Una promoción exclusiva para esta página web gracias a La Boutique de Zothique

Una de las ventajas de tener gustos literarios especiales es que te encuentras por el camino con otros locos semejantes a ti y juntos localizáis rincones mágicos donde todo es posible, no solo dar con obras de fantasía, ciencia ficción, terror y pulp que llevabas años buscando y por las que ya habías perdido la esperanza, sino además descubrir auténticos tesoros de las letras de los que no tenías noticias y resulta que hay gente que se ha ocupado de darlos a conocer.

Como lector, adoro las novelas de aventuras, esas obras llenas de piratas, bárbaros, hechiceros, detectives, exploradores, monstruos y dioses cósmicos imposibles de entender con nuestra pobre mente humana. Me fascinan los desiertos, las selvas, los mares azotados por tormentas, los planetas lejanos o las cuevas que llegan hasta el centro de la Tierra. Necesito emocionarme al leer, verme obligado a pasar la página y que mi mente no encuentre la paz hasta saber qué le ocurre al protagonista de la historia, quién es el responsable de esos crímenes rituales o si el hombre mono logrará escapar de esa atractiva reina de una nación primitiva que quiere sacrificarlo sobre un altar por haber rechazado sus proposiciones de amor.

La Boutique de Zothique es todo eso y más cosas todavía. Es una librería especializada en obras de emociones fuertes, en esas historias que no quieres soltar por nada del mundo, aunque llegues tarde al trabajo o a la cita de tus sueños. En sus estanterías —tanto físicas como virtuales— encontrarás a Robert E. Howard, H. P. Lovecraft, Seabury Quinn, P. Djèlí Clark, Catherine L. Moore, Robert Bloch, Ursula K. Le Guin, Javier Jiménez Barco, Clark Ashton Smith, Algernon Blackwood, Edmond Hamilton o August Derleth. Es decir, lo mejor del pasado y el presente en cuanto a la literatura de evasión, joyas universales que se comerán tu tiempo porque serás incapaz de soltarlas hasta la última página.

Recientemente, La Boutique de Zothique ha iniciado un boletín informativo diario mediante correo electrónico que merece mucho la pena. Solo con darte de alta en su página web, recibirás todos los días un mensaje de Jorge Plana avisando de novedades que han llegado a la tienda o recomendando textos que no conocías pero que, de pronto, se convierten en tus mejores amigos. El buen librero no es solo el que tiene los ejemplares que buscas, sino sobre todo el que te conoce mejor que nadie y saca de un rincón escondido un extraño libro del que no has oído hablar, que te llevas a casa y gracias al que disfrutas de un momento de placer enorme que esa persona te ha concedido. Jorge es esa clase de librero y sus boletines lo demuestran. Además, es escritor del género, con obras maravillosas como Más allá de la Costa Nómada y la saga de Honora Brim, y eso se nota en sus correos, que tampoco puedes abandonar hasta la última línea y que siempre te alegran el día.

Personalmente, me da mucho gusto ver su nombre entre los mensajes que llegan cada día a la bandeja de entrada, porque sé que adentrarme en sus locuras será una ocasión para evadirme de la rutina, el estrés y las obligaciones, exactamente igual que ocurre con los libros de La Boutique de Zothique.

Pues bien, aquí viene la promoción especial: si te suscribes a su lista de correo desde esta página web —algo totalmente gratuito y que podrás deshacer cuando quieras—, obtendrás un regalo muy valioso, Lázaro, un relato del escritor ruso Leonid Andréiev. Esta es la macabra historia de qué ocurrió con el personaje bíblico que volvió de entre los muertos, qué fue de él una vez resucitado. Y no tiene mucho que ver con lo que hemos sabido por los textos sagrados durante todo este tiempo.

Andréiev fue uno de los escritores más valorados por el público ruso de finales del siglo XIX y principios del XX. Autor sobre todo de relatos cortos y obras teatrales, su interés se centró en las angustias propias de la vida en su tiempo, con especial atención a la guerra, el sexo, la miseria, la locura, el terror, la maldad y la llegada inevitable de la muerte. Supo mezclar el realismo que imperaba entonces en las corrientes literarias de su país con un simbolismo proveniente de la Biblia o la mitología griega, lo que tuvo muy buena acogida, tanto como para que abandonara su trabajo como abogado y se dedicara plenamente a la escritura. Fue muy amigo y rival literario de Maksim Gorki, estuvo implicado de forma directa en el desarrollo de la revolución rusa y finalmente cayó en desgracia debido a su oposición al auge de los bolcheviques, lo que le hizo caer en la miseria, la enfermedad y la muerte con solo 48 años. Su obra, muy abundante, ha sido traducida con regularidad a nuestro idioma y, de hecho, existen numerosas ediciones en español desde los años veinte. Sin embargo, Lázaro es una pieza no muy conocida dentro de su vasta producción, una historia corta de una atmósfera angustiosa que utiliza como base el relato bíblico para hablar sobre cuestiones espeluznantes.

Sabemos por el Nuevo Testamento que Lázaro de Betania era un joven amigo de Jesús que contrajo una enfermedad de evolución muy rápida que lo llevó a la tumba. La familia contó a todo el mundo lo que sucedía, pero el Mesías no pudo llegar a tiempo de salvarlo y, cuando puso un pie en Betania, Lázaro llevaba tres días muerto. Aun así, el cariño que había sentido Jesús por el muchacho lo llevó a resucitarlo y otorgarle así una nueva oportunidad, lo que, según cuenta la Iglesia católica, duró varios años. Sin embargo, no tenemos noticias fiables de lo que ocurrió con Lázaro a partir de ese hecho. Unas tradiciones afirman que se convirtió en obispo en Chipre y otras que lo fue en la Galia.

Andréiev toma ese episodio bíblico para crear un relato estremecedor sobre un hombre que, durante tres días, ha contemplado lo que hay al otro lado de la muerte y se ve arrastrado de vuelta a la vida.

Si quieres conseguir este relato, date de alta en La Boutique de Zothique haciendo clic en este enlace y te aseguro que no te arrepentirás.

Más historias tétricas, autores malditos y resucitados a los tres días —o no— en este enlace.

Ser verniano en Vigo

Este pasado sábado, día 19 de febrero, tuvo lugar en Vigo un evento fundamental para cualquier enamorado de las novelas de aventuras: el homenaje a la entrada del capitán Nemo en la ría de Vigo.

Como te cuento en este artículo, Vigo es una ciudad plenamente verniana. En el capítulo octavo de la segunda parte de la novela Veinte leguas de viaje submarino, Jules Verne plantea que la principal fuente de riqueza del capitán Nemo es el tesoro hundido en la ría de Vigo, por lo que cada año realiza un viaje para obtener nuevos fondos gracias a su submarino Nautilus. Se interna en secreto en la ría y, con toda comodidad, sus buzos rescatan los cofres llenos de monedas y objetos de valor, con los que sufraga su modo de vida.

De paso, durante ese capítulo Verne hace alarde de sus conocimientos históricos y pone en boca de Nemo una larga disertación acerca de la batalla de Rande y las causas históricas que la motivaron, así como acerca de las diversas campañas que se han llevado a cabo a lo largo de los años para tratar de recuperar los tesoros hundidos. El autor se hace eco de los nuevos modelos de escafandra y de respiradores que se estaban empleando en esa época en un nuevo intento de rescate de los galeones y los pone al uso de los empleados del Nautilus, marineros experimentados y piratas al mismo tiempo.

Por estas cuestiones de divulgación científica, Jules Verne está considerado el padre de la ciencia–ficción, sobre todo en su vertiente de ficción especulativa, pero también en cuanto a crítica social, por cuanto advierte de los peligros a los que se enfrentará el mundo en caso de que tecnologías tan avanzadas caigan en malas manos. El capitán Nemo es un revolucionario, un rebelde, pero también un soñador y un genio. ¿El mundo necesita más gente como él o debería combatirlo?

