Documentándome: La Atlántida, origen de egipcios, griegos, incas y nazis

Situs Insulae Atlantidis, a mari olim absorpte ex mente Aegyptiorum et Platonis descriptio, mapa de Athanasius Kircher

El mito de la Atlántida es uno de los más antiguos de la humanidad y aporta un mensaje de nobleza y una enseñanza ética. Ahora bien, no está muy claro a qué se refiere esta historia, si solo es una ficción o el continente perdido existió de verdad, y sobre todo dónde estaba. Un misterio con muchas respuestas y pocas certezas.

Como ya he comentado en otros artículos de esta página, hay una novela mía danzando por ahí, actualmente en fase de preparación, y que llevará el título de El cazador de tormentas. Te he hablado de ella en estas entradas.

Durante el proceso de documentación antes de empezar a escribirla, me topé con una historia apasionante: la del mito de la Atlántida. Este es un viejo cuento sin base histórica clara que, sin embargo, a día de hoy nos sigue deleitando a todos con su aire de fatalismo, decadencia, corrupción y muerte. La sociedad atlante, tal y como aparece en las fuentes de las que disponemos, había degenerado hasta cometer aberraciones impensables y por eso los dioses decretaron su final. Ese detalle iguala esta narración con la del Diluvio Universal que aparece en la Biblia y con el diluvio mesopotámico al que sobrevivió Atrahasis en El poema de Gilgamesh, o también con la destrucción de Sodoma y Gomorra por sus pecados. En las narraciones antiguas era muy habitual el tema de los reinos o ciudades castigados por los dioses, como una forma de instrucción moral para que la gente se portara bien a través del miedo.

Pero vayamos por partes. El mito de la Atlántida se inicia con Platón, cuando este escribió lo siguiente en Critias, uno de sus últimos diálogos:

Busto de Platón

«CRITIAS: Déjeme comenzar observando primero que nada, que nueve mil eran la suma de los años que habían transcurrido desde la guerra que se dijo ocurrió entre los que moraron fuera de las columnas de Hércules y todos lo que moraron dentro de ellas; esta guerra es la que voy a describir. De los combatientes de un lado, la ciudad de Atenas fue señalada como el líder y luchó hasta el fin de la guerra; en la otra cara, los combatientes eran liderados por los reyes de la Atlántida, que, como decía, era una isla mayor en extensión que Libia y Asia, y que, después del hundimiento por un terremoto, se convirtió una barrera infranqueable de fango, que por lo tanto, impidió que los viajeros navegaran a cualquier parte del océano (…).

He recalcado antes, hablando del reparto efectuado por los dioses, que distribuyeron la tierra entera en porciones de diferentes tamaños, e hicieron para ellos templos e instituyeron sacrificios. Y Poseidón, recibiendo para sí la isla de Atlántida, tuvo hijos de una mujer mortal y los instaló en una parte de la isla, que describiré. Mirando hacia el mar, pero en el centro de la isla misma, había un llano que se dice fue el más hermoso de todas las planicies y muy fértil. Cerca de la misma llanura, y también en el centro de la isla, a una distancia de cerca de cincuenta estadios, había una montaña no muy alta por ninguno de sus lados.

En esta montaña moró uno de los virtuosos hombres mortales de ese país, cuyo nombre era Evenor, y él tenía una esposa nombrada Leucipe, y tenían una única hija que fue llamada Clito. La virgen había alcanzado ya la pubertad cuando su padre y madre murieron; Poseidón se enamoró de ella y tuvo relaciones con ella, y rompiendo la tierra alrededor, incluida la colina en la cual ella moró, hizo zonas alternas de mar y tierra más grandes y más pequeñas, cercando una de la otra; haciendo dos de tierra y tres de agua, a la que él dio vuelta como con un torno, cada uno tenía su circunferencia equidistante desde el centro, de modo que ningún hombre pudiera llegar a la isla ni aunque lo hicieran navegando.

