Documentándome: Robert E. Howard, un bárbaro de Texas

Hay pocos autores a los que se reconozca de forma unánime como padres o madres de un género. Podemos llamar así a sir Walter Scott o a Benito Pérez Galdós para la novela histórica moderna, y a Alexandre Dumas o Robert Louis Stevenson para la novela de aventuras. Robert Ervin Howard ostenta el honor indiscutible de ser el padre de la fantasía heroica o género de espada y brujería. Junto a J. R. R. Tolkien, se ha convertido en el autor más influyente en la literatura fantástica del siglo XX y XXI, formando cada uno su propia corriente literaria: el primero por medio de la fantasía épica y el segundo con la llamada alta fantasía.

Los matices entre ambas son complejos a veces, pero un buen resumen sería decir que, en la obra de Howard, la magia no actúa como una solución a los problemas, sino más bien como algo aterrador y ajeno a la humanidad, que solo causa dificultades y consume el alma de quien la practica. Las historias están narradas desde el punto de vista de guerreros mortales que saben que en su mundo existe la magia, pero solo reservada para unos pocos. Los conflictos son generalmente físicos y los entes mágicos aparecen como terribles amenazas que desafían a la lógica, pocos frecuentes y reservados a momentos muy puntuales, que son aquellos en los que la tensión dramática de cada relato se encuentra en lo más alto.

Aunque ambos autores escribieron sus obras más o menos a la vez, durante la década de los años 30, sus orígenes literarios y por tanto sus resultados fueron muy distintos. Mientras que Tolkien y su amigo C. S. Lewis habían estudiado de forma pormenorizada las mitologías celta y nórdica y plantearon sus obras como una modernización de estas, Howard provenía literariamente de las revistas pulp y, sin perjuicio de que su formación en Historia resultara abrumadora, no alcanzó nunca el estatus de alta literatura.

Howard nació en 1906 en el pequeño pueblecito de Peaster, Texas. Su padre era médico, el doctor Isaac Mordecai Howard, y por su trabajo tenía que viajar con frecuencia. De hecho, en sus primeros trece años de vida, el muchacho recorrió con sus padres casi todo el estado de Texas, hasta que el doctor Howard decidió asentarse en Cross Plains, en el condado de Callahan. Sin embargo, la relación entre la pareja nunca resultó buena y la madre, Hester, fue poco a poco sobreprotegiendo a su hijo y llevando de forma personal su educación y sus ansias por escribir. Al mismo tiempo, la mujer contrajo la tuberculosis, lo que hizo que estuviera cada vez más limitada.

Howard fue desde niño un lector apasionado, sobre todo de Historia, y su ansia por descubrir el mundo lo convirtió en un gran experto en la Edad Media y la Edad Moderna. Mostró un interés significativo por la evolución de los pueblos, las corrientes migratorias y la supervivencia del más fuerte, y en especial por la existencia de un pueblo en concreto: los pictos, una gente extraña que se había resistido al avance del Imperio romano por Escocia y de la que no se tienen muchos datos. Howard veía en ellos el ejemplo más claro de sus teorías. Él entendía la Historia como una sucesión de oleadas de rabia producidas por determinadas razas que buscaron prosperar, crearon imperios y luego fueron consumidas por otras razas más jóvenes. Del mismo modo, la geografía del mundo había sufrido grandes cataclismos que marcaron épocas determinadas y dibujaban un compendio de picos y valles en la Historia. Egipcios, romanos, árabes, turcos… El pasado no era una línea recta, sino quebrada, sacudida por la furia de grandes caudillos que movían tras de sí a pueblos enteros.

Y si eso parece un hecho fundado, ¿por qué no ir más allá? ¿Qué hubo antes de la Historia escrita? ¿Era posible que ya se alzaran imperios antes de aquellos de los que hemos sabido, y que algún gran cataclismo y unas terribles invasiones no dejaran rastro de aquel tiempo?

Howard reconoció haberse visto influenciado por los relatos de aventuras de Jack London y también por sus escritos sobre vidas pasadas; así como por las historias exóticas de Rudyard Kipling y Talbot Mundy. Pero su principal fuente de inspiración fueron las revistas pulp, creaciones baratas, generalmente con escritores desconocidos y que trataban temas escabrosos: detectives de lo sobrenatural, exploradores de reinos fantásticos, criaturas horrendas y mujeres ligeras de ropa a las que salvar del peligro.