Por su parte, Vigo reconoce su influencia verniana y homenajea al escritor con dos estatuas muy significativas: una en el Náutico ⸺donde Verne aparece montado sobre un pulpo gigante como el de la novela⸺ y en plena ría ⸺con un monumento muy curioso que, con la bajada de la marea, muestra a los propios buzos del capitán Nemo⸺.

Pero, además, desde 2012 existe la Sociedade Jules Verne de Vigo, que pretende dar valor a las raíces vernianas de la ciudad, hermanada con Nantes, cuna del escritor. A tal fin, este grupo de intelectuales y amantes de las novelas ha desarrollado diversos proyectos de generalización de la obra y en especial de 20.000 leguas de viaje submarino. El evento más importante es el homenaje al capitán Nemo cada 18 de febrero con motivo de su entrada en la ría de Vigo. Miembros de la Sociedade y admiradores de Verne en general se reúnen cada año frente a su estatua del Náutico y leen de manera conjunta el famoso capítulo octavo. Puedes leer un artículo sobre este acontecimiento en la propia web de la SJVV, que te enlazo aquí.

Este año, el acto se ha llevado a cabo el sábado 19 y yo mismo he tenido la fortuna de participar y leer un fragmento de la obra. Ha sido un orgullo para mí formar parte de algo tan hermoso e ilusionante. Verne ha sido clave en mi formación como persona y como escritor. Sus novelas me han enseñado valores, inquietudes y amor por la naturaleza. Sin ellas ⸺y sin el afán de mi padre para que leyera⸺, yo habría sido una persona mucho peor de lo que soy.

De modo que formar parte de algo como esto me parece cerrar un círculo de respeto y dignidad. Jules Verne se merece muchos homenajes y especialmente por parte de los vigueses ⸺también de los adoptivos⸺.

Los buzos del Nautilus rescatando los tesoros de Rande, según aparecen en un grabado de 20.000 leguas de viaje submarino

Más novedades, homenajes y aventuras exóticas en este enlace.

¿Es James Bond un personaje pulp o un superhéroe?

Este otoño se ha estrenado la última película de Daniel Craig como 007, Sin tiempo para morir, que cierra su etapa y la del personaje en una cinta espectacular de acción, venganza y restitución. La historia, curiosamente, recuerda bastante a Solo se vive dos veces, una de las despedidas del Bond literario y también del actor Sean Connery, y de paso plantea uno de los grandes dilemas de la franquicia: ¿hasta qué punto James Bond debe evolucionar / adaptarse / envejecer / formar una familia?

Hoy voy a hablar sobre un tema complejo del que ha habido distintas versiones a lo largo de la historia —y que seguramente te destripará la película si no la has visto aún—.

James Bond debutó en la novela de 1953 Casino Royale, una historia de espías, sadismo y un trasfondo romántico que su creador, Ian Fleming, basó en sus propias experiencias como agente secreto, pero también en las revistas pulp de entretenimiento de los años 30 y 40. De hecho, la mayoría de tópicos de esas narraciones están presentes en las novelas de Bond: un héroe de acción de moral inquebrantable, una serie de mujeres hermosas que caen rendidas a sus pies, un jefe sobrio, comunistas, sociedades secretas, villanos orientales, matones deformes, fortalezas inexpugnables y planes rocambolescos de los que el protagonista sale siempre airoso. Las motivaciones de Bond resultan sencillas: él defiende a su patria por encima de todo y no importan los métodos que emplee o los riesgos que asuma. Cualquier cosa es aceptable para M, responsable del Servicio Secreto británico, mientras su principal agente logre terminar con la amenaza de turno. Y esta, casi siempre, se plantea de un modo surrealista que en nada se parece a la vida de los auténticos espías: misiles nucleares, bases ocultas en islas remotas, jardines venenosos, fieras amaestradas y otros peligros igual de poco creíbles.

En efecto, las tramas de las novelas de Bond tienen más que ver con las de Fu Manchú o Doc Savage que con verdaderas historias de espionaje. Fleming había actuado como agente de la Inteligencia Naval durante la guerra y conocía muchos de los secretos de esa forma de vida. Pero luego, a la hora de plasmarlos en el papel, decidió vestir a su héroe de una imagen frívola, seductora y amante de los lujos caros. Bond es un experto en comida refinada, tabaco exclusivo, destinos exóticos y amores fugaces, de manera que nunca se implica demasiado tiempo en una relación. Él solo se debe a su Gobierno y a las misiones que le encarga M, sin que ninguna mujer pueda apartarlo de sus obligaciones. Bond entiende el amor como un lujo más, una parte de su disfraz de vividor que le permite ocultar sus verdaderas ocupaciones. Un esmoquin caro y una mujer atractiva de su brazo para que nadie se fije en la pistola que lleva oculta bajo la axila.

Pero, como también ocurría con muchos personajes pulp, Bond fue evolucionando con el paso de las novelas. Una vez que Fleming pudo contar con una base de lectores fieles que seguían sus historias —incluido el presidente John F. Kennedy—, empezó a desarrollar las que más le gustaban. En 1963 apareció Al Servicio Secreto de Su Majestad, la gran novela del antagonismo entre Bond y su archivillano definitivo, Ernst Stavro Blofeld, líder de SPECTRE, una organización criminal independiente que chantajea Gobiernos y pone en marcha operaciones de masacre en cualquier punto del globo. Esta red clandestina opera desde una base secreta en Suiza que Bond se encarga de destruir en esta historia, pero en el proceso conoce a la bellísima Contessa Teresa di Vicenzo, antes Teresa Draco, hija de Marc–Ange Draco, líder del sindicato del crimen conocido como la Unión Corsa. Ambos se enamoran perdidamente y se casan al final de la novela, solo para que Blofeld aparezca de repente y la asesine delante de Bond.

La serie cambia por completo desde ese instante trágico. El agente secreto deja de ser infalible, consumido por la culpa, el alcohol y el tabaco. Bond inicia una fase autodestructiva en la que ya no le importa cumplir o no sus misiones y eso lo hace vulnerable a sus enemigos.

En Solo se vive dos veces, el enfrentamiento con Blofeld llega a su final, pero Bond acaba amnésico y retirado como un simple pescador japonés, solo para reaparecer como asesino soviético en El hombre de la pistola de oro. Casi un año después del desenlace en Japón, la KGB ha logrado confundir su mente hasta el punto de que Bond intente asesinar a M. Desde ahí, su situación se vuelve conflictiva. Hundido por sus muchas adicciones y su pésimo estado de salud, el Servicio Secreto ya no confía en él, pero M decide encargarle una misión sencilla: terminar con la vida del pistolero Francisco Scaramanga, un asesino cubano a quien se achacan las eliminaciones de numerosos agentes británicos.

Ian Fleming murió en 1964 debido a un ataque al corazón. No había terminado esta última novela, de modo que nunca sabremos lo que pretendía hacer con el personaje. Sin embargo, el camino que había tomado no presagiaba nada halagüeño para Bond, consumido por su estilo de vida y cada vez más molesto para el Gobierno. Había dejado un hijo en Japón y una esposa fallecida en Europa, además de un compañero en la CIA y unas cuantas amantes desperdigadas por el mundo.

Igual que ocurría con otros personajes de características similares, como Tarzán o Conan, Bond envejecía de una historia a otra, sufría achaques, se casaba o tenía descendencia —que en ocasiones continuaba la historia donde la había dejado su padre—.

Todo lo contrario de lo que hacían los superhéroes, que siempre contaban la misma historia de distinta manera. Desde la aparición de Superman en 1938, la manera de narrar cambió un poco, quizá porque estaba destinado a un público infantil. A pesar de que el Hombre de Acero posee muchos de esos elementos clásicos del pulp —villanos maquiavélicos, fortalezas ocultas y hermosas damiselas en apuros—, no existen en sus cómics el marcado componente erótico de Flash Gordon o Tarzán ni la complejidad en la evolución de los personajes. Superman pasó más o menos hasta 1986, con la llegada de John Byrne, sin cambiar prácticamente nada. El héroe era el mismo, sus secundarios también, y ni la relación amorosa con Lois Lane ni el enfrentamiento con Lex Luthor variaron apreciablemente hasta épocas modernas.