El capitán Nemo y Aronnax en la Atlántida, de 20.000 leguas de viaje submarino, de Jules Verne

Él mismo, siendo un dios, no tuvo ninguna dificultad en hacer arreglos especiales para el centro de la isla, trayendo dos manantiales desde debajo de la tierra, una de agua caliente y otra fría, e hizo que se originara toda clase de alimentos desde la abundancia del suelo. Él también tuvo y crio cinco pares de niños gemelos masculinos; y dividiendo la isla de Atlántida en diez porciones, le dio al primer nacido del par de mellizos mayores la morada de su madre y le asignó todo lo circundante, que era lo más grande y mejor, y lo hizo rey sobre el resto; a los otros los hizo príncipes, y les dio autoridad sobre muchos hombres, y de un territorio grande. Y él les dio nombre a todos; al mayor, que era el primer rey, lo nombró a Atlas, y en honor a él la isla entera y el océano fueron llamados Atlántico. Su hermano gemelo, quien nació después de él, obtuvo como su porción la extremidad de la isla hacia las columnas de Hércules, de cara a la que ahora se llama región de Gades en aquella parte mundo; su nombre en lenguaje helénico es Eumelus, en lenguaje de su país es Gadeirus, nombrado en honor a él. Del segundo par de gemelos él llamó a uno Ampheres, y al otro Evaemon. Al mayor del tercer par de gemelos él dio el nombre conocido de Mneseus, y Autochthon a quien lo siguió. Del cuarto par de gemelos él llamó Elasippus al mayor y Mestor al más joven. Y del quinto par de mellizos, él dio al mayor el nombre de Azaes y al más joven de ellos Diaprepes.

Todo ellos y sus descendientes por muchas generaciones fueron los habitantes y gobernadores de diversas islas en el mar abierto; y también, como se ha dicho ya, influyeron en nuestra dirección por todo el país dentro de las columnas tan lejos como Egipto y Tirrenia.

Ahora Atlas tenía una familia numerosa y honorable, y conservaron el reino; el mayor de los hijos lo traspasaba al mayor de sus descendientes por muchas generaciones; y tenían tal cantidad de bienestar como nunca antes fue poseído por reyes y potentados, y no es probable que ocurra otra vez, y fueron equipados con todo lo que necesitaban en la ciudad y en el campo. Debido a lo grandioso de su imperio, muchas cosas les fueron traídas de países extranjeros, y la isla misma proporcionó la mayoría de lo que fue requerido para las necesidades de la vida. En primer lugar, cavaron la tierra, que era sólida para buscar allí lo que podía dar, y que ahora es solamente un nombre y era entonces algo más que un nombre, oricalcum, que era extraído en muchas partes de la isla, siendo más precioso en esos días que cualquier cosa excepto el oro. Había abundancia de madera para el trabajo de los carpinteros y suficiente alimento para los animales domésticos y salvajes. Además, había una gran cantidad de elefantes en la isla, siendo ese el animal más grande y más voraz de todos; pues había disposición para todo tipo de animales, para los que viven en los lagos y los pantanos y los ríos, y también para los que viven en las montañas y en las llanuras, de manera que también había alimento para el más grande y feroz de todos».

Mosaico en Pompeya que representa la Academia de Platón

Es decir, el filósofo plantea la idea, muy extendida en aquel entonces, de que fueron los propios dioses los que distribuyeron la geografía de las tierras del mundo según el reparto que hicieron entre ellos, y que eso también afectaba a los distintos pueblos. Cada región, cada ciudad y cada reino se debía a un dios, que era quien había participado en su fundación, y en todo momento tenían que rendirle honores. Abandonar la creencia en ese dios atraería la desgracia a la región y, del mismo modo, unos pueblos se enfrentaban con otros por la propia guerra que existía entre sus deidades. Atenas se debía entonces a la diosa Atenea, mientras que la Atlántida se debía a Poseidón, y eso llevó al conflicto entre ambas que terminó con la destrucción de la segunda. Muchos de sus habitantes murieron y otros pudieron escapar en barcos que recalaron en distintos lugares del mundo. Los griegos olvidaron el hecho al transcurrir nueve mil años desde entonces, pero los antiguos saberes se conservaron en Egipto, cuyos sacerdotes narraron la historia de la Atlántida a Solón, uno de los Siete Sabios de Grecia, y este se lo transmitió al abuelo de Critias. Es decir, nos hallamos ante una historia supuestamente verdadera de la que nadie se acuerda, pero que algunos personajes extremadamente doctos fueron contando de generación en generación para que no se perdiera en el tiempo.