Uno de los autores más famosos en ese tiempo fue Edgar Rice Burroughs, que en 1912 había publicado por entregas, en la revista All–Story Magazine, las dos obras que le harían famoso: A princess of Mars ⸺el debut del héroe John Carter de Marte⸺ y Tarzan of the Apes ⸺la primera novela de la saga del señor de la jungla⸺. Gracias a Burroughs, se hicieron enormemente populares las historias acerca de reinos fantásticos, héroes musculosos y reinas feroces y propensas al amor.

Howard cogió todas estas ideas y las hilvanó en una formidable saga única conformada por distintos episodios pseudohistóricos, cada uno protagonizado por un héroe muy peculiar: el rey Kull y la Era Precataclísimica, Conan el cimmerio y la Edad Hiboria, Bran Mak Morn y el Imperio romano, Cormac Mac Art y la Edad Oscura, Turlogh el Negro y los tiempos de Camelot, Cormac Fitzgeoffrey y las Cruzadas, Solomon Kane y la Inglaterra isabelina, Sonya la Roja y el sitio de Viena, El Borak y el Afganistán del Gran Juego o incluso James Allison, que recordaba sus vidas pasadas y volvía a habitar todas esas épocas.

Howard hizo alarde, en sus once años de carrera literaria, de un grado de conocimiento histórico apabullante, que le permitía describir con todo detalle la corte del sultán Solimán el Magnífico o la vida de los nobles que acudieron a las Cruzadas. Y eso aunque nunca realizó grandes viajes ni estuvo jamás en los lugares donde transcurrían sus historias. Desde lo más profundo del corazón de Texas llegó a conocer el mundo mejor que muchos historiadores, y además logró transmitirlo con la viveza, la emoción y la aventura propias de los mejores relatos pulp, de los que enseguida se hizo el rey.

Debutó en 1925 en la revista Weird Tales con el relato titulado Spear and fangLanza y colmillo⸺, una historia de enfrentamientos entre tribus prehistóricas y lucha a muerte por la que le pagaron 16 dólares. Había empezado una carrera fulgurante que duraría hasta 1936.

El 11 de junio de hace 85 años, Hester Howard cayó en coma debido a la evolución de su tuberculosis y los médicos dijeron que no se recuperaría más. Entonces su hijo, el autor afamado, el rey de las historias de aventuras, se metió en su coche y se disparó en la cabeza. Aún siguió vivo durante ocho horas más, pero no se pudo hacer nada por su vida. Su madre murió al día siguiente y ambos fueron enterrados juntos el día 14.

Se perdía un escritor único, un erudito de los tiempos pasados y, en muchos aspectos, un sabio. Su dominio de los resortes de la literatura de evasión no ha sido igualado nunca, ni tampoco su capacidad para mimetizarse con los planteamientos de cualquier otro autor y hacerlos suyos. Howard podía escribir con el estilo de Sax Rohmer, de Talbot Mundy o de H. P. Lovecraft y al final llevar la narración a su terreno y hacerla completamente reconocible. Podía llenar las páginas de detalles históricos y luego ceder a las presiones de su editor e incluir alguna escena con desnudos femeninos, monstruos grotescos y héroes salvajes. A través de su amplia obra podemos seguir la estela de los pictos a través de muchas vicisitudes, desde el estado de sabios tribales con el que aparecen en los relatos de Kull hasta el primitivismo involucionado de la Edad Hiboria, y más allá aún, a los tiempos en que casi se habían extinguido bajo la espada romana y solo unos pocos luchaban fieramente por sobrevivir.

Robert E. Howard dejó tras de sí un poderoso influjo que muchos escritores hemos aceptado. La aventura, la emoción y el salvajismo han pasado de unas plumas a otras y yo mismo me reconozco gran admirador del maestro de Cross Plains.

No hay más que leer con atención entre las líneas de El cazador de tormentas, mi última novela. ¿O qué son, sino homenajes velados, ese hechicero de nombre Yosef Vrolok, ese caudillo llamado Othman, esa reina de la Atlántida y esos huesos de los últimos hombres serpiente, que yacen para la eternidad en el interior de una cueva?