Algo de eso heredó el cine. El Bond de las películas es siempre el mismo, aunque lo encarnen personas distintas. Su chulería, su glamour y su compromiso con la patria no varían de una cinta a otra, y los tópicos se vuelven inamovibles. El martini seco con vodka, el arma, los trucos en el reloj o los ligues fáciles terminan por ahogar la esencia del personaje, al que nunca se le ha permitido crecer, no fuera a ser que perdiera seguidores. Pero, en el fondo, ¿eso no es tratarlos como niños pequeños, igual que hacían con Superman? ¿Un espectador del presente no es capaz de comprender que un héroe sufra, pierda y se deje ahogar por sus vicios, cuando sí lo entendía un lector de los años 60?

En 2006 se estrenó Casino Royale, la primera película de Bond protagonizada por Daniel Craig, un actor que aportó al personaje un registro más físico, burlón y comprometido emocionalmente. Por primera vez, Bond amaba y perdía sinceramente, tal y como Fleming había escrito en la novela original. A partir de ahí, sus interpretaciones fueron cada vez más oscuras: del sufrimiento interno se pasó al externo, a los achaques, la vejez y la obsolescencia. La reconversión del Servicio Secreto ponía en duda que siguieran haciendo falta esos viejos agentes con licencia para matar, de la misma forma que la Guerra Fría había pillado en desventaja a un personaje salido de la Segunda Guerra Mundial. Su final ha sido el mismo: alcohol, soledad y amargura. Las viejas pistolas ya no tienen dónde meterse cuando dejan de ser necesarias.

La tristeza en los ojos perdidos de Daniel Craig encarnan mejor que nadie el duro final de los agentes secretos desde el momento en que nadie se acuerda de ellos.

Ahora llega Sin tiempo para morir, que habla del retiro a tiempo, los amores desperdiciados, la vejez y el legado. Habla sobre la posibilidad de formar una familia y abandonar ese desastre de vida. Y, al mismo tiempo, vuelven los gritos en redes sociales, clamando que «este no es James Bond».

Pero ¿es que Bond no tiene derecho a evolucionar? ¿Es un personaje pulp o un superhéroe?

Tal vez el Bond de Daniel Craig no sea el mismo de Roger Moore o Sean Connery, pero es el suyo propio, y quizá, solo quizá, sea más bien el de Ian Fleming.

Y esas sí que son palabras mayores.

Más agentes secretos, licencias para matar y vicios inconfesables en este enlace.

«La senda de Jhebbal Sag», una novela por entregas para el verano en Vigo É

Hace unos años decidí inventarme un país. Era una idea loca, pero tampoco demasiado novedosa. Países inventados hay unos cuantos ya en la historia de la literatura, como Ruritania, Wakanda o Latveria. Lugares bien asentados en los hechos reales ⸺incluso con sus embajadas y espionaje internacional⸺, pero con la suficiente independencia creativa como para que puedan ocurrir cosas interesantes. Corsarios, batallas, maldiciones y unas cuantas locuras más, siempre apoyadas en la verdad de la zona.

Mi país es Nilidia, un espacio de aventuras entre Libia y Túnez donde he podido incluir todas las situaciones que me encantan. Viajes de exploración, leyendas, mitos, historias contadas junto a una hoguera y tribus que luchan por mantener sus viejas tradiciones pese a todo. Invasiones de ejércitos extranjeros, batallas navales y pruebas de valor tampoco faltan en un rincón del mundo que siempre ha interesado a los poderosos, bien por sus propios recursos naturales o por las vías de comercio que atravesaban su territorio. Nunca para mejorar la vida de la gente, por supuesto, pero esa es otra historia.

Este año ha salido publicado El cazador de tormentas, una novela situada en Nilidia, concretamente en la zona del desierto de Zerzura y en el año 1546. Contada desde el punto de vista de un niño del Pueblo Halcón que busca completar su prueba de madurez para que el Consejo de Ancianas pueda considerarlo adulto, sirve como punto de arranque de la historia de las tribus del desierto. En sus páginas se muestran las costumbres ancestrales de unos grupos humanos dispersos por kilómetros y kilómetros de llanura estéril y pura roca. Velos, espadas y túnicas que caracterizan sus esfuerzos por sobrevivir en el lugar más inhabitable del mundo. Magia y rituales antiguos que se convierten en la única manera de pedir clemencia a sus dioses.

Este verano he decidido continuar la historia con una novela por entregas, esta vez publicada en el periódico Vigo É: La senda de Jhebbal Sag.

Los seriales o novelas por entregas constituyen uno de los géneros literarios más antiguos, propio de las revoluciones culturales que causó la Ilustración, lo que trajo consigo un aumento importantísimo del número de lectores. Los periódicos comenzaron a incluir narraciones largas divididas en capítulos de aparición diaria o semanal, y ese fenómeno revolucionó la manera de escribir. Alexandre Dumas, Víctor Hugo, Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari o Benito Pérez Galdós fueron autores de novelas por entregas, un concepto de enorme éxito que luego se extendió a la radio, el cine y la televisión.

En mi caso, he optado por continuar la historia de Nilidia, pero esta vez desde un punto de vista nuevo: el del Pueblo de la Marea, una tribu que también se sitúa en el desierto de Zerzura, pero completamente distinta al Pueblo Halcón. Sus creencias se acercan más al animismo y en concreto a algo llamado el credo de Jhebbal Sag, una tradición de pueblos primitivos del centro de África que defiende que una vez, en tiempos anteriores a la historia escrita, los hombres y las bestias fueron hermanos y hablaron un lenguaje común. Sin embargo, un cataclismo cambió esta situación paradisíaca y estableció una división entre especies. Desde entonces, los chamanes que profesan esta religión afirman que pueden comunicarse con los animales y transmitirles su voluntad, pero cada vez menos, pues tanto unos como otros han ido olvidando aquellos tiempos.

Han sido muchos los pueblos a lo largo de la historia que han reivindicado las creencias de Jhebbal Sag, entre otros los pictos de la Edad Hiboria o los que se enfrentaron a las legiones romanas bajo las órdenes del caudillo Bran Mak Morn. Pues bien, se me ocurrió que tal vez hubiera alguna tribu en el desierto de Zerzura que también hubiera recibido esas enseñanzas y luchara por perpetuarlas en contra de la fuerte invasión cultural de origen árabe. El Pueblo de la Marea se convierte así en el defensor de ese credo frente al mundo, a pesar de que actuar de ese modo les obligue a tomar parte en una antigua guerra.

Así nació La senda de Jhebbal Sag, una novela por entregas que irá apareciendo publicada a lo largo del verano en el periódico Vigo É. Una historia de nómadas, brujas y leyendas que te hará disfrutar en estas épocas de calor. Ya van unos cuantos capítulos, a los que puedes acceder a través de este enlace.

¿Te animas a formar parte de este viaje? Toma tu velo y tu espada y prepara tu dromedario para unirte a la caravana. Este verano pienso hacerte vivir la aventura de tu vida.

Más países ficticios, leyendas y sueños en este enlace.

Documentándome: El origen de las novelas de aventuras

Como te he venido contando en otros artículos, que podrás encontrar en este enlace, acabo de publicar una novela de aventuras: El cazador de tormentas. Es una historia ágil que estoy seguro de que te encantará. Te dejo toda la información aquí. Pero para eso he tenido que formarme, investigar mucho y conocer en profundidad el género para el que escribo.

¿Y qué tienen de particular las novelas de aventuras?

El género literario de las novelas de aventuras es quizá el más antiguo de todos, pues ha acompañado a la humanidad desde sus tiempos más antiguos y en cada una de sus épocas más significativas. Ha crecido con los imperios más poderosos, ha viajado con los navegantes y ha ido siempre sobre los hombros de los pioneros, porque los humanos no sabríamos vivir sin historias.