Podría parecer, a primera vista, una leyenda más acerca de reinos perdidos en tiempos remotos, pero Platón añadió una última nota que le daba al conjunto un tono moral:

La caída de la Atlántida, de François de Nomé

«Cada uno de los diez reyes tenía el control absoluto de los ciudadanos en su propia división y en su propia ciudad, y, en la mayoría de los casos, de las leyes, castigando y matando a cualquiera que él quisiera. Ahora el orden de precedencia entre ellos y sus relaciones mutuas fue regulado por las disposiciones de la ley que Poseidón les había otorgado. Estas fueron inscritas por los primeros reyes en un pilar de oricalcum que estaba situado en el centro de la isla, en el templo de Poseidón, donde los reyes se reunían cada quinto y cada sexto año alternativamente, dando así igual honor al número impar y par. Y, cuando estaban reunidos, se consultaban sobre sus intereses comunes e investigaban si había transgresiones de cualquier tipo, y hacían un juicio, y antes de que empezara el juicio, ellos establecían sus compromisos de los unos con los otros (…).

Había muchas leyes especiales que concernían a los respectivos reyes inscritos uno después de otros en los templos, pero la más importante era la siguiente: no debían tomar armas uno contra otros, y todos debían venir al rescate si alguno en cualquier ciudad intentaba trastornar la casa real; como sus antepasados, debían deliberar en forma común sobre la guerra y otras materias, dando la supremacía a los descendientes de Atlas. Y el rey no tenía poder sobre la vida y la muerte de ninguno de sus súbditos sin el consentimiento de la mayoría de los diez.

Este era el vasto poder que el dios colocó en la isla perdida de la Atlántida; y así actuó en contra de nuestra región por las razones siguientes, como la tradición dice: por muchas generaciones, mientras la naturaleza divina permaneció con ellos, eran obedientes de las leyes, y bien intencionados con el dios, que era su origen; porque poseyeron verdad y grandeza espiritual en toda forma, uniendo gentileza con sabiduría en los diversos riesgos de la vida, y en las relaciones de unos con otros. Desdeñaron todo menos la virtud, sintiendo poco por sus vidas presentes, y pensaban tenuemente en la posesión de oro y de otros bienes, que les parecía solamente una carga; ni se intoxicaron con el lujo; ni la abundancia los privó de su autodominio; ellos siempre eran sobrios, y veían claramente que todos estos bienes eran sobrepasados por la virtud y amistad con otros, donde era muy grande la consideración y el respeto para ellos, se fueron perdiendo y la amistad con ellos.

Con tales ideas y mientras permaneció con ellos la naturaleza divina, las cualidades que hemos descrito crecieron y aumentaron entre ellos; pero cuando la porción divina se comenzó a decolorar, y se diluyó también demasiado seguido en la mezcla con los mortales, entonces la naturaleza humana venció la mano superior, siendo ellos incapaces de sostener su fortuna, se hicieron indecorosos, y el que tenía un ojo para ver se desalentó visiblemente, porque ellos estaban perdiendo el más justo de sus regalos preciosos; pero los que no tenían ningún ojo para ver la verdadera felicidad, se sentían gloriosos y bendecidos al mismo tiempo cuando estaban llenos de avaricia y de potencia irracional.

