioses del trueno y la tormenta. De hecho es frecuente esta caracterización en la mayoría de mitologías antiguas: el nórdico Thor con su martillo Mjolnir, el hinduista Indra empuñando el relámpago vvashra, la labrys que manejaba Hipólita, reina de las amazonas, y que después blandió el propio Zeus, recibiendo por ello el nombre de Zeus Labrandeus…

Bajo la protección de la Labrys de Urm era coronado cada uno de sus reyes, y en su mano era depositada ésta por la Suma Sacerdotisa de la Diosa Madre Kho, para que el rey guiara a su pueblo con sabiduría y unidad, poniendo bajo su mando todos los elementos del cielo y de la tierra, así como todos los hombres y mujeres del reino.

Sin embargo, las Amazonas de Margala habían sido advertidas de que el rey Thoruk era estéril, y por tanto que aquel asunto al completo era un engaño a Urm. Ellas se negaron a entregar la Labrys al príncipe Murtaka, bloqueando de este modo su acceso al trono. El reino entero se estremeció, pues sin Labrys no podría haber un rey legítimo, y sin éste todo Urm estaba en peligro. Para remediarlo, Setesh, Sumo Sacerdote del dios Resu y Señor de la Orden de Sadran, ordenó recuperar la Labrys a cualquier precio, aunque tuvieran que matar a todas las Amazonas de Margala.

Y así fue como ocurrió.

La, Suma Sacerdotisa de la Diosa Madre, se plantó en la puerta del Templo Dorado a la cabeza de su ejército, dispuesta a defenderlo a cualquier precio, pues entendía que con ese acto estaba defendiendo la verdad. Murtaka no pertenecía al linaje de los reyes dioses de Urm, eso todos lo sabían, y no pensaba cejar en su empeño por demostrarlo. La Orden de Margala defendía la creación de un Consejo de Sabios que gobernase el reino en ausencia de un rey, guiados por la ciencia, la libertad y la democracia. Fue éste el primer intento de la Historia por crear una nación verdaderamente democrática.

Sin embargo, la Orden de Sadran creía que ésa era una manera de traicionar a sus dioses, y que ellos, como defensores del trono, debían proteger a Murtaka hasta sus últimas consecuencias.

Las «últimas consecuencias» fueron las vidas de todas las Amazonas de Margala, la destrucción del Templo Dorado y la mayor muestra de crueldad con el vencido que ha habido nunca, pues, ni siquiera en la derrota, las Amazonas estaban dispuestas a entregar la Labrys, y hubo que arrasar media ciudad para hallar dónde la tenían escondida. Setesh localizó la cripta secreta en la que habían protegido la reliquia, en las profundidades del mar, junto a los cuerpos de los diez reyes del sagrado linaje de Urm. Nadie más que ellas tenía permitido bajar allí, pues las Amazonas eran las guardianas del saber ancestral y de los restos humanos de aquellos reyes dioses. Por eso habían guardado allí la Labrys.

En su libro, lady Iris cuenta que Setesh empuñó el hacha y en ese instante vio todo el mal que había cometido, y que hasta entonces había pensado que era por un bien mayor. Entendió que ningún reino vale la vida de una sola persona, que es más importante hacer el bien que llevar razón, y que los reyes no se convierten en dioses por la sangre que corra por sus venas, sino por la nobleza de sus actos.

Setesh entregó a Murtaka la Labrys de Urm, y con ella el trono, pero también le entregó todos los archivos de las Amazonas y le enseñó su sabiduría ancestral, para que no se perdieran. Murtaka se sintió maravillado con el conocimiento que esas mujeres habían atesorado durante tanto tiempo, y se cuenta que él se nombró a sí mismo «El Último Caballero de Margala», y en adelante sus enseñanzas se propagaron por todo el mundo.

Setesh, avergonzado de sus actos, arrojó los cuerpos de las Amazonas al gran mar interior de Urm, y de él nació un gran río que en cada atardecer se volvía rojo, por la sangre de las Amazonas que fluía en sus aguas. Y de aquel río brotó el cuerpo de la diosa Isis, que personifica el saber, el amor y el cariño, que a veces resultan incomprendidos.

Cuando el brillante reino se hundió en el olvido, Murtaka comprendió que él también había cometido terribles maldades, y rezó para que el mundo fuera un poco mejor sin él, que no repitiera sus fallos y que pudiera ser feliz, sin tronos ganados a costa de sangre ni personas sabias asesinadas por sus ideales.

La Historia nos demuestra que el sueño de Murtaka nunca se ha hecho realidad.

REFERENCIAS

  1. La figura de Marcus Zimmer es una de las más complejas que ha dado el siglo XX. Antiguo sacerdote jesuita, historiador, ensayista, mago, hipnotizador y masón, recorrió toda Europa con su espectáculo de regresión hipnótica antes de verse obligado a escapar a América, perseguido por la Sociedad Thule, tras haberse opuesto públicamente Zimmer a sus teorías sobre Hiperbórea. Conocido en los círculos ocultistas como Frère Baphomet, fundó la llamada Sociedad Amanecer, grupo sectario y mafioso, relacionado con la trata de blancas en los años ochenta, lo que llevó a su disolución. Zimmer murió en 1997, como parte del gran suicidio en masa de la Sociedad en el rancho llamado El Templo, en California, que supuso el envenenamiento de cuarenta y cinco personas al paso del cometa Hale–Bopp, que consideraban un aviso del fin del mundo.
  2. Las descripciones de lady Iris Zimbalist sobre un imperio primitivo ubicado en una isla en un mar interior en el corazón de África parecen haber sido a su vez la inspiración para las novelas de Philip José Farmer que constituyen el ciclo de Khokarsa, publicado entre 1972 y 2012.
  3. Muchas religiones primitivas muestran este mismo esquema: dos poderosos dioses padres y a la vez hermanos uno del otro. Los fenicios Baal y Tanit, los griegos Zeus y Hera o los nilidios Raal y Shui son ejemplos de esto, entre muchos otros.

 

2016, un año de aventuras que no se detiene

Nunca había estado dispuesto a hacer un balance de fin de año, de ésos tan cansinos en los que el autor juzga qué ha sido importante y qué no, y te lo explica por si no lo has entendido. Vamos a ver, yo también he estado aquí los doce meses y no me habían recluido en ningún monasterio tibetano. Ya me he enterado de la muerte de los famosos, los vaivenes políticos, las noticias del corazón, los accidentes…

Pero esta vez voy a hablar de algo que quizá no todo el mundo ha valorado en su justa medida: la llegada de «La reina demonio del río Isis». En noviembre vio la luz mi segunda novela, una historia de aventuras ubicada en la Nilidia de 1852, por tanto una precuela de la que salió publicada hace dos años: «Nilidiam». Ambas forman una estructura más compleja al estar juntas, y sin embargo pueden leerse de forma independiente.