Siempre hay que dar las gracias a los maestros que nos formaron y yo se las mando con este artículo al escritor que me convirtió en adulto, justamente en el día en que decidió quitarse de en medio.

Más hechiceros, reinas y hombres serpiente en este enlace.

Museo Robert E. Howard en su antiguo hogar en Cross Plains, Texas

Documentándome: La Atlántida en la ficción, entre Pierre Benoit y Robert E. Howard

Busto de Platón

Sigo empeñado en estudiar todo lo que se relaciona con la temática de mi nueva novela de aventuras, que llevará por título El cazador de tormentas y estará en el mercado en el mes de abril. Te hablé de ella en esta serie de artículos.

La fase de documentación es una de las más complejas y a la vez apasionantes dentro del enorme trabajo de escribir una novela. Antiguos tratados polvorientos, bibliotecas de monasterios perdidos o sabios que guardan secretos de otra época… Un escritor debe acudir a todas las fuentes —aunque lo cierto es que, hoy en día, Internet ha desbancado a las otras opciones—. Y un origen al que no solemos dar la misma importancia, pero que también aporta a veces un punto de vista muy valioso es el de otras novelas. Autores que ya han recorrido el mismo camino en épocas anteriores y que reconstruyeron el mito de la misma forma, pero antes de que se te ocurriera a ti. Al fin y al cabo, por muy original que te creas, no hay nada nuevo bajo el sol.

Como ya escribí en este artículo, Platón legó al mundo una leyenda inmortal que habría de proporcionarnos miles de historias adaptadas a cada época concreta. La Atlántida es el primer gran continente de la humanidad, es el origen de nuestra cultura y también un relato de la debilidad de los mortales frente a los dioses. La grandeza del mito implica que incluso los primeros humanos se dejaron seducir por la tentación del poder, la conquista y la formación de un imperio, más allá de las normas que les habían legado Zeus y su familia de deidades. A pesar de tener las leyes escritas en una columna de oricalco que se erguía en el centro del reino de Atlas, los diez reyes hermanos proclamaron que el mundo les pertenecía y se lanzaron a una serie de conquistas por mar y tierra que, en último término, los llevó a enfrentarse con los primeros atenienses. Pero, si la Atlántida se debía a Poseidón, dios del mar, Atenas rendía culto a Atenea, diosa de la sabiduría, y eso al final llevó a la tragedia que arrasó por completo el primer continente. Los dioses olímpicos se enfurecieron por el afán imperialista de los atlantes y decretaron su final, que ocurrió en «un solo día y una noche terribles». Un terremoto hizo añicos la isla y las olas se la tragaron por completo, sin que quedara un solo resto de su grandeza y dando lugar a una de las leyendas más conocidas de la historia. En aquel entonces, solo unos pocos sabios guardaron registro de la existencia de la Atlántida, lo que llenó esta narración de un misterio y un atractivo formidables.

Han sido muchos los escritores, ilustradores y cineastas que han decidido recrear esta leyenda en sus obras, de forma mucho más frecuente a partir del siglo XIX. Como sucede con todos los supuestos lugares perdidos ⸺como Thule, Lemuria, Antillia o Mu⸺, la Atlántida ha servido como ubicación para numerosas obras del género de aventuras.

Así, en Veinte mil leguas de viaje submarino (1869), de Jules Verne, la tripulación del Nautilus visita las ruinas de un imperio hundido bajo el Atlántico:

El capitán Nemo contemplando los restos de la Atlántida

«Allí, bajo mis ojos, abismada y en ruinas, aparecía una ciudad destruida, con sus tejados derruidos, sus templos abatidos, sus arcos dislocados, sus columnas yacentes en tierra. En esas ruinas se adivinaban aún las sólidas proporciones de una especie de arquitectura toscana. Más lejos, se veían los restos de un gigantesco acueducto; en otro lugar, la achatada elevación de una acrópolis, con las formas flotantes de un Partenón; allá, los vestigios de un malecón que en otro tiempo debió abrigar en el puerto situado a orillas de un océano desaparecido los barcos mercantes y los trirremes de guerra; más allá, largos alineamientos de murallas derruidas, anchas calles desiertas, toda una Pompeya hundida bajo las aguas, que el capitán Nemo resucitaba a mi mirada.

¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba? Quería saberlo a toda costa, quería hablar, quería arrancarme la esfera de cobre que aprisionaba mi cabeza.

Pero el capitán Nemo vino hacia mí y me contuvo con un gesto. Luego, recogiendo un trozo de piedra pizarrosa, se dirigió a una roca de basalto negro y en ella trazó esta única palabra:

ATLANTIDA

¡Qué relámpago atravesó mi mente! ¡La Atlántida! ¡La antigua Merópide de Teopompo, la Atlántida de Platón, ese continente negado por Orígenes, Porfirio, Jámblico, D´Anville, Malte Brun, Humboldt, para quienes su desaparición era un relato legendario, y admitido por Posidonio, Plinio, Ammien Marcellin, Tertuliano, Engel, Sherer, Tournefort, Buffon y D´mAvezac, lo tenía yo ante mis ojos, con el irrecusable testimonio de la catástrofe. Esa era, pues, la desaparecida región que existía fuera de Europa, del Asia, de Libia, más allá de las columnas de Hércules. Allí era donde vivía ese pueblo poderoso de los atlantes contra el que la antigua Grecia libró sus primeras guerras. (…)

Tales eran los recuerdos históricos que la inscripción del capitán Nemo había despertado en mí. Así, pues, conducido por el más extraño destino, estaba yo pisando una de las montañas de aquel continente. Mi mano tocaba ruinas mil veces seculares y contemporáneas de las épocas geológicas. Mis pasos se inscribían sobre los que habían dado los contemporáneos del primer hombre. Mis pesadas suelas aplastaban los esqueletos de los animales de los tiempos fabulosos, a los que esos árboles, ahora mineralizados, cubrían con su sombra».

La imagen que describió Verne quedaría grabada a fuego en la sociedad occidental: unos restos hundidos en el lecho del océano, la grandeza de tiempos perdidos convertida en ruina por unos dioses coléricos. Después, otros muchos seguirían el camino marcado por el genio de Nantes.

La Atlántida (1877), de Jacinto Verdaguer, es un poema en catalán que cuenta la historia del continente perdido y la manera en que esta llega a oídos de Cristóbal Colón, lo que produce en él la idea de navegar hacia el oeste, y eso llevará, en un futuro, al descubrimiento de América.

Otras novelas que plantean la búsqueda de los ansiados restos son El librero de la Atlántida (2016), de Manuel Pimentel; y Atlántida (2010), de Javier Negrete.

Cartel de la versión cinematográfica de la obra de Pierre Benoit

Pero sin duda hay dos autores que han marcado la historia de la leyenda y de sus publicaciones en papel, con numerosas adaptaciones de sus obras: Pierre Benoit y Robert E. Howard. El primero fue un novelista francés criado en el norte de África, autor de más de quince obras y muy popular en su época, miembro de la Academia Francesa y especialmente recordado por La Atlántida (1919). Esta publicación fue revolucionaria por dos motivos: situaba la historia en tierra en lugar de en el mar ⸺concretamente en el macizo del Hoggar, en Argelia, en pleno desierto del Sahara⸺ y lo convertía en un reino vivo en lugar de muerto ⸺gobernado por Antinea, una monarca cruel que buscaba amantes por todo el planeta y luego, al terminar con ellos, los convertía en estatuas de oricalco⸺. De este modo, Benoit se sumaba a la moda de los reinos perdidos en África, de la misma forma que Henry Rider Haggard ya había presentado en 1902 a su personaje Ayesha, «la que debe ser obedecida», monarca de Kôr; o Edgar Rice Burroughs había hecho lo propio en 1913 con la reina La, suma sacerdotisa de la ciudad de Opar. La Antinea de Benoit es una mujer dura, acostumbrada a gobernar con mano de hierro y dueña de todo el mercado ilegal del continente africano. Mediante las redes de transporte de mercancías a través del desierto, ha creado un imperio secreto aún más poderoso que el de sus ancestros atlantes y solo se dedica a buscar placer. En los sótanos de su palacio guarda los restos de aquellos hombres que cayeron en sus redes ⸺debidamente numerados e identificados mediante placas⸺, y aquellos que la han conocido admiten que es imposible resistirse a sus encantos.

