Documentándome: La Atlántida, origen de egipcios, griegos, incas y nazis

Situs Insulae Atlantidis, a mari olim absorpte ex mente Aegyptiorum et Platonis descriptio, mapa de Athanasius Kircher

El mito de la Atlántida es uno de los más antiguos de la humanidad y aporta un mensaje de nobleza y una enseñanza ética. Ahora bien, no está muy claro a qué se refiere esta historia, si solo es una ficción o el continente perdido existió de verdad, y sobre todo dónde estaba. Un misterio con muchas respuestas y pocas certezas.

Como ya he comentado en otros artículos de esta página, hay una novela mía danzando por ahí, actualmente en fase de preparación, y que llevará el título de El cazador de tormentas. Te he hablado de ella en estas entradas.

Durante el proceso de documentación antes de empezar a escribirla, me topé con una historia apasionante: la del mito de la Atlántida. Este es un viejo cuento sin base histórica clara que, sin embargo, a día de hoy nos sigue deleitando a todos con su aire de fatalismo, decadencia, corrupción y muerte. La sociedad atlante, tal y como aparece en las fuentes de las que disponemos, había degenerado hasta cometer aberraciones impensables y por eso los dioses decretaron su final. Ese detalle iguala esta narración con la del Diluvio Universal que aparece en la Biblia y con el diluvio mesopotámico al que sobrevivió Atrahasis en El poema de Gilgamesh, o también con la destrucción de Sodoma y Gomorra por sus pecados. En las narraciones antiguas era muy habitual el tema de los reinos o ciudades castigados por los dioses, como una forma de instrucción moral para que la gente se portara bien a través del miedo.

Pero vayamos por partes. El mito de la Atlántida se inicia con Platón, cuando este escribió lo siguiente en Critias, uno de sus últimos diálogos:

Busto de Platón

«CRITIAS: Déjeme comenzar observando primero que nada, que nueve mil eran la suma de los años que habían transcurrido desde la guerra que se dijo ocurrió entre los que moraron fuera de las columnas de Hércules y todos lo que moraron dentro de ellas; esta guerra es la que voy a describir. De los combatientes de un lado, la ciudad de Atenas fue señalada como el líder y luchó hasta el fin de la guerra; en la otra cara, los combatientes eran liderados por los reyes de la Atlántida, que, como decía, era una isla mayor en extensión que Libia y Asia, y que, después del hundimiento por un terremoto, se convirtió una barrera infranqueable de fango, que por lo tanto, impidió que los viajeros navegaran a cualquier parte del océano (…).

He recalcado antes, hablando del reparto efectuado por los dioses, que distribuyeron la tierra entera en porciones de diferentes tamaños, e hicieron para ellos templos e instituyeron sacrificios. Y Poseidón, recibiendo para sí la isla de Atlántida, tuvo hijos de una mujer mortal y los instaló en una parte de la isla, que describiré. Mirando hacia el mar, pero en el centro de la isla misma, había un llano que se dice fue el más hermoso de todas las planicies y muy fértil. Cerca de la misma llanura, y también en el centro de la isla, a una distancia de cerca de cincuenta estadios, había una montaña no muy alta por ninguno de sus lados.

En esta montaña moró uno de los virtuosos hombres mortales de ese país, cuyo nombre era Evenor, y él tenía una esposa nombrada Leucipe, y tenían una única hija que fue llamada Clito. La virgen había alcanzado ya la pubertad cuando su padre y madre murieron; Poseidón se enamoró de ella y tuvo relaciones con ella, y rompiendo la tierra alrededor, incluida la colina en la cual ella moró, hizo zonas alternas de mar y tierra más grandes y más pequeñas, cercando una de la otra; haciendo dos de tierra y tres de agua, a la que él dio vuelta como con un torno, cada uno tenía su circunferencia equidistante desde el centro, de modo que ningún hombre pudiera llegar a la isla ni aunque lo hicieran navegando.

El capitán Nemo y Aronnax en la Atlántida, de 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne

Él mismo, siendo un dios, no tuvo ninguna dificultad en hacer arreglos especiales para el centro de la isla, trayendo dos manantiales desde debajo de la tierra, una de agua caliente y otra fría, e hizo que se originara toda clase de alimentos desde la abundancia del suelo. Él también tuvo y crio cinco pares de niños gemelos masculinos; y dividiendo la isla de Atlántida en diez porciones, le dio al primer nacido del par de mellizos mayores la morada de su madre y le asignó todo lo circundante, que era lo más grande y mejor, y lo hizo rey sobre el resto; a los otros los hizo príncipes, y les dio autoridad sobre muchos hombres, y de un territorio grande. Y él les dio nombre a todos; al mayor, que era el primer rey, lo nombró a Atlas, y en honor a él la isla entera y el océano fueron llamados Atlántico. Su hermano gemelo, quien nació después de él, obtuvo como su porción la extremidad de la isla hacia las columnas de Hércules, de cara a la que ahora se llama región de Gades en aquella parte mundo; su nombre en lenguaje helénico es Eumelus, en lenguaje de su país es Gadeirus, nombrado en honor a él. Del segundo par de gemelos él llamó a uno Ampheres, y al otro Evaemon. Al mayor del tercer par de gemelos él dio el nombre conocido de Mneseus, y Autochthon a quien lo siguió. Del cuarto par de gemelos él llamó Elasippus al mayor y Mestor al más joven. Y del quinto par de mellizos, él dio al mayor el nombre de Azaes y al más joven de ellos Diaprepes.

Todo ellos y sus descendientes por muchas generaciones fueron los habitantes y gobernadores de diversas islas en el mar abierto; y también, como se ha dicho ya, influyeron en nuestra dirección por todo el país dentro de las columnas tan lejos como Egipto y Tirrenia.

Ahora Atlas tenía una familia numerosa y honorable, y conservaron el reino; el mayor de los hijos lo traspasaba al mayor de sus descendientes por muchas generaciones; y tenían tal cantidad de bienestar como nunca antes fue poseído por reyes y potentados, y no es probable que ocurra otra vez, y fueron equipados con todo lo que necesitaban en la ciudad y en el campo. Debido a lo grandioso de su imperio, muchas cosas les fueron traídas de países extranjeros, y la isla misma proporcionó la mayoría de lo que fue requerido para las necesidades de la vida. En primer lugar, cavaron la tierra, que era sólida para buscar allí lo que podía dar, y que ahora es solamente un nombre y era entonces algo más que un nombre, oricalcum, que era extraído en muchas partes de la isla, siendo más precioso en esos días que cualquier cosa excepto el oro. Había abundancia de madera para el trabajo de los carpinteros y suficiente alimento para los animales domésticos y salvajes. Además, había una gran cantidad de elefantes en la isla, siendo ese el animal más grande y más voraz de todos; pues había disposición para todo tipo de animales, para los que viven en los lagos y los pantanos y los ríos, y también para los que viven en las montañas y en las llanuras, de manera que también había alimento para el más grande y feroz de todos».

