La espeluznante historia de Charles Lindberg Jr. (ni se te ocurra leer este artículo si no sabes nada sobre «Asesinato en el Orient Express»).

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Estos días se ha estrenado en cines la última versión de un clásico de la novela policial: «Asesinato en el Orient Express», de Agatha Christie. Y justamente ayer se publicaba en Vigo é, el periódico digital, mi crítica de la obra (si aún no la has leído, no sabes lo que te estás perdiendo).

Ahora bien, poca gente sabe que la escritora británica basó su historia en un hecho real, una trágica vivencia que afectó a uno de los más famosos héroes norteamericanos del siglo XX: el secuestro y asesinato del hijo de Charles Lindberg, el aviador.

AVISO IMPORTANTE: SI NO HAS LEÍDO LA NOVELA, NI VISTO LAS PELÍCULAS QUE SE HAN BASADO EN ELLA, Y PRETENDES HACERLO EN ALGÚN MOMENTO, NO SIGAS CON ESTE ARTÍCULO, PORQUE PRETENDO DESTRIPAR LA TRAMA POR COMPLETO. LUEGO QUE NADIE SE QUEJE.

En 1934, Agatha Christie publicaba la que llegaría a ser una de sus novelas más conocidas a nivel internacional. En ella, el vanidoso y brillante detective Hercule Poirot queda atrapado por un alud dentro del lujoso tren Orient Express, en mitad de las montañas de Yugoslavia. Con él se encuentra un variopinto grupo de viajeros de todas las nacionalidades, y de repente uno de ellos aparece muerto: salvajemente apuñalado en doce ocasiones. Con saña. Heridas profundas que denotan un odio terrible, algunas incluso cuando ya estaba muerto. La aguda mente de Poirot se lanza a la aventura de identificar al asesino en aquel espacio cerrado, a sabiendas de que el culpable no ha podido entrar ni salir.

Pronto averigua la verdadera identidad del fallecido: su nombre es Casetti, antiguo asesino profesional que huyó de la justicia de los Estados Unidos gracias a sus contactos. Pero nadie ha podido olvidar sus fechorías: Casetti secuestró a una niña llamada Daisy Armstrong y pidió una astronómica suma por su rescate. Cuando la familia logró reunir el dinero, descubrió horrorizada que Daisy estaba muerta desde el principio, y que Casetti había llevado a cabo una pantomima sólo para extorsionarlos. La opinión pública se conmovió con esta historia, pidiendo la cabeza del culpable, sin poder hallarlo. Casetti había escapado a Europa, cambiando su nombre por el de Ratchett, y después montó en el Orient Express, donde halló la muerte.

Poirot se ve por tanto en una disyuntiva nada fácil: por un lado desprecia a la víctima y entiende que su muerte es una forma de justicia, pero no puede dejar que el asesino escape impune. Se ha comprometido a descubrir quién es, y finalmente lo consigue.

Pues bien, Agatha Christie basó esta trama en la verdadera historia del hijo de Charles Lindberg, al que le ocurrió exactamente lo mismo, aunque con otro desenlace.

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Vayamos por partes: Lindberg se había convertido en un héroe nacional de los Estados Unidos en 1927, al ser el primer piloto en cruzar el Océano Atlántico en un avión sin escalas, entre Nueva York y París. En su monomotor Spirit of St. Louis, despegó de Long Island el 20 de mayo de 1927 y aterrizó cerca de París 33 horas después. Su hazaña se hizo célebre en todo el mundo, en una época en la que la gente estaba necesitada de héroes. La aviación empezaba a ser vista como fuente de diversión y proezas de unos cuantos locos civiles, frente a los horrores que había producido durante la Gran Guerra (sobre todo en forma de bombardeos aéreos, una de las principales avances que trajo consigo ese conflicto). Además, esto ocurrió en plenos «felices años 20», cuando la prosperidad americana estaba en todo lo alto y nadie soñaba con lo que sería la Gran Depresión. Con su vuelo, Lindberg ganó 25.000 dólares (una verdadera fortuna entonces) y la inmortalidad.