Desde la aparición de los primeros asentamientos humanos, hubo historias de aventuras. Los primeros homínidos se reunían en torno a las hogueras, al resguardo de las fieras que pretendían cazarlos, y contaban historias. Así aparecieron los mitos, los dioses y los contadores de cuentos. Las pinturas rupestres constituyen la manifestación artística más antigua de la historia de la humanidad y en ellas aparecen las aventuras de la época: cacerías de animales salvajes, con carreras, flechas y el peligro de morir en el intento. También mapas de los lugares donde se encontraban los ríos, donde obtener buenas presas y donde protegerse de los clanes rivales. No es extraño que haya tantas novelas de aventuras ambientadas en la Prehistoria, ya que en ese tiempo surgieron las primeras vivencias asombrosas.

Las historias pretendieron siempre divertir y formar. Estaban creadas para entretener a quien las oyera, pero también para enseñar costumbres útiles, advertir de los peligros y obtener una moraleja. Los dioses personificaban los misterios de la naturaleza que se cernía sobre ellos, y muchos pueblos antiguos llevaban a cabo rituales mágicos para lograr sus favores. Cánticos, bailes, pinturas e historias constituían vehículos maravillosos para forjar el lazo con sus deidades, que a través de esos medios podían favorecer a unos o a otros.

La principal característica de esas historias era la unión de narración y enseñanza, algo que habría de perdurar a través de los siglos.

El siguiente paso fue el del poema épico. De la narración oral se pasó a los primeros escritos y de los poblados o cuevas a las primitivas ciudades de las civilizaciones en desarrollo. Las historias trataban acerca de héroes formidables que recorrían el mundo con sus hazañas, acabando con monstruos y protegiendo a la humanidad. Además, sirvieron como una forma de defensa del espíritu de cada nación concreta, cuyos habitantes aprendían de esta manera los valores correctos y afirmaban su identidad. El Poema de Gilgamesh, la Odisea, la Ilíada o la Eneida pertenecen a este género y entre sus líneas enseñaron el esquema de dioses del Cosmos o la actitud que mostraban los héroes con su alto nivel de valores morales.

Conforme desapareció la era de los grandes imperios, Roma se fragmentó en dos colosos y uno de ellos cayó en poder de los bárbaros, las narraciones se hicieron más mundanas y la fantasía cedió paso al realismo épico —igual que el politeísmo resultó ahogado por el cristianismo—, pero las historias de héroes seguían siendo las más valoradas. A esta época pertenecen los cantares de gesta, como La canción de Roldán, El cantar de mío Cid, Beowulf o El cantar de los Nibelungos. Los juglares iban por las cortes reales leyendo estos largos poemas o actuaban en las calles frente a la multitud, ya que gran parte de la población no sabía leer por sí misma. El saber, los valores y la educación se transmitían de pueblo en pueblo y en ocasiones transformaban las características de la historia con el paso del tiempo. Gigantes y brujas se mezclaban con sarracenos y cristianos, y las batallas eran reescritas al gusto de la multitud. Así, sabemos que los hechos históricos que sucedieron en realidad durante la batalla de Roncesvalles no guardan prácticamente ninguna similitud con lo que cuenta de ella La canción de Roldán, entre otras razones porque el poema fue escrito unos tres siglos después de la época de Carlomagno. Pero eso no importaba mucho entonces. Lo crucial era divertir a los asistentes, tanto monarcas como plebeyos, que eran los que garantizaban el sustento del juglar.

Del verso se llegó a la prosa y, de los cantares de gesta, a los libros de caballerías, muy apreciados en la Europa del sur durante los siglos XV y XVI de nuestra era (NE). Se basaban en un concepto muy similar: la narración de aventuras fantásticas, generalmente protagonizadas por un caballero de inmenso valor que debe enfrentarse a una serie de pruebas y monstruos con la ayuda de algún objeto mágico y con la guía de un sabio hechicero que le sirve de mentor. El amor cortés por una dama idealizada, los entornos ficticios y la guerra santa contra sus enemigos aparecían también con mucha frecuencia. Sin duda, la obra más conocida de este género es el Amadís de Gaula, una de las obras más populares en su tiempo y que sentó las bases para otros muchos imitadores. Reyes, nobles, religiosos y gente de la calle se deleitaban con las aventuras de estos héroes increíbles, que recorrían un mundo inventado con el único afán de hacer que triunfara el bien.

Tan enorme fue su influencia que, en 1605, Miguel de Cervantes publicó su respuesta a esta moda de los libros de caballerías con una obra burlesca y desmitificadora que se convirtió en la primera novela moderna de la historia: El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha. Basándose en aquellos escritos de los que pretendía hacer mofa, Cervantes tomó al caballero, los gigantes, la dama, el escudero y muchos elementos más y los combinó de una forma ridiculizante para así terminar con esa época e iniciar una nueva.

El Quijote cambió la historia de las letras, hasta el punto de que ha sido considerado el mejor trabajo literario jamás escrito y el más influyente en su tiempo y en todos los venideros. Una obra puntera y definitoria de una nueva manera de narrar que hemos heredado hoy en día.

Y ese solo fue el comienzo de un tiempo nuevo, que también, por supuesto, estuvo plagado de historias de aventuras.

Más escritos legendarios, caballeros enamorados y países de ensueño en este enlace.

Hoy sale a la venta «El cazador de tormentas»

Hoy sale a la venta mi nueva novela, El cazador de tormentas. Es el resultado de años de trabajo, documentación, distintas versiones y finalmente este libro que a partir de hoy tienes en la calle. Es una novela de aventuras, una actualización de aquellas historias de Henry Rider Haggard, Hal Foster o Robert E. Howard que sacudieron los siglos XIX y XX, o de las que escribieron Liliana Bodoc y Nnedi Okorafor en tiempos más actuales. Es una narración de desierto, nómadas, dioses y hechiceros, con una maldición más antigua que la propia tierra.

En estos artículos te hablé sobre el proceso de documentación que he seguido y, en estos otros de aquí, de todo lo que rodea a la novela.

De paso, te dejo la sinopsis, para que vayas abriendo boca:

«¿Quieres conocer la auténtica Nilidia? —dijo la anciana—. Entonces debes escuchar la historia del cazador de tormentas…».

Hijo de Azor tiene que completar su prueba de madurez, la que demostrará su valor ante la tribu y le concederá el derecho a obtener su propio nombre. Solo entonces dejará atrás la niñez y el Consejo de Ancianas le permitirá formar una familia y levantar su tienda junto a los demás adultos.

Para superar la prueba, Hijo de Azor debe dar caza a un esclavo huido, arrancarle la piel y colgarla de las murallas del Palacio del Alba. Pero desde el norte avanza un frente de guerra. Yosef Vrolok, el hechicero negro, regresa a Zerzura para devolver algo que tomó prestado hace tiempo: el Zuaregi, la tormenta de arena, la más terrible fuerza del desierto…

La novela está ya en los puntos habituales de venta. Tienes aquí los enlaces más corrientes:

Si lo tuyo es la compra tradicional en librerías, basta con que se lo pidas a tu librero. Él te la podrá conseguir mandando un correo electrónico a info@loslibrosdelsalvaje.com o llamando al (+34) 666841041. Así de fácil.

Estrenar novela siempre produce una sensación de vértigo. El trabajo en el que te has volcado durante años deja de ser tuyo y pasa a ser de todos. Ya no hay oportunidad de cambiar nada y el perfeccionismo tiene que dejar paso a las críticas.

Por eso, te pido que me cuentes qué te ha parecido El cazador de tormentas. Me encantaría recibir tu opinión, tanto buena como (sobre todo) mala, porque la única razón verdadera para escribir un libro es entretener a los lectores y hacer que pasen un buen rato. Estoy abierto a que me digas si lo he conseguido.

Más nómadas, aventuras y cazadores de tormentas en este enlace.