Nilidia es la localización de la mayoría de mis narraciones, un país ficticio del norte de África que linda, por el este, con Libia; por el oeste con Túnez y Argelia; y por el sur con Níger. En esa estrecha y larga franja de tierra yerma transcurren las aventuras más trepidantes, no sólo las que aparecen en ambas novelas, sino también en los dos seriales de aventuras ya publicados en esta misma web: «Galeras nilidias» y «¡Por los dioses!» (haz clic en los títulos para disfrutar de una lectura emocionante que homenajea a aquellos clásicos folletines de Dumas o Salgari, y también a los tratados de mitología). En el fondo todas son ramas que nacen de un mismo tronco, que es la historia ficticia de un país al que se conoce como la perla del Mediterráneo, codiciado por muchos pero libre a pesar de todo. Libre en su corazón, claro, porque también han sido muchos los imperios que han atravesado la tierra nilidia en busca de sus riquezas, sus habitantes y sus localizaciones estratégicas. En estas publicaciones hallarás a brujas y caballeros, piratas, cañones, galeras y nómadas del desierto. Verás a las tropas de los jenízaros luchando en nombre del sultán Süleyman, a los corsarios nilidios defendiendo su tierra, los esclavistas recorriendo el río Isis en busca de piezas, brujas invocando poderes inmortales, encantamientos elaborados sobre la piel de los hombres, pecados capitales, objetos de poder y guerreros, muchos guerreros. La guerra es el motor que mueve la historia, y en Nilidia no va a ser menos. La historia se mueve en todas direcciones, y aquí podremos verla, por primera vez, mostrándose en todo su esplendor.

«La reina demonio del rio Isis» es la culminación de esa idea sobre la Historia, pues en sus páginas vemos el pasado y el presente de Nilidia, saltando de 1930 a 1852 y de vuelta al presente, de 2016 al lector actual, sin que quede del todo claro qué es cierto y qué no lo es. En cierto modo ésa es la gracia de este proyecto entero: confundir la realidad con la ficción y que ya no sepas distinguir una de otra. Me contaba un amigo que, después de leer «Nilidiam», había ido a consultar Google Earth para asegurarse de que no existía la nación de Nilidia, porque la novela daba tantos datos y tan creíbles que ya no estaba seguro de nada.

En el fondo siempre nos ha gustado que nos engañen. Decía García Márquez que el novelista crea un andamiaje que sustenta la historia, que es un edificio en ruinas que de por sí se caería a pedazos. Escribir una novela consiste en llevar la atención del lector hacia el edificio y que no vea el andamiaje, haciéndole creer que éste no existe. Supongo que a mí me ha gustado mucho el andamiaje y de vez en cuando no está de más señalarlo. Como los árboles que no te dejan ver el bosque, ni falta que hace.

«La reina demonio del río Isis» juega a ese despiste de forma deliberada, desarrollando una historia de amor y seducción en mitad de la guerra que entablaron el Imperio británico y el otomano entre 1852 y 1870 por la posesión de Nilidia. Un espía es el encargado de organizar los planes de la invasión, y frente a él hallará al contrincante más peligroso de todos: la bruja Anofis, la reina del mayor burdel del norte de África, donde los secretos, los placeres y los pecados capitales comparten cada día una taza de té. Ella intentará seducirlo para atraerlo a su bando, y así, capítulo a capítulo, le enseñará el antiquísimo ritual de los diez besos, por el que las mujeres africanas dominan el mundo desde siempre. Un beso por capítulo, una enseñanza, un poder, transmitido de madre a hija desde que la humanidad camina por el mundo.

Presentamos «La reina demonio del río Isis» en Pontevedra el día 26 de noviembre de 2016, y la respuesta fue espectacular. No podía ser en otra ubicación más que en Cinania Libros, claro, un lugar acogedor como ninguno además de divertido, complejo, profundo y sabio, como las mejores librerías del mundo. Allí se reúnen muchos intelectuales y unos cuantos locos —entre los que me incluyo—, capitaneados por el célebre escritor cangués Guillermo Moldes, experto en desembarcos otomanos y tesoros perdidos, con quien ninguna charla, por larga o breve que sea, puede circunscribirse a un solo tema, y su cerebro y el mío bailan la conga entre las historias más diversas. Nunca te aburres, y siempre aprendes algo nuevo. La presentación, en un día frío como las despedidas tristes —más como la de «Robin Hood» que la de «Casablanca»— reunió a un montón de amigos bajo ese techo literario de Cinania. El evento transcurrió como una alocada lluvia de anécdotas, debates sesudos, bromas fuera de contexto y sobre todo risas. Muchísimas risas. La participación de Pablo Morell y Eva del Pozo hizo que mis consabidas cantinelas sobre la conquista del continente africano no resultaran tan aburridas como es habitual, y aun así pudimos meter cada uno nuestras obsesiones: Eva, sus dudas sobre el papel de los personajes femeninos en las novelas de aventuras; Pablo, su preocupación sobre la vida real de los escritores de este género, y si yo pensaba embarcarme en algo parecido; y yo con mis sueños de Burton y Speke, Livingstone, Stanley y otros cuantos genocidas similares. La tarde no defraudó.

El siguiente paso fue el CulturGal, la famosa feria cultural en Pontevedra, donde se juntaron autores, editores y lectores en unos días fantásticos de interacción creativa. Volvimos a estar Pablo, Eva y yo, organizando un debate bastante loco con Ana Pastor y Teresa Egerique, donde ellas dos fueron la parte cuerda y nosotros los extraños especímenes que llevaban la conversación por la senda de lo surrealista. Empiezo a pensar que nos retroalimentamos, y no sé si eso es muy bueno. De aquella ocasión saqué en claro, además, una foto escribiendo con pluma clásica —por fin parecía un escritor de verdad— y el nombre «NILIDIA» trazado con tinta dieciochesca. Me explicaron de qué estaba hecha y me pringué los dedos. Como un niño pequeño.

Lo cierto es que la ocasión fue preciosa. Nunca me había encontrado con tanta ilusión literaria en un mismo sitio. Libros de ilustraciones, poemarios, tazas con la imagen de Rosalía, libretas que muestran el mapa de Galicia como si fuera «Juego de tronos»… El genio no entiende de formas, géneros o materiales, y cuando surge, abrasa como la llama de un dragón.

El tercer paso de esta odisea fue Navia, concretamente la librería El Hobbit, a la que vuelvo siempre, cada vez que tengo un momento libre. Si aún no has visto mi foto saliendo por la puertita de los hobbits, es que no visitas Facebook con asiduidad. Ese lugar es verdaderamente mágico, es el reducto de la fantasía de los niños y los adultos que no quieren ser Hombres Grises como los de Michael Ende. Es el corazón de la ilusión, y como tal valoro cada visita que les hago. El día 16 de diciembre llevamos allí «La reina demonio del río Isis», esta vez presentada por la fantástica Cristina Montañés, que hizo un discurso brillante. Incluso pude leer en alto el primer capítulo de la novela, que representa el primer beso, el más prometedor. Así que todo se volvió magia y todos pudimos compartirla.

Hubo magia en El Faro de Vigo, ha habido magia en La Voz de Galicia, y también en el Benedictus Piano Bar, en el puerto de A Guarda, un local bellísimo donde aún flotan las historias de los marineros de la antigüedad, como si sus espíritus se hubieran enganchado a las redes, a las mesas y sillas donde compartieron tantas cosas, a los rincones perdidos donde se arremolina el calor de la hoguera. Si escuchas con suficiente atención, aún puedes oír sus voces riendo, después de siglos de aventuras, como si fueran el canto de viejas sirenas. Un poco roncas de tanto alcohol, y desgastadas por la miseria de una vida dura, pero sirenas al fin y al cabo. Y su magia no se morirá nunca, porque otros han tomado su lugar, y nadie olvida de dónde provienen. En la noche del 23 de diciembre me dejaron compartir esa magia, y yo les hablé de brujas y piratas, que es mi tema favorito, y todos reímos juntos para celebrarlo.