Mosaico en Pompeya que representa la Academia de Platón

Es decir, el filósofo plantea la idea, muy extendida en aquel entonces, de que fueron los propios dioses los que distribuyeron la geografía de las tierras del mundo según el reparto que hicieron entre ellos, y que eso también afectaba a los distintos pueblos. Cada región, cada ciudad y cada reino se debía a un dios, que era quien había participado en su fundación, y en todo momento tenían que rendirle honores. Abandonar la creencia en ese dios atraería la desgracia a la región y, del mismo modo, unos pueblos se enfrentaban con otros por la propia guerra que existía entre sus deidades. Atenas se debía entonces a la diosa Atenea, mientras que la Atlántida se debía a Poseidón, y eso llevó al conflicto entre ambas que terminó con la destrucción de la segunda. Muchos de sus habitantes murieron y otros pudieron escapar en barcos que recalaron en distintos lugares del mundo. Los griegos olvidaron el hecho al transcurrir nueve mil años desde entonces, pero los antiguos saberes se conservaron en Egipto, cuyos sacerdotes narraron la historia de la Atlántida a Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, y este se lo transmitió al abuelo de Critias. Es decir, nos hallamos ante una historia supuestamente verdadera de la que nadie se acuerda, pero que algunos personajes extremadamente doctos fueron contando de generación en generación para que no se perdiera en el tiempo.

Podría parecer, a primera vista, una leyenda más acerca de reinos perdidos en tiempos remotos, pero Platón añadió una última nota que le daba al conjunto un tono moral:

La caída de la Atlántida, de François de Nomé

«Cada uno de los diez reyes tenía el control absoluto de los ciudadanos en su propia división y en su propia ciudad, y, en la mayoría de los casos, de las leyes, castigando y matando a cualquiera que él quisiera. Ahora el orden de precedencia entre ellos y sus relaciones mutuas fue regulado por las disposiciones de la ley que Poseidón les había otorgado. Estas fueron inscritas por los primeros reyes en un pilar de oricalcum que estaba situado en el centro de la isla, en el templo de Poseidón, donde los reyes se reunían cada quinto y cada sexto año alternativamente, dando así igual honor al número impar y par. Y, cuando estaban reunidos, se consultaban sobre sus intereses comunes e investigaban si había transgresiones de cualquier tipo, y hacían un juicio, y antes de que empezara el juicio, ellos establecían sus compromisos de los unos con los otros (…).

Había muchas leyes especiales que concernían a los respectivos reyes inscritos uno después de otros en los templos, pero la más importante era la siguiente: no debían tomar armas uno contra otros, y todos debían venir al rescate si alguno en cualquier ciudad intentaba trastornar la casa real; como sus antepasados, debían deliberar en forma común sobre la guerra y otras materias, dando la supremacía a los descendientes de Atlas. Y el rey no tenía poder sobre la vida y la muerte de ninguno de sus súbditos sin el consentimiento de la mayoría de los diez.

Este era el vasto poder que el dios colocó en la isla perdida de la Atlántida; y así actuó en contra de nuestra región por las razones siguientes, como la tradición dice: por muchas generaciones, mientras la naturaleza divina permaneció con ellos, eran obedientes de las leyes, y bien intencionados con el dios, que era su origen; porque poseyeron verdad y grandeza espiritual en toda forma, uniendo gentileza con sabiduría en los diversos riesgos de la vida, y en las relaciones de unos con otros. Desdeñaron todo menos la virtud, sintiendo poco por sus vidas presentes, y pensaban tenuemente en la posesión de oro y de otros bienes, que les parecía solamente una carga; ni se intoxicaron con el lujo; ni la abundancia los privó de su autodominio; ellos siempre eran sobrios, y veían claramente que todos estos bienes eran sobrepasados por la virtud y amistad con otros, donde era muy grande la consideración y el respeto para ellos, se fueron perdiendo y la amistad con ellos.

Con tales ideas y mientras permaneció con ellos la naturaleza divina, las cualidades que hemos descrito crecieron y aumentaron entre ellos; pero cuando la porción divina se comenzó a decolorar, y se diluyó también demasiado seguido en la mezcla con los mortales, entonces la naturaleza humana venció la mano superior, siendo ellos incapaces de sostener su fortuna, se hicieron indecorosos, y el que tenía un ojo para ver se desalentó visiblemente, porque ellos estaban perdiendo el más justo de sus regalos preciosos; pero los que no tenían ningún ojo para ver la verdadera felicidad, se sentían gloriosos y bendecidos al mismo tiempo cuando estaban llenos de avaricia y de potencia irracional.

Zeus, dios de dioses, quien gobierna según la ley y con poder para ver tales cosas, percibió que una honorable raza estaba en dificultades, y deseando infligirles un castigo, para que pudieran corregirse y mejorar, convocó a todos los dioses en su más santa habitación, que, puesta en el centro del mundo, es el soporte de todo lo creado. Y cuando los hubo reunido a todos, él les habló como sigue».

Mosaico minoico

Así termina Critias, un diálogo inacabado seguramente por la edad de Platón cuando escribió estas líneas, que ya no le permitió seguir con este trabajo. Pero la finalidad del diálogo queda clara: advertir a sus lectores acerca de los peligros del vicio y la desobediencia a las leyes de los dioses, que acarrea siempre el justo castigo. La Atlántida no fue destruida por la guerra con Atenas sino por la furia de los dioses al ver que los descendientes de los hijos de Poseidón se habían apartado de las leyes marcadas en la columna de oricalco. En lo que Platón describe como un solo día y una noche terribles, un terremoto arrasa el continente y lo destruye sin dejar nada, para que los atenienses contemplen la lección de a dónde lleva alejarse de la virtud. Eso es lo que significa la Atlántida y eso es lo que transmitieron los pocos supervivientes de la isla cuando navegaron con sus últimos barcos hacia Egipto y otras tierras.

Pero Platón veía con pena cómo la gente de su época había olvidado la enseñanza del continente desaparecido y se entregaba de nuevo a los mismos vicios. Por eso escribió Critias, como una forma de parábola hacia el mundo griego, para que todos entendieran la importancia de las leyes.

Desde entonces, el mito de la Atlántida ha pasado por muchas fases. De enseñanza medieval a supuesta clave del primer viaje de Colón a América, de base para nuevas leyendas como la isla de San Brandán o la de Antillia a posible origen para los llamados Pueblos del Mar y explicación de por qué los egipcios y los pueblos precolombinos levantaban pirámides si nunca habían tenido contacto entre ellos.

La Atlántida es un argumento fascinante para casi cualquier enigma. La Sociedad Thule y otros investigadores esotéricos nazis quisieron encontrar en los atlantes el origen de la raza aria, por medio de una disquisición un tanto enrevesada: los atlantes habrían escapado del desastre de su isla natal y habrían dado lugar a los hiperbóreos, un pueblo de gigantes que vivían en el norte y rezaban a Bóreas, dios del frío y el viento. De esos hiperbóreos vendrían directamente los arios, según afirmaban ellos mismos.

