Historias asombrosas de la vida real: La cripta de los cuerpos rescatados del Tíber

Las ciudades se construyen unas sobre otras. Los tiempos modernos aplastan con su peso otros más antiguos y las eras se muestran como capas superpuestas de restos arqueológicos. Aquellos antiguos asentamientos prehistóricos, cercanos a los recursos naturales que permitían sobrevivir a la tribu y fáciles de defender, se convirtieron siglos después en castros romanos, luego en ciudades medievales amuralladas y por último —al menos de momento— en bulevares, rascacielos y zonas de oficinas. Las ciudades muestran en sí mismas el mapa de nuestra historia, época tras época, nivel tras nivel.

Pero pocas ciudades tienen tanto pasado oculto en sus calles como Roma. Es difícil construir nada en la ciudad eterna, porque raro es el día en que una excavadora que pretende hacer obra en un solar no se encuentra una vasija etrusca, una sandalia romana o una moneda del Renacimiento. Y entonces los operarios maldicen a todos los dioses antiguos, porque saben que no podrán seguir trabajando. El patrimonio de Roma es enorme, pero aún queda mucho enterrado bajo su asfalto.

Uno de esos lugares con muchas historias en su haber es la isla Tiberina. Como su nombre indica, se encuentra en mitad del río Tíber, a su paso por Roma. Cuenta una leyenda que esta isla no existía en la Antigüedad, sino que apareció tras la muerte del temido Tarquinio el Soberbio, el último rey de Roma, a quien derrocaron mediante un levantamiento popular que instauró la República en el año 509 antes de nuestra era (ANE). El pueblo lanzó el cadáver a las profundidades del río y se decía que sobre este empezaron a depositarse las basuras y residuos del agua hasta llegar a conformar una isla. Por este motivo, la isla Tiberina representaba lo peor de la ciudad, la degradación y la maldad de Roma concentradas. La pena de confinamiento en ese lugar estaba considerada como una de las peores que se podían imaginar en aquel tiempo.

Eso cambió alrededor del año 300 ANE, a raíz de una terrible epidemia de peste que sacudió la ciudad. El Senado investigó el asunto en los Libros Sibilinos —unos pocos textos proféticos que precisamente Tarquinio el Soberbio había comprado por una fortuna a la sibila de Cumas, después de que esta le ofreciera muchos más legajos y el tirano quisiera regatear el precio, hasta que la sibila se puso a quemarlos y entonces Tarquinio pagó por tres libros lo que antes ella le había pedido por nueve—. En los Libros Sibilinos ponía que los romanos debían erigir un templo a Esculapio, dios de la medicina, y entonces la ciudad tendría la cura. El Senado envió una delegación a la región de Epidauro, donde se adoraba a una estatua muy conocida de Asclepio —la versión griega del mismo dios—. Durante esa clase de viajes, los marinos tenían por costumbre llevar consigo una serpiente, que representaba a la deidad, y en aquel día afirmaron que, tan pronto como se pusieron en ruta, la serpiente se enroscó alrededor del mástil y, en el momento en que regresaron con la estatua, el animal se desenroscó y tomó tierra en la isla Tiberina. Los supersticiosos romanos entendieron que su dios quería establecerse allí. Levantaron un templo y, milagrosamente, la peste se esfumó.

Desde ese momento y para todos los siglos venideros, la isla se convirtió en un lugar de curación y fe. El templo de Esculapio permaneció en activo durante siglos, sustituido después por la basílica de San Bartolomeo y el hospital de San Juan de Dios. Ambos continúan en pie y con la misma función que antaño.

Pero lo que poca gente conoce es que debajo de esas construcciones se halla una cripta llena de huesos humanos de hace siglos. Se trata de la cripta de Sacconi Rossi, un lugar espeluznante al que solo se puede entrar en un día concreto del año.

En 1760 se fundó la «Venerable Hermandad de Devotos de Jesús en el Calvario y de Santa María de los Dolores en beneficio de las almas del Purgatorio», una orden franciscana que pretendía dedicarse a orar para auxilio de aquellos que aún no habían entrado en el Cielo. Se vestían con túnicas rojas y capuchas del mismo color que les dieron el sobrenombre de Hermandad de Sacconi Rossi.

En 1780 levantaron el Colegio Franciscano junto a la basílica de San Bartolomeo y, por debajo de él, una cripta donde pretendían depositar los restos de sus hermanos. Pero pronto se dieron cuenta de que el Tíber arrojaba a sus orillas muchos cuerpos que no se reclamaban, restos de personas anónimas cuyos entierros nadie quería pagar y que terminaban entregados a las aguas. Desde ese momento, la hermandad comprendió que su deber no era solo la oración, sino tratar de forma cristiana esos cadáveres. Por ello, cada noche los monjes bajaban al río, candil en mano, y transportaban los cuerpos hasta su propia cripta. Con el tiempo, los huesos descarnados se fueron acumulando y los monjes los colocaron en posiciones decorativas, lo que volvía el espectáculo todavía más macabro.

Solo a partir del siglo XIX, debido a unas epidemias de cólera, el papa prohibió estos enterramientos en criptas y únicamente autorizó el uso de cementerios legales. Los soldados franceses del ejército de Napoleón ocuparon durante un tiempo esta cripta a modo de cuartel, pero desde entonces se encuentra deshabitada.

Los huesos de aquellos cadáveres rescatados por los monjes se acumulan en repisas y adoptan posiciones extrañas. Las salas acumulan un frío horrendo y un aura tenebrosa con tantos cráneos apilados siglos atrás.

En la actualidad, la hermandad pervive, aunque sin miembros activos. En la noche del 2 de noviembre de cada año, numerosas personas venidas de muchos lugares llevan a cabo un ritual muy parecido al de aquellos monjes: visten sus mismas túnicas rojas, encienden candiles y bajan hasta el río para rendir homenaje a los fallecidos en las aguas. Lanzan al Tíber una corona de flores y rezan por sus almas, y luego descienden a la cripta de Sacconi Rossi para visitar la obra que dejaron atrás los franciscanos.

Un lugar misterioso edificado sobre los restos del templo de Esculapio. Una isla dedicada a la sanación, la purificación y el perdón de los pecados a través de los siglos. Y un formidable osario que pone los pelos de punta.

Más templos, epidemias e historias asombrosas en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: El mapa de Piri Reis o el misterio de la Antártida prehistórica

Con frecuencia, la Historia de la Humanidad ha pecado de europeocentrismo, por medio de un colonialismo cultural y económico muy arraigado. Términos como «el descubrimiento de América» o «el descubrimiento de las fuentes del Nilo» demuestran nuestra incultura y nuestra falta de respeto hacia los pueblos que ya vivían en esos lugares antes de que ningún europeo los pisase.

El mundo islámico se convirtió, durante la Edad Media y la Edad Moderna, en uno de los puntos de mayor avance científico y artístico de la humanidad. Poetas, traductores, arquitectos, filósofos y otros muchos sabios compartían conocimientos en una vasta red que abarcaba desde la Península Ibérica hasta las tierras más lejanas de Oriente. Solimán el Magnífico —apodado «el Legislador» entre los autores islámicos— no fue solo un brillante estratega militar y un líder ambicioso, sino también un gran poeta y un importante mecenas de los movimientos artísticos de su tiempo. Con sede en el Palacio de Topkapi, llegó a formar una Ehl–i Hiref o «comunidad de talentos», donde los genios de las artes más diversas compartían su conocimiento con los jóvenes.

Justamente fue en el Palacio de Topkapi donde se encontró una de las piezas más extrañas y quizá más valiosas de toda la historia del Imperio otomano. En 1929, el Gobierno turco encargó una tarea muy compleja a un grupo de estudiosos: clasificar todo el material histórico del que se disponía en el Palacio de Topkapi, con el fin de convertirlo en un museo. Pero lo que nadie esperaba fue que hallasen un extraño mapa del siglo XVI que definía perfectamente costas que por entonces aún no habían sido descubiertas. Es el mapa de Piri Reis, una de las joyas del tesoro de Turquía, que por desgracia no puede ser expuesto, dado lo frágil de su estado. Se trata del fragmento de un mapa de navegación dibujado en 1513 sobre cuero de gacela, y que mezcla leyendas de la época con una descripción pormenorizada de las costas de América e incluso de la Antártida. Algo absolutamente imposible.