Zeus, dios de dioses, quien gobierna según la ley y con poder para ver tales cosas, percibió que una honorable raza estaba en dificultades, y deseando infligirles un castigo, para que pudieran corregirse y mejorar, convocó a todos los dioses en su más santa habitación, que, puesta en el centro del mundo, es el soporte de todo lo creado. Y cuando los hubo reunido a todos, él les habló como sigue».

Mosaico minoico

Así termina Critias, un diálogo inacabado seguramente por la edad de Platón cuando escribió estas líneas, que ya no le permitió seguir con este trabajo. Pero la finalidad del diálogo queda clara: advertir a sus lectores acerca de los peligros del vicio y la desobediencia a las leyes de los dioses, que acarrea siempre el justo castigo. La Atlántida no fue destruida por la guerra con Atenas sino por la furia de los dioses al ver que los descendientes de los hijos de Poseidón se habían apartado de las leyes marcadas en la columna de oricalco. En lo que Platón describe como un solo día y una noche terribles, un terremoto arrasa el continente y lo destruye sin dejar nada, para que los atenienses contemplen la lección de a dónde lleva alejarse de la virtud. Eso es lo que significa la Atlántida y eso es lo que transmitieron los pocos supervivientes de la isla cuando navegaron con sus últimos barcos hacia Egipto y otras tierras.

Pero Platón veía con pena cómo la gente de su época había olvidado la enseñanza del continente desaparecido y se entregaba de nuevo a los mismos vicios. Por eso escribió Critias, como una forma de parábola hacia el mundo griego, para que todos entendieran la importancia de las leyes.

Desde entonces, el mito de la Atlántida ha pasado por muchas fases. De enseñanza medieval a supuesta clave del primer viaje de Colón a América, de base para nuevas leyendas como la isla de San Brandán o la de Antillia a posible origen para los llamados Pueblos del Mar y explicación de por qué los egipcios y los pueblos precolombinos levantaban pirámides si nunca habían tenido contacto entre ellos.

La Atlántida es un argumento fascinante para casi cualquier enigma. La Sociedad Thule y otros investigadores esotéricos nazis quisieron encontrar en los atlantes el origen de la raza aria, por medio de una disquisición un tanto enrevesada: los atlantes habrían escapado del desastre de su isla natal y habrían dado lugar a los hiperbóreos, un pueblo de gigantes que vivían en el norte y rezaban a Bóreas, dios del frío y el viento. De esos hiperbóreos vendrían directamente los arios, según afirmaban ellos mismos.

Las últimas investigaciones achacan un posible origen de la Atlántida en la isla de Creta, es decir, que el imperio atlante del que escribe Platón podría ser la civilización minoica, de la que se tiene constancia desde la Edad de Piedra y que, alrededor del año 1500 o 1600 antes de nuestra era (ANE) sufrió la terrible erupción del volcán de la isla de Santorini, que arrasó a aquel pueblo, provocó un invierno volcánico por la nube de cenizas y se dice que incluso podría ser el origen de la caída de la dinastía Xia de China y las plagas de Egipto que aparecen nombradas en la Biblia. Un cataclismo terrible que sembró de caos el mundo antiguo y que perfectamente podría haber inspirado el relato de Platón.

Pero, por lo demás, ha habido muchas teorías acerca de la posible localización de la Atlántida: que si en Azores, Canarias, Cádiz, el Polo Norte, la Antártida, el Canal de la Mancha, la península del Sinaí, Anatolia, Túnez, Bolivia, Indonesia, el Tíbet o el mar del Norte. Ha habido congresos acerca del mito y ensayos de toda clase abordando el tema.

La ficción, como es lógico, no podía estar ajena a un tema tan apasionante. Jules Verne, Pierre Benoit, Robert E. Howard, Stephen King, Manuel Pimentel o Javier Negrete son solo algunos de los muchos autores que han aprovechado los escritos de Platón para ambientar sus novelas.

Pero de eso, de la ficción alrededor de la Atlántida, hablaré en otro momento.

Más civilizaciones perdidas, dioses coléricos y columnas de oricalco en este enlace.

Atlantis, the antediluvian world, de Ignatius Donnelly