Ése es el espíritu que anima a esta novela: la magia de los marineros, los corsarios y los hombres de Estado enviados a pacificar una región, frente a los intentos inútiles de los lugareños por resistirse. ¿Es que hoy en día ya no queda nada de eso en el mundo? Hace un tiempo leí que ya todo el planeta está en los mapas, que la cartografía ha avanzado tanto que ya no existen las manchas vacías en el centro del continente africano. Y no hay paraísos exóticos por descubrir, ni pueblos aislados por la climatología.

Así que tal vez sea hora de retomar los sueños, de buscar nuevas aventuras en parajes ficticios, o puede que no sean tan ficticios, porque Nilidia en realidad es una parte de todos nosotros. Es la ilusión por ser libres a pesar de lo dolorosa que puede llegar a ser la vida. Es la aventura en estado puro.

Pontevedra, CulturGal, Navia y A Guarda han sido los cuatro primeros pasos de «La reina demonio del río Isis», conformando una primera fase que ha superado con creces cualquier expectativa. ¿Qué vendrá ahora? ¿Qué nos espera cuando pasen las fiestas?

Paciencia, paciencia, amigos aventureros. Esto no ha hecho más que empezar, y 2017 será el año de la reina demonio.

Respirad hondo.

Luego no digáis que no estabais preparados…

«Por los dioses», capítulo sexto: Levantar una nación con ladrillos prestados.

«¡POR LOS DIOSES!»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 23 de febrero de 1930.

Decía Joseph Conrad en «El corazón de las tinieblas» que la colonización consiste en quitarle la tierra a gente que tiene la tez de otro color o narices algo más chatas que las nuestras, y que no es nada agradable observada con atención. Un gran eufemismo para alguien que contempló con sus propios ojos los horrores que países supuestamente civilizados han estado cometiendo en África durante milenios. La historia de la humanidad consiste, a la postre, en el uso de la fuerza bruta en todas sus formas, y en la habilidad de los vencedores para reescribir los hechos con el fin de que eso no parezca que fue así.

Si en el capítulo anterior de esta crónica tratábamos sobre la esclavitud en el continente africano —materia de dictámenes políticos y fuente de abundante riqueza desde que existen registros históricos—, hoy hablaremos sobre los colonizadores. Decía Henri Jervé que la única moneda que ha permanecido vigente en África durante toda la historia es la piel del esclavo negro. Sólo en épocas muy recientes se ha abolido la esclavitud de manera legal —en Nilidia, a partir de 1852, cuando la revuelta popular de Basser obligó al Consejo de Notables a negociar con los golpistas y prohibir la esclavitud en todo el país; y ya de un modo definitivo en 1870, con la llegada del Ejército británico (1)—. Sin embargo, hoy África se enfrenta a un esclavismo mucho más cruel y silencioso: el económico. Grandes compañías de explotación se han abalanzado sobre los abundantes recursos africanos y, con la salida del Imperio otomano de muchos países, ahora consideran que todo les pertenece a ellas. Las principales cuencas mineras, los campos y los ríos se dedican a producir riquezas para las naciones europeas, condenando a la población local a la miseria con el fin de que dependan por completo de las compañías para sobrevivir. Nadie se arriesgará nunca a levantarse en armas contra los blancos ricos que los están sometiendo, pues la única opción que les quedaría sería entregarse a la pobreza y la condenación (2).

Un ejemplo de esto es la región minera de Fawar, en el sur de Nilidia, donde apenas se ha sentido el cambio de gobierno. La derrota del Imperio otomano en esta zona no es prácticamente conocida, y muchos de sus habitantes viven en las mismas condiciones que durante el siglo pasado. Dice Taymullah Farûq en sus escritos que la libertad en Nilidia es una burla, pues se hace saber al esclavo que ahora es libre gracias al Imperio británico, y por ello, en agradecimiento, debe entregar su vida al libertador. Una ironía que se sufre especialmente en Fawar.

Pero, como decimos, esta situación viene de antiguo.

Desde el establecimiento de los primeros grupos humanos en torno a la fértil vera del río Isis, muchos han sido los grandes imperios que se han fijado en Nilidia y han intentado hacerla suya. Las épocas en las que dividimos la historia de esta hermosa nación son las de sus conquistadores, cada cual pasando por allí y dejando su legado en forma de gigantescas construcciones, lengua, costumbres y dioses, a cada cual más pintoresco. En este sentido es particularmente importante la frase del profesor Farûq, según la cual la historia de Nilidia es un muro construido con ladrillos prestados, cada uno proveniente de un horno distinto, y por eso no siempre sus medidas coinciden, y por eso el muro ha salido como ha salido. Cada imperio estableció allí a su gente y formó un pequeño reino afín a sus intereses, que es de donde provienen las modernas provincias que conforman hoy en día el mapa nilidio: en el norte, Nilum, un poderoso reino fenicio hermanado con Cartago (y que ha devenido en la provincia de Ranuhi); al oeste, en torno al Isis, Rávenon, que guardaba mucha más relación cultural y comercial con el Egipto de los faraones (y a la que debemos lo que hoy es Basser); al sur, alrededor del desierto de Azura, Pristia, fundada por los romanos para explotar sus minas (en lo que se conoce actualmente como Fawar); al este, la capital, Nilur, erigida por el Imperio otomano en 1564 alrededor del palacio del entonces gobernador Afîl Deleh, tras ordenar asesinarlo (3); al sureste, como último lugar de civilización humana antes del desierto, Abbas, fundada por nómadas alai junto al oasis del mismo nombre (y que hoy alberga la diminuta aldea de Deleh, patria de la familia a la que debe su denominación); y al sur, junto a la frontera con Níger, Opar.

La mítica Opar. La negra y soñada Opar, protagonista de cientos de historias a lo largo de los siglos, inspiradora de las hazañas más portentosas, los viajes más increíbles y las novelas más imaginativas. Patria de las mujeres más bellas del mundo y los hombres más fuertes —fuertes hasta el punto que sus enemigos los comparaban, en diversos escritos, con simios o con bestias primitivas—.

Las minas de diamante de Opar son las más codiciadas del mundo, razón por la cual muchos han sido los ejércitos que han pretendido conquistarla, y todos hallaron enfrente a las tropas más temidas de cuantas se conocen: los Hombres Leopardo, los soldados de infantería más célebres de la historia —seguidos de lejos por los jenízaros otomanos y los corsarios de las islas de Pago—. Protegida tras las inexpugnables montañas de Kalarak, durante siglos Opar se ha mantenido intacta frente a las ansias de conquista extranjeras, y aún hoy ese territorio continúa autoproclamándose independiente de cualquier gobierno. Opar sólo rinde lealtad a su propio matriarcado, encabezado por la reina La, suma sacerdotisa del culto del Sol —al que ellos conocen como el Dios Llameante—, y de quien se cree que vive desde hace eones gracias a la sangre de sus enemigos. Los historiadores afirman que antiguamente los oparianos realizaban sacrificios rituales a su dios y después devoraban a sus víctimas, sirviéndose de sus almas igual que de sus cuerpos. De este modo era como la reina habría logrado la juventud eterna. La realidad es que el cargo de suma sacerdotisa —y con él el nombre de La y el gobierno del matriarcado— se ha heredado de madres a hijas desde hace siglos, en una línea de sucesión indeleble que deja en ridículo a cualquier monarquía del mundo.

Según la leyenda local, el Dios Llameante descansa por las noches tras las montañas de Kalarak, en el misterioso reino de Opar, donde duerme en el regazo de la diosa Entinu, que personifica a la tierra. Entre ambos nació el amor al comienzo de los tiempos, y el producto de ese amor es el río Isis, que nace en Opar y luego atraviesa toda Nilidia.