Sin embargo, su buena estrella se apagó pronto. En 1932, el único hijo de Lindberg, Charles Jr., de 20 meses, fue secuestrado de la mansión familiar en el condado de Hopewell. Apenas había pistas que investigar. Sólo una nota de secuestro exigiendo 50.000 dólares. Durante los siguientes dos meses, Lindberg intercambió mensajes con un hombre que se hacía llamar John, y que decía tener al pequeño en su poder. Todo el país contuvo el aliento, apoyando a su héroe y deseando una resolución feliz. Incluso Al Capone se ofreció desde la cárcel para obtener información. Una sirvienta de la casa fue investigada, sin poder relacionarla con el hecho de forma segura, pero eso fue demasiado para su débil equilibrio y se quitó la vida tomando veneno. La tensión acerca de la vida del niño recorrió Estados Unidos aquellos dos meses. Incluso se llegaron a pagar los 50.000 dólares en certificados de oro, sin obtener respuesta.

Finalmente, en mayo, un camionero halló por casualidad los restos de un bebé semienterrado junto a una carretera, a sólo cuatro millas de Hopewell. Era el cuerpo de Charles Jr, y la autopsia decretó que llevaba dos meses muerto. Todo había sido un engaño. El tal John nunca tuvo retenido al pequeño, y lo único que había hecho era crear falsas esperanzas en la familia para obtener su dinero.

La respuesta de la opinión pública fue inmediata: los periódicos exigían que se identificara al culpable, el Gobierno decretó que en adelante los secuestros serían considerados delitos federales y por tanto investigados directamente por el FBI (la llamada «ley de secuestro federal» o «ley de Lindberg»), y se llevó a cabo una búsqueda intensiva por todo el país como no se había producido antes. Sin encontrar nada.

Tal fue la expectación que causó esta historia que incluso la renombrada autora de novelas policíacas Agatha Christie la utilizó como base para su novela «Asesinato en el Orient Express». En ella, la familia de la víctima (en este caso la niña Daisy Armstrong) conducía al asesino hasta un viaje en particular del Orient Express desde Estambul a París, y ahí llevaba a cabo su propia justicia. Uno tras otro, los doce allegados de la pequeña apuñalaban a Casetti hasta la muerte, fingiendo luego que había sido el ataque de un sicario. Por supuesto, el detective Hercule Poirot lograba descubrir el engaño, viéndose en la duda de si debía o no castigar esta venganza.

El resultado en la vida real fue muy diferente: en 1934 la policía detuvo a Bruno Richard Hauptmann, un carpintero alemán con antecedentes penales al que le fueron descubiertos los certificados de oro que se habían pagado como rescate. Aunque él juró siempre que se los había entregado un amigo, Charles Lindberg reconoció su voz como la de John, el secuestrador. Las pruebas eran circunstanciales, pero Hauptmann resultó condenado en el conocido como «juicio del siglo», y ajusticiado en la silla eléctrica en 1936. Nunca ha estado del todo claro si realmente Hauptmann fue el culpable, y a lo largo de las décadas ha habido otras muchas teorías al respecto de este famoso crimen, desde la participación de la mafia de Nueva York hasta la del propio Lindberg.

Tal vez la versión de Agatha Christie era la mejor, después de todo. Ésa sí que era una justicia que llegaba al fondo del asunto y lo resolvía, sin dejar tramas pendientes.

Tal vez por eso Poirot, enfrentado cara a cara con ese tipo de justicia, no supo qué hacer, y dejó la decisión final en manos de su amigo, monsieur Bouc, responsable del tren. Porque con frecuencia hacer justicia de verdad no es nada fácil.

 

Más novelas policíacas, más historias asombrosas de la vida real y mil cosas que merecen la pena en este enlace.

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2 comentarios en “La espeluznante historia de Charles Lindberg Jr. (ni se te ocurra leer este artículo si no sabes nada sobre «Asesinato en el Orient Express»).

    1. Pues no te cuento todo lo que se habla del «buenazo» de Lindberg: apoyo al nazismo, contacto con la mafia… Incluso algunos autores piensan que el verdadero asesino de la niña fue su propio padre, pero no hay pruebas que aclaren el asunto. Era el auténtico «héroe americano», pero luego resultó un personaje bastante turbio.

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