El autor fue Ahmed Muhiddin Piri, también conocido como Hājjī Mehmet y como Piri Reis —«Reis» era el título que otorgaban en el Imperio otomano a los almirantes de la flota naval—. Nacido en 1465 en Galípoli, Turquía, se crió con su tío, Kemal Reis, un importante corsario otomano, famoso por sus frecuentes ataques a Málaga o Córcega y por ayudar a salir de España a los judíos y musulmanes expulsados. Piri aprendió así a navegar y conoció lugares remotos, además de hablar numerosos idiomas. Su pasión era la cartografía, en una época en la que constantemente se llevaban a cabo nuevos descubrimientos. En 1488, el portugués Bartolomé Díez avistó por primera vez el llamado por entonces Cabo de las Tormentas, hoy en día Cabo de Buena Esperanza. En 1492, Cristóbal Colón puso un pie en un nuevo continente. Era un tiempo vibrante para un cartógrafo, cuando se estaban empezando a definir los mapas.

En 1526, Piri Reis regaló al sultán Soleimán el Kitab–ı Bahriye o Libro de las materias marinas, un completísimo atlas de navegación que incluye un total de 5700 mapas solo del Mediterráneo. Su grado de detallismo y su complejidad no han sido igualados nunca en la historia, lo que le granjeó la fama universal.

Lo que no sabía nadie hasta 1929 era que Piri Reis había dibujado otro mapa trece años antes, esta vez dedicado al Mar de las Tinieblas, como entonces se denominaba al Océano Atlántico. El mapa de Piri Reis es una maravilla y a la vez un enigma. Perfilacon una exactitud portentosa la línea de la costa occidental de la Península Ibérica y del continente africano, aproximadamente hasta el golfo de Guinea. Desde allí, traza las llamadas líneas de rumbo, que marcan direcciones para atravesar el mar y que eran muy habituales entre los marinos de esa época. Pero sin duda lo más curioso resulta lo que encontramos hacia el oeste y el sur. El mapa es sorprendentemente correcto a la hora de definir cómo es la costa este de América del Sur. Aparecen Brasil, los Andes, el río Amazonas, el Orinoco y el río de la Plata, e incluso una llama pintada. También se muestran algunas leyendas de su tiempo, como la isla de Antillia —que luego dio nombre a las Antillas— y San Brandán —que podría corresponderse con las Azores—.

El gran misterio llegó al ver lo que Piri Reis había dibujado al sur de América: una gran masa de tierra que se correspondería con la Antártida, pero no como la conocemos ahora, sino como se encontraba hace unos cuatro mil años, antes de la última glaciación. Piri dibuja los accidentes costeros exactamente como sabemos que se encuentran bajo el hielo actual. Sin embargo, este continente helado no fue descubierto hasta 1603, cuando lo divisó el español Gabriel de Castilla, y más tarde, en 1820, por los exploradores rusos Fabian Gottlieb von Bellingshausen y Mijaíl Lázarev. Entonces, ¿qué es lo que aparece en el mapa otomano?

Resulta bien conocido que Piri obtuvo sus datos de uno de los marineros de Colón, a quien capturó Kemal Reis en 1501, y que por entonces obraba en su poder un mapa que había dibujado el propio almirante genovés durante su primera travesía al Nuevo Mundo. Kemal le entregó el mapa a su sobrino, que mezcló aquellos descubrimientos con lo que ya sabía, por haberlo obtenido de cartas de navegación portuguesas y ptolemaicas. Pero además Piri afirma haber descubierto otros lugares gracias a la información obtenida de los que llamó «los antiguos reyes del mar». Al no ser más claro en su explicación, esto disparó las elucubraciones.

Algunas fuentes aseguran que Piri Reis tenía acceso a cartas provenientes de culturas previas, que habían recorrido los mares siglos antes que él. La versión más probable es que simplemente trazó lo que pensaba que podía ser la costa sur de América, con más tentativa que base real, y nuestro conocimiento actual acerca de la Antártida hace que queramos ver ahí lo que solo sea una aproximación voluntariosa. Todo parece indicar que es nuestra mente la que nos traiciona.

Aun así, el mapa de Piri Reis constituye un verdadero tesoro histórico y durante mucho tiempo ha aparecido en los billetes de Turquía. La única pena es que no se pueda exponer en público ni tampoco someter a estudios intensivos, con el fin de esclarecer a qué se refería el navegante con eso de «los antiguos reyes del mar».

Más corsarios, mapas y locuras semejantes en este enlace.

Historias asombrosas de la vida real: La fuente que emplea mercurio en lugar de agua

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No todas las fuentes del mundo mueven agua. Actualmente se encuentra en Barcelona la única fuente conocida que emplea mercurio, un metal que es líquido a temperatura ambiente y por ello permite crear imágenes increíbles que remedan agua. Este objeto excepcional fue creado por el escultor Alexander Calder en 1937, por encargo de la II República Española, en homenaje a los mineros de Almadén.

Durante unos dos mil años, las minas de Almadén, en Ciudad Real, habían sido una de los principales fuentes de explotación del mercurio del mundo, hasta el punto que se calcula que una tercera parte de todo el mercurio que ha empleado la humanidad a través de los tiempos proviene de ese yacimiento. Sin embargo, el mercurio es una sustancia extremadamente tóxica, por lo que un gran número de mineros sufrieron la muerte por culpa de su explotación. A comienzos del siglo XX, el Gobierno español ya era consciente de esa circunstancia y encargó a Alexander Calder que plasmara la terrible situación de Almadén en una obra de arte.

Ese mismo año, el escultor presentó su trabajo en la Exposición Internacional de París, donde pudo compartir pabellón con el Guernica de Picasso. La obra de Calder es de una hermosa sencillez, de una belleza minimalista e hipnótica, gracias al flujo de líquido, que transmite una enorme paz. Sin embargo, la fuente no se puede tocar ni visitar de forma directa, ya que el contacto con el mercurio o la inhalación de sus vapores resultan tóxicos. En la actualidad se encuentra expuesta en la Fundación Joan Miró de Barcelona, protegida detrás de un cristal.

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Los visitantes pueden contemplar con libertad la impresionante obra, a diferencia de tantos mineros a los que homenajea, que murieron expuestos al terrible metal líquido.

Las minas de Almadén cerraron definitivamente en el año 2002 y actualmente en sus galerías se realizan visitas turísticas, para hablar de la temida realidad que se ocultó durante tantos años.

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(Mina de Almadén. Fotografía de Rafael Tello)

Más información acerca de la fuente de mercurio de Calder en este enlace.

Más historias asombrosas, con fuentes o sin ellas, en este otro enlace de aquí.

Historias asombrosas de la vida real: Los resurreccionistas, ladrones de cadáveres a sueldo de la ciencia

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The reward of cruelty (1751), por William Hogarth

 

Es bien sabido que, desde el comienzo de la Humanidad, ha habido enterramientos rituales. Cada pueblo ha tenido su propia manera de entender la muerte y de tratar los restos corpóreos. En el Antiguo Egipto había expertos momificadores y gigantescas pirámides construidas en honor de un faraón, donde no solo reposaba él con sus riquezas, sino también sus esclavos y sus animales. Los fenicios y cartagineses sacrificaban personas vivas en el horno de su dios Moloch, sobre todo niños (aunque parece que no tantos como hicieron creer los romanos, para manchar su nombre además de exterminarlos). El cristianismo ordena la preservación y enterramiento de los cadáveres, en espera de la resurrección el Día del Juicio Final. Por su parte, el budismo tibetano realiza el llamado entierro celestial, que consiste en partir el cuerpo en pedazos con un gran cuchillo y entregárselo a los buitres.