Del mismo modo, la suma sacerdotisa La personifica a la diosa Entinu, y sólo el Dios Llameante podrá emparejarse con ella, en los rituales de adoración al Sol que perpetúan el linaje. Hoy en día ya no se realizan prácticas caníbales en Opar, aunque la región es célebre por albergar a diversas sociedades secretas africanas que han encontrado allí un gobierno propicio al ocultismo que permite sus actividades: grupos como la Hermandad del Dios Mono, la Sociedad Leopardo y la Sociedad Cocodrilo actúan en la clandestinidad en la ciudad de Opar, sin que ningún gobierno haya podido controlarlos. Trataremos de ellos en el siguiente capítulo.

Opar es celosa de sus secretos, y por eso, a diferencia del resto de Nilidia, aún permanece como la última región inexplorada del mundo.

Nilidia no es tanto un país como una confederación de reinos autónomos, con una historia, un origen y un idioma propios que intentan conservar. Cada uno de los grandes imperios que por allí pasaron dejó su impronta en alguna región, y por eso la historia de Nilidia, igual que la del resto de África, no puede entenderse sin la de sus colonizadores, sus aportaciones, sus dioses y sus leyendas.

Y ésa, sin dudas, es la crónica más apasionante de todas.

REFERENCIAS

(1) Para conocer la historia completa de la revolución de Basser, consultar «La reina demonio del río Isis», publicado en nuestro país por Editorial Trymar en noviembre de 2016.

(2) La fe que mostraba Allan Walker en la capacidad de la población nilidia para la sublevación era escasa en esta época, tal y como ocurría con la mayoría de sus coetáneos. Esta situación cambió fundamentalmente con el horror de la revuelta de Ranuhi, en la costa norte de Nilidia, el 13 de mayo de 1930. La matanza sistemática de más de mil ciudadanos británicos durante esa noche demostró al mundo que sin duda habían subestimado al llamado Movimiento de Liberación Nilidio, y la monstruosa respuesta armada del Ejército británico obligó a una pronta intervención internacional para intentar calmar los ánimos. La Sociedad de Naciones tomó cartas en el asunto, sin que se llegara a ningún acuerdo hasta la proclamación del rey Abdel Haqq.

(3) La trágica historia del gobernador otomano Afîl Deleh y los horrores que se cometieron en Nilidia durante su gobierno también aparecen narrados en «La reina demonio del río Isis», de Editorial Trymar.

«Por los dioses», capítulo quinto: Colonialismo y mortalidad.

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 16 de febrero de 1930.

 

Decía Henri Jervé en varias de sus obras que «Nilidia dejó de ser ella misma el día en que prosperó tanto que llamó la atención de los grandes imperios, cuya voracidad se cebó especialmente en el continente africano». Y bien lo sabe él, que estudió durante años el horror de la esclavitud, el traslado forzoso al Nuevo Mundo de millones de personas y el drama de convertirse en una simple mercancía.

Jervé cuenta en su libro «El niño esclavo» la historia real de un Niño sin Nombre nacido en 1560 en una aldea pobre del sur de Nilidia, en el área de la hamada, junto a las grandes dunas del desierto de Azura. Su vida estaba destinada a limitarse al pastoreo de cabras en aquellas tierras desoladas, hasta que él y todos sus paisanos, una aldea entera, fueron capturados por esclavistas árabes, vendidos a piratas negreros del río Isis, enviados por la fuerza a las islas de Pago y finalmente embarcados como sirvientes en dirección a América. Éste fue el drama de millones de personas a lo largo de muchos siglos, alimentando las arcas de viles gobernantes. De hecho el barco que nombra Jervé en su obra fue uno de los últimos en salir desde Pago hacia América cargado de esclavos, ya que en 1564 se produjo la revolución de los corsarios de Pago contra el Imperio otomano, bajo las órdenes de la dama Escila, que resultó en la destrucción completa del archipiélago y el final de la esclavitud en esas tierras (1). Habría de pasar largo tiempo hasta que alguien volviera a establecerse en Pago, y con ello regresaron los piratas. Pero ésa es historia para otro día.

El caso es que aquel Niño sin Nombre fue conducido bajo tortura a la isla de La Española, donde el capitán del barco negrero —el genovés Aldo Coretti, patrón del navío El Comendador— lo vendió a un terrateniente dueño de vastas plantaciones azucareras. En aquella época las tierras del Nuevo Mundo requerían abundante mano de obra para el cultivo, y las autoridades habían decretado que los hombres negros estaban a la altura de las bestias en lo que al alma se refiere —fray Bartolomé de las Casas escribió que los indígenas americanos también eran hijos de Dios, por lo que ningún esfuerzo era excesivo a la hora de evangelizarlos, mientras que los negros carecían de alma, y por tanto eran los más adecuados para los trabajos forzosos (2)—. Esto dio pie a un lucrativo negocio que atravesaba medio mundo: esclavistas árabes recorrían las proximidades del desierto en busca de gente a la que nadie fuera a echar de menos; los piratas se movían a lo largo del Isis transportando su valioso cargamento, viajando hacia el sur hasta las regiones de los ríos Magara, Benue y Níger, donde entraban en contacto con tribus salvajes como los yoruba, para después regresar a la desembocadura del Isis en el Mediterráneo, y en concreto al imponente enclave que suponía el archipiélago de Pago, centro de operaciones de toda la red; y finalmente piratas del Trópico recorrían la distancia que los separaba del mar Caribe, donde cualquier negro veía su precio multiplicado. Este largo periplo no era fácil de completar, sobre todo por las inhumanas condiciones a las que eran sometidos los esclavos, por lo que muchos morían antes de llegar. Ante el más mínimo signo de debilidad, los esclavistas no dudaban en sacrificar su carga, bien dejándola abandonada en pleno desierto o arrojándola por la borda.

El mundo entero ha sido abonado con los restos de los hijos de África, cuyo suplicio no ha tenido fin hasta días recientes, con la llegada de los hombres blancos y su proceso de colonización. Hoy las condiciones de vida en África no tienen nada que ver con aquéllas, y los negros disfrutan de una cultura y una riqueza impensables hasta ahora. Podemos estar satisfechos del trabajo realizado en África por las grandes potencias occidentales, aunque, desde luego, todavía queda mucho por hacer (3).

Sin embargo, el Niño sin Nombre no tuvo tanta suerte, y apenas llegó vivo a América. Famélico, exhausto y con un pie gangrenado, puso todos sus esfuerzos en ocultar su miserable estado, pues era consciente de lo que hacían los esclavistas con los más débiles. Ya en La Española, bajó del barco por sí mismo, aunque apenas era capaz de caminar, y se unió al resto de sus compañeros para asistir a la venta de esclavos. Sabía que no tenía posibilidades de ser comprado. Él no valía para trabajar en el campo, ni para remendar sábanas, ni para cuidar a los hijos del dueño, así que ¿quién iba a estar interesado en él? Y, si nadie lo compraba, los piratas habían prometido que lo darían de comer a los perros. Seguramente vivo.

Así que hizo lo único que estaba a su alcance: aguzar el ingenio.

Ante aquel grupo de esclavos sucios, enfermos y harapientos se presentó François Jervé, el gran terrateniente, acompañado por su hija Nicole. Ellos estaban acostumbrados a adquirir trabajadores en ese estado, y solían curarlos y alimentarlos en su casa hasta que realmente estaban en condiciones de realizar las tareas del campo. Pero, incluso para los ojos del viejo propietario, el Niño sin Nombre presentaba un aspecto lamentable.