Las últimas investigaciones achacan un posible origen de la Atlántida en la isla de Creta, es decir, que el imperio atlante del que escribe Platón podría ser la civilización minoica, de la que se tiene constancia desde la Edad de Piedra y que, alrededor del año 1500 o 1600 antes de nuestra era (ANE) sufrió la terrible erupción del volcán de la isla de Santorini, que arrasó a aquel pueblo, provocó un invierno volcánico por la nube de cenizas y se dice que incluso podría ser el origen de la caída de la dinastía Xia de China y las plagas de Egipto que aparecen nombradas en la Biblia. Un cataclismo terrible que sembró de caos el mundo antiguo y que perfectamente podría haber inspirado el relato de Platón.

Pero, por lo demás, ha habido muchas teorías acerca de la posible localización de la Atlántida: que si en Azores, Canarias, Cádiz, el Polo Norte, la Antártida, el Canal de la Mancha, la península del Sinaí, Anatolia, Túnez, Bolivia, Indonesia, el Tíbet o el mar del Norte. Ha habido congresos acerca del mito y ensayos de toda clase abordando el tema.

La ficción, como es lógico, no podía estar ajena a un tema tan apasionante. Jules Verne, Pierre Benoit, Robert E. Howard, Stephen King, Manuel Pimentel o Javier Negrete son solo algunos de los muchos autores que han aprovechado los escritos de Platón para ambientar sus novelas.

Pero de eso, de la ficción alrededor de la Atlántida, hablaré en otro momento.

Más civilizaciones perdidas, dioses coléricos y columnas de oricalco en este enlace.

Atlantis, the antediluvian world, de Ignatius Donnelly

Documentándome: Los pueblos del desierto

Uno de los elementos que caracterizan una novela de aventuras es el entorno en el que sucede la acción ⸺los otros dos son la trama y el ritmo narrativo: sobre esos tres pilares se erige este género⸺. El entorno narrativo ⸺en los últimos años llamado worldbuilding⸺ de una novela de aventuras suele ser exótico, misterioso, intrigante, desconocido pero familiar y propenso a las escenas de acción. Los protagonistas recorren los lugares principales en busca de algo o escapando de algo, y siempre ese entorno se convierte en un elemento definitorio del resultado final. Los piratas recorren el mundo en pos de un tesoro escondido en un emplazamiento significativamente remoto, los prófugos se esconden en localizaciones apartadas y las pruebas de madurez se realizan donde nadie se atreve a llegar. Lo que unos y otros se encuentran por el camino marca el devenir de los acontecimientos.

Hay muchas formas de definir un entorno narrativo, que básicamente comprenden los lugares geográficos ⸺una montaña inalcanzable, una isla perdida, un barco sin rumbo⸺ y las características sociales del grupo humano ⸺razas, edades, sexos, idiomas, costumbres, modelos económicos, creencias religiosas, potencias hegemónicas o desarrollo del armamento y acceso a él por parte de la población general⸺.

Todas estas cuestiones me las planteé en profundidad cuando estaba escribiendo mi próxima novela, de la que podrás encontrar más información en este enlace. Tenía claro que iba a transcurrir en el desierto del Sahara durante la Edad Moderna, esto es, en el período histórico comprendido entre el descubrimiento de América y la Revolución Francesa. Esto abarca una época compleja en la que iban desapareciendo los pequeños reinos independientes y señoríos feudales tan propios de la Edad Media, y poco a poco volvían a surgir los grandes imperios. Españoles, germanos, franceses, ingleses y turcos se enfrentaban los unos a los otros por hacerse con la hegemonía del mundo. Y mientras, las demás naciones estaban obligadas a posicionarse.

Por tanto, los pueblos del Sahara se comportaron en aquella época como un guiso de elementos discordantes, del pasado más remoto y del presente más alejado geográficamente. Viajeros de Oriente y Occidente llegaban a este rincón en busca de fortuna o huyendo de alguna persecución. No era un destino muy deseado, a diferencia de los reinos del sur, a donde se dirigían las caravanas de dromedarios. Por tanto, el Sahara quedó reducido a un lugar de paso, una necesidad en un continente rico que todas las potencias querían explotar. Una mezcla anárquica de pueblos mal avenidos.

El Sahara ⸺«El gran desierto», en árabe⸺ es una de las regiones donde a la vida le cuesta más salir adelante. Vastos territorios de arena, piedra, grava y sal, con solo algunas zonas por donde discurren ríos estacionales ⸺que se forman durante el deshielo de las montañas y se desecan en verano⸺ y unos cuantos oasis que nacen a partir de escasos pozos de agua. El clima es especialmente duro, con unas temperaturas extremas y unas precipitaciones escasísimas y limitadas a épocas muy concretas. Por otra parte, los picos de montaña son tan altos que en sus cumbres aparecen fuertes vientos, hielo y nieve. Las tormentas de arena y los tornados son habituales, hasta el punto de que los nómadas los consideran los enemigos más peligrosos del hombre, por encima incluso de las fieras y solo superados por la sed. Los científicos consideran que este clima ha permanecido más o menos estable durante los últimos doce mil años.

Sin embargo, eso no ha impedido que el desierto del Sahara albergara a muchas de las grandes culturas de la humanidad. Tribus, pueblos e imperios han atravesado este lugar sin esperanza y en muchos casos han establecido allí reinos muy poderosos.

Alrededor del año 9000 antes de nuestra era (ANE), los nubios dominaron un territorio que aún estaba sin desertizar y allí establecieron las primeras comunidades sedentarias. Lograron domesticar a grandes rebaños de ganado, formaron una sociedad perfectamente estructurada e incluso investigaron la posición de las estrellas y su relación con el transcurso de las estaciones. De todos estos hechos dejaron constancia en unas valiosísimas pinturas rupestres.

La región de Nabta Playa, en el desierto de Nubia, alberga enormes yacimientos arqueológicos que muestran un pueblo que vivió en torno a un lago estacional y logró dominar el arte del pastoreo gracias a la vegetación que crecía en las orillas. Se han localizado tumbas dedicadas al ganado vacuno, que demuestran el desarrollo de una adoración por este, en la forma de Hathor, la diosa vaca. Del animismo de las tribus más sencillas surgieron los panteones más sofisticados, y así, del culto a los animales que les proporcionaban vida, evolucionarían más tarde las creencias de la mitología egipcia.

De la época de los nubios, alrededor del año 6000 ANE, procede también el sorprendente crómlech de Nabta Playa, que los expertos consideran un observatorio astronómico primitivo y un calendario basado en la posición de las constelaciones. Curiosamente, el crómlech más famoso de todos, el monumento de Stonehenge, data aproximadamente del año 3000–2000 ANE, mucho más reciente por tanto.