Eso ha generado también un enorme interés por las tumbas. Una de las mayores ofensas a un pueblo derrotado era dejar que los carroñeros se alimentaran de los cuerpos de sus guerreros muertos, sin otorgarles la adecuada despedida, que garantizaba su descanso eterno. Los formidables tesoros ocultos en las pirámides llevaron al saqueo más despiadado, hasta el punto que resultaba casi un milagro encontrar una tumba egipcia intacta, como cuenta en sus obras Théophile Gautier.

Pero una actividad muy diferente era la de los resurreccionistas, que se dedicaban a robar cuerpos recién enterrados para vendérselos a los anatomistas, lo que resultó muy frecuente en el Reino Unido y ha aparecido en las novelas de autores como Robert Louis Stevenson, Edgar Allan Poe o H. P. Lovecraft.

Durante los siglos XVIII y XIX, proliferaron por todo el Reino Unido escuelas de Medicina muy renombradas, unas públicas y otras privadas. Londres y Edimburgo eran los núcleos de la actividad anatomista en toda Europa. Su prestigio, y por tanto el número de sus estudiantes, venía avalado por la presencia de profesores famosos, que enseñaban Anatomía sobre cadáveres reales. En aquel tiempo, ni las escuelas ni los maestros precisaban de una licencia oficial para empezar a dar clase, así que resultó un negocio muy rentable. Pero, para eso, hacían falta cadáveres en una cantidad abundante, y el Gobierno no estaba dispuesto a cedérselos.

Por ley, las escuelas de Medicina solo podían acceder a los restos de los condenados a muerte, personas encontradas sin vida en la calle y que nadie reclamaba, suicidas, niños abandonados y los nacidos muertos. Se cuenta que muchos jueces tendían a decretar la pena capital con una ligereza injustificada, incluso para delitos menores, con el fin de satisfacer la demanda de cadáveres. En realidad, la ley decía que los restos de un fallecido no pertenecían legalmente a nadie más que al Gobierno, pero este solía reducir su actuación a esos pocos casos. Y eran insuficientes para una demanda cada vez mayor.

De modo que enseguida apareció la picaresca, y surgieron las bandas de ladrones de cadáveres, que los desenterraban en la primera noche después del sepelio, los transportaban en sacos y carretas, y se los vendían a los cirujanos, bien enteros o por piezas. El precio variaba según las condiciones del cuerpo, ya que no podían pasar muchas horas del fallecimiento o ya no sería apto para disección, pero podía alcanzar incluso las 10 libras por un cadáver entero, que en aquel tiempo era una suma importante, muy superior a la de un sueldo habitual. Si se trataba de individuos deformes o con alguna particularidad, como gigantes o enfermos de dolencias desconocidas, su valor se multiplicaba. Así que el número de resurreccionistas creció de manera asombrosa, cada vez más osados y con menos escrúpulos. Los cirujanos eran conscientes de esta actividad y algunos estudiantes participaban de manera directa en los desenterramientos, como recoge Stevenson en su obra.

Las familias protestaron de forma enérgica, reclamando del Gobierno una protección para sus personas fallecidas. La visión general de la disección en los siglos XVIII y XIX era terrorífica, como una manera de mancillar la obra de Dios. Además, si no había cuerpo, ¿cómo iban a resucitar en el Juicio Final? Pero el Gobierno dijo que legalmente los cadáveres no les pertenecían a ellos, así que no podían reclamar nada. De hecho, los resurreccionistas nunca tocaban los objetos materiales que se encontraban en una tumba, para evitar que los detuvieran por robo, y así los policías solían ignorar a los muchos que se cruzaban cada noche, lo cual aumentó el enfado de la población. Las únicas opciones que quedaban para evitar esta actividad eran vigilar los cementerios, mediante torreones y guardias pagados, o a veces los propios familiares, formando patrullas ciudadanas ; y proteger las tumbas, cubriéndolas con rejas o con grandes piedras. Los tumultos al descubrir un intento de robo eran habituales y solían requerir la actuación de la Policía Metropolitana. Algunos de los ladrones eran tan hábiles que llegaron a cavar túneles para alcanzar una tumba sin que los familiares se enteraran.

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Torreón de vigilancia en un cementerio de Escocia.

(Imagen de Kim Traynor)

 

Pero ni siquiera de esta forma se logró contentar la demanda, así que la situación derivó a la única opción que les quedaba: el asesinato. Las bandas mafiosas y los criminales comunes empezaron a vender a sus víctimas a los anatomistas, y así de paso hacían desaparecer cualquier rastro. Una vez más, los compradores fueron cómplices de esta situación, que sospechaban muchas veces, aunque no tuvieran pruebas.

El caso más célebre fue el de William Burke y William Hare, dos asesinos múltiples que estrangularon, con la ayuda de sus esposas, a dieciséis huéspedes que se alojaron en la posada del segundo de ellos durante un período de diez meses y vendieron los cuerpos al famoso doctor Robert Knox, de la Universidad de Edimburgo. En la investigación, Hare incriminó a su compañero y este y su mujer fueron ahorcados, disecados y expuestos en la misma Universidad a la que habían vendido a sus víctimas. El esqueleto de Burke aún se encuentra en una vitrina del Museo Anatómico, así como un libro que, se dice, forraron con su piel. Hare recibió protección policial tras su testimonio y su pista se perdió para siempre. El doctor Knox fue absuelto de cualquier responsabilidad legal, pero la opinión pública fue muy dura con él y su prestigio desapareció. Poco a poco fue apartado de todos sus méritos y sobrevivió como un simple médico en el distrito de Hackney, en Londres, hasta el final de sus días. La propia clase médica, que había participado en actos muy semejantes a los suyos durante décadas, le repudió y olvidó su nombre, que antes había admirado tanto.

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Esqueleto de William Burke, expuesto en Edimburgo.

(Imagen de Kim Traynor)

 

La actividad más o menos criminal de los resurreccionistas solo terminó con el Acta de Anatomía de 1832, promulgada por el Parlamento del Reino Unido, que tuvo un efecto indirecto: no prohibía las disecciones ni la apropiación de los cuerpos sin reclamar, pero exigía que todos los anatomistas contaran con un permiso específico de la Secretaría del Interior y unos informes periódicos por parte de unos inspectores del Estado. Eso hizo que muchas escuelas sin permiso cerraran, y al mismo tiempo garantizó un acceso legal de los anatomistas a los cadáveres que necesitaban, de manera que la oferta y la demanda se equilibraron, y desapareció el mercado negro. No hubo más ventas clandestinas, ni más asesinatos para proveer de cuerpos a las Universidades. Además, quedó estipulada la donación de un cuerpo a la ciencia, por parte del propio fallecido o de sus familiares, de modo que se acabaron los asaltos a cementerios en plena noche.

Hoy la figura del ladrón de cadáveres nos parece impensable, pero durante un período de unos dos siglos resultó tan habitual en las calles de las grandes ciudades como la luz borrosa de las farolas de gas, las tabernas portuarias, los niños carteristas o el tifus. Y por eso todos ellos han quedado grabados en la literatura universal, para que nunca nos olvidemos de los horrores de los que son capaces los hombres por dinero.

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«El robo de cuerpos», de Gustave Doré.

 

Más historias espeluznantes, literatura clásicas y pirámides saqueadas en este enlace.

Hoy se celebra la batalla de Rande. ¿Has preparado tus armas?

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«La batalla de la bahía de Vigo», de Ludolf Backhuysen

 

Hoy se celebra la fiesta de conmemoración de la batalla de Rande. Puedes ver toda la información en esta página de Facebook. En realidad ese famoso enfrentamiento tuvo lugar el 23 de octubre de hace 316 años, y es muy importante que se recuerde, porque marcó la Historia. ¿Quieres saber por qué? Pues has venido al lugar adecuado, porque este artículo va precisamente de eso.