Entonces, y sin previo aviso, éste hizo algo inaudito: se puso a cantar. Era una canción ancestral nilidia que las ancianas solían cantar junto a las hogueras, y, aunque su voz sonaba como un grillo chillón, aquel sonido fue el más dulce que la pequeña Nicole había escuchado en toda su vida. Es más, al reconocer la tonada, el grupo entero de esclavos se puso a llorar amargamente, pues con cada nota venían a sus ojos imágenes del hogar perdido. La niña se acercó hasta él y le preguntó qué era lo que estaba cantando. Por toda respuesta, él entonó otra pieza, esta vez un agudo soniquete que había escuchado a los nómadas del desierto de Azura. Y después un estribillo rimado muy habitual en los puertos del río Isis. Y después una canción de cuna del norte de Nilidia.

A François Jervé y su hija les llevó un rato darse cuenta de que el niño no sabía hablar, y de que la única forma que tenía para comunicarse con el mundo era cantando. Los otros esclavos explicaron que el Niño sin Nombre era el último superviviente de una modesta aldea de montaña, una de las más pobres, ubicada al pie de una peligrosa cumbre donde solían producirse aludes casi a diario. Tan arriesgado era vivir allí que los lugareños se habían vuelto mudos, para evitar que ningún sonido desprendiera las rocas. En realidad sus gargantas estaban perfectamente bien, pero desde niños aprendían a guardar silencio por su propia seguridad. De modo que, cuando los esclavistas asaltaron el pueblo y raptaron a toda su gente, lo que más asombró al Niño sin Nombre fue la música. El contacto con otros pueblos lo dejó paralizado y, aunque nunca había aprendido a hablar, las canciones se grabaron a fuego en su cabeza. Así que, cuando su vida dependió de que pudiera comunicarse, la forma que se le ocurrió fue mediante música.

Lo demás es historia del mundo. La niña se quedó encandilada con la prodigiosa voz del esclavo, François Jervé lo compró y lo llamó Henri, y así dejó de ser un Niño sin Nombre. Procuró para él los mejores cuidados, lo alimentó y permitió que estudiara en su biblioteca junto a su propia hija —algo impensable en aquella época— y, con el paso de los años, le dio carta de libertad. Los esclavos casi siempre morían como esclavos, era inaudito que un terrateniente otorgara un premio así a un hombre negro. Pero Henri Jervé no era un hombre más, era un espíritu libre que había nacido para volar. El viejo terrateniente lo supo sólo con verlo, por eso lo acogió bajo su techo como si fuera otro de sus hijos. Años después, este niño mudo se convirtió en uno de los mayores estudiosos sobre la historia de África, aprendió de los maestros más importantes del mundo y, no sin esfuerzo, volvió a su tierra. Visitó Nilidia cuando ya era un hombre adulto, y Nilidia no había cambiado en absoluto. Las redes de esclavistas seguían actuando de la misma manera, los barcos seguían partiendo en dirección a América, ya no desde las islas de Pago, pero sí desde el puerto de Ranuhi. Los hombres seguían siendo mezquinos en aquel lugar, y su vieja aldea seguía desierta, con los cuerpos de muchos de los suyos abandonados a la intemperie, aquéllos que se habían resistido o habían sido desechados por los esclavistas.

Henri Jervé ya no pertenecía a aquel lugar, quizá realmente ya no pertenecía a ninguno, por eso escribió su autobiografía en 1605, para alertar a la gente de su tiempo de los horrores que se estaban cometiendo en África, y que aún tardarían mucho tiempo en desaparecer.

La esclavitud no sería erradicada por completo de Nilidia hasta su conquista por parte del Imperio británico en 1870. Las redes de esclavistas fueron perseguidas hasta que todos ellos acabaron en prisión o hundidos con sus monstruosos barcos negreros. El Ejército británico no tuvo piedad con ellos.

«El niño esclavo» es considerado como una de las mayores joyas de la literatura nilidia, y una copia de la primera edición descansa hoy en el Museo de Historia de Nilur, junto a textos tan importantes como las tablillas donde fue escrito el primer discurso de Yaiza Deleh, fundadora del moderno Estado nilidio (4). Henri Jervé fue uno de esos millones de africanos víctimas de la depredación de los conquistadores extranjeros, bien de los blancos europeos o de los otomanos. Hoy podemos decir que tal atrocidad se ha extinguido para siempre, pero sirva este pequeño homenaje para recordar que tales cosas ocurrieron hace no tanto tiempo, y no deben repetirse jamás.

REFERENCIAS

(1) El propio Allan Walker escribió una larga crónica acerca de estos hechos, mitad histórica y mitad fabulada, en su serial «Galeras nilidias», que también se puede consultar en esta página web.

 (2) El envío de esclavos africanos al Nuevo Mundo comenzó ya en la primera mitad del siglo XVI y duró hasta el XIX. Fray Bartolomé de las Casas es considerado uno de los primeros instigadores de tal comercio, aunque se sabe que criticó con dureza las condiciones en que vivían los esclavos. La leyenda negra acerca del clérigo, con frases como la que nombra Allan Walker, parece haber partido de autores franceses del siglo XVIII. Recientes estudios apuntan a historiadores de esa época, que popularizaron la imagen del fraile defensor de los indígenas a costa de la venta de población negra.

(3) Son numerosos los trabajos en los que Allan Walker justifica la colonización europea en África. Hasta 1930, él creía firmemente que los pueblos africanos habían avanzado en su cultura gracias a los europeos. Por contra, criticaba con dureza la crueldad que muchos conquistadores habían demostrado, como Henry Morton Stanley. Walker exponía abiertamente en sus escritos las matanzas que realizaban el Ejército británico y el alemán, intentando así movilizar a la opinión pública occidental ante sus gobiernos. En este mismo sentido, Walker conoció en 1930 al profesor Taymullah Farûq, entonces cabecilla de la revolución nilidia, junto al que descubrió la verdadera naturaleza de la región y terminó por cambiar de parecer. A partir de entonces, Walker comenzó a abogar por la independencia de los pueblos de África, llegando incluso a entrevistarse con políticos europeos, lo que le puso en el punto de mira de los extremistas. Su destino final fue consecuencia de esto.

(4) Para conocer la historia completa de Yaiza Deleh, consultar «La reina demonio del río Isis», publicado en nuestro país por Editorial Trymar en noviembre de 2016.

«Por los dioses», capítulo cuarto: Los Reinos Jóvenes

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 9 de febrero de 1930.

La explosión demográfica de unos pueblos que buscaban sobrevivir a cualquier precio y la fragmentación de los grupos humanos empujados al nomadismo llevaron a la formación en Nilidia de numerosos reinos independientes alrededor del año 3000 a. C. De algunos tenemos verdadera constancia histórica, como sucede con Nilur y Rávenon, mientras que otros han sido popularizados por leyendas locales que han perdurado generación tras generación, sin que exista ningún documento que los avale.

Así ocurre con Murzak —que significa, literalmente, «El reino de un solo hombre»—. Según la tradición, Murzak era el mago más poderoso de su tiempo y el último superviviente de un pueblo de hombres—reptiles que habían luchado contra la humanidad, y perdido, al comienzo de los tiempos. Azura, el primer rey de los hombres, le permitió seguir vivo con tal de que nunca se volviera a cruzar en su camino, de modo que Murzak se exilió a las montañas de Hajuzah y formó un reino habitado tan sólo por él, del que era monarca y único habitante. Los más ancianos decían que en el reino de Murzak era donde se fabricaban las pesadillas que acosan a los hombres por la noche, ya que ése era el único momento del día en el que el brujo aún podía atacar a sus antiguos enemigos sin recibir la ira de Azura. También contaban que las almas de los grandes reyes nilidios iban a parar a Murzak por toda la eternidad, para enfrentarse a esas pesadillas en una batalla eterna, protegiendo a los hombres a costa de la paz del descanso.