La desertización del área obligó a sus moradores a buscar lugares nuevos donde vivir. Los oasis, pozos y caminos se volvieron elementos fundamentales de supervivencia, hasta el punto de desatar guerras frecuentes entre unas tribus y otras. Tan solo el valle del Nilo presentaba un clima estable y una fuente de agua permanente. El Nilo es el mayor río de África y atraviesa el continente de sur a norte, hasta llegar al Mediterráneo. En sus orillas acumula grandes cantidades de limo que vuelven fértiles las tierras y permiten los cultivos. Por esa razón se establecieron allí las primeras comunidades, que dieron lugar al Egipto de los faraones.

Desde el norte llegaron exploradores provenientes de lugares remotos, que establecieron colonias en África, como los fenicios ⸺de los que provienen los actuales bereberes⸺ o los griegos ⸺que terminaron por helenizar todo Egipto y dieron inicio a su propia dinastía de faraones⸺. Los romanos llegaron más tarde, construyendo ciudades, levantando fortalezas y torres de vigilancia. Hoy en día muchas de esas construcciones siguen parcialmente en pie, más como vestigios de una época olvidada que como una realidad, y sirven de refugio a las caravanas que atraviesan el desierto.

Pero sin duda la mayor influencia fue árabe. A partir del siglo VI de nuestra era, tribus provenientes de Arabia se extendieron por el continente africano y llevaron consigo su cultura, su ciencia y su fe islámica. Pronto el territorio entero se islamizó, lo que fraguó una cercanía cultural entre pueblos que se encontraban a grandes distancias. Se organizaron rutas comerciales a través del desierto que permitían el comercio de oro, sal y esclavos negros, y que iban desde los reinos del sur hasta el Mediterráneo, y una vez allí, a todas partes del mundo.

Cuando el Imperio otomano llegó a África en el siglo XVI, lo tuvo mucho más fácil para dominar a los reinos locales. El árabe ya era la lengua general y el islam la religión predominante. Las rutas se mantuvieron inalteradas y simplemente cambiaron de destino final.

De eso es precisamente de lo que trata esta novela: de la resistencia al colonialismo cultural y bélico, de los pueblos que no quisieron adaptarse ni servir a un nuevo amo, sino mantener sus viejas tradiciones, aunque tampoco fueran suyas realmente, sino heredadas de otros tiempos, otros pueblos y otros colonialismos anteriores. Cada sociedad es hija de su tiempo, pero también de todos los tiempos anteriores, de todas las sociedades que la precedieron y le entregaron sus conocimientos, sus valores, sus dioses y sus sueños. Y ahora no queda para recordarlas más que unos dibujos en una piedra, unos pergaminos olvidados o una novela de aventuras que transcurre en el desierto, y que trata sobre las personas que vivieron allí durante tantos siglos.

Más pueblos remotos, desiertos imposibles y guerras por un pozo de agua ⸺o no⸺ en este enlace.

Documentándome: La takouba, la espada tradicional de los pueblos bereberes

Como ya dije en anteriores artículos de esta serie, tengo una novela que saldrá publicada en primavera, de la que hablaba en esta entrada. Se trata de una historia de aventuras situada en el desierto de Zerzura, que es una interpretación ficticia del Sahara y de algunas de sus tradiciones.

Justamente por eso, llevo tiempo investigando acerca de los pueblos bereberes, sus costumbres y su evolución a través del tiempo. Toda mi pasión por ellos nació de la lectura hace años de una novela muy particular: Luna Roja y Tiempo Cálido, de Herbert Kaufmann. Encontré este libro maravilloso en una tienda de segunda mano, en su edición de 1989, y me quedé embrujado por sus retratos de nobles guerreros del desierto, hermosas princesas enamoradas y soñadores que cantan de poblado en poblado por unas monedas.

Entonces decidí que quería escribir sobre el Sahara.

Con frecuencia se dice que no quedan lugares por descubrir en todo el mundo, que los avances en cartografía y la tecnología de satélites artificiales han hecho desaparecer aquellas manchas borrosas en los mapas. Ya no hay islas desconocidas ni rutas por trazar. Por eso me atraía especialmente el desierto, que también está descubierto, pero sigue siendo un reto para la supervivencia del ser humano. Ya no existen las viejas rutas de las caravanas ni el contrabando de manuscritos, oro, marfil y esclavos negros, que atravesaban todo el continente. Pero la necesidad desesperada de agua y también de alimento marcan todavía la supervivencia en un lugar hostil, aunque en la actualidad existan otros recursos naturales igualmente codiciados en África, como el petróleo, el gas, los diamantes o el coltán. Y es a partir de ellos de los que se organizan las modernas rutas comerciales, la mayoría de ellas a través del mercado negro.

Pero esa será historia para otro día. Me interesaba mucho más el pasado del Sahara, ese tiempo en el que poderosos caballeros recorrían las arenas a lomos de altos dromedarios, adornados ambos con colores brillantes y campanitas que tintineaban a cada paso. Jinetes cubiertos con turbante y velo, protegidos del calor con albornoz y capa que fluía a su alrededor. Hombres y mujeres devotos de Alá, fieles a una tradición que establecía sus leyes por encima incluso de los dioses. Su honor familiar, su adhesión a la tribu y el deber de la hospitalidad en cualquier situación marcaban que hicieran gala de su nombre. Nadie podía poner en duda su honor y salir indemne. La calidez del recibimiento a un invitado podría transformarse en ferocidad si este los insultaba.

Los nómadas eran guerreros temibles, que con frecuencia protagonizaban asaltos a ciudades amuralladas o a largas caravanas de mercaderes. Saqueaban todo lo que podían, se hacían con prisioneros para luego venderlos como esclavos y se apropiaban de las armas. Si lograban capturar a alguien importante, además cabía la posibilidad de que obtuvieran un rescate, del mismo modo que hacían los corsarios berberiscos en el Mediterráneo.

Los pueblos del Sahara son de origen amazigh, a los que los europeos conocemos como bereberes. Por sus tierras han pasado egipcios, fenicios, romanos y sobre todo árabes. Las expediciones de estos últimos comenzaron en el siglo VII de nuestra era y llevaron consigo la lengua, la religión y la ciencia que existía en Arabia. A través de una larga colonización que se prolongó durante siglos, el norte de África se fue arabizando, aunque en gran medida conservaron algunas de sus creencias antiguas. Alá se mezcló con los dioses egipcios, romanos o fenicios, y también con el animismo más primitivo.

Esta colonización no resultó sencilla, ya que los árabes eran guerreros tan decididos como los amazigh. Las incursiones de unos y otros fueron cambiando las fronteras, integrándolos y alternando la balanza del poder.

Las armas clásicas del desierto eran la lanza, la daga y la espada takouba. También se hicieron famosas las espingardas, los temidos fusiles de los nómadas. Y muchos guerreros se protegían con escudos redondos de madera recubiertos de piel de dromedario.