Mapa de la Era Thuria, creada por Robert E. Howard y representada aquí por John Bolton

Robert E. Howard, por su parte, trazó una gran cronología de la historia de la humanidad que se movía en torno al auge y caída de la Atlántida. Este habría sido el primer gran continente de la humanidad, pero no el primer reino habitado del mundo. En su lugar, ese honor recaía en Valusia, antigua morada de los hombres serpiente, donde estos llevaban a cabo malignas brujerías y esclavizaban a los humanos. Los hombres serpiente, los hombres lobo y otros demonios semejantes gobernaron el mundo en la más remota antigüedad, pero entonces los humanos se alzaron en armas contra ellos bajo el liderazgo de un caudillo conocido como Raama ⸺y, en otras fuentes posteriores, Jhebbal Sag⸺, hasta que lograron vencer a los demonios, proclamarse señores de la Creación y establecer la Atlántida como su primer gran reino. Valusia, por su parte, quedó como baluarte frente al regreso de sus enemigos, como la punta de lanza de la humanidad. Tiempo después, un cataclismo arrasó la Atlántida y sepultó cualquier vestigio de esta era, dando lugar más adelante al imperio de Acheron y, tras la desaparición de este, a la Edad Hiboria. Howard entendía la historia como una sucesión de épocas marcadas por el desastre, el conflicto y la grandeza. Valusia, Hiboria, los pueblos pictos, el Imperio romano, las migraciones celtas o la expansión del islam aparecen reflejados en sus obras como momentos concretos de brillantez en una línea de tiempo que no es lineal, sino en forma de picos y valles. Los pictos son el mejor ejemplo de esos cambios sucesivos, pues muestran un elevado desarrollo como sociedad en los tiempos de Valusia, una degeneración a la barbarie en tiempos hiborios y un nuevo ascenso en la escala de la evolución para enfrentarse a las legiones romanas en tierras británicas. La Atlántida se convierte, en cambio, en solo un elemento más de esa línea de tiempo, ni especialmente brillante ni muy recordada en épocas futuras, sino más bien un ejemplo de la manera en que los siglos sepultan los reinos más impresionantes y ya nadie vuelve a acordarse de ellos. En la cronología de los relatos de Howard, la Atlántida habría quedado destruida hace unos doce mil años, tal y como especificó Platón, y para él no se trató más que de un puñado de tribus dispersas y poco merecedoras de la inmortalidad.

Ahora bien, ¿en qué medida han influido estos autores en la trama de El cazador de tormentas, mi próxima novela? ¿Qué versión de la Atlántida aparecerá nombrada allí, si es que aparece alguna: la olvidada en el tiempo, que describió Robert E. Howard; o la viva y maligna de Pierre Benoit? ¿Qué ciudades malditas se ocultan en el corazón de África, a la espera de los aventureros que las quieran explorar?

Más continentes hundidos por dioses griegos y autores de novelas de aventuras en este enlace.

Reseñas aventureras: «Las extrañas aventuras de Solomon Kane», de Robert E. Howard

Sigo otra semana más con las recomendaciones de novelas de aventuras para este verano tan loco. Estés en la playa o en la montaña, vayas a pasar unos días con tu familia en la aldea o solo y disfrutando de la tranquilidad, pocas opciones son más agradables que una buena novela de aventuras, que te haga soñar y te transporte a otras situaciones. Piratas, espadachines, salvajes, brujos, zombies, vampiros, monstruos primigenios o magia vudú. Cualquiera de esos ingredientes serían magníficos para pasar un buen rato. Pues el libro del que quiero hablarte hoy tiene todo eso junto.

Weird Tales es una de las revistas más importantes de la historia, dedicada a la fantasía y el terror desde 1923 y hasta el presente. En ella han publicado escritores tan reputados como H. P. Lovecraft, Clark Ashton Smith o Robert E. Howard. Este último fue uno de sus pilares más significativos, y Weird Tales constituyó su vía más frecuente de publicación. En el número correspondiente a agosto de 1928 aparecía «Sombras rojas», el debut de un personaje muy peculiar.

