«Por los dioses», epílogo: Nilur, 1929.

«Estimado señor Walker:

Veo, por sus frecuentes artículos acerca de la región de Nilidia, que profesa usted una intensa pasión hacia esa tierra, como me sucede a mí. Por desgracia, sus conocimientos acerca de la Historia Antigua distan mucho de ser exactos. Sus lagunas e inconcreciones resultan gravísimas, y por eso me veo en la obligación de escribirle esta carta. En ella adjunto diversos cuadros y mapas que he realizado yo mismo, como por ejemplo en el que muestro las relaciones entre los antiquísimos gobiernos de Cartago, Numidia, Mauretania y Roma con los primeros tiempos de Nilidia. Si lo desea, puedo completarle esta información con importantes detalles que marcaron el devenir de aquellos acontecimientos, como fue el apasionado amor entre el gran Aníbal y la reina Nilat, del que todavía versan las canciones que se entonan junto a las hogueras en las frías noches del desierto nilidio. Como ve, yo también caí prendado de esta región hace largo, largo tiempo, aunque yo tampoco haya nacido en lo que hoy es Nilidia.

Sírvase contestarme en el tiempo y manera que le plazca, que siempre tendré a bien atenderle.

Con todo el respeto,

Profesor Taymullah Farûq.
Nilur, 1929».

«¡Por los dioses!», capítulo noveno: Una lección de Historia Antigua.

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«¡POR LOS DIOSES»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 16 de marzo de 1930.

En ocasiones este oficio de historiador acarrea momentos preciosos. Hace un año llegó una carta a la redacción de este periódico, dirigida a mí y firmada por el profesor Taymullah Farûq, de Nilidia. No tenía el gusto de conocer a tal caballero. Él se presentaba como gran estudioso de la Historia Antigua, en concreto de la de su región, y por ello había obtenido un lugar privilegiado en el gobierno, sirviendo de consejero para la familia de sir James Brogdan Kane —a quien el propio rey Eduardo VII había ordenado guiar los destinos de Nilidia, tras sus éxitos militares en la batalla de Ladysmith—. Taymullah había actuado también como preceptor del hijo mayor de los Kane, Jonathan, hasta que el padre lo envió a estudiar al castillo familiar, en Northumberland.

Por tanto, la posición de este hombre como intelectual reputado era indudable. Sin embargo, su carta mostraba una enorme hostilidad hacia mi trabajo. Me acusaba de mentir a los lectores del periódico y de tergiversar hechos históricos irrefutables para mantener la hegemonía de los hombres blancos. Taymullah es un firme defensor de los derechos de la población árabe, ha creado escuelas en viejos cobertizos abandonados, ha llevado la cultura a los pueblos nómadas mediante una compañía de teatro itinerante y, en definitiva, ha intentado que la población nilidia sea lo bastante independiente como para que nadie la pueda manipular. Ni el Imperio otomano, ni el británico, ni Mussolini ni cualquier otro. Ha intentado que piensen por sí mismos para que ninguna consigna, discurso ni libro sagrado les diga lo que tienen que creer, y que sean capaces de cuestionar hasta los preceptos más sagrados.

Eso es lo que distingue a un gran líder: aquél que pretende servir a su pueblo, y no que el pueblo le sirva a él.

Huelga decir que, desde entonces, Taymullah y yo nos hemos vuelto grandes amigos. Intercambiamos cartas repletas de información acerca del presente y del pasado —buen ejemplo de ello es el cuadro que adjunto con el presente artículo, y que Taymullah emplea en sus clases acerca de Historia Antigua—. Nilidia es un lugar apasionante cuya contribución a la Historia de la Humanidad resulta innegable: los amores de Aníbal y la reina Nilat, fundadora de la nación; el clan de los Huymánidas, cuyos restos descansan en una cripta secreta; las invasiones romanas; el éxodo hacia nuevas tierras…

En estas semanas iniciaré un nuevo viaje a aquella región, buscando el encuentro con mi buen amigo Taymullah. Compartiremos charlas eternas bajo las palmeras que contemplaron a las tropas cartaginesas. Nos bañaremos en el mismo mar donde morían los corsarios otomanos. Reiremos como reía Napoleón al contemplar las yeguas de Ranuhi.