La espada constituía el arma legendaria entre las tribus. De aproximadamente un metro de longitud, con hoja de hierro recta, doble filo y punta aguda, valía tanto para cortar como para pinchar. Su empuñadura podía llegar a ser una auténtica joya y, en función de quien la fuera a empuñar, podía contar con mango de plata e incrustaciones de piedras preciosas. La vaina se convertía también en símbolo de poder y riqueza. Desde las más bastas, de piel de dromedario, pasaban a auténticos tesoros de oro, plata y joyas, tan valiosas como la propia arma.

La espada takouba se heredaba de padres a hijos y se convertía en orgullo de una familia y de una tribu. A su alrededor se formaban leyendas y las más importantes tenían nombre propio. Por la posesión de una espada se declaraban guerras, igual que por un pozo de agua o un camino. La takouba era el alma del jinete y la de todos sus antepasados, cuyas manos la empuñaron en algún momento y dejaron allí algo de sí mismos. Que cayera en poder de un enemigo equivalía a caer en la deshonra, por haber deshonrado a la familia.

Sin embargo, no todos los nómadas podían utilizar una takouba.

Como en toda sociedad medieval, existían tres clases sociales en el desierto: los nobles o ilelán, que se dedicaban tan solo a cazar para dar de comer a la tribu y a cantar canciones de gestas heroicas; los vasallos o imrán, que debían trabajar la comida que habían traído los nobles; y finalmente los esclavos o iklán, casi siempre de origen negro, y que se ocupaban de las tareas que no quería nadie más. Su principal misión consistía en el cuidado de los animales, pues la riqueza de la tribu descansaba en el número de dromedarios y cabras que pudiera tener.

Pues bien, tan solo los nobles podían empuñar una espada takouba, ya que confería la dignidad de su casta. Era su distinción natural, su manera de elevarse por encima de los otros.

Hoy en día las espadas takouba se han convertido en objetos de coleccionista y por ellas pueden llegar a pagarse precios muy altos. Su posesión, una vez más, es motivo de orgullo y una muestra de cómo aquellos antiguos linajes se continúan ahora en los nuestros. Los bereberes vinieron a España en el siglo VIII de nuestra era y trajeron consigo su ciencia, su saber y también sus espadas. Hoy todos llevaremos algún gen de aquellos pueblos y por eso estas espadas forman una lazo con nuestra propia herencia, a través de los tiempos.

Más historias del pasado, herencias de orgullo y conocimientos innecesarios en este enlace.

Documentándome: Dónde está Nilidia o el arte de inventarme un país

Como ya dije el otro día, tengo una novela en preparación para 2021. Puedes leer acerca de ella en este artículo. Es el fruto de un largo tiempo de estudio, preparación y escritura. Porque sí, las novelas también se estudian, sobre todo las de aventuras, que es mi género. Precisan de un tiempo relativamente largo de formación, documentación e investigación en fuentes de todo tipo, de lo cual no suele aparecer apenas nada en el texto final. La idea es que el libro se apoye sobre unas bases firmes pero que estas no ahoguen la narración, solo la justifiquen. El lector sigue una novela por la historia y los personajes, pero estos necesitan un trasfondo sólido para que sus actos tengan sentido.

En esta misma categoría de artículos, ya escribí algunas nociones sobre la importancia de los beduinos, sobre quiénes fueron las sibilas o sobre qué implica la existencia de un poder absoluto al alcance de los hombres. Todas esas son cuestiones importantes que sí aparecerán en la novela.

Pero me faltaba hablar del lugar en el que transcurre la acción, el país que va a albergar la historia y por qué. Ese lugar es Nilidia, la localización de todos mis escritos.

En 2004 se me ocurrió una idea loca de la que luego han salido muchas más: me inventé un país. Creé un lugar ficticio pero firmemente anclado en un entorno real, a la manera de Zenda o Wakanda. Eso me permitía fraguar las historias que quisiera a la vez que aprovechaba la riqueza del pasado de esa localización.

Pero ¿qué es Nilidia?

Nilidia es un país supuestamente ubicado entre Libia, Túnez y Níger. En mi imaginación, allí se extiende una gran lengua de tierra que comparte muchas de sus historias reales: en Nilidia ha habido conquistadores romanos, otomanos e ingleses; en su costa norte se estableció una hermandad de piratas durante la Edad Moderna; las rutas nómadas atravesaban el desierto cargadas de riquezas; el sur estaba plagado de junglas y dominado por temibles reinos negros; y sobre todo las fronteras cambiaron con inusitada rapidez, empujadas en un sentido o en otro por el salvajismo, la desesperación y el sacrificio de miles de guerreros anónimos a través de los tiempos.

En mi primera novela, «Nilidiam», hablaba sobre la revolución islámica que tuvo lugar en el país en 1930 y que logró expulsar de allí al gobierno instaurado desde seis décadas antes, un títere controlado por militares británicos. Esto supuso el final de la época de colonialismo y el inicio de un tiempo nuevo, valiente y decidido. Políticos formados en universidades europeas tomaron las riendas de un Estado recién nacido y se enfrentaron a unas terribles condiciones de pobreza, analfabetismo y servilismo de las grandes fortunas británicas, muchas de las cuales se habían marchado tras la declaración de independencia. Es muy representativo el símbolo de las vías de tren que nunca llegaron a terminarse y que, por tanto, no llevaban a ningún lugar. Varias de esas imágenes fueron publicadas en los años 70 en la revista Newsweek, con la intención de mostrar el deterioro que sufrían muchos de los países que lucharon por la independencia frente al colonialismo militar europeo, solo para terminar hundidos en la miseria por culpa del colonialismo económico.

Y todo empezó con una batalla en Baal Azur, que es de lo que trata la novela. Un durísimo levantamiento armado que arrasó la costa norte.

En mi segunda novela, «La reina demonio del río Isis», salté a 1852 y abordé el inicio de la invasión británica de Nilidia, cuando la decadencia del gobierno otomano había llevado a la región al desastre y unos cuantas fortunas se aprovechaban del caos. Allí fue donde apareció el Ejército británico, dispuesto a apoderarse de la ciudad de Basser, en la región central de Nilidia. Los relatos de la crueldad de esta batalla puso los pelos de punta a los intelectuales de la época, lo que fue recogido por los cronistas de medio mundo. La defensa de los nilidios resultó tan intensa que la guerra de ocupación duró hasta 1870, fecha del tratado de paz.

Pero nada de eso aparecerá en la nueva novela, porque he decidido retrotraerme aún más, a un tiempo muy anterior a la presencia europea en Nilidia. La época es otra, pero la situación es parecida, porque estos países del norte de África siempre tuvieron conquistadores, de muchos orígenes distintos. Tribus árabes llegaron del este, diezmando y extendiendo su fe y su lengua. Legionarios romanos atravesaron el desierto en busca de riquezas. Barcos fenicios establecieron ciudades en el norte.