En 1702 España se hallaba sumida en plena Guerra de Sucesión, que significó en la práctica el final de la dinastía de los Habsburgo  y el comienzo de la dinastía de los Borbones. Y las principales naciones del mundo corrieron a posicionarse en un bando o en otro, y de paso a hacerse con alguno de los ingentes cargamentos de oro y plata que aún llegaban por entonces del Nuevo Mundo. Carlos II, conocido como «el Hechizado», había muerto sin descendencia en el año 1700, legando su Corona a Felipe, duque de Anjou, nieto del rey Luis XIV de Francia. Este hecho aseguraba la creación de una poderosa alianza entre Francia y España, que amenazaría los intereses de naciones rivales como Inglaterra, Holanda y Austria. Por tanto, estas últimas no tardaron en apoyar a un candidato alternativo, en este caso a otro miembro de la Casa de Habsburgo, el archiduque Carlos de Austria, hijo de Leopoldo I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Vamos, un duelo de ejes de poder en toda regla, que sacudió los cimientos de media Europa, casi como no había ocurrido desde que Solimán el Magnífico se lanzara contra los muros de Viena en 1529.

Catorce años duró el enfrentamiento, y su conclusión no resultó nada sencilla. El archiduque fue nombrado Carlos III de España y apoyado por el papa Clemente XI, la Corona de Aragón, Portugal, Inglaterra, Holanda y el Sacro Imperio Romano Germánico. Por su parte, el duque de Anjou llegó a ser Felipe V de España, apoyado por las Coronas de Castilla y Navarra, y por el reino de Francia. Esto convirtió a la conocida como Guerra de Sucesión Española en un conflicto tanto interno como externo, en una guerra civil y a la vez europea, que terminó entre 1713 y 1715 con la firma del tratado de Utrecht. «La mala paz», como lo llamó uno de los embajadores, por la que, en pocas palabras, Felipe V entregaba vastas posesiones y renunciaba para siempre a unificar las Coronas de España y Francia —para él y todos sus descendientes— a cambio de obtener el respaldo en su acceso a la primera; y Gran Bretaña se hacía, entre otros muchos territorios, con Gibraltar —que conserva el Reino Unido hasta el presente— así como notables beneficios en el comercio en las Indias, con lo que rompió el monopolio de España en América, una de sus grandes preocupaciones.

Tan importante fue este momento histórico concreto que la Corona de Inglaterra y la de Escocia, junto con sus Parlamentos respectivos, decidieron unirse en un solo gobierno —ya compartían monarca desde un siglo antes— y conformar el reino de Gran Bretaña, por el Acta de Unión de 1707. La primera persona en encarnar esta unión fue la reina Ana de Gran Bretaña, curiosamente la última de la Casa Estuardo. Y eso generó su propio conflicto, con la llegada de la Casa de Hannover. Pero esa es una historia para otro día.

Utrecht supuso el final de la Guerra de Sucesión pero implicó muchísimo más: España había perdido su papel hegemónico en Europa, que mantenía desde la caída de Granada y la llegada al Nuevo Mundo.

Es decir, que en 1702 la cosa estaba en plena ebullición.

España y Francia mantenían una alianza terrestre y marítima, y enfrente Inglaterra y Holanda hacían lo propio. Los convoyes cargados de oro, plata y sedas seguían llegando de América dos veces al año, protegidos por galeones armados, en enormes flotas que durante doscientos años lograron evitar los ataques de los piratas —muchos de ellos ingleses—. Era un sistema que había organizado ya en su época Felipe II, con un convoy que partía de España en abril y otro en agosto, retornando a la Península cargados de riquezas. Algunas de ellas provenían incluso de Filipinas, habiendo cruzado el Pacífico hasta el virreinato de Nueva España y uniéndose de esta manera a la flota de las Indias. Eran los tiempos en los que «no se ponía el sol» en los territorios de la Corona de España, y sus barcos recorrían todo el globo con las bodegas llenas.

El 24 de julio de 1702 partió desde La Habana la enorme flota, conocida como La Flota de Oro, contándose un total de dieciocho galeones españoles y diecinueve naves de guerra francesas. El mando recaía en el almirante Manuel de Velasco y Tejada, mientras que el contingente francés estaba gobernado por el almirante François Louis de Rousselet, conde de Château–Renault. El convoy recaló en Azores y allí supo del asedio que mantenía al puerto de Cádiz la flota conjunta inglesa y holandesa, por lo que debió buscar un destino alternativo. ¿Adónde dirigirse? ¿Ferrol, tal vez? No, también se habían avistado barcos ingleses cercanos a Finisterre, así que no podía correr el riesgo. Vigo era la mejor opción.

La ría de Vigo era conocida en aquel tiempo por su facilidad para la navegación y su seguridad de cara a la defensa, pero eso no había evitado que recibiera terribles ataques en el pasado, como los realizados por vikingos, otomanos e ingleses en diversas épocas.

De modo que ambos almirantes tomaron la decisión de poner rumbo a Vigo, a donde llegaron el 22 de septiembre. Sin embargo, la valiosa flota no pasó desapercibida para sus enemigos, muy necesitados de victorias después de que el asedio a Cádiz estuviera resultando infructuoso. El almirante inglés sir George Rooke, al mando de ciento treinta y ocho naves anglo–holandesas, siguió la estela de la Flota de Oro en pos de su cargamento, alcanzando aguas viguesas el 22 de octubre. La mayor parte de naves quedó anclada en las islas Cíes, mientras que veinticuatro inglesas y diez holandesas se adentraron en la ría.

La cruenta batalla tuvo lugar el día 23.

Los españoles habían tenido un mes para organizarse, por lo que la resistencia fue heroica. Habían logrado desembarcar los cañones para ayudar a los fuertes. Habían organizado milicias a partir de la población de las villas circundantes. Habían tendido cadenas para cerrar la ensenada de San Simón y habían llenado sus aguas de troncos y mástiles que entorpecieran el avance enemigo. Al mismo tiempo, habían empezado a descargar el contenido de las bodegas, por lo que se cuenta que más de mil carros de bueyes se dirigieron a distintas localidades, logrando salvar más de trece millones de pesos de plata. En Vigo, la defensa corrió a cargo del príncipe de Barbanzón, capitán general del reino de Galicia.

Sin embargo, nada pudo detener el asalto: ni troncos, ni cadenas, ni el bombardeo procedente del fuerte de Rande y de la batería de Cordeiro —a ambos lados de la ensenada de San Simón—, o de las propias naves hispano–francesas. Rooke condujo su grupo a través de cuantos medios de defensa trataron de contenerlo. Cuando la situación se volvió insostenible, el conde de Château–Renault ordenó que incendiaran las naves, para que estas no pudieran ser capturadas.

Y la ría de Vigo se llenó de fuego.

Luego ingleses y holandeses desembarcaron —guiados por el duque de Ormond—, arrasaron en el combate cuerpo a cuerpo y se dedicaron al saqueo de las villas de Redondela, Domaio, Meira, Cangas y Vigo. Se calcula que obtuvieron más de dos mil kilos de plata en total, que fueron a parar al Banco de Inglaterra —cuyo director por aquel entonces era, casualmente, Isaac Newton—. Uno de los barcos que transportaban ese tesoro era el Santo Cristo de Maracaibo, galeón español capturado en la batalla y que el almirante Rooke decidió emplear como ayuda. Sin embargo, el Santo Cristo se hallaba tan maltrecho después del combate que no pudo navegar más allá de Cíes, y terminó por hundirse. Esta es la parte donde la Historia se mezcla con la leyenda, pues los restos del mítico Santo Cristo de Maracaibo han sido buscados casi desde su naufragio, a lo largo de múltiples intentos de rescate en los siglos XVII, XVIII, XIX y XX. Se desconoce con exactitud la fortuna que yace en el fondo del mar, pero los sueños de lingotes y monedas aguardando entre los restos han guiado los esfuerzos de numerosos aventureros.

Hoy sabemos que en aquel cargamento había plata, oro, piedras preciosas, maderas, tintes, tabaco, azúcar, cacao, lana y perlas. También porcelana china, azafrán y sedas. Y en su defensa murieron unas dos mil personas, la mayoría sin identificar, a las que se ordenó proteger unas riquezas que nunca llegarían a ver, acabaran en poder de unos u otros. Entre los atacantes hubo unas ochocientas víctimas, también marinos que peleaban por su nación, su gente y sus ideales en cualquier rincón del mar.