¿Qué será de nuestras vidas? ¿Cómo asumirá el mundo la nueva realidad a la que nos enfrentamos, desde el horror que nos produjo la Gran Guerra?

Nilidia ahora contempla cómo resucita un antiguo enfrentamiento racial, que en realidad es el mismo que ya existía en la época de las guerras púnicas: colonizados rebelándose contra los colonizadores, víctimas que se convierten en verdugos, y mucha, mucha sangre derramada.

Espero que algún día los hombres de bien sepan escuchar la lección de la Historia y no derramen más sangre. Que amen más y lo demuestren, que se desvivan por los demás y no cobren sus deudas.

Espero que algún día los hombres blancos podamos aprender la amarga verdad que cuenta África: que allí nació la humanidad hace millones de años, y es donde menos respeto se tiene por la vida, en todas sus formas.

Espero que mi visita traiga a Nilidia menos muerte y más historias grandiosas, por la cuenta que nos trae.

Corolario:

Éste fue el último artículo de la vida de Allan Walker. Poco después viajó a Nilidia y se implicó en los movimientos culturales encabezados por Taymullah Farûq. Walker participó en la elaboración de obras de teatro como «La reina demonio del río Isis», actuó en pequeñas representaciones por todo el país, enseñó a leer y escribir a pueblos enteros, y finalmente asesoró al Gobierno británico en materia de educación. Por desgracia, el enfrentamiento entre árabes y británicos terminó en guerra, llevándose consigo a muchos intelectuales que no pretendían luchar.

El 13 de mayo de 1930, el Movimiento de Liberación Nilidio atacó la ciudad de Ranuhi, en la costa norte, iniciando una batalla casa por casa que costó la vida a más de mil personas blancas y provocó una intensa respuesta armada por parte del Ejército británico. Allan Walker fue una de esas mil personas blancas, y sus restos nunca pudieron ser identificados.

El Movimiento de Liberación Nilidio consideraba que toda persona de raza blanca era culpable de la situación de falta de derechos humanos en la que vivía la población árabe, y por tanto debía ser castigada. Esto llevó a una guerra atroz donde ambos bandos perdieron.

Sirvan estos textos como homenaje a un grandísimo historiador que amaba su trabajo, amaba Nilidia y, por encima de todo, amaba la vida. Y todo eso se lo quitó la guerra.

«¡Por los dioses!», capítulo octavo: Nuestras vidas anteriores.

«¡POR LOS DIOSES»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

Por Allan Walker, periodista e historiador

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 9 de marzo de 1930.

 

Uno de los libros más curiosos de la literatura nilidia es «El hacha», de lady Iris Zimbalist, publicado en Inglaterra en 1869. En él se presenta la extraña teoría de los Caballeros de Azura, que tanta polémica ha despertado hasta nuestros días. Curiosamente, lady Iris nunca pisó el continente africano, y las opiniones que vuelca en sus obras acerca del pasado nilidio provienen de las numerosas sesiones de regresión hipnótica que realizó a lo largo de su vida. Sin apenas salir de su mansión familiar en los escasos sesenta años que permaneció en este mundo, lady Iris afirmaba recordar más de veinte vidas pasadas, de las que escribió datos que luego han resultado ser reales. Bien como sirvienta de Lucrecia Borgia, esclava de Cleopatra, gladiador en el circo romano, operario en la construcción del Nautilus o trabajador en las minas nilidias de Fawar, estos supuestos recuerdos dormidos fueron volcados en su serie de libros «Mis anteriores yo», traducidos a más de treinta idiomas. La fama de la escritora inglesa ha atravesado el globo, convertida en adalid de la hipnosis como medio de autoconocimiento, igual que de exploración del medio. No sin razón es considerada la única conquistadora de África que nunca salió de su propio país.

El artífice de tales milagros fue su terapeuta personal, el reputado hipnólogo Marcus Zimmer, que ya había realizado trabajos similares consigo mismo y otras personalidades de la intelectualidad europea. Algunos de los tratados que ha elaborado Sigmund Freud empleando la hipnosis provienen de lo que había investigado previamente Zimmer (1).