Reseñas aventureras: «El perro», de Alberto Vázquez–Figueroa

Hay escritores cuyo nombre ya supone una garantía de calidad. Puedes adentrarte en cualquiera de las más de setenta novelas de Agatha Christie, las más de ochenta de Emilio Salgari o las alrededor de cuarenta de Arturo Pérez–Reverte con la tranquilidad de que no te van a fallar, pues incluso sus obras menores son excelentes.

Así ocurre con Alberto Vázquez–Figueroa, veterano autor de origen canario, especializado en novelas de aventuras. Periodista e inventor, ha recorrido todo el planeta y ha conocido la bondad más inmensa y la maldad más pura de las que es capaz el género humano. Su madre era la hija del farero de la isla de Lesbos, mientras que su padre fue un arquitecto socialista represaliado por el franquismo. Por esto último, pasó su infancia en el Sahara español, donde descubrió las novelas de aventuras. Se confiesa gran admirador de Joseph Conrad y Jules Verne, de los que aprendió el poder de la literatura para mostrar al lector los rincones más insospechados del mundo. Ha sido profesor de submarinismo, rescatador subacuático y amigo de Jacques Cousteau. Dio la vuelta al mundo en barco, trabajó como corresponsal de guerra en los lugares más conflictivos que pueda uno imaginar y presentó programas de televisión. Pero su labor más intensa, y por la que pasará a la historia, es la de novelista, donde ya ha publicado más de cien obras —y sigue en activo—.

Su especialidad son las novelas de aventuras en lugares exóticos, esas narraciones intensas que no eres capaz de soltar hasta la última página. Su manera de escribir gusta tanto y se ha vuelto tan célebre que ha sido traducido a numerosos idiomas y también adaptado al cine —a veces por su propia mano, en labores de guionista o director—. El desierto del Sahara, Arabia o la América de la conquista son algunos de sus territorios favoritos, en los que demuestra un dominio absoluto de cada región y de los trucos del buen escritor, que engancha al lector sin ofrecerle trucos de mago barato.

Hace años que tengo un propósito para cada verano: aprovechar los días de playa para leer un Salgari, un Pérez–Reverte y un Vázquez–Figueroa. Son los libros perfectos para ese momento de toalla y arena, la evasión completa, el aislamiento de los problemas del mundo. Pues bien, uno de esos tres ya ha caído.

Este año he leído «El perro», una de las obras menos conocidas de Vázquez–Figueroa, y que sin embargo es tan deliciosa como todas las demás.

La sinopsis ya es bastante demostrativa de lo que te puedes encontrar en sus páginas:

«En un penal de América Central, un preso político y un perro se observan fascinados el uno por el otro. Cuando el preso se evade tras herir mortalmente al guardián, el animal, condicionado por su amo antes de morir, se lanza en su persecución. Los dos adversarios se enfrentan en una lucha atroz e infatigable y, a medida que transcurren las semanas, se establece entre ellos una extraña complicidad, hecha de sentimientos tan opuestos como el odio y la autoestima».

Esta novela es una auténtica delicia. Expone de manera brutal los actos de represión que han tenido lugar en tantas dictaduras del mundo —lo que la vuelve tan universal que el autor ni siquiera pone nombre al país en el que transcurren los hechos—, pero además habla sobre las pequeñas revoluciones que ocurren en el interior de todos nosotros, sobre la búsqueda de la justicia social, los sueños utópicos de la adolescencia y el horror que pueden llegar a desencadenar algunos humanos. Habla sobre el mal en todas sus formas y cómo a veces los seres más inocentes pueden volverse colaboradores de ello. En este sentido, el perro —que tampoco recibe más nombre que Perro, en mayúscula, como una idealización de todos los perros de la historia— se convierte en el símbolo de esa transformación que realiza en nosotros la maldad, de cómo un régimen que venera la crueldad sobre otros seres puede sacar lo peor que llevamos dentro. El Hombre y el Perro se enfrentan en un duelo que se extiende a través de la mitad de Centroamérica y se prolonga durante varios meses, en una lucha a muerte que representa el clásico enfrentamiento entre el Bien y el Mal, pero esta vez con dos protagonistas que eran buenos en un principio, y a los que el horror cambió para siempre. Ellos han visto el lado luminoso y oscuro de la existencia, y en su guerra —guerra interna y guerra contra el otro, al mismo tiempo— se pone en juicio quién puede ganar, en último término. Si toda alma puede tener derecho a la redención, después de todo.

Y como ocurre siempre con este autor, el final es sublime, a la altura incluso de «Tuareg», su mejor obra y la más conocida. Un solo día de playa me ha durado, pero ha sido uno de los mejores días de mi vida. O por lo menos de los más intensos.

Más perros, viajes, juicios y novelas de aventuras en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: Josiah Harlan, el aventurero que se convirtió en príncipe de Ghor

El siglo XIX es una fuente casi inagotable de historias de aventuras. Pioneros del mundo civilizado viajaron a lugares remotos con la intención de hacerse ricos e incluso apropiarse de un reino, solo con la fuerza de su brazo y su valor sin límites. La literatura, como es lógico, supo aprovechar ese filón para convertirlos en protagonistas de un sinfín de novelas apasionantes. James Brooke, el rajá blanco de Sarawak, que Salgari tomó como villano para algunas de las batallas de Sandokán; los buscadores de oro del Yukón, de los que habló Jack London en tantas ocasiones; o los mares del sur, que atrajeron a Robert Louis Stevenson.

En 1888, el escritor y corresponsal Rudyard Kipling publicó «El hombre que pudo reinar», la historia de dos estrafalarios aventureros, aparte de caballeros británicos y masones, que se internaban en los territorios desconocidos de Kafiristán con solo veinte rifles y sus sueños de grandeza, y terminaban llegando a ser reyes y prácticamente dioses de los pueblos locales. Esta novela corta es una parábola de la moderna picaresca anglosajona enfrentada al exotismo de las tierras salvajes, y tiene tanto humor que esos dos pobres diablos terminan por caerte bien. En el fondo estás deseando que se coronen reyes de algún lugar, aunque solo sea por un día.

Ahora sabemos que Kipling tuvo un referente para su historia: Josiah Harlan, un avispado estadounidense que se aprovechó de las inestabilidades políticas en la región de Asia Central para crear su propio ejército y alzarse con el título de príncipe de Ghor, del que luego fue desposeído por los británicos. Se cuenta que en su mejor época cabalgaba a lomos de un elefante y al frente de cuatro mil soldados afganos, a las órdenes del emir de Kabul, y esa imagen impresionó tanto al príncipe de Ghor que aceptó entregarle a Harlan su título a cambio de que él lo protegiera de sus enemigos. Al final esto no pudo ser y hoy en día Ghor forma parte de Afganistán. Pero ese es otro tema.

A lo largo de la historia, Asia Central ha sido una de las zonas más conflictivas e inestables del mundo. Nómadas de las estepas, chinos, griegos, persas, turcos y mongoles pasaron por allí, en un incesante cambio de fronteras y dueños. Su principal interés era la Ruta de la Seda, que conectaba China con África y Europa a través de lugares tan legendarios como Samarkanda, Antioquía, Alejandría y Constantinopla. Igual que legendarios eran aquellos viajeros que atravesaban medio mundo por un cargamento de la más valiosa de las mercancías, como Marco Polo, que en el siglo XIII les descubrió a los europeos las maravillas que albergaba el Imperio chino.

Sin embargo, ese trayecto cayó progresivamente en desuso tras la fragmentación del Imperio mongol y la conquista otomana de Constantinopla en 1453, hechos ambos que cortaron la llegada de mercancías al oeste. Los turcos se adueñaron de los restos del Imperio bizantino y rompieron las relaciones comerciales que existían con las grandes potencias de Occidente, por lo que en adelante estas apostarían por la navegación. Los portugueses en el Índico —con Vasco da Gama— y los españoles en el Atlántico —con Colón y luego Magallanes y Elcano— trazaron nuevas rutas marítimas que burlaban el control otomano y llegaban de forma más segura hasta su destino. Por ello la vía terrestre fue perdiendo importancia, pero no del todo. Asia Central seguía siendo un punto de contacto entre continentes, lo que le confería un valor clave en la política internacional.