Es difícil saber cuánto de lo que hoy en día es Nilidia proviene de sus propias raíces y cuánto lo ha heredado de sus muchos colonizadores. Como dijo en «Nilidiam» el profesor Taymullah Farûq, «la historia de este país ha sido como querer construir un muro con ladrillos prestados. Al final hemos hecho lo que hemos podido».

Pues bien, este es el terreno de la aventura, mitad auténtica y mitad inventada, pero siempre apasionante. Habrá batallas, leyendas y un viaje, que podrás realizar con los protagonistas si te animas.

¿Quieres conocer Nilidia?

Más piratas, viajes e historias locas en este enlace.

Mi nueva novela ya tiene título

Este sábado pasado tuve la suerte de participar en un encuentro virtual con dos genios de la literatura y de la aplicación de esta a las nuevas tecnologías, dos autores de enorme presencia en redes sociales y que han sabido adaptar su producción escrita al formato electrónico, con un gran éxito.

Son Mariola Díaz–Cano y Fran Zabaleta, escritores de novela histórica, de aventuras y de lugares exóticos.

Mariola lleva tiempo volcada en su canal de YouTube, donde ha organizado charlas con autores de renombre y de los géneros más diversos. Además, también tiene una novela que saldrá en breve.

Por su parte, Fran es uno de los creadores más activos y versátiles del panorama literario gallego, con cuatro libros publicados en este año tan aciago («Lo extraordinario», «Historias para disfrutar con la Historia, volumen 2», la nueva edición de «Medievalario» y ayer mismo «América indómita, volumen 1»).

Pues bien, estos dos locos contaron conmigo para una reunión tan especial y allí estuvimos hablando durante una hora acerca de novelas de aventuras, héroes imposibles, parajes exóticos y un montón de temas diversos. Al final el tiempo se nos pasó volando y la conversación nos habría dado para unas cuantas horas más. Puedes acceder al vídeo completo en este enlace.

La gracia del evento fue que aproveché la oportunidad para desvelar una noticia: en primavera voy a publicar una novela de aventuras con la editorial Los Libros del Salvaje, que está especializada en este género. Después de mucho escribir y de pulir una historia de la que me siento muy orgulloso, en unos meses verá la luz y llevará el siguiente título:

«El cazador de tormentas»

Este libro transcurre también en Nilidia, como mis obras anteriores, aunque tres siglos antes que la anterior. Hace unos años tomé la decisión de crear un proyecto a largo plazo, que abarcaría a todas mis siguientes creaciones: me inventé un país y ubiqué allí todas mis siguientes historias. La gracia de eso radica en poder aprovechar toda la historia de una región y añadir lo que a mí me apetezca.

Nilidia es un país ficticio situado entre Libia y Túnez, y con ellos comparte historia, aventuras y colonizadores. Fenicios, romanos, árabes y europeos han pasado por sus tierras. Durante la época en la que transcurre mi novela, los corsarios berberiscos dominaban la costa norte de Nilidia, mientras que el sur era el territorio de los nómadas, las caravanas de dromedarios y las historias contadas a la luz de una hoguera.

«El cazador de tormentas» es una de esas historias legendarias, es la epopeya de un niño nómada que tiene que cumplir su prueba de madurez para poder casarse y formar una familia. Es un viaje a través del desierto, solo con sus armas y su dromedario, en busca de una presa a la que debe cazar. Pero en ese desierto encontrará cosas imprevistas y tomará decisiones terribles. Dentro de la tribu, él es el encargado de perseguir las tormentas y aguardar el momento preciso en que las nubes desaguan sobre la tierra yerma del desierto, porque esa agua es la única que permite que su gente sobreviva. Pero el niño no tiene ni la más remota idea de lo que se va a encontrar.

Será a partir de primavera cuando lo descubra.

¿Te apuntas a este viaje conmigo?

Más nómadas, pruebas de madurez y, sobre todo, más información sobre mi nueva novela, en este enlace.

Documentándome: El anillo de Giges o la tentación del poder absoluto

La escuela de Atenas

«La escuela de Atenas», de Rafael

 

Continúo documentándome para mi nueva novela, sobre la cual ya hablé en los artículos incluidos en este enlace.

Sabiendo ya, por tanto, que en su trama aparecerán, entre otros muchos personajes, unas sibilas y unos beduinos, hoy toca hablar sobre el tema de la novela, es decir, la respuesta a la eterna pregunta: «¿de qué va tu novela?».

Pues mi novela va sobre la tentación del poder absoluto.

Es un tema clásico, hay miles de historias acerca de grandes personajes corrompidos por un poder terrible, como «El señor de los anillos» o «El retrato de Dorian Gray».

Pero sin duda uno de los primeros, y que fue el que realmente me llevó a escribir la novela, es el mito del anillo de Giges, que relató Platón en el libro II de «La república».

En un diálogo entre Glaucón y Sócrates, el primero expresa:

«Demos a todos, justos e injustos, un poder igual para hacer todo lo que quieran; sigámoslos, y veamos a dónde conduce la pasión al uno y al otro. No tardaremos en sorprender al hombre justo siguiendo los pasos del injusto, arrastrado como él por el deseo de adquirir sin cesar más y más, deseo a cuyo cumplimiento aspira toda la naturaleza como a una cosa buena en sí, pero que la ley reprime y limita por fuerza, por respeto a la igualdad».

Éste es, pues, el planteamiento que desarrollará Glaucón: que el hombre justo lo es porque no puede hacer otra cosa, mientras que, si tuviera el poder suficiente y la impunidad para saltarse esa ley que lo reprime, no sería muy diferente del criminal, del asesino o del ladrón. Para demostrarlo, cuenta la leyenda del rey Giges:

«Giges era pastor del rey de Lidia. Después de una borrasca seguida de violentas sacudidas, la tierra se abrió en el paraje mismo donde pacían sus ganados; lleno de asombro a la vista de este suceso, bajó por aquella hendidura y, entre otras cosas sorprendentes que se cuentan, vio un caballo de bronce, en cuyo vientre había abiertas unas pequeñas puertas, por las que asomó la cabeza para ver lo que había en las entrañas de este animal, y se encontró con un cadáver de talla aparentemente superior a la humana. Este cadáver estaba desnudo, y sólo tenía en un dedo un anillo de oro. Giges lo cogió y se retiró».

Ésa es la clave de la leyenda, el anillo que tenía el poder de volver invisible a quien lo portase:

«Sucedió que, habiéndose vuelto por casualidad la piedra preciosa de la sortija hacia el lado interior de la mano, en el momento Giges se hizo invisible, de suerte que se habló de él como si estuviera ausente. Sorprendido de este prodigio, volvió la piedra hacia fuera, y en el acto se hizo visible».