«El hacha» es el cuarto libro de la serie «Mis anteriores yo», y habla de tres ocasiones en las que lady Iris afirma haber vivido en la cuenca del río Isis, y lo que vio entonces.

En la primera de ellas refiere haber sido Anaruk, escriba oficial de un gran imperio que entonces ocupaba el centro de África, en una isla en mitad de un gigantesco mar interior, alrededor del año 10.000 o 15.000 antes de Cristo. Lady Iris denomina a este imperio Urm, empleando un vocablo proveniente de la lengua ancestral de los nómadas alaiurm es el nombre de su primera vocal, de modo que se cree que llamaron así a su antigua patria por considerarla el primer reino de la historia de la humanidad—. El concepto zimbalistiano de Urm coincide con la Azura de sir William McKenzie (2), pero aportando muchos más datos. A través de la voz del escriba Anaruk, lady Iris narra el día a día en la corte del rey Thoruk, padre de Murtaka —protagonista del poema del siglo XIV La Épica de Murtaka, del que ya hablamos en capítulos anteriores—. Thoruk era conocido como el rey loco, último representante de la sagrada genealogía de reyes dioses de Urm, cuya sangre se encontraba tan diluida por los sucesivos emparejamientos con humanos que ya apenas quedaba nada de la nobleza original. Thoruk era un ser caprichoso, infantil e intransigente, por cuya actitud se enfadaron los dioses primigenios, el dios solar Resu y su hermana Kho, gobernantes del cosmos. Ambos juzgaron lo que Thoruk estaba provocando en el reino, y su decisión fue terminar con el linaje real de la manera más sencilla: volver estéril al monarca. Al no poder tener descendencia, todo el reino se tambalearía, causando su desaparición. En aquellos tiempos, el reino sólo se entendía bajo un gobierno teocrático, tal y como más tarde ocurriría en Egipto, y, si los dioses retiraban sus favores, la familia real dejaba de tener sentido. Sin embargo, Thoruk hizo algo que nadie esperaba: negó su esterilidad y presentó a un joven noble, Murtaka, como su hijo secreto, fruto de una relación ilícita con una dama de la alta sociedad. El caos se adueñó del reino, pues en realidad todos sabían que esta afirmación era falsa, pero nadie tenía pruebas que lo demostrasen.

Éste fue el detonante de la guerra de sucesión de Urm.

Lady Iris fue una autora muy valiosa, al aportar varios conceptos fundamentales a nuestra cosmogonía nilidia: en primer lugar dota al futuro rey Murtaka de un trasfondo político del que nunca habíamos tenido noticia. En la Épica de Murtaka se habla de cómo este rey apenas poseía sangre de dioses, debido a los matrimonios sucesivos con humanos durante muchas generaciones, y eso provocó la caída del imperio. Sin embargo, ¿cómo fueron sus ancestros, los inmediatamente anteriores a él? Lady Iris muestra al rey Thoruk como veleidoso e incapaz de asumir los asuntos de gobierno, y del padre de éste nombra cualidades parecidas, aunque no tan manifiestas. Fue el infantilismo de Thoruk el que le llevó a negarse a abandonar el trono, inventando la existencia de ese hijo secreto para justificarse a sí mismo. Todo el reino se dividió entre los partidarios y detractores de Murtaka —que eran, en el fondo, partidarios y detractores de Thoruk—, incluyendo el Consejo de Gobierno de Urm, cuyos miembros se vieron obligados a posicionarse.

Aquí es donde lady Iris incluye el segundo elemento de su aportación al mito: los Caballeros de Azura. La autora, en palabras del jefe de escribas, explica que el Consejo de Gobierno tenía a sus miembros escindidos en dos grupos según su sexo, a los que ella denomina Órdenes de Caballería, por ser el antecedente más antiguo de estos grupos militares del Medievo. Parece ser que, por un lado, se hallaban las Amazonas de Margala, provenientes del frondoso norte del reino, jinetes ágiles acostumbradas a las competiciones, y que rezaban a la diosa Kho, personificación de la luna. Enfrente pudo ver a los Caballeros de Sadran, nacidos en el desierto y educados para los viajes y la guerra, rindiendo pleitesía al dios solar Resu (3). Ambas Órdenes estaban conformadas por seres nobles y sabios, y por ello habían sido elegidos para aconsejar al rey. Sin embargo, llevaban enfrentadas desde siempre, pues su naturaleza era absolutamente contraria, y en la guerra de sucesión llegaron al derramamiento de sangre. Los Caballeros de Sadran, leales al trono de Urm más allá de cualquier duda, atacaron el Templo de la Diosa con el fin de obtener la reliquia que daría el gobierno a Murtaka: la Labrys de Urm.