Durante el siglo XIX, la región fue sometida a un enfrentamiento enconado entre China, Rusia y el Imperio británico —que por entonces dominaba la India—. Pero la primera tuvo que afrontar sus propios conflictos internos, de modo que solo quedaron dos contendientes en pie: el oso ruso y el león británico. La lucha se prolongó durante un siglo, prácticamente hasta la Primera Guerra Mundial, sin que nunca llegaran a chocar de forma directa más que en la guerra de Crimea. Este conflicto recibió el nombre de «el Gran Juego», expresión que aparecía en la novela «Kim», de Rudyard Kipling, y gracias a ella se hizo mundialmente famosa. Persia y Afganistán se convirtieron en las piezas clave de la guerra fría del XIX: quien controlara aquellas naciones podría obtener una salida hacia el Mediterráneo y disponer de sus materias primas para enriquecerse. Sin embargo, las cosas no fueron sencillas. Asia Central demostró encontrarse disgregada en multitud de pueblos dispersos, a veces simples tribus de las estepas, imposibles de dominar. Rusia y el Reino Unido promovían la inestabilidad en la zona con el fin de ganarse aliados para su propio bando, pero eso hacía que las guerras se volvieran continuas y con desenlaces poco claros, siempre con posibilidad de reiniciarse. Muchos soldados murieron en aquellas zonas remotas, sin saber muy bien por qué habían ido hasta allí.

Sin embargo, lo que el mundo occidental percibió de ese enfrentamiento fue la visión gloriosa y triunfal de las novelas de aventuras. Autores como Karl May, P. C. Wren, Emilio Salgari o Jules Verne reflejaron en sus obras el heroísmo de los soldados, el exotismo de aquellas tierras y las maravillosas oportunidades de éxito que suponían para aquel que supiera aprovecharlas. Atractivo impagable para los soldados de fortuna y los pícaros que soñaban con ser reyes.

Uno de los casos más interesantes resultó el de Josiah Harlan, un hombre sin formación específica que consiguió actuar como cirujano de guerra, consultor de reyes y finalmente príncipe, para después perderlo todo por culpa de los británicos. Había nacido en Pennsylvania, pero un desengaño amoroso lo llevó a escaparse del país en 1824 y buscar empleo en el lugar más remoto posible. Por entonces estallaba la primera guerra anglo–birmana y la Compañía Británica de las Indias Orientales buscaba cirujanos para el frente. A Harlan se le ocurrió que ese sería un destino magnífico para él, sin importarle demasiado el hecho de no poseer estudios de Medicina en absoluto. En 1825 se unió a la Compañía como supuesto cirujano y después actuó como militar, guiando numerosas tropas hasta el verano del año 26. En ese tiempo demostró una capacidad de aprendizaje monumental, tanto de idiomas como de costumbres locales. Eso le llevó a amar la tierra por la que luchaba y, de paso, pretender fama y fortuna, por lo cual abandonó el ejército y puso rumbo a Afganistán.

Allí descubrió que el país estaba gobernado por dos familias siempre en guerra, los Durrani y los Barakzai, siendo estos últimos los que gobernaban en ese momento, y a su vez los distintos príncipes también peleaban entre sí. Shuja Shah Durrani, el depuesto emir de Afganistán, buscaba hombres que se unieran a sus tropas para recuperar el poder, y Harlan aprovechó la oportunidad para obtener privilegios. Shuja prometió nombrarlo visir en el momento en que recuperase el trono, de modo que el americano reclutó a un centenar de mercenarios locales —y algunos desertores de la Compañía de las Indias Orientales— y, disfrazado como un derviche, se presentó en la corte de su enemigo. Sin embargo, su sorpresa fue considerable cuando descubrió que Dost Mohammad Khan, el vigente emir de Afganistán, era un hombre culto, honorable y buen anfitrión, que lo agasajó con multitud de placeres y al que llegó a admirar. Dost Mohammad se había ganado el cariño de su pueblo, a veces con demostraciones de poder y a veces con sobornos muy generosos, en una época en la que no existía lealtad entre las tribus y solo importaba el dinero. Su propio hermano, Nawab Jubbar Khan, admitió delante de Harlan que, muy a su pesar, el emir no podía ser derrocado, por lo que las aspiraciones de los otros príncipes y las del depuesto Shuja quedarían en nada.

Decepcionado, en 1829 Harlan abandonó la conspiración que había encabezado y se marchó a Punjab, que por entonces se había significado como uno de los reinos más poderosos del subcontinente indio. Su gobernante, el maharajá Ranjit Singh, «el león de Lahore», era un hombre pequeño, tuerto y deforme, cruel con sus enemigos pero extremadamente asustadizo acerca de su salud, por lo que Harlan aprovechó para presentarse ante él como un sabio médico occidental, capaz de curar al gran rey de todos sus padecimientos. Con algunos remedios menores y mucha labia, el americano fue ganándose el afecto del maharajá, hasta conseguir que este lo nombrara gobernador del distrito de Gujrat ese mismo año. Las riquezas de Punjab eran formidables en aquel tiempo, como demuestra el hecho de que Ranjit Singh poseyera el mítico diamante Koh–i–Noor —«Montaña de luz», en persa—, que había obtenido precisamente de las manos de Shuja Shah Durrani —aquel príncipe afgano al que Harlan traicionó—, en agradecimiento por protegerlo de sus enemigos. Años después, en 1849, Punjab fue anexionado por el Reino Unido y desde entonces el Koh–i–Noor forma parte de las Joyas de la Corona Británica.

Existe a su alrededor una supuesta maldición que afirma que solo las reinas podrán tenerlo, mientras que, si es un hombre quien lo posee, caerán sobre él innumerables desgracias y perderá su trono. Viendo el final que tuvo Ranjit Singh y la facilidad con la que los británicos se hicieron con su imperio, cabe pensar que la maldición sea cierta. Aunque también pudo influir el hecho de que Ranjit fuera un alcohólico depravado, al que le obsesionaban los ritos sexuales de todo tipo, y empeñado en aumentar su vigor amatorio de la manera que fuese. Tras su muerte, las distintas tribus locales se disputaron el territorio y el ejército británico no lo tuvo muy difícil para someterlos a todos.

El caso es que Josiah Harlan obtuvo un palacio, una fortuna personal y numerosas concubinas durante su tiempo en Punjab, todos ellos regalos del maharajá por su buen trabajo en la región. El trato que dispensó a los nativos de Gujrat fue correcto, evitando la crueldad que habían mostrado sus predecesores, por lo que obtuvo el afecto de todos.

Sin embargo, en 1834, Punjab y Afganistán entraron en conflicto por la posesión de la valiosa ciudad de Peshawar. Las pérdidas humanas fueron terribles, de modo que el maharajá de Punjab decidió enviar a Harlan como emisario diplomático —recordando que el americano ya había conocido al emir afgano durante su tiempo allí—. De nuevo, Harlan fue inteligente y audaz. En vez de presentarse directamente en la corte del emir Dost Mohammad, decidió hablar antes con su hermanastro, Mohammad Khan, con quien estaba enfrentado por el amor de una bailarina afgana, de la que el emir se había apropiado para su harén aun a sabiendas de que su hermano estaba enamorado de ella. Harlan aprovechó esta desunión para ganarse la confianza de Mohammad Khan y atraerlo a su bando, de modo que finalmente Dost Mohammad renunció a enfrentarse a las fuerzas combinadas de ambos y detuvo la guerra. El emir quedó tan impresionado por las habilidades diplomáticas del americano que, dos años después, cuando el maharajá de Punjab creyó que Harlan conspiraba en su contra y este tuvo que huir a toda prisa del reino donde había hecho fortuna, lo acogió en Afganistán y le dio trabajo.