Y lo que pretende demostrar Glaucón (y reflejar Platón en su obra) es que esa clase de poder conduce irremediablemente a cometer injusticias, atrayendo a su alrededor a otras personas parecidas:

«Seguro de su descubrimiento, se hizo incluir entre los pastores que habían de ir a dar cuenta al rey. Llega a palacio, corrompe a la reina, y con su auxilio se deshace del rey y se apodera del trono».

Pero, ¿es esto cierto? ¿El poder conlleva necesariamente la injusticia?

«Ahora bien, si existiesen dos anillos de esta especie, y se diesen uno a un hombre justo y otro a uno injusto, es opinión común que no se encontraría probablemente un hombre de un carácter bastante firme para perseverar en la justicia y para abstenerse de tocar los bienes ajenos, cuando impunemente podría arrancar de la plaza pública todo lo que quisiera, entrar en las casas, abusar de todas las personas, matar a unos, liberar de las cadenas a otros y hacer todo lo que quisiera, con un poder igual al de los dioses en medio de los mortales».

Esta leyenda ha dado pie a un sinfín de interpretaciones a lo largo de los siglos, cundiendo la explicación de que las personas sólo cumplimos las leyes porque estamos obligados a ello y tememos el castigo que recibiríamos en caso de desobediencia; pero si no hubiera castigo, si fuéramos realmente invisibles a la ley como era Giges, ninguna moral personal sería tan dura como para resistirse.

Bueno, eso es lo que opinaba Glaucón.

Quizá no todos los personajes vayan a actuar así. O quizá sí lo hagan.

Habrá que verlo en mi próxima novela.

Busto de Platón

Busto de Platón

 

Más documentación, más anillos mágicos y más locuras en este enlace.

Documentándome: ¿Por qué los beduinos fueron cruciales en la Historia de la Humanidad?

Beduinos 1

Si hace poco publicaba un artículo acerca del papel de las sibilas, su identidad y su legado en la Historia, que puedes leer en este enlace, hoy toca hablar de otro de los elementos fundamentales de mi nueva novela: los beduinos.

Siempre me pareció increíble ese heroísmo invencible de los últimos pueblos nómadas del desierto, que han resistido la colonización, las guerras, el hambre y la pobreza. Y a pesar de todo siguen ahí, manteniendo sus tradiciones como un respeto por su identidad, y transmitiéndolas de forma oral como un encuentro entre padres e hijos.

Los beduinos son los nómadas del desierto arábigo, desde donde se extendieron por África en el siglo VII d. C., llevando consigo el islam. Arabia es una enorme región situada en la confluencia de Europa, Asia y África, formada por amplísimas llanuras de desierto pedregoso, moteada por escasos pozos de agua y los oasis que rodean a éstos, y poblada por tribus nómadas generalmente pobres. Los beduinos viven con más frecuencia del pastoreo, ya que en aquella tierra apenas crece nada, y recorren largas distancias en sus típicas caravanas de dromedarios, comerciando con unos pueblos y con otros.

En tiempos remotos, los beduinos eran politeístas y, más propiamente, animistas. Creían en la presencia de espíritus de las dunas, las piedras y los pozos, y que ellos gobernaban su vida. Con la propagación del islam, fueron de los primeros pueblos en convertirse, y a su vez extendieron la nueva religión a lo largo de sus travesías, manteniendo una creencia menor en los espíritus. En el año 622 d. C., Mahoma abandonó La Meca y se trasladó a Medina, hecho conocido como Hégira y que marca el comienzo del calendario musulmán. Ambas ciudades son consideradas santas para el islam, y las dos se encuentran en Arabia. De hecho, la peregrinación a La Meca constituye uno de los pilares de la fe islámica y es obligada para todo musulmán al menos una vez en la vida.

Sin embargo, el desarrollo del islam tal y como lo conocemos hoy habría sido imposible sin las migraciones de los pueblos beduinos, principalmente hacia el continente africano. Ellos fueron los responsables de que la fe islámica llegara a Egipto, Túnez, Libia, Marruecos y muchos otros países. Y lo lograron porque no sólo son pastores, sino también unos guerreros feroces, extremadamente hábiles en el manejo de las armas y duros en el combate. Se organizan en familias, clanes y tribus, casi siempre unidos por lazos de sangre que se remontan a la antigüedad. Los pequeños reinos que se ubicaban alrededor de aquel desierto sufrieron en sus carnes el empuje de los beduinos, motivados por su fe, su hambruna y sus escasísimos recursos naturales.

Beduinos 3

Obra de Augusto Ferrer-Dalmau

 

El elemento fundamental que rige su vida es la tribu. No existe una verdadera conciencia racial en la población árabe, pero sí tribal. Pueden odiar hasta la muerte a la tribu vecina y buscar su exterminio completo, a la vez que defienden hasta el infinito a los miembros de la suya. Por este motivo los matrimonios de conveniencia son habituales, sobre todo en la casta noble, con el fin de unir linajes y garantizar que cesen los conflictos.

El animal más valorado en el desierto es el camello, ya que aporta leche (que es su principal alimento), permite el transporte e incluso da sombra en los peores momentos. Un jinete sin camello está condenado a la muerte en pocas horas, por eso los tratos comerciales (incluidas las bodas) se cuentan en número de camellos que cambian de manos, y la riqueza o pobreza también. El camello es la moneda más habitual, seguido de lejos por cabras, ovejas y otros animales menores. El pastoreo es la fuente de subsistencia más habitual, por lo que un pueblo nómada viaja siempre con sus animales. Los niños aprenden a cuidarlos desde muy pequeños, y a valorar su importancia.

El caballo es un animal mucho menos frecuente en el desierto. Su velocidad de carrera es mayor que la del camello, pero su resistencia a largo plazo es mucho menor, sus necesidades de agua superan ampliamente a las del camello y su tiempo de aprendizaje es bastante más largo. Por eso su empleo está restringido a las personas muy ricas y que no realizan travesías, porque sólo ellos se lo pueden permitir.

Los nómadas viven en poblados itinerantes, conformados por tiendas de pelo de camello. Su sabiduría se transmite por vía oral, y apenas realizan intercambios culturales con otros pueblos. Eso hace que no hayan evolucionado de manera sustancial desde hace siglos. El poblado se reúne en torno a las hogueras y los mayores emplean cuentos ancestrales para transmitir sus conocimientos acerca del viento, las nubes, la tierra o el emplazamiento de los pozos. Todo ese saber le hará falta el día de mañana a la tribu para sobrevivir en un lugar tan duro como el desierto.

Algunos pueblos son cazadores de nubes: se dedican a recorrer larguísimas distancias persiguiendo las nubes que saben que contienen lluvia. Son capaces de percibir la humedad en una piedra, un musgo o en el propio aire, y seguir el camino que haga falta con tal de estar allí cuando caiga ese agua tan necesitada. Entonces cantan y bailan como hermanos, plantan semillas y obtienen los frutos de la tierra. Pero eso ocurre muy pocas veces.