Éste es el último de los elementos propios de la mitología zimbalistiana, y sin duda el más original. La Labrys es uno de los objetos más antiguos de los que se tiene constancia, un hacha de doble filo que representa la dualidad del ser humano: bien y mal, masculino y femenino, sol y luna. Se piensa que la Labrys era una reliquia sagrada que empuñaban las sacerdotisas de la Diosa Madre en los primeros rituales de la Humanidad, sacrificando animales fieros como el toro o a los enemigos del rey de Urm, simbolizando que incluso los más poderosos eran sometidos por la nobleza de la Corona. También era el emblema de la unificación del reino, pues todo ciudadano de Urm, por diferente que fuera, se sentía acogido bajo la protección de su rey, en cuya mano lucía la Labrys y con ella dominaba el mundo entero. Lady Iris afirma que incluso los elementos del cielo y la tierra obedecían al portador de la Labrys, y que por eso con frecuencia los reyes de Urm han sido representados como dioses del trueno y la tormenta. De hecho es frecuente esta caracterización en la mayoría de mitologías antiguas: el nórdico Thor con su martillo Mjolnir, el hinduista Indra empuñando el relámpago vvashra, la labrys que manejaba Hipólita, reina de las amazonas, y que después blandió el propio Zeus, recibiendo por ello el nombre de Zeus Labrandeus…

Bajo la protección de la Labrys de Urm era coronado cada uno de sus reyes, y en su mano era depositada ésta por la Suma Sacerdotisa de la Diosa Madre Kho, para que el rey guiara a su pueblo con sabiduría y unidad, poniendo bajo su mando todos los elementos del cielo y de la tierra, así como todos los hombres y mujeres del reino.

Sin embargo, las Amazonas de Margala habían sido advertidas de que el rey Thoruk era estéril, y por tanto que aquel asunto al completo era un engaño a Urm. Ellas se negaron a entregar la Labrys al príncipe Murtaka, bloqueando de este modo su acceso al trono. El reino entero se estremeció, pues sin Labrys no podría haber un rey legítimo, y sin éste todo Urm estaba en peligro. Para remediarlo, Setesh, Sumo Sacerdote del dios Resu y Señor de la Orden de Sadran, ordenó recuperar la Labrys a cualquier precio, aunque tuvieran que matar a todas las Amazonas de Margala.

Y así fue como ocurrió.

La, Suma Sacerdotisa de la Diosa Madre, se plantó en la puerta del Templo Dorado a la cabeza de su ejército, dispuesta a defenderlo a cualquier precio, pues entendía que con ese acto estaba defendiendo la verdad. Murtaka no pertenecía al linaje de los reyes dioses de Urm, eso todos lo sabían, y no pensaba cejar en su empeño por demostrarlo. La Orden de Margala defendía la creación de un Consejo de Sabios que gobernase el reino en ausencia de un rey, guiados por la ciencia, la libertad y la democracia. Fue éste el primer intento de la Historia por crear una nación verdaderamente democrática.

Sin embargo, la Orden de Sadran creía que ésa era una manera de traicionar a sus dioses, y que ellos, como defensores del trono, debían proteger a Murtaka hasta sus últimas consecuencias.

Las «últimas consecuencias» fueron las vidas de todas las Amazonas de Margala, la destrucción del Templo Dorado y la mayor muestra de crueldad con el vencido que ha habido nunca, pues, ni siquiera en la derrota, las Amazonas estaban dispuestas a entregar la Labrys, y hubo que arrasar media ciudad para hallar dónde la tenían escondida. Setesh localizó la cripta secreta en la que habían protegido la reliquia, en las profundidades del mar, junto a los cuerpos de los diez reyes del sagrado linaje de Urm. Nadie más que ellas tenía permitido bajar allí, pues las Amazonas eran las guardianas del saber ancestral y de los restos humanos de aquellos reyes dioses. Por eso habían guardado allí la Labrys.