«Era un hombre alto, tanto como Le Loup, vestido de negro de pies a cabeza: su severa ropa iba extrañamente a tono con su tenebroso rostro. Los largos brazos y los anchos hombros delataban al espadachín, así como la larga hoja que llevaba en la mano. Sus rasgos eran saturnales y tétricos. Bajo aquella luz incierta, la sombría palidez de su rostro le daba una apariencia fantasmal, efecto que era realzado por la satánica negrura de sus amenazantes cejas. Sus ojos, grandes y profundamente entornados, observaban al bandido sin pestañear, escrutándole. Al mirarse en ellos, Le Loup no supo a ciencia cierta de qué color eran. Por otra parte, el aspecto mefistofélico de su rostro y barbilla era desmentido, curiosamente, por una frente ancha y amplia, escondida, en parte, por un sombrero sin pluma.

Pero mientras que aquella frente pertenecía a un soñador, idealista e introvertido, los ojos y la nariz, estrecha y recta, eran los del fanático. Cualquier observador se habría asombrado al contemplar los ojos de los dos hombres que se enfrentaban en aquella caverna, pues, aunque escondiesen insospechados abismos de poder, ahí acababa cualquier parecido. (…)

Los ojos del hombre de negro, hundidos en sus órbitas, que miraban fijamente bajo unas cejas prominentes, eran fríos, pero profundos; al contemplarlos se tenía la impresión de estar mirando desde insondables profundidades heladas».

Así aparece en escena Solomon Kane, un puritano inglés que recorre el mundo sin un destino claro, siempre vagando de un lugar a otro, persiguiendo el mal en todas sus formas. Apenas sabemos nada de su origen o de lo que hizo que asumiera una misión tan compleja, pero no parece tanto un héroe como la víctima de una maldición que intente limpiar su alma. Él no se une a ningún ejército ni a ninguna causa conjunta. Su camino es solitario y autoimpuesto, con el único fin de terminar con cualquier elemento maligno, igual un señor feudal germano que esclavice a su pueblo que un reino de vampiros establecidos en el corazón de África. Sabemos que nació en una familia puritana de Devonshire, que navegó por todos los mares en barcos mercantes o que fue corsario en el Nuevo Mundo contra navíos españoles. A partir de ahí comienza un lento vagabundeo por Europa que hace que se tope de bruces con elementos mágicos, intervenciones demoníacas y terribles hechiceros, a los que combate una y otra vez, solo porque cree que es su obligación. Reza a Dios y se considera su mano ejecutora, en ocasiones como un verdadero fanático, capaz de recorrer el planeta entero con tal de salvar a alguien en apuros.

Robert E. Howard explicó en una de sus cartas que había imaginado por primera vez a este personaje cuando tenía alrededor de dieciséis años, impresionado por la estética de esos espadachines de mirada gélida y movimientos calculados de los que leía en las historias de Rafael Sabatini. El nombre del puritano podría venir de «Sir Piegan Passes», de W. C. Tuttle, un western que salió publicado en la revista Adventure en 1923. En esa historia se nombra a un vaquero llamado precisamente Solomon Kane, y es sobradamente conocido que Robert E. Howard leía con asiduidad Adventure —y soñaba desde siempre con publicar en ella—, y también que reutilizaba como autor lo que antes había disfrutado como lector de revistas pulp —su personaje El Borak tiene mucho que ver con el capitán Athelstan King, creación de Talbot Mundy—. Tal vez un día de 1923 un joven Howard leyó ese nombre en su revista favorita y pensó: «esto quedaría genial para un espadachín puritano».

El caso es que finalmente el Solomon Kane de Howard no tiene nada de western y sí mucho de vengador bíblico, de la misma forma que se cuenta que el rey Salomón perseguía y capturaba los demonios que amenazaban a la humanidad. Y a Kane le da lo mismo que su enemigo sea humano o infernal: movido por su invencible fe en lo que está haciendo, empuñará su estoque y sus pistolas para lanzarse a cualquier clase de combate.