Los héroes nunca tienen derecho a descansar, eso es algo común a muchas leyendas.

El reino de Extinta estaba habitado por todos los seres que habían fallecido desde que el mundo existe. Allí se reunían bestias primitivas, hombres de las cavernas y los antepasados de los habitantes de los pueblos actuales. Se suponía que Extinta se encontraba en todos los lugares a la vez —según otras versiones, en lo alto de una montaña protegida por una espesa niebla, igual que el Olimpo— y podía llegarse hasta allí mediante alguna clase de trance hipnótico, como hacían los chamanes. Esta creencia entronca con el culto a los muertos, los enterramientos rituales, el recuerdo de los antepasados —con la creación de pequeñas figuras que podían llevarse a cualquier parte, a modo de amuletos, algo muy común tiempo después en el mundo grecorromano— y el animismo. También se daba por hecho que Extinta estaba gobernada por los mejores seres de cada especie, fuera ésta cual fuese, con una suerte de meritocracia muy común entre los pueblos antiguos, que por tanto veían a sus dioses como una versión más elevada de sí mismos, con la misma estructura social.

Lady Iris Zimbalist consideraba que esta leyenda se encontraba también a la base de las muchas narraciones sobre mundos perdidos que han abundando en la literatura del siglo XIX y comienzos del XX. Islas remotas pobladas por dinosaurios, continentes subterráneos, ciudades halladas bajo el hielo de la Antártida… Es bien sabido que autores como Julio Verne, Edgar Rice Burroughs, lord Dunsany, Howard Phillips Lovecraft y Edward Bulwer—Lytton conocieron de primera mano las narraciones nilidias y egipcias de tiempos antiguos, ya que éstas se habían hecho muy populares entre los círculos literarios de sus respectivas épocas. Chistes y fábulas parcheadas que se usaban para animar las veladas de joyas, vino y música de la nueva aristocracia, y que estos autores solían transformar en argumentos para sus relatos, intercambiando con frecuencia notas entre ellos.

De igual modo que ocurrió con otra leyenda muy popular entre los pescadores del río Isis: la de los Navíos Blancos. A semejanza de la historia del reino de Extinta, se contaba que una flota de grandes embarcaciones de aspecto fantasmal recorría de noche el Isis, protegida por bancos de niebla y tripulada por las almas de hombres malvados, a los que los espíritus habían condenado a vagar para siempre —nótese aquí el aspecto de moralidad, que no aparece en Extinta, donde todos los seres habitaban en comunión con su entorno—. Si alguien era visitado por los Navíos Blancos o lograba divisarlos a lo lejos, su final estaba próximo, y pronto montaría en uno de ellos.

Siglos después, cuando una gran masa de población negra se mezcló con los nilidios originales —como consecuencia del comercio de esclavos provenientes de regiones al sur de Azura—, las leyendas también cambiaron, y se decía, como frase hecha, que, cuando una persona había pasado por un trance complicado que había puesto en peligro su vida o la manera en que la disfrutaba, era que «le habían visitado los Navíos Blancos». Lady Iris opina en sus libros que esta expresión debió sin duda de llegar a oídos de Lovecraft, el cual la utilizó como base para uno de sus relatos.

Como decimos, las migraciones han cambiado desde siempre la «geografía de los dioses». Como ejemplo tenemos el extraño caso del llamado «Templo de Shui Entinu», una versión del culto a la diosa Entinu —propio de las montañas de Kalarak, en el sureste nilidio— que fue hallada, sin embargo, bajo las ruinas árabes de la ciudad de Ranuhi, en plena costa norte. Las investigaciones dataron el hallazgo como edificado en la primera mitad del siglo XVII, sin duda obra de mujeres esclavas a las que se obligó a emigrar al norte y trabajar para familias ricas de Ranuhi, llevándose consigo sus creencias. El presente texto no pretende ahondar en tales pormenorizaciones y, si se desean más datos acerca de las corrientes migratorias, voluntarias o forzadas, lo más adecuado sería consultar la obra del etnógrafo Henri Jervé.

También de aquella época data la leyenda sobre el reino de las Águilas, que a día de hoy aún se sigue contando entre los pueblos nómadas del desierto de Azura. Según parece, el dios Setesh aceptó a los hombres de las dunas como sus sirvientes a cambio de un privilegio: sus almas nunca se mezclarían con las de otros seres y vivirían por siempre en su desierto, tomando la forma de águilas. Por eso este animal se considera sagrado y los alai lo emplean como tótem.

Los nativos de las aldeas situadas alrededor del gigantesco lago Braemar —llamado lago de Kinae antes de la dominación británica— creen que los cocodrilos del pantano albergan antiguos espíritus que dominaron la Tierra al comienzo de los tiempos, antes de ser derrotados por la pareja de dioses que formaban Raal y Shui —análogos de los Baal y Tanit fenicios—. En vista de las muchas víctimas que había ocasionado la ancestral guerra entre dioses del cielo y espíritus de la tierra, la diosa Shui lloró amargamente, y sus lágrimas se convirtieron en una lluvia torrencial que inundó el reino de los espíritus, sepultándolo bajo las aguas de lo que ahora es el lago. Los espíritus, incapaces de seguir luchando, renunciaron a sus lujosos palacios y se convirtieron en cocodrilos, alcanzando de este modo una paz duradera. Así, año tras año, las aguas del deshielo de las montañas de Hajuzah van a nutrir al lago Braemar, para que los espíritus nunca puedan liberarse de su encierro.

Al sur del lago, en la zona que ahora delimita la hamada de Azura, antes de dar paso a las dunas, es donde se cree que existía, hace muchos siglos, el reino de los Árboles que Caminan. Más antiguos que los hombres, estos árboles formidables podían desplazarse, aunque lo hacían muy despacio. Su sabiduría era enorme, ya que habían conocido diversas épocas de la historia del mundo. Sin embargo, todos ellos perecieron en la batalla contra los hombres, que necesitaban el lago para sobrevivir. Todos excepto uno: Kabún, el más sabio, que se aferró al suelo y se negó a que nadie lo moviera del reino que habían creado con tanto esfuerzo. Y cuando sus hermanos fueron destruidos por los belicosos humanos, Kabún llenó el aire con sus semillas y germinó en todos los lugares, incluso al otro lado del mar. Así fue como la vegetación se extendió por el planeta. Siglos después existió un gran árbol en esa región, al que los lugareños llamaban cariñosamente Kabún, y que fue clave en distintos episodios de la historia nilidia: se considera que fue el modelo sobre el que se ideó la bandera de la nación en 1580, la cual representa un álamo negro sobre fondo rojo; Yusuf Kembé, Padre del Estado, fundó allí la ciudad de Nilur y la nombró capital de Nilidia; por último, el árbol fue devorado por el terrible fuego que asoló Nilur en 1870 —y que se considera provocado por el Ejército británico para hacerse con la ciudad—. Ahora ya no existe ningún Kabún, y los más ancianos de Nilur avisan de que se acerca un desastre como consecuencia de ello, pues no se debe importunar a los espíritus, ni siquiera a los que viven fijos en la tierra y no se pueden mover.