La leyenda del pecio con el tesoro de Rande llegó hasta los oídos del insigne escritor de Nantes Jules Verne, que la recogió en su novela «20.000 leguas de viaje submarino». El capitán Nemo, que había sido conocido antes como príncipe Dakkar, y enemigo jurado del Imperio británico, utilizaba el submarino Nautilus para apropiarse de los secretos de Rande, beneficiándose de las riquezas que el almirante inglés había perdido. Una especie de justicia poética.

En honor de la batalla de Rande, la reina Ana de Gran Bretaña ordenó que se acuñaran monedas con el oro y la plata capturados —que mostraron su efigie y la leyenda «VIGO»—, así como bautizó a una calle de Londres como Vigo Street —célebre más tarde, entre otras cuestiones, por haberse fundado en ella la editorial Penguin Books—.

Hoy la batalla de Rande es un hito histórico recordado por expertos, museos y organismos internacionales. En la antigua Fábrica do Alemán, en la ensenada de San Simón, se encuentra ahora O Centro de Interpretación do Patrimonio Cultural de Rande, Meirande, que pretende, según sus propias palabras, «sensibilizar e concienciar á cidadanía da enorme riqueza non só artística, senón tamén, socio-cultural e paixasística da zona; e ante todo a necesidade da súa posta en valor». En sus salas se emiten vídeos que recuerdan la historia detrás de aquella terrible batalla, se muestran documentos auténticos y restos hundidos, se reconstruyen los hechos, se enseña cómo era la vida en la época y por qué ocurrió aquel trágico suceso. La visita al Meirande —con entrada gratuita— es obligada para cualquier amante de la Historia, aficionado a la literatura naval, turista, viajero o conocedor de la zona.

La ensenada de San Simón está indeleblemente unida a la narración de esta batalla, y sus olas siguen hablándonos de hombres de distintos países que se enfrentaron a muerte hace ahora 315 años, por un tesoro cuyo final aún no está claro. La historia real y la leyenda están tan entremezcladas como el conocimiento y el ansia de aventura de los pueblos, pues vivir es siempre soñar. ¿Y hay algo mejor que una batalla mítica, un galeón hundido y un tesoro esperando por el valiente que sea capaz de recuperarlo?

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La batalla de Rande en «20.000 leguas de viaje submarino». Grabado de Alphonse de Neuville y Edouard Riou

Proyecto #CalendarioLiterario: Las mejores novelas de aventuras a un solo clic.

Calendario literario febrero

Desde que somos niños y vamos a la escuela, nos bombardean con la misma cantinela: los clásicos de la literatura están ahí por algo. Hemingway, Steinbeck, Dickens, Verne, Salgari…. Sus nombres están grabados a fuego en los libros de texto, las estatuas de los parques y las mentes de los influenciables chiquillos.

¿Y de verdad valen para tanto?

Algunas de las mayores obras de la literatura universal han sufrido reescrituras y adaptaciones con el paso de las décadas, para llegar mejor a los gustos, costumbres y mentalidades de las nuevas épocas. Que si el Quijote y su castellano antiguo, la rimbombancia de Homero o las frases machistas y racistas de Salgari. ¿Eso hace sus obras peores, o sólo más ancladas en la época en que fueron concebidas?

¿Qué es lo que determina que una obra sea buena, objetivamente buena, más allá de los gustos y querencias de cada lector, o cada época, o cada sitio?

Pues eso es lo que me he propuesto averiguar este 2018. Durante todo el año revisaré la obra de un montón de autores clásicos, su importancia en la evolución de la literatura y el valor actual que tiene (si ha quedado desfasada o si es vital que te lances ahora mismo). Todo con la etiqueta #CalendarioLiterario.

¿Te apuntas?

Los escritores propuestos son los siguientes. En cada nombre encontrarás el link que te lleve a la reseña correspondiente, y al lado un link a otro artículo acerca de su influencia literaria, y todo se irá actualizando mes a mes:

José Mallorquí

En febrero:

Valerio Massimo Manfredi

En marzo:

Mathias Malzieu

En abril:

Benito Pérez GaldósEn mayo:

  • A. E. W. Mason.
  • J. M. Barrie.
  • Benito Pérez Galdós.
  • Sir Arthur Conan Doyle.
  • Ian Fleming.

Hugo Pratt

En junio:

Jesús Sánchez Adalid

En julio:

  • Jesús Sánchez Adalid.
  • Nathaniel Hawthorne.
  • Clive Cussler.
  • Alexandre Dumas.

Mary Shelley

En agosto:

Emma Orczy

En septiembre:

Alberto Vázquez-Figueroa

 

 

En octubre:

Robert Louis Stevenson

En noviembre:

Joseph Conrad

En diciembre:

  • Joseph Conrad.
  • Patrick O´Brian.
  • Juan Gómez-Jurado.
  • Burne Hogarth.
  • Rudyard Kipling.

Mes tras mes, la idea es ir felicitando a cada autor en el día de su cumpleaños, compartiendo con todo el mundo sus mejores trabajos. Claro, todos los seleccionados son autores de obras de aventuras, porque ésta es la página de las aventuras, que trata sobre los autores y las novelas y cómics de aventuras de todos los tiempos.

¿Me acompañas?

(Por cierto, yo aún no soy un clásico, pero mi cumpleaños es el 9 de diciembre y también acepto regalos, ahí lo dejo).

Más locuras sobre los clásicos, sobre las aventuras y sobre los cumpleaños en general en este enlace.

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10 asombrosas aventuras en lugares exóticos que descubrimos durante este 2017.

El año llega a su fin, al menos en nuestro calendario. Lo del Año Nuevo Chino lo dejaremos para un artículo más específico, porque también es una gran historia.

En estas fechas todo el mundo corre a hacer balance de lo ocurrido, lo bueno y lo malo, lo esperado y lo insólito. Y si yo llevo tiempo dedicándome a las novelas de aventuras, no podía dejar pasar esta oportunidad de hablar de viajes a parajes recónditos, de historias asombrosas y héroes desconocidos.

Concretamente de 10 historias maravillosas que he descubierto en el 2017.

¿Empezamos? (haz click en cada título y verás el impresionante contenido que alberga)

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1. La seductora reina de la isla de Anatahan:

El viaje comenzó en mayo, cuando supe de la llamada «Locura de Anatahan», un mal que desquiciaba a todo hombre que pusiera un pie en esta isla volcánica situada en el Océano Atlántico. Durante la Segunda Guerra Mundial, treinta marineros japoneses se atrincheraron en la isla, sin sospechar que caerían en las garras de Kazuko, su despiadada reina, cuya principal diversión era hacer pelear a los hombres por sus favores.

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2. Las casa de piedra de Matera y la Cripta del Peccato Originale: Sólo unos días después descubrí los secretos de Matera, una pequeña localidad italiana cuyas grutas excavadas en la piedra caliza han estado habitadas, de forma ininterrumpida, desde el Paleolítico. Y en su interior albergan pinturas y decoraciones que hablan sobre las distintas épocas de la Humanidad. Una de las zonas más interesantes es la Cripta del Peccato Originale, habitada por monjes benedictinos durante el siglo IX d.C., y que muestra frescos tan valiosos como el de Adán y Eva, donde puede verse que el «fruto prohibido» del que habla la Biblia no era originalmente una manzana.

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3. El fastuoso palacio sumergido de Jal Mahal: Ésta es una de mis historias favoritas de todos los tiempos, la del impresionante palacio construido en el siglo XVIII dentro de las aguas del lago Man Sagar, en Jaipur, al oeste de la India. Lo sorprendente es que el palacio presenta cuatro de sus cinco plantas sumergidas, y en ellas no hay absolutamente nada, ni muebles, ni dependencias utilizadas con ningún fin. Sólo cuatro plantas vacías y ubicadas bajo el agua. No es extraño que se hable de «la maldición de Jal Mahal».

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4. Danzan Ravjaa, el Lama de Gobi, y su comportamiento licencioso: En junio escribí sobre un verdadero «hombre del Renacimiento», que vivió en la Mongolia del siglo XIX: Danzan Ravjaa pintaba, componía canciones, escribía poemas y obras de teatro, y dominaba un sinfín de ciencias, sobre las que llegó a escribir importantísimos tratados. También bebía y practicaba sexo con desenfreno, como parte de unos famosos rituales en los que afirmaba combatir espíritus malignos a través de la magia de su cuerpo. El gobierno lo combatió con ahínco y finalmente murió en extrañas circunstancias, parece ser que por obra de una amante que lo envenenó. Y eso que él mismo había predicho su muerte.