Lo más habitual es que deban enfrentarse a la soledad, el hambre y un calor infernal, por tierras abrasadas donde, cada cierto tramo, se yergue una antigua fortaleza romana o un templo otomano, semiderruidos y que ahora sirven como puestos de vigilancia a otras tribus igual de belicosas. Y lo hacen porque saben que les va la vida en ello, pues el esqueleto de un templo o una fortaleza sin ventanas pueden servir para resguardarse del calor y, por tanto, salvar la vida a una tribu. Además, son grandes tiradores, y sus largos fusiles negros se han hecho famosos en diversos momentos de la Historia.

Esta forma de vida cambió enormemente durante el siglo pasado, con el descubrimiento de unos valiosos yacimientos petrolíferos en Arabia, que han convertido a sus gobernantes en multimillonarios. Esas riquezas, sin embargo, no han repercutido en una mejora de las condiciones de vida generales, sino que han agigantado las diferencias económicas entre las casas reales y los pastores de camellos.

Los beduinos son un pueblo apasionante, protagonista de hazañas, leyendas y batallas heroicas, y también presente en horribles purgas contra otros pueblos. Sin ellos, desde luego, no podríamos entender la historia de Arabia y de gran parte de África.

Una de sus tradiciones más arraigadas es el deber de hospitalidad. Todo el que se acerca a un poblado del desierto y solicita ayuda para sobrevivir debe ser atendido. El poblado le garantizará agua potable, alimento y un hueco entre los suyos, sin hacer diferencias. Incluso aunque se trate de un enemigo.

Eso podría dar pie a una buena novela de aventuras…

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Más historias de pueblos remotos, más hazañas, más leyendas y más hospitalidad en este enlace.

Documentándome: ¿Quiénes eran las sibilas?

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Estoy preparando una nueva novela.

Después de tantas satisfacciones como me ha dado «La reina demonio del río Isis», toca ponerse otra vez a trabajar, coger la pluma de ave y el tintero, preparar una buena cantidad de hojas y lanzarse al abismo de la escritura. Bueno, y a veces también escribo en el móvil, que conste, que la tinta ensucia mucho y las manchas se limpian fatal.

Ya hay una nueva novela de aventuras gestándose en mi cabeza, y va a tratar sobre un tema apasionante: los restos físicos y culturales que dejaron, en el norte de África, las civilizaciones egipcia, griega y romana; y cómo aquellos pueblos nómadas se defendieron de una nueva colonización, el islam.

Por supuesto, tendrá lugar en Nilidia, la Joya del Mediterráneo, esa compleja nación (supuestamente) ubicada en el reducido espacio que determinan Túnez y Argelia al oeste, Libia al este y Níger al sur.

Pero claro, para llegar a eso antes hay que investigar mucho. Meses con la nariz metida en documentos antiquísimos, en bibliotecas prohibidas dentro de monasterios que la ciencia considera desaparecidos y, a veces, también un poco de Wikipedia. Que la aventura tampoco tiene por qué ser tan imaginativa.

Y uno de los episodios más interesantes de lo que he investigado es la existencia de las sibilas.

La civilización grecorromana vivía bajo los caprichos de los dioses. Zeus, Apolo o Dionisos podían enfadarse en cualquier momento y arrasar una aldea, raptar a gente de su hogar u obligar a una nación a que le declarara la guerra a otra. Su carácter era colérico, y solían pagar su frustración con los débiles humanos. Ante eso, ¿qué podían esperar éstos de la vida? ¿Cómo hacer planes a largo plazo —tener un hijo, vender un ternero o plantar un campo— si de repente podía venir un dios cabreado y acabar con ellos?

Entonces aparecieron las sibilas.

La Real Academia Española define «sibila» como «mujer sabia a quien los antiguos atribuyeron espíritu profético». En efecto, estas damas de la Antigüedad poseían la capacidad de predecir el futuro por un módico precio, lo que daba algo de tranquilidad a los hombres de los ejemplos anteriores: el que deseaba ser padre, el dueño del ternero recién nacido y el que aguardaba en su campo con las semillas en la mano, mirando nervioso al cielo por si venían los dioses a por él. Y encima las sibilas estaban iluminadas por el dios del santuario en que estaban ubicadas (con más frecuencia Apolo), por lo que su exactitud estaba garantizada. Claro, que a veces los dioses también tenían sus propios intereses partidistas, y hacían creer a cierto humano que iba a triunfar en una batalla cuando no era cierto, o se dedicaban a jugar con él moviéndolo por medio mundo. Es bien sabido que la guerra de Troya y el posterior periplo de Ulises hasta poder regresar a Ítaca provinieron del enfrentamiento entre diversos dioses, cada cual defendiendo a los héroes de su bando, hasta que se resolvió la contienda.

Así pues, las sibilas podían ver lo que iba a ocurrir y explicarlo. Otra cosa diferente es que esas explicaciones fueran muy claras, porque generalmente se valían de términos vagos y expresiones equívocas para que cada persona interpretara lo que quería que ocurriera.

Y luego había las sibilas a las que nadie daba crédito, como Casandra, hija de los reyes de Troya, que por sus amoríos con el dios Apolo obtuvo el don de la adivinación, pero por rechazarlo fue condenada a que nadie creyera lo que decía, como ocurrió con el asunto del caballo de Troya. Ella adivinó lo que iba a pasar y les dijo a todos que la ciudad estaba condenada, pero la tomaron por loca y se llevaron para casa ese caballo tan bonito que habían encontrado en la playa, que seguro que se lo habían dejado olvidado Agamenón y los suyos…

Otra muy célebre era la sibila del oasis de Siwa, en el desierto de Libia, que nombró a Alejandro Magno digno faraón de Egipto. De esta manera legitimó su ascenso al trono egipcio, tras la fundación de la ciudad de Alejandría, y evitó que hubiera guerra.

Lo curioso de la vida de estas mujeres es que se debían por completo a su misión adivinatoria, que realizaban en trance. Incluso muchas no tenían nombre, sólo el del lugar donde realizaban sus profecías, casi siempre grutas. Tal era la relación que mantenían con aquellos emplazamientos mágicos que su poder permanecía allí cuando ellas ya habían muerto, bien en forma de viento que aún llevaba sus palabras a los oídos de los hombres, o como plantas de capacidades sobrenaturales que crecían en torno a la gruta.

El cristianismo copió después este concepto y lo incorporó a su propia mitología, incluyendo profetisas entre aquéllos que habían anunciado la llegada de Cristo. Las diez principales sibilas del mundo antiguo fueron representadas por Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Y sin embargo, el mito de la sibila es realmente anterior a la civilización grecorromana, a la que se extendió desde Asia y África.

Así pues, la figura de la sibila representa el mundo clásico, pero no tenía nombre propio ni personalidad.

¿Qué historia se podría sacar de ahí?

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