Esta es sin duda una de las muestras más evidentes de la manera en que ocurrían las cosas en aquella época. A Ranjit Singh no le costó mucho dudar de la lealtad de Harlan, a pesar de que llevara años sirviéndole con honor y se hubiera ganado un nombre en la provincia de Gujrat. De igual modo, Dost Mohammad no tuvo problemas en contratar a un mercenario extranjero que ya había conspirado en su contra en dos ocasiones, pero al que, extrañamente, admiraba. Harlan le correspondió con su afecto más sincero y aceptó entrenar a las tropas afganas —antiguas e ineficaces, sin artillería moderna ni buenas tácticas— a la manera que había aprendido en la Compañía de las Indias Orientales y en Punjab. Pronto volvieron las hostilidades entre ambos reinos y los afganos sacaron buen partido de lo que les había enseñado Harlan, por lo que obtuvieron éxitos muy sonados. Esa fue la época de mayor esplendor para el americano, cuando recorría Afganistán al mando de un ejército de miles de hombres, cabalgando a lomos de un elefante —como hiciera en su tiempo Alejandro Magno— y combatiendo a aquellos príncipes que se levantaban contra su señor. Uno de ellos fue Mohammad Reffee Beg Hazara, príncipe de Ghor, que no tuvo más remedio que aceptar los términos de ese impresionante general que asediaba sus ciudades con una tropa de infatigables guerreros: Harlan obtuvo el principado de Ghor para sí mismo y todos sus descendientes a cambio de la protección que su ejército podía proporcionar.

Pero el triunfo tampoco le duró mucho esta vez. En 1839 se desencadenó la primera guerra anglo–afgana, cuando la Compañía de las Indias Orientales decidió sustituir al emir Dost Mohammad por el antiguo gobernante, Shuja Shah Durrani, mucho más leal a los intereses británicos. Shuja no se había olvidado de la traición de Harlan diez años antes, por lo que lo expulsó del país, bajo amenaza de muerte.

Pobre de nuevo y sin ningún reino que lo protegiera, el americano aún intentó buscar aliados en el Imperio ruso, enemigo tradicional de los británicos, pero no lo consiguió, de modo que regresó a los Estados Unidos, quince años después de su marcha supuestamente definitiva. Allí escribió un libro sobre sus hazañas: «A Memoir of India and Afghanistan − With observations upon the present critical state and future prospects of those Countries». Intentó en diversas ocasiones que el Gobierno americano lo enviase de vuelta a Afganistán como agente especial, sin conseguirlo, y aún tuvo tiempo, a los sesenta y dos años, para formar su propio regimiento de caballería y luchar en la Guerra de Secesión americana.

Ninguna actividad era pequeña para él. Cualquier guerra se aparecía a sus ojos como una oportunidad para obtener una posición privilegiada. Finalmente murió en 1871, víctima de la tuberculosis en San Francisco, sin haber podido regresar a Asia Central ni hacer efectivo su título de príncipe.

Años después, Rudyard Kipling adaptó muchas de sus aventuras para crear la novela «El hombre que pudo reinar» —de la que existe una maravilla adaptación al cine de 1975—, que inmortalizó la figura de este pícaro, soñador y aprovechado, un hombre que salió de los Estados Unidos en busca de fortuna y nunca dejó de soñar, pese a todo. Un loco en unos tiempos más locos todavía, que lo tuvo todo durante breves períodos de tiempo, pero al que nunca le dejaron conservarlo.

Puedes encontrar el libro que cuenta la historia de Josiah Harlan en este enlace.

Y puedes leer más historias de locos aventureros y príncipes enamorados en este otro enlace de aquí.

La ambientación histórica en la novela de aventuras.

sunset-86214_1920

El pasado 8 de abril fue el cumpleaños del profesor Bartolomé Bennassar, uno de los mayores expertos mundiales en la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, y por eso publiqué una reseña en «Vigo é» de su obra más reputada: «El galeote de Argel» (puedes leer el artículo en este enlace).

Ahora toca hablar de un tema muy, muy importante a la hora de escribir novela de aventuras: la ambientación histórica. ¿Por qué hay tantas novelas de este género ambientadas en el pasado? ¿Es que ya no hay imaginación más que si miramos hacia atrás?

Hay tres elementos fundamentales que caracterizan a la novela de aventuras (ya traté sobre ello, hace algún tiempo, en el artículo «10 consejos para escribir novela de aventuras» que puedes leer en este enlace): el ritmo narrativo (qué es lo que pasa), los personajes (por qué pasa) y el entorno o worldbuilding (cómo pasa).

  • Los personajes son la base de la historia. Todos (pero sobre todo el/los protagonista/as) deben mostrar tres elementos de forma clara: un objetivo (busca/an algo), una motivación (hay una/as razón/razones para ello) y un conflicto (aparecen obstáculos para que no lo consiga/an). Es la «clave OMC».
  • El ritmo narrativo tiene que ser rápido. La aventura se define por la acción y el riesgo, y ninguna novela de este género puede desperdiciar páginas. Es la diferencia básica con otros géneros narrativos, que se permiten dedicar más tiempo a la caracterización, los sentimientos o las descripciones. Todo eso en la novela de aventuras estará claramente supeditado a la emoción de la trama central.
  • Y llegamos al entorno narrativo, que será exótico. El propio concepto de la aventura conlleva que el/los protagonistas se encuentren en un ambiente que no es el suyo, lo cual genera riesgo, y aun así tendrá/án que superarlo para obtener su objetivo. Por identificación, el lector sentirá ese mismo riesgo por medio de la exploración de ese ambiente extraño. Puede tratarse de un remoto pasado, una región inexplorada, un futuro salvaje u otro mundo. Puede ser incluso que el/los protagonista/as ya dominen ese lugar o situación (como un policía o un soldado, que han sido entrenados específicamente para esa tarea), pero aun así la aventura exige que afronte/en retos que en principio le/es superan, para acabar triunfando.

RemainsofTintagel

Ejemplos hay muchos, y sobre algunos de ellos ya he escrito artículos, en esta misma página o en «Vigo é»:

  • «El galeote de Argel», de Bartolomé Bennassar: Trata sobre la vida del hijo de un marino cristiano, que resulta atrapado por corsarios berberiscos a finales del siglo XVI y convertido en galeote, y cómo va poco a poco ascendiendo hasta convertirse él mismo en uno de los más terribles corsarios del Mediterráneo. El protagonista no conoce Argel ni las costumbres musulmanas, de forma que el lector las va descubriendo al mismo tiempo que él, y de paso siente identificación hacia la búsqueda del personaje de su lugar en el mundo.
  • «El caballero invisible», de Valerio Massimo Manfredi: La historia de un caballero andante y su escudero (narrada por éste último) que realizan un viaje a través de la Península Ibérica para salvaguardar una extraña reliquia de los ataques continuados de los sarracenos. El narrador no conoce la región más que de oídas, ni la naturaleza de la reliquia ni su destino, por lo que no entiende el motivo por el que sus enemigos les persiguen de forma tan persistente. El lector se identifica con su extrañeza y, entre lo que él sabe y lo que descubre, se va metiendo en la historia.
  • «La taza de oro», de John Steinbeck: La recreación de la vida del bucanero Henry Morgan, desde una perspectiva mítica y en ocasiones mágica. El protagonista abandona su hogar familiar en Gales y afronta el viaje al Nuevo Mundo, donde espera obtener fortuna y, sobre todo, aventuras. Morgan no sueña con riquezas sino con explorar el mundo. Por eso acaba convirtiéndose en una figura casi mitológica. El lector le acompaña en su exploración de una América no siempre realista (Steinbeck aprovecha la narración para introducir algunos elementos propios muy interesantes) y se identifica con sus anhelos de libertad y realización.
  • «El prisionero de Zenda», de sir Anthony Hope: Curiosamente, el único de esta lista ambientado en su propia época de publicación, aunque en un entorno totalmente ficticio y apartado de lo habitual: la nación ficticia de Ruritania, en el corazón de Europa, que tiene mucho de medieval y de aventurera. El protagonista se embarca en un complot político en una nación desconocida, sólo por ser fiel a su honor, y de paso se enamora de quien no debe (otro tema clásico). El lector viaja con él hasta ese lugar y se identifica con sus altos valores caballerescos, al tiempo que desea que el desenlace sea positivo.
  • «La isla del tesoro», de Robert Louis Stevenson: La novela de aventuras por antonomasia, la gran novela de aprendizaje y también de exploración. El protagonista es un chaval que sueña con la aventura y descubre, por casualidad, el mapa de un legendario tesoro pirata, que se encuentra enterrado en una isla muy lejana. La novela cuenta la manera en que encontró el mapa y la expedición que se organiza para recuperarlo. El protagonista desconoce absolutamente todo: cómo son los piratas, dónde está la isla, qué se va a encontrar, si puede confiar en sus compañeros o no, e incluso (sobre todo) qué clase de persona quiere ser en el futuro. Todas esas incógnitas se irán desvelando a lo largo de los trepidantes capítulos, y el lector se identifica con todas ellas, porque cualquiera que lea esta novela habrá soñado alguna vez con recorrer el mundo en pos de un tesoro, y también se habrá preguntado qué clase de persona quiere ser. Por eso ésta sigue siendo la mejor novela de aventuras de todos los tiempos.