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5. La impresionante Capella de Nossa Senhora das Vitórias, uno de los más hermosos regalos de amor: Si Danzan Ravjaa era un intelectual admirado, no menos lo fue José do Canto: bibliográfo, botánico y repoblador de las islas Azores. Su obra más impresionante es la Capella de Nossa Senhora das Vitórias, de estilo neogótico, erigida en recuerdo de su amada esposa, a la que perdió demasiado pronto. Y ahora ambos descansan en su interior, rodeados de la maravillosa vegetación que José ayudó a plantar.

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6. La guerra que hizo cerrar unas termas y acabó con el estilo de vida imperial: En julio me puse nostálgico, pero también muy realista, quizá demasiado. Las termas del Gran Hotel Wildbad, en los Alpes italianos, fueron durante largo tiempo el símbolo de las monarquías dictatoriales europeas, que acudían allí a disfrutar del lujo, la diversión y la opresión de sus súbditos. Todo eso acabó durante la Primera Guerra Mundial, y ahora aquel lugar exclusivo es sólo un edificio ruinoso, cargado de fantasmas caducos que hablan sobre tiempos olvidados.

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7. Caterina Cornaro, la última reina de Chipre, o el papel de la mujer en las (antiguas) monarquías: Hablando de mujeres fuertes y poderosas (la otra vendrá en el punto número 10), supe, gracias a Salgari, de la existencia de la reina Caterina de Chipre, célebre por salir airosa de la terrible pugna entre Venecia, Nápoles, Egipto y Turquía por la posesión de la isla, que ella gobernaba tras su matrimonio (y posteriormente viudedad) con el rey Jacobo II de Chipre. Pactos, traiciones, embarazos fallidos y mucha crueldad en este episodio de la fascinante historia del Mediterráneo, que deberías leer ya mismo.

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8. La espeluznante Capilla de los Nueve Fantasmas, en Luková, República Checa, y su maldición de más de 600 años: En septiembre traté el tema de los lugares encantados, en referencia a una pequeña ermita construida en 1352, cuyos muros han sentido los macabros efectos del nazismo, el comunismo y los miedos ancestrales. Desde siempre se dijo que estaba embrujada, y ahora muestra en su interior unas impresionantes figuras que rememoran a aquéllos que han sufrido persecuciones a lo largo de los siglos. Fantasmas artísticos para honrar a los sufridos ciudadanos de Luková, cuya existencia no ha sido nada fácil.

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9. La espeluznante historia de Charles Lindberg Jr.: Reconozco que me encantó leer en noviembre «Asesinato en el Orient Express», con motivo del estreno de la película. Pero en ningún caso habría podido imaginar que esa estupenda novela policíaca estaba basada, casi palabra por palabra, en el asesinato del hijo del famoso aviador Charles Lindberg. Ni que la identidad del asesino permaneciera todavía, a día de hoy, plagada de dudas. Que si la criada, que si un inmigrante alemán o incluso el propio Lindberg… Una historia sorprendente sobre la que merecía mucho la pena escribir.

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10. Sayyida al-Hurra, la reina pirata que nació en Granada: ¿Os acordáis de la reina de Chipre, de la que averigüé tantas cosas durante el verano y de la que os he hablado en el punto 7? Pues su contrapartida en el mundo árabe fue Sayyida al-Hurra: reina de Marruecos, gobernadora de Tetuán y matriarca de corsarios. Que se dice pronto. Su mano guió con firmeza los destinos del norte de África durante décadas, y su impresionante poder marcó la nueva época que estaba naciendo en el Mediterráneo: la Edad Moderna. Sultanes y reyes se rindieron a su tremenda personalidad, e incluso en sus momentos más bajos no está claro cómo terminó sus días. Hay pocas vidas más interesantes que la de esta mujer.

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¿Y bien? ¿Qué te parece este repaso al 2017?

¿Conoces alguna otra historia que merezca formar parte de este ranking?

¡Nos vemos en el 2018 con muchos más viajes exóticos y aventuras a vida o muerte!

Historias asombrosas de la vida real: Sayyida al-Hurra, la reina pirata que nació en Granada.

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Durante siglos, la figura de muchas mujeres poderosas ha sido opacada por hombres que deseaban hacerse con su posición y derrocarlas. Sólo en los últimos tiempos asistimos a una ardua labor de justicia histórica que busca devolverlas al lugar que se merecen. Si no hace mucho hablaba en un artículo similar a éste de Caterina Cornaro, la última reina de Chipre, que tuvo que lidiar al comienzo de la Edad Moderna con la larga guerra entre cristianos y musulmanes, hoy toca otra mujer también fascinante: Sayyida al-Hurra, reina de Marruecos, gobernadora de Tetuán y matriarca de corsarios, a través de los que controló, por treinta años, todo el Mediterráneo occidental. Los historiadores han negado su importancia durante largo tiempo, y sólo ahora empezamos a saber lo que significó su presencia a comienzos del siglo XVI.

Una de mis pasiones, nada disimulada, es la historia del Mediterráneo. En sus aguas se ha decidido el destino del mundo varias veces: fenicios, griegos, cartagineses y romanos… corsarios berberiscos frente a los caballeros de Malta… descubridores, colonos, revolucionarios y científicos… Todos ellos han luchado, sufrido y muerto para obtener determinadas cotas de poder o alcanzar lugares inexplorados, legándonos historias apasionantes que conviene recordar.

Una de las épocas más fascinantes de nuestra historia es el comienzo del siglo XVI. Prácticamente todos los ámbitos de la humanidad se vieron alterados: las fronteras, las creencias, el equilibrio de poder, el estado de las artes, los valores e incluso los dioses a los que rezar. Las naciones dejaban atrás el oscurantismo y la disgregación de los pueblos, tan típicos durante la Edad Media, para volver a conformar una estructura en forma de esferas de influencia: cristianos contra musulmanes, enfrentados tanto por tierra como en el mar. El Imperio español se erigía en representante del primero, mientras que el segundo se personificaba en el Imperio otomano. La pólvora, las armas modernas, la revolución que trajeron consigo las galeras o la importancia de los piratas son elementos clave en este tiempo nuevo y convulso.

En 1453, Constantinopla cayó en manos de los turcos, por lo que desaparecía el Imperio romano de Oriente y se constituía el Imperio otomano, nombrando a esta ciudad su capital. El sultán Mehmed II se convirtió en Cabeza del Islam, y las rutas comerciales de las especias entre Europa y Asia se vieron alteradas de forma absoluta. Algunos intentos de rodear las zonas de control otomano y llegar a China con fines comerciales fueron el viaje por África de Vasco de Gama o la ilusión de Cristóbal Colón de cruzar el mundo entero navegando hacia el oeste por el Océano Atlántico, lo que llevó al descubrimiento de América.

Por su parte, en 1492, los reyes Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón completaban la Reconquista al ocupar el reino nazarí de Granada, por lo que fueron nombrados en 1496 como Reyes Católicos. Su poder se afianzaba y así, junto a la conquista del Nuevo Mundo y la alianza con el Papado, daba comienzo una época de esplendor y hegemonía mundial. Como consecuencia, una enorme población musulmana fue obligada a convertirse al cristianismo o abandonar la Península Ibérica, estableciéndose en la costa de Berbería.