En su libro, lady Iris cuenta que Setesh empuñó el hacha y en ese instante vio todo el mal que había cometido, y que hasta entonces había pensado que era por un bien mayor. Entendió que ningún reino vale la vida de una sola persona, que es más importante hacer el bien que llevar razón, y que los reyes no se convierten en dioses por la sangre que corra por sus venas, sino por la nobleza de sus actos.

Setesh entregó a Murtaka la Labrys de Urm, y con ella el trono, pero también le entregó todos los archivos de las Amazonas y le enseñó su sabiduría ancestral, para que no se perdieran. Murtaka se sintió maravillado con el conocimiento que esas mujeres habían atesorado durante tanto tiempo, y se cuenta que él se nombró a sí mismo «El Último Caballero de Margala», y en adelante sus enseñanzas se propagaron por todo el mundo.

Setesh, avergonzado de sus actos, arrojó los cuerpos de las Amazonas al gran mar interior de Urm, y de él nació un gran río que en cada atardecer se volvía rojo, por la sangre de las Amazonas que fluía en sus aguas. Y de aquel río brotó el cuerpo de la diosa Isis, que personifica el saber, el amor y el cariño, que a veces resultan incomprendidos.

Cuando el brillante reino se hundió en el olvido, Murtaka comprendió que él también había cometido terribles maldades, y rezó para que el mundo fuera un poco mejor sin él, que no repitiera sus fallos y que pudiera ser feliz, sin tronos ganados a costa de sangre ni personas sabias asesinadas por sus ideales.

La Historia nos demuestra que el sueño de Murtaka nunca se ha hecho realidad.

REFERENCIAS

  1. La figura de Marcus Zimmer es una de las más complejas que ha dado el siglo XX. Antiguo sacerdote jesuita, historiador, ensayista, mago, hipnotizador y masón, recorrió toda Europa con su espectáculo de regresión hipnótica antes de verse obligado a escapar a América, perseguido por la Sociedad Thule, tras haberse opuesto públicamente Zimmer a sus teorías sobre Hiperbórea. Conocido en los círculos ocultistas como Frère Baphomet, fundó la llamada Sociedad Amanecer, grupo sectario y mafioso, relacionado con la trata de blancas en los años ochenta, lo que llevó a su disolución. Zimmer murió en 1997, como parte del gran suicidio en masa de la Sociedad en el rancho llamado El Templo, en California, que supuso el envenenamiento de cuarenta y cinco personas al paso del cometa Hale–Bopp, que consideraban un aviso del fin del mundo.
  2. Las descripciones de lady Iris Zimbalist sobre un imperio primitivo ubicado en una isla en un mar interior en el corazón de África parecen haber sido a su vez la inspiración para las novelas de Philip José Farmer que constituyen el ciclo de Khokarsa, publicado entre 1972 y 2012.
  3. Muchas religiones primitivas muestran este mismo esquema: dos poderosos dioses padres y a la vez hermanos uno del otro. Los fenicios Baal y Tanit, los griegos Zeus y Hera o los nilidios Raal y Shui son ejemplos de esto, entre muchos otros.

 

«Por los dioses», capítulo séptimo: El río serpiente.

«¡POR LOS DIOSES!»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 2 de marzo de 1930.

Como dijimos en el capítulo anterior de esta crónica acerca de la mitología nilidia, muchos han sido los imperios que ocuparon el norte de África y levantaron asentamientos humanos, de los cuales proceden las actuales ciudades y provincias. Las localizaciones, los medios por los que éstas se comunican e incluso sus propios nombres son herencias de tiempos remotos, generalmente de imperios ya desaparecidos o, en el mejor de los casos, venidos a menos.

La mejor crónica que existe sobre este tema es el libro «El río serpiente», publicado en 1872 por sir William McKenzie, a su regreso del viaje en el que afirmaba haber descubierto las fuentes del río Isis —aunque en aquel entonces nadie le creyó—. En este capítulo seguiremos detalladamente su explicación.