Como vemos, la ambientación histórica no es estrictamente necesaria en la novela de aventuras, pero sí muy conveniente. El escritor debe sacar al lector de sus patrones conocidos y soltarle en mitad de un ambiente hostil, para que no tenga más remedio que seguir la trama, mientras que necesita identificarse con las dificultades de los personajes. El exotismo y la emoción son los pilares básicos de esa construcción, que requiere una ambientación detallada, con el fin de crear verosimilitud. Es un juego delicado, difícil de alcanzar en la medida justa.

Pero es un juego maravilloso: el juego de crear una aventura.

¿Y puede haber algo mejor en el mundo que una buena novela de aventuras?

Más ambientaciones históricas, héroes, villanos y lugares exóticos en este enlace.

TI-JimHawkins

 

Historicidad vs narración.

Valerio Massimo Manfredi

El día 9 de marzo cumplió años Valerio Massimo Manfredi, uno de los autores de novela histórica más reputados y famosos del mundo, y con ese motivo escribí este artículo acerca de una de sus novelas menos conocidas (y peor valoradas): «El caballero invisible».

Además, esta semana leí esta crítica de Fran Zabaleta acerca del último libro de Ken Follet: «El caballero invisible». Recuerdo las entrevistas que le hicieron al autor con motivo de la publicación del libro, en las que ya recibió bastantes críticas por la escasa veracidad del componente histórico de la novela. Y claro, es una novela histórica, así que se supone que tiene que ser verdad lo que cuenta, ¿no?

Pues eso tampoco está muy claro. Estos días, con motivo del artículo de Fran, he leído unas cuantas aseveraciones que me han sorprendido, y que se pueden resumir en la siguiente frase: «Las novelas históricas no son libros de Historia, así que ya se espera que no todo va a ser verdad».

Es una opinión que me parece muy, muy interesante (no estoy de acuerdo, pero me interesa): ¿hasta dónde tiene que acercarse a la verdad el escritor de novela histórica? ¿Y el de novelas de aventuras? ¿Se le permite a éste último ser más laxo con la historicidad que al primero? (tu subconsciente está diciendo que sí, aunque te sorprenda, pero es que los tópicos tienen estas cosas).

Recuerdo un artículo de Pérez-Reverte de hace unos años en el que un lector le decía: «Me encanta toda la investigación histórica que ha incluido en su última novela… Se nota que ha tirado de Wikipedia unas cuantas veces, ¿eh?». Dejando aparte las tendencias suicidas que tienen algunos, la creación de una novela ambientada en el pasado conlleva necesariamente una investigación. No se puede situar la acción en 1852 (como hice yo con «La reina demonio del río Isis») y que, por ejemplo, de repente el protagonista le mande un whatsapp a su novia. Sé que esto podría parecer descabellado, pero aún recuerdo el cabreo que pilló también Pérez-Reverte por el uso, en la serie de televisión «Alatriste», de banderas que aún no existían en aquel período histórico. Y claro, en una superproducción hay dinero para contratar a un asesor histórico, pero el escritor tiene que buscarse la vida solito. Y por otra parte es cierto que estamos en la mejor época para realizar una investigación histórica de cualquier tema, ya que sólo hace falta un clic en el lugar adecuado para que aparezcan ante ti dioses egipcios, guerras del opio, rifles medievales saharianos o pomadas con antídotos para los más terribles venenos (juro que todas ésas son búsquedas reales de información que he realizado yo mismo para esa novela en la que estoy trabajando).

23805331_10212412428820296_71526388_n

Pero luego hay otro tema: el interés creciente por la Historia. El pasado de la Humanidad es una fuente inagotable de inspiración para novelas, y hay períodos que piden a gritos que un escritor se fije en ellos, como la época de los corsarios berberiscos en el Mediterráneo, la exploración del África negra o la relación entre Roma y Egipto (sí, de todo eso también va lo que estoy escribiendo).

Así que aquí llegamos al quid de la cuestión, y a la verdaderamente divertido de escribir ficción ambientada en el pasado: cuánto cambiar para meter la historia que tú quieres contar.

Alexandre Dumas era uno de los mayores genios de la novela de aventuras, y de los mayores expertos en retorcer la Historia para que cuadrase con sus novelas. Son conocidas las incorrecciones históricas que aparecen en «Los tres mosqueteros», y sin embargo eso no quita que siga estando considerada como una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos.

Arturo Pérez-Reverte es uno de los escritores que mejor ambienta sus novelas en el pasado (y un admirador confeso de Dumas). La saga «Alatriste» es un prodigio de estudio de su época, por donde discurren espadachines, novicias, judíos perseguidos, soldados de los Tercios, inquisidores, ladronzuelos, infantas y reyes. Y todas las escenas están perfectamente documentadas: el teatro en las corralas, las conspiraciones contra la Corona, los matrimonios pactados, las guerras de Flandes y la actividad de los corsarios en el Mediterráneo. Y todo eso sin perder jamás el ritmo narrativo.

Pero sin duda el maestro absoluto en este campo era Emilio Salgari. El veronés recorrió, en sus más de 80 novelas, todas las épocas y lugares donde podía tener cabida una aventura: el far west, el Caribe en el siglo XVII, Malasia en el XIX, Chipre en el XVI, Siberia, Alaska, Filipinas, Argelia, la India o China. Y en todas esas ocasiones mostró un conocimiento excepcional de las costumbres, la vestimenta, las creencias e incluso la alimentación de sus personajes, pues Salgari creía en el poder educativo de la ficción. Para conseguirlo, pasaba horas y horas en la biblioteca investigando libros de Historia, etnografía o botánica, y luego lo volcaba en sus novelas.

Manfredi es un término medio. Su trabajo suele versar sobre civilizaciones antiguas: Grecia, Roma, Persia o Macedonia. Su esmero con la recreación histórica es excepcional, e incluso recuerdo leer de adolescente su trilogía «Alexandros», en la que incluía un apéndice explicando qué partes de la Historia real había cambiado para su novela y por qué. Eso es respeto por la Historia y sus protagonistas. Claro, que Manfredi es arqueólogo además de escritor (aunque eso tampoco garantiza nada).

Así que volvemos al debate que motivó este artículo: ¿dónde está el límite de la flexibilidad a la hora de ambientar una novela en el pasado? ¿Hasta dónde puede un escritor modificar los hechos a su antojo?

Diría que la respuesta es mucho más sencilla de lo que podría parecer: el límite está en el respeto.

El respeto hacia la compleja y apasionante Historia de la Humanidad.

Tigri_1900

Más novelas históricas, más escritores y algunas locuras que no vienen al caso en este enlace.