La protagonista del artículo de hoy era descendiente de una de esas veteranas familias andalusíes obligadas a emigrar, y cuyo odio y nostalgia hicieron de ellas poderosos enemigos del Imperio español. Por culpa del hostigamiento llevado a cabo por los cristianos, grandes jefes guerreros se establecieron en la zona de Marruecos, buscando alianzas para continuar su guerra. Dos de tales jefes fueron Alí ibn Rashid (fundador de la ciudad de Chefchauen en 1471) y Sidi al-Mandri (antiguo jefe militar de Granada y luego refundador de Tetuán en 1485-86, tras haber sido arrasada ésta por tropas de Castilla y Portugal, en represalia por su apoyo a la piratería en el Estrecho). Ambos eran amigos y líderes de sendos grupos de emigrados. Su influencia en el área era importante, relacionándose con el sultán de Marruecos (reino cuya capital entonces era Fez), pero manteniendo un gran nivel de independencia, lo que los convertía, de hecho, en las principales defensas fronterizas del Islam en aquella zona. Y hemos de tener en cuenta, además, que Marruecos era el destino de numerosas caravanas que llevaban a Europa oro, marfil, sedas y esclavos negros, por lo que quien controlara la región tendría en sus manos enormes riquezas. Alí ibn Rashid tuvo dos hijos: Ibrahim (quien le sucedería como gobernador de Chefchauen y además valido del sultán de Marruecos) y Aysha (nuestra protagonista, a quien casó hacia el año 1500 con su viejo amigo, Sidi al-Mandri, garantizando así la estabilidad del poder). La pareja gobernó con sabiduría el área de Tetúan, a pesar de haber entre ellos una diferencia de edad de unos treinta o cuarenta años. Reforzaron su influencia y promovieron la piratería, lo cual les garantizaba unos importantes ingresos. Con el paso de los años, Sidi al-Mandri fue perdiendo capacidad de decisión, debido al avance de unas heridas de guerra que terminaron por dejarlo ciego. En esa época, en torno al año 1510-12, su esposa Aysha asumió por sí misma las tareas de gobierno, por lo que obtuvo el sobrenombre de Sitt al-Hurra o Sayyida al-Hurra, que significa «La Noble Dama». Su voluntad era de hierro, su mano nunca temblaba al ordenar los ataques de los corsarios contra las flotas portuguesa y española. En un mundo eminentemente masculino, la palabra de Sayyida era ley, y los monarcas cristianos aprendieron a temerla.

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En esta guerra naval halló un aliado en Baba Aruj, el corsario conocido como Barbarroja, que fue gobernador de Argel y se unió al Imperio otomano. De esta manera, el sultán de Estambul (entonces Bayezid II y después Selim I) veía garantizada su influencia en el Mediterráneo occidental mediante las actividades de estos temidos reyes piratas, a cada cual más sanguinario.

Sin embargo, los años pasaban, y Sidi al-Mandri y su esposa Sayyida se ganaban cada vez más enemigos. Una hija de la pareja contrajo matrimonio con el joven Ahmad, hijo de Hasan Hashim, rico aristócrata granadino que había emigrado junto a Sidi al-Mandri y se disputaba con él la posesión de Tetuán. Mediante el enlace de sus hijos, Sayyida pretendía garantizar la estabilidad en la zona, tal y como su padre había hecho con ella. Pronto se vería que no iba a ser tan fácil. En 1539 murió Ibrahim, hermano de Sayyida, y en 1540 lo hizo Sidi al-Mandri. La reina pirata se quedaba sola. Sus dos principales apoyos habían desaparecido, y ni todo su coraje bastaría para soportar los ataques de los jefecillos locales. El sustituto de Ibrahim en Chefchauen fue su hermanastro Muhammad, quien pronto quiso hacerse también con Tetuán y deponer a Sayyida.

Pero en 1541 la situación cambió por completo: Sayyida contrajo matrimonio con Ahmed al-Watasi, sultán de Marruecos. Nada menos que el rey de toda aquella región, y a quien el resto de jefes debía obediencia. Y, como gran gesto de carácter, la Noble Dama exigió que el enlace se realizara en Tetúan, su ciudad, en lugar de en Fez, la capital del reino. Ésta es la única ocasión en la que un rey de Marruecos se ha casado en cualquier lugar que no fuera la capital, y eso fue una clara muestra al mundo de quién era Sayyida al-Hurra, capaz de gobernar incluso a un rey. Y las actividades de los corsarios prosiguieron, más reforzadas que nunca.

Pero los enemigos de la Noble Dama no cejaban en combatirla. Tal era su empeño que hicieron cualquier cosa por derribarla. En 1541 el gobernador portugués de Ceuta cerró el puerto al comercio con Tetúan, y un año después Hasan Hashim y su hijo Ahmad lanzaron un ataque demoledor sobre Tetúan y se hicieron con la plaza. Después de tantas vicisitudes y luchas por reafirmar su posición, Sayyida no pudo mantener su hogar ni sus posesiones, y fue desterrada. Se dice que ni el sultán ni sus propias hijas la ayudaron, y al final se encontró totalmente sola. Ahmad gobernó en Tetúan y ella se resguardó en la casa de sus padres, en Chefchauen. Allí vivió hasta su final y allí está su tumba, que hoy recibe multitud de visitas, sobre todo mujeres, que alaban su capacidad, independencia y valor en un mundo masculino.

Sayyida al-Hurra fue un personaje clave en su época, sin el que no podrían entenderse los acontecimientos que sucedieron en el Estrecho durante aquellos años. Cuando la Edad Media quedaba atrás y un nuevo orden mundial estaba naciendo, ella se negó a seguir los dictados de un hombre y forjó su propia ley. Envió barcos a asesinar, utilizó los medios de que disponía y los que le habían sido negados por ser mujer. Manipuló las alianzas de su país y se construyó un nombre, que habría de ser temido por todo el Mediterráneo.

Y en los últimos años de su vida desapareció por completo, quién sabe haciendo qué. Ni siquiera podemos estar seguros de cuándo y cómo murió, con quién estuvo relacionada o en qué actos participó. Pero, sabiendo de lo que era capaz esta mujer, no debió ser nada corriente…

Más datos acerca de la Noble Dama en este enlace.

Más historias asombrosas, más reinas, más barcos y muchas más aventuras en este otro enlace de aquí.

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La espeluznante historia de Charles Lindberg Jr. (ni se te ocurra leer este artículo si no sabes nada sobre «Asesinato en el Orient Express»).

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Estos días se ha estrenado en cines la última versión de un clásico de la novela policial: «Asesinato en el Orient Express», de Agatha Christie. Y justamente ayer se publicaba en Vigo é, el periódico digital, mi crítica de la obra (si aún no la has leído, no sabes lo que te estás perdiendo).

Ahora bien, poca gente sabe que la escritora británica basó su historia en un hecho real, una trágica vivencia que afectó a uno de los más famosos héroes norteamericanos del siglo XX: el secuestro y asesinato del hijo de Charles Lindberg, el aviador.

AVISO IMPORTANTE: SI NO HAS LEÍDO LA NOVELA, NI VISTO LAS PELÍCULAS QUE SE HAN BASADO EN ELLA, Y PRETENDES HACERLO EN ALGÚN MOMENTO, NO SIGAS CON ESTE ARTÍCULO, PORQUE PRETENDO DESTRIPAR LA TRAMA POR COMPLETO. LUEGO QUE NADIE SE QUEJE.

En 1934, Agatha Christie publicaba la que llegaría a ser una de sus novelas más conocidas a nivel internacional. En ella, el vanidoso y brillante detective Hercule Poirot queda atrapado por un alud dentro del lujoso tren Orient Express, en mitad de las montañas de Yugoslavia. Con él se encuentra un variopinto grupo de viajeros de todas las nacionalidades, y de repente uno de ellos aparece muerto: salvajemente apuñalado en doce ocasiones. Con saña. Heridas profundas que denotan un odio terrible, algunas incluso cuando ya estaba muerto. La aguda mente de Poirot se lanza a la aventura de identificar al asesino en aquel espacio cerrado, a sabiendas de que el culpable no ha podido entrar ni salir.

Pronto averigua la verdadera identidad del fallecido: su nombre es Casetti, antiguo asesino profesional que huyó de la justicia de los Estados Unidos gracias a sus contactos. Pero nadie ha podido olvidar sus fechorías: Casetti secuestró a una niña llamada Daisy Armstrong y pidió una astronómica suma por su rescate. Cuando la familia logró reunir el dinero, descubrió horrorizada que Daisy estaba muerta desde el principio, y que Casetti había llevado a cabo una pantomima sólo para extorsionarlos. La opinión pública se conmovió con esta historia, pidiendo la cabeza del culpable, sin poder hallarlo. Casetti había escapado a Europa, cambiando su nombre por el de Ratchett, y después montó en el Orient Express, donde halló la muerte.