En el caso concreto de Nilidia, aparecen cuatro principales colonizadores, que fundaron ciudades en cada una de las franjas climáticas que presenta el país, siguiendo el recorrido del río Isis, y que hoy se han convertido en los cuatro destacamentos provinciales:

  1. Al norte, la provincia de Ranuhi, que se corresponde con la zona de clima mediterráneo. Sus orígenes se remontan al reino de Nilum, de origen fenicio, arrasado por Roma durante la tercera guerra púnica, y también durante la guerra yugurtina. En la antigüedad se rezaba a la pareja de dioses Raal y Shui —análogos de los Baal y Tanit fenicios—, por lo que aún existen numerosos templos erigidos en su nombre, que muestran un desigual estado de conservación, fruto del escaso respeto por la arqueología de los sucesivos gobiernos nilidios. Hoy en día Ranuhi es un importante emplazamiento turístico para viajeros occidentales, con lugares típicos como la playa del Barquero o las islas de Pago —éstas últimas, pese a la constante presencia de piratas en el mar de Pago, tal y como lleva ocurriendo desde hace siglos, y a pesar de los continuos esfuerzos por combatirlos del Ejército otomano, primero, y ahora del británico—. El delta que forma el río Ranu en su desembocadura constituye el hogar de una numerosa población blanca de alto poder adquisitivo, a los que se conoce como nilish —«Nilidiam british», término acuñado a partir del asentamiento de familias británicas tras la guerra de 1870—. Esta zona es rica en vegetación frondosa y sobre todo en viñedos, de donde procede el muy valorado vino de la denominación de origen de Ranuhi. También son muy populares en esta zona las carreras de caballos y las exhibiciones de doma. Durante siglos fueron célebres en todo el mundo las yeguas de Ranuhi, por las que llegaron a pagarse auténticas fortunas.

    La frontera natural de la península de Ranuhi está constituida por la cordillera de Zagah, que discurre por el noreste de Nilidia, aislando la península —por el este avanza el río Ranu, también llamado Isis Azul, hasta su desembocadura en el Mediterráneo—. Zagah fue desde siempre un muro impenetrable para las invasiones romanas que venían de Cartago, hasta que, durante las guerras yugurtinas, el cónsul Cayo Mario recibió indicaciones del rey Bocos de Mauretania —que había sido aliado de Nilidia y Numidia contra Roma, pero decidió traicionar a ambas— acerca de cómo cruzar las montañas a través de desfiladeros secretos. Así pudo llegar hasta el río Ranu y envenenarlo, causando la muerte de miles de ciudadanos nilidios. El rey Huyman II, apenado, decidió entregarse a Roma, dando su vida a cambio de la de su gente. Fue llevado a la capital y ajusticiado el mismo año que Yugurta, el 106 antes de Cristo. La cordillera de Zagah no presenció más guerras, y desde entonces acoge grandes extensiones de viñedos.

  2. La estepa nilidia es el siguiente hallazgo, en el centro de su territorio, dividida en dos por las montañas de Hajuzah, que discurren desde la cordillera de Zagah en dirección suroeste. Al este de Hajuzah se encuentra Nilur, la gran capital de Nilidia, mientras que al oeste de aquellos enormes picos encontramos, atravesada por el formidable río Isis, la ciudad de Basser. En esta región el clima es árido, con una vegetación escasa adaptada a la ausencia de lluvia aunque, cuando llega, suele ser en forma torrencial—. Sólo la vera del Isis produce tierras fértiles, en las que crecen jardines de una belleza incomparable. No sin razón ha habido pueblos asentados en sus orillas desde tiempos inmemoriales. El reino de Rávenon, uno de los más antiguos de los que la Humanidad tiene constancia, se estableció en el lugar donde ahora se yergue Basser, y guardó una fructífera relación de intercambio comercial con el Egipto de los faraones. Ambos pueblos rezaban a la diosa Isis, y así compartieron tradiciones, fiestas y días sagrados, durante largo tiempo, hasta que Roma los aplastó a todos.