Las más ancianas de la región de la costa norte cuentan la historia de un reino fantástico poblado por seres mucho más evolucionados que los hombres, que por aquel entonces no eran más que bestias. Sin embargo, las bestias son temibles en una guerra, y por eso derrotaban a cualquier enemigo que se les presentara —nótese la presencia constante de la guerra como elemento clave de muchas leyendas, apareciendo como motor de la evolución de los pueblos, tal y como luego opinaría Heráclito—. En un último acto de generosidad antes de extinguirse, estos seres portentosos regalaron a los hombres el lenguaje y la música, considerados por los nilidios como las dos cualidades que los separan de las bestias y los igualan a los dioses.

Por último, nombraremos la leyenda de la antiquísima guerra que libraron los hombres contra los espíritus primordiales, por la que los primeros se hicieron dueños del mundo y los segundos se vieron obligados a mostrarse únicamente a través de signos. De esta manera, los espíritus comenzaron a influir en el alma de los hombres, unos para atraerlos hacia el bien y otros hacia el mal, por lo que dicen los pueblos del Isis que cada corazón deberá librar su propia guerra y decidir por quién se quiere dejar influir. Así nacieron los mitos sobre espíritus buenos y malos, como los ghoul, súcubos, íncubos, los shazrah o los pastores de pueblos.

Un sinfín de leyendas, en definitiva, sobre los reinos que habitaron aquella Nilidia inicial, primitiva y dispersa, cuando la grandeza ya había desaparecido y sólo la necesidad de sobrevivir evitaba que ellos también se extinguieran. El siguiente paso lógico, como veremos en los siguientes capítulos, era que los grandes imperios de la época se fijaran en ella y decidieran saquear sus materias primas.

En adelante los dioses dejaron de ser propios y pasaron a ser los que les fueron prestando.

«¡Por los dioses!», capítulo tercero: A orillas del río Isis.

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 2 de febrero de 1930.

La principal característica que define a los mitos es la transmisión oral. Las grandes historias de dioses y héroes han perdurado viajando de boca a oído durante muchos siglos, y de los valles a las montañas de África siguiendo las migraciones de aquellos pueblos primitivos. Esto hace que, en muchas ocasiones, esos mitos sean contradictorios, presentando narraciones inconexas de las que no quedaron registros hasta la Edad Media, cuando cronistas europeos interesados en inmortalizar las tradiciones árabes como fray Enrique de Braemar, Marcus Zinner, Julius Kao o Henri Jervé nos legaron las versiones que desde entonces se han convertido en ortodoxas. El esplendor de la antigua Azura, el amor imposible entre Setesh el Rojo y Asir la Negra, el pescador de quien se enamoró la diosa Shui y dieron a luz a la reina Nilat, fundadora de la nación de Nilidia… Sin embargo, esos mismos autores reconocen que los distintos grupos humanos dispersos por la geografía nilidia han caracterizado a sus dioses de un modo no siempre coincidente. Los pueblos negros de las tierras al sur de Fawar creen que existe una fuerza universal llamada Magara, a la que están unidas las almas de todos los seres vivos y muertos y que no se diferencia tanto del concepto de «dios invisible» de los cristianos, al que se unen, del mismo modo, las almas de los que fallecen sin pecado. En cambio, las tribus matriarcales que habitan las montañas de Kalarak, al sur de Nilidia, adoran a la diosa madre Entinu, que dio a luz a todos los seres vivos del universo y por eso consideran que son hermanos de los animales y las plantas, quizá como consecuencia de la aridez de su territorio, en el que cualquier árbol o liebre puede decidir la supervivencia de un pueblo.

En el fondo todos los dioses son parecidos: la diosa Entinu es similar a Isis que dio nombre al rio que atraviesa Nilidia de sur a norte, a Shui que los reinos de la costa norte tomaron de los fenicios y también a la Virgen María, ya que la religión católica reinterpretó los mitos locales en aquellas regiones por las que se iba extendiendo, y de ahí su gran éxito. El simbolismo de la Diosa Madre aparece en la mayor parte de culturas conocidas, lo que hace pensar en patrones psicológicos comunes a todas, como apunta en sus estudios el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, de quien este autor se declara gran admirador.

Tras la desertización de la región de Azura, en el centro y sur de Nilidia, sus pobladores se volvieron nómadas y buscaron tierras nuevas que garantizaran su supervivencia teoría de la Gran Diáspora Nilidia, publicada por sir William McKenzie en 1872. La mayor parte de ellos se establecieron en las orillas del formidable río Isis, que discurre desde el corazón de las montañas de Kalarak —al sur del sureste del país, luego atraviesa el desierto creando a su paso zonas fértiles que permitieron que la vida saliera adelante y finalmente desemboca en la costa norte a la altura de la ciudad de Ranuhi, donde recibe el nombre de río Ranu.

Alrededor del año 3000 a. C., las orillas del Isis estaban pobladas por un sinfín de grupos humanos que vivían de la agricultura y la ganadería, mientras algunas tribus nómadas recorrían el desierto en busca de oasis. Esta distinción entre la fértil vera del río de color negro, por el limo y la aridez del desierto amarillo rojizo parece ser el origen de la ancestral canción Ebediyet «Eternidad», propia de los nómadas alai, y con la que enseñan a sus hijos el origen del hombre:

Negra y rojo eran al principio,

negra y rojo los parieron,

la diosa que vive en el limo

y el dios que reina en las dunas.

Madre y padre de todos los hombres,

una es la vida y otro la muerte,

ella cría a sus hijos

y él los devora.

Negra y rojo eran al principio,

negra y rojo los parieron,

reyes son sus hijos,

señores de la creación.


Este autor que firma puede dar fe de cómo esta breve cantinela ha pasado de padres a hijos durante siglos en los importantes consejos de las hogueras que celebran los
alai, unidos como una sola familia que se protege de los rigores del desierto. Si no fuera por su compromiso con la tribu como un todo, sin duda las terribles condiciones de vida de Azura habrían acabado con ellos hace largo tiempo. El hambre, el calor infernal y la ausencia de agua potable han creado en este pueblo una voluntad inquebrantable, una lucidez infinita en sus ojos y una fortaleza de espíritu que les llenan de felicidad, incluso en esos lugares que más parecen el propio infierno. Ellos no creen que existan el Bien ni el Mal como conceptos absolutos a diferencia de lo que narra La Épica de Murtaka, como veíamos en el capítulo anterior de esta crónica, y que, según la leyenda, es lo que terminó con el imperio de Azura, sino que son aspectos diferentes de una sola alma humana. Por eso el alma debe fortalecerse igual que el cuerpo, expuesta a rigores como aquéllos y siempre a piques de flaquear. Si un solo miembro de la tribu es débil, toda la tribu perecerá con él. Es sabido que en la antigüedad existían lugares de sacrificio en casi todos los asentamientos importantes del norte de África, incluso de niños en algunas ocasiones véase al respecto la investigación que realizó lady Iris Zimbalist acerca del tofet de Cartago, cuya estructura como necrópolis infantil se repite de manera sistemática por medio continente, lo que sir William McKenzie achacó a la diáspora de los pueblos nilidios huyendo de la desertización. Los dioses fenicios Baal y Tanit exigían sacrificios humanos, igual que Isis, a la que se adoraba en aquellas riberas fértiles desde tiempos inmemoriales (1). El resultado práctico era la purificación de las tribus, que así se libraban de sus miembros menos capacitados y mejoraban sus capacidades de supervivencia (2).