Poirot se ve por tanto en una disyuntiva nada fácil: por un lado desprecia a la víctima y entiende que su muerte es una forma de justicia, pero no puede dejar que el asesino escape impune. Se ha comprometido a descubrir quién es, y finalmente lo consigue.

Pues bien, Agatha Christie basó esta trama en la verdadera historia del hijo de Charles Lindberg, al que le ocurrió exactamente lo mismo, aunque con otro desenlace.

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Vayamos por partes: Lindberg se había convertido en un héroe nacional de los Estados Unidos en 1927, al ser el primer piloto en cruzar el Océano Atlántico en un avión sin escalas, entre Nueva York y París. En su monomotor Spirit of St. Louis, despegó de Long Island el 20 de mayo de 1927 y aterrizó cerca de París 33 horas después. Su hazaña se hizo célebre en todo el mundo, en una época en la que la gente estaba necesitada de héroes. La aviación empezaba a ser vista como fuente de diversión y proezas de unos cuantos locos civiles, frente a los horrores que había producido durante la Gran Guerra (sobre todo en forma de bombardeos aéreos, una de las principales avances que trajo consigo ese conflicto). Además, esto ocurrió en plenos «felices años 20», cuando la prosperidad americana estaba en todo lo alto y nadie soñaba con lo que sería la Gran Depresión. Con su vuelo, Lindberg ganó 25.000 dólares (una verdadera fortuna entonces) y la inmortalidad.

Sin embargo, su buena estrella se apagó pronto. En 1932, el único hijo de Lindberg, Charles Jr., de 20 meses, fue secuestrado de la mansión familiar en el condado de Hopewell. Apenas había pistas que investigar. Sólo una nota de secuestro exigiendo 50.000 dólares. Durante los siguientes dos meses, Lindberg intercambió mensajes con un hombre que se hacía llamar John, y que decía tener al pequeño en su poder. Todo el país contuvo el aliento, apoyando a su héroe y deseando una resolución feliz. Incluso Al Capone se ofreció desde la cárcel para obtener información. Una sirvienta de la casa fue investigada, sin poder relacionarla con el hecho de forma segura, pero eso fue demasiado para su débil equilibrio y se quitó la vida tomando veneno. La tensión acerca de la vida del niño recorrió Estados Unidos aquellos dos meses. Incluso se llegaron a pagar los 50.000 dólares en certificados de oro, sin obtener respuesta.

Finalmente, en mayo, un camionero halló por casualidad los restos de un bebé semienterrado junto a una carretera, a sólo cuatro millas de Hopewell. Era el cuerpo de Charles Jr, y la autopsia decretó que llevaba dos meses muerto. Todo había sido un engaño. El tal John nunca tuvo retenido al pequeño, y lo único que había hecho era crear falsas esperanzas en la familia para obtener su dinero.

La respuesta de la opinión pública fue inmediata: los periódicos exigían que se identificara al culpable, el Gobierno decretó que en adelante los secuestros serían considerados delitos federales y por tanto investigados directamente por el FBI (la llamada «ley de secuestro federal» o «ley de Lindberg»), y se llevó a cabo una búsqueda intensiva por todo el país como no se había producido antes. Sin encontrar nada.

Tal fue la expectación que causó esta historia que incluso la renombrada autora de novelas policíacas Agatha Christie la utilizó como base para su novela «Asesinato en el Orient Express». En ella, la familia de la víctima (en este caso la niña Daisy Armstrong) conducía al asesino hasta un viaje en particular del Orient Express desde Estambul a París, y ahí llevaba a cabo su propia justicia. Uno tras otro, los doce allegados de la pequeña apuñalaban a Casetti hasta la muerte, fingiendo luego que había sido el ataque de un sicario. Por supuesto, el detective Hercule Poirot lograba descubrir el engaño, viéndose en la duda de si debía o no castigar esta venganza.

El resultado en la vida real fue muy diferente: en 1934 la policía detuvo a Bruno Richard Hauptmann, un carpintero alemán con antecedentes penales al que le fueron descubiertos los certificados de oro que se habían pagado como rescate. Aunque él juró siempre que se los había entregado un amigo, Charles Lindberg reconoció su voz como la de John, el secuestrador. Las pruebas eran circunstanciales, pero Hauptmann resultó condenado en el conocido como «juicio del siglo», y ajusticiado en la silla eléctrica en 1936. Nunca ha estado del todo claro si realmente Hauptmann fue el culpable, y a lo largo de las décadas ha habido otras muchas teorías al respecto de este famoso crimen, desde la participación de la mafia de Nueva York hasta la del propio Lindberg.

Tal vez la versión de Agatha Christie era la mejor, después de todo. Ésa sí que era una justicia que llegaba al fondo del asunto y lo resolvía, sin dejar tramas pendientes.

Tal vez por eso Poirot, enfrentado cara a cara con ese tipo de justicia, no supo qué hacer, y dejó la decisión final en manos de su amigo, monsieur Bouc, responsable del tren. Porque con frecuencia hacer justicia de verdad no es nada fácil.

 

Más novelas policíacas, más historias asombrosas de la vida real y mil cosas que merecen la pena en este enlace.

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«La reina demonio del río Isis» cumple su primer añito en las estanterías.

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Hace justo un año apareció en las librerías una novela llamada «La reina demonio del río Isis». Arrancaba así un proyecto multimedia basado en los viajes de exploración, los parajes exóticos, las leyendas ancestrales y el heroísmo. Aventuras históricas, con algo de filosofía y mucho de Cábala. Más Salgari que Ken Follet.

En 2014 había publicado «Nilidiam» con Editorial Universo, la primera parada de una historia compleja acerca de un reino ficticio en la costa de Berbería, una fábula de siglos acerca de levantamientos a vida o muerte, trágicas batallas y sentimientos encontrados. En 1930, Jon Kane, hijo del gobernador británico de Nilidia, se ve perdido en mitad de una sangrienta revolución islamista que persigue la independencia del país. Soldados colonialistas y libertarios armados se enfrentan casa por casa, calle a calle, en los albores de un siglo que marcará a todo el continente africano.

En 2016 salió al mercado, gracias a Editorial Trymar, «La reina demonio del río Isis», situada ochenta años antes, durante la batalla que supuso el comienzo de la dominación británica de Nilidia. Una flota de galeones invade el río Isis durante la noche, cargados de casacas rojas dispuestos a pasar a cuchillo a toda la ciudad de Basser. Sin embargo, no esperan la terrible maldición que se van a encontrar delante: en el maligno día de Hazrah, cuando los espíritus de los antiguos reyes de Azura dominan las calles, las armas mortales serán inútiles para completar la conquista. Y hay una mujer que los domina a todos: Anofis, la reina del gigantesco zoco de Basser, dueña de las almas de sus pobladores. Ella es la verdadera protagonista de esta novela.

Ha sido un año muy intenso: presentaciones, firmas, charlas, clubes de lectura… He conocido a gente maravillosa y muy diferente. Librerías, escritores, grupos organizados e incluso fans. Estuve metido en una caseta de la Feria del Libro. He viajado a lugares remotos para encontrar restos arqueológicos. He estudiado acerca de la navegación a vela y el manejo de una espada ropera. He disfrutado y sufrido junto a piratas, soldados y reinas del burdel. He descubierto la magia de la novela de aventuras.

Pero, sobre todo, he disfrutado la ilusión de compartir el sueño literario con muchísima gente maravillosa. Es una delicia recorrer este mundillo alucinante y precioso. Ya no hay escritores torturados, míseros, tuberculosos y encerrados en una sucia buhardilla de París: ahora vivimos en una época transmedia que deslumbra a base de redes sociales y hashtags.

Un año después, sólo puedo dar las gracias por tantas cosas que he recibido. Ésa es la verdadera fortuna del escritor.

Mi siguiente paso: plantar un árbol (¿el Árbol de la Vida?).

Os tendré informados.

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