Aunque todas sus historias están ambientadas en una época concreta —finales del siglo XVI y principios del XVII—, Howard muestra unas localizaciones escasamente realistas, solo lo imprescindible para situar una narración de misterio. Europa se representa como un lugar siniestro, poblado por vampiros antiguos que se disfrazan como señores feudales, mientras que África es el horror, la selva tupida donde se oculta la brujería más antigua y terrible.

En el volumen «Las extrañas aventuras de Solomon Kane» están incluidos los siguientes relatos:

«Sombras rojas»: La primera aparición del personaje. Kane se topa por casualidad en Francia con una joven atacada por una cuadrilla de bandidos. Cuando la víctima muere en sus manos, el puritano se jura a sí mismo que les hará pagar su crimen, aunque eso le suponga lanzarse a una búsqueda de varios meses y atravesar África, con la aparición de tribus salvajes, magia ancestral y un poderoso hechicero que se convertirá en su único amigo, el misterioso N´Longa.

«Calaveras en las estrellas»: «Dos son los caminos que llevan a Torkertown». Así comienza una de las mejores historias del personaje, donde se encuentra con el mal a mitad de una senda y resuelve una maldición que amenazaba a una pequeña villa desde mucho tiempo atrás.

«Resonar de huesos»: Una posada a un lado de un bosque, llamada El Cráneo Hendido, y Solomon Kane intenta pasar allí una noche. Al final no le quedará más remedio que descubrir por qué le han puesto ese nombre a la posada y qué tiene que ver el esqueleto de un antiguo hechicero.

«La mano derecha de la condenación»: Otro relato magnífico. Kane sirve de testigo y motor de la historia en una narración de venganza, caza de brujas y justicia poética, situada en Inglaterra.

«Luna de calaveras»: De un modo similar a lo que ocurrió en «Sombras rojas», el puritano viaja a África por una misión solitaria, esta vez para rescatar a una joven secuestrada por piratas y vendida a una reina salvaje, la temida Nakari, la reina vampiro de la ciudad de Negari, a donde tendrá que ir a salvarla. Pero ese es un lugar horrible, donde tienen lugar los rituales más inhumanos.

«Las colinas de los muertos»: Durante su gran viaje a través de África, Kane se encuentra de nuevo con el chamán N´Longa, que le entrega el antiguo cetro del rey Salomón, con el que se puede combatir a los demonios. Y no le vendrá nada mal cuando tenga que enfrentarse a una ciudad entera poblada por vampiros, que han asesinado a todos los miembros de las tribus locales.

«Los pasos en el interior»: El África negra sufre el ataque constante de esclavistas árabes, que arrasan pueblos enteros. El puritano intenta acabar con una de esas partidas y liberar a los esclavos, pero lo superan en número y él mismo acaba unido a la cadena. Lo que no se esperan los esclavistas es el horror que duerme en los lugares aparentemente más tranquilos de la jungla.

«Alas en la noche»: Kane sigue explorando África de un rincón a otro, esta vez para descubrir que hay monstruos mitológicos que se han refugiado en sus montañas, para seguir alimentándose de los mortales como hacían en la Antigüedad.

Hasta aquí los relatos publicados en vida del autor. Existen otros, de los que supimos más tarde, como «Espadas de la hermandad» —un cuento de piratas y un noble que les ayuda en sus fechorías, a los se enfrenta Kane para ayudar a un muchacho, cuya novia han secuestrado para convertirla en su esclava—; o fragmentos inconclusos, como «El castillo del diablo» o «Los hijos de Asshur», que prometían historias increíbles que nunca se llegaron a realizar; o incluso poemas, como «El regreso al hogar de Solomon Kane», que habla acerca del día en el que el puritano se plantea abandonar la vida errante y echar raíces de vuelta a Devon, e incluso pregunta por una muchacha llamada Bess, que en tiempos lloró por él, cuando abandonó la tranquilidad de la vida sedentaria en busca de aventuras, y ahora hace años que yace muerta. Pero Kane es un alma vagabunda, siempre a la caza de nuevos seres malvados y de nuevas emociones, y tan pronto como escucha «el aullido de los sabuesos del océano», su mirada cambia y sus intenciones también, porque él nunca tendrá más consuelo que la batalla, ni más intenciones que combatir el mal, allá donde se encuentre.

Más espadachines ingleses, lugares tenebrosos y almas errantes en este enlace.