La leyenda, como es referida en aquellos consejos de las hogueras, afirma que una mujer nilidia llamada Asir se enamoró perdidamente del dios Setesh, rey de las serpientes y de las mentiras. Ella era la matriarca de las tribus que acampaban junto al río, y él personificaba a los pueblos que reinaban en el desierto, a los que protegía con su poder divino. Esta unión era impropia en todos los sentidos, pero fue celebrada por los hombres, ya que de este modo podrían aliarse ambas formas de vida y conjurar otra vez a toda la humanidad bajo una misma bandera, tal y como había sido al principio de los tiempos la leyenda divaga aquí sobre a qué se refiere con «el principio de los tiempos», pero podemos suponer que hablan de Azura, el primer imperio, que se escindió por el egoísmo de sus pobladores, como vimos en capítulos previos de esta crónica.

Setesh yació con ella y tuvieron diez hijos, llamados a gobernar la Tierra por encontrarse su naturaleza a medio camino entre la de los hombres y los dioses. Sin embargo, Asir nunca entendió que su emparejamiento con un dios había sido impropio, y que él jamás podría quedarse a su lado mucho tiempo, pues ambos provenían de mundos muy distintos. Una noche aciaga Setesh se levantó de su lecho, en el palacio que había construido en las montañas de Kalarak junto al nacimiento del río y del desierto, a medio camino de ambos mundos y asesinó a toda su familia. Tomó un puñal de oro y segó la vida de su esposa y de sus diez hijos, arrojando los cuerpos al río. Después regresó al cielo y se unió otra vez a sus hermanos dioses, para no volver jamás a la Tierra.

Lo que él no esperaba es que los pueblos de la ribera comenzasen a adorar a Asir como su propia diosa, con un fervor y una entrega como no se habían visto nunca. Y eso hizo que su matriarca resucitase, esta vez convertida en diosa, bajo el nombre de Isis, que es a la que adoran desde entonces.

Y por eso las aguas del río se vuelven rojas en cada atardecer, porque en su seno llevan la sangre de la Isis mujer y sus diez hijos, y por eso ella se considera la diosa madre, pues cuida de los pueblos de la ribera como si fueran su propia familia, la misma que perdió por culpa de un dios traicionero.

Otros mitos afirman que los hijos de Setesh y Asir también resucitaron, esta vez convertidos en semidioses, y en concreto son adorados por las tribus matriarcales de las montañas de Kalarak, donde se los conoce como los Enearai, los diez hijos de la diosa Entinu y representantes de las virtudes y los pecados de los hombres cinco virtudes básicas y sus pecados correspondientes.

Los alai, los jinetes del desierto de Azura, cantan una vieja canción a sus niños que habla precisamente de esta leyenda, y con la que intentan confortarlos en las frías noches bajo las estrellas:


Duerme, mi vida, descansa los ojos,

que la diosa Isis guarda tus sueños,

y te protege de los demonios oscuros,

para que nada te turbe.

Porque ella también es madre,

y mujer antes que diosa.

Ella amó como mortal

y cuida a los suyos.


Su amor era Setesh el Rojo,

el adorador del diablo,

y con él tuvo diez hijos,

que formaron los pueblos del mundo.


Los hombres provienen de ambos dioses padres,

el bien y el mal, rojo y negro,

los pecados y las virtudes entremezclados,

y por eso los hombres son libres.

Duerme, mi vida, descansa los ojos,

elige tu camino libremente,

ama y cuida de los tuyos,

como la diosa Isis.

En el Antiguo Egipto se adoraba también a Isis como diosa madre y protectora de los hombres, aunque en aquellas regiones la historia de su origen cambiaba un poco: Isis y Osiris eran esposos y a la vez hermanos igual que Hera y Zeus en Grecia, y Juno y Júpiter en Roma, y hermanos a su vez del maligno Seth y de su esposa Neftis. Isis y Neftis eran gemelas y contrarias en todo, de la misma forma que ocurría con Osiris y su contrario, Seth. Éste último, odiando a Osiris, lo metió dentro de un cofre y lo arrojó al Nilo. Y cuando Isis logró encontrar el cuerpo, Seth lo partió en catorce pedazos y lo esparció por todo Egipto. Aun así, la dulce esposa, acompañada de su hermana Neftis, consiguió recomponer los restos y, con la ayuda de Anubis, concebir a su hijo Horus, que vengaría la afrenta familiar y se proclamaría dios de todo Egipto, mientras que Seth era arrojado al desierto.

Los paralelismos con la historia nilidia son evidentes: Osiris es asesinado como hombre y arrojado al río, pero regresa convertido en un dios; Horus personifica la fertilidad de la cuenca del Nilo, mientras que Seth es representado como dios del desierto.

¿A qué se deben estos parecidos, que no podríamos considerar casuales? Sir William McKenzie afirma sin dudar que ambos pueblos nilidios y egipcios provienen de ancestros comunes, el Imperio de Azura, destruido por el pecado de los hombres (escribía el profesor Taymullah Farûq que «La nación entera se resquebrajó por su culpa, y en pocos años el orgulloso imperio se disolvió como granos de arena esparcidos por el viento, dando pie a todas las ciudades, estados y nuevos reinos que poblaron el mundo»).

Lady Iris Zimbalist en cambio apuesta en su obra por un razonamiento bastante más simple: los intercambios culturales entre regiones no tan alejadas geográficamente. Si existen pruebas de los «préstamos de dioses» entre fenicios y nilidios los nilidios Raal y Shui no son más que versiones de los fenicios Baal y Tanit, «exportados» gracias al contacto comercial por el Mediterráneo, como veremos en los siguientes capítulos, ¿qué no podría haber ocurrido con los moradores del Nilo? ¿Acaso el Sahara y el Azura no son desiertos hermanos, recorridos por tribus similares que los consideran su hogar? Los alai dicen que ellos son los únicos hombres verdaderamente libres, porque el desierto es el único lugar del mundo donde no existen las fronteras.

De hecho los griegos los denominaron libios y también bereberes del griego βάρβαρος, que significa «bárbaros», pero ellos se refieren a sí mismos como imazighen, «hombres libres». Y fruto de esa libertad los nómadas recorrieron África a comienzos de la historia escrita, llevando consigo las leyendas, las tradiciones y los mitos que conformarían muchas de las culturas que más tarde se habrían de desarrollar por todo el continente. El Egipto de los faraones, la Numidia de Yugurta, la mítica Opar, Abbas, Nubia, Pristia y un sinfín de reinos más, ahora olvidados por el tiempo, distintos en sus lenguas y sus costumbres, pero unidos por larguísimas caravanas que atravesaban el desierto por medio de caminos que nadie más conoce. Así perduraron los dioses. Así avanzó la humanidad, como decíamos al comienzo de este artículo, gracias a la transmisión oral de leyendas parcheadas, que a lo largo de tantos siglos lograron construir nuevos imperios, bajo la sombra de las gigantescas dunas.

REFERENCIAS

(1) La noción antigua de si los primeros pobladores de África realizaban sacrificios humanos ha sido puesta en duda desde los años ochenta del siglo veinte. Historiadores modernos defienden que tal práctica, aunque existiera, fue magnificada por los cronistas romanos cuando conquistaron esos territorios, como una forma de demonizar a sus enemigos. De esta forma, Roma mejoraba su imagen al «salvar» a los africanos de su barbarie.

(2) Por comentarios como éste, Allan Walker ha sido tachado desde siempre de racista. Sus escritos defienden con frecuencia la eugenesia, utilizando ejemplos de tribus antiguas, aunque estudios posteriores no han demostrado que éstas llevaran a cabo prácticas de ese tipo.