    Nilur, en cambio, es una ciudad muchísimo más moderna, fundada por los primeros conquistadores otomanos en torno al año 1580, de cuando data la creación de Nilidia como nación, bajo el gobierno del sultán Murad III. Mientras Basser es una ciudad bordeada de montañas cuya principal vía de comunicación es el río Isis, Nilur se halla en zona abierta, en mitad de la estepa, lo que hacía que cualquier enemigo que se aproximase pudiera ser contemplado desde larga distancia. Así, el Imperio otomano construyó allí una gigantesca fortificación desde la que podría gobernar todas sus posesiones en África, sin miedo a ser repelido por ningún otro ejército. Con el tiempo, esa fortificación se ha transformado en una ciudad de funcionarios y palacios reales, en la que nadie en su sano juicio desearía vivir.

    Basser se declaró ciudad – estado independiente en 1852, tras la revolución popular que depuso al gobernador Yaluf y acabó con la vida del virrey Deleh, y volvió a formar parte de Nilidia en 1902. Desde entonces está regida por un consejo de familias de comerciantes que monopolizan el tráfico a través del río Isis, enriqueciéndose a costa de todos los bandos.

    Al sur de Basser se halla el lago Braemar nombrado así en honor de sir Adhamh de Braemar, conquistador de Nilidia, pues anteriormente se conocía como lago Kinae—. El río Isis desemboca en el lago Braemar por su orilla sur, junto al caudaloso río Magara que proviene de Níger, y una única corriente brota de la orilla norte del lago en dirección a Basser. En 1872, sir William McKenzie puso nombre a estos trayectos del gran río Isis: antes de su llegada al lago Braemar, se denomina Isis Rojo, por el color de la tierra que atraviesa; entre el lago y Basser, recibe el nombre de Isis Verde, por los frondosos jardines que crecen en sus orillas; y finalmente desde Basser hasta Ranuhi se le conoce como Isis Azul o río Ranu, por el mar en el que va a morir. Todos estos trayectos son navegables, y por tanto conocidos desde hace siglos. Los bajíos de Zulaiman, al sur de Basser, acogen uno de los mayores puertos deportivos del país, junto al de Ranuhi, y en él se inicia la prueba de descenso del Isis, en la que participan cada año cientos de embarcaciones de todo el mundo y que discurre desde Zulaiman a Ranuhi, pasando por la isla de Agruma, frente al puerto de Basser.

  3. Las montañas de Hajuzah sirven de frontera natural entre la estepa y la zona desértica de Azura, al sur de Nilidia. El último lugar civilizado es Fawar, famoso por sus inagotables minas de carbón y piedras preciosas, descubiertas por los romanos que bautizaron al lugar como Pristia, una región con escasos chamizos de paja y una vida miserable—.

    La mayor parte de este interminable desierto está formado por las tierras rojas de la hamada, llanura pedregosa con escasa arena, también denominada reg en contraposición al erg o desierto de dunas, de menor extensión, aunque más popular—. El desierto de Azura es uno de los lugares más inhabitables del mundo, con temperaturas que superan los cincuenta grados centígrados y una escasísima vegetación. Las especies animales y la flora están adaptadas a estas terribles condiciones climáticas, al igual que su población, dispersa en pequeños núcleos tribales. Los amos de esta región infernal son los alai, los míticos jinetes nómadas de los que hablan todas las gestas. De origen indeterminado sumido en el misterio de las leyendas africanas, se dice que ellos custodian un tesoro de valor incalculable que yace en las profundidades del desierto, pero nadie que no sea un alai sabe cómo llegar hasta él. Y los alai poseen unos valores tan profundos que jamás se apropiarían del tesoro. Adoran a Setesh, dios de las dunas, los oasis, los corceles y las águilas, y cuentan viejos mitos en torno a las hogueras, compartiendo el calor del fuego frente a lo gélido de sus noches.

    El desierto de Azura se une al del Sahara por el sureste, extendiéndose de manera ininterrumpida hasta llegar al cinturón de transición que supone el Sahel. África entera se parte en dos por la aridez del desierto, donde no hay más hombres que los Hijos de los Dioses, como se denominan a sí mismos los alai.

  4. Pero por el suroeste la situación es muy distinta. Más al sur que cualquier otro territorio nilidio —aunque ellas se niegan a considerarse nilidias— está Opar. La oscura y sangrienta Opar, la de los aullidos salvajes en la noche, los ritos caníbales y una suma sacerdotisa inmortal. Opar, cuna de los diamantes más valiosos del mundo y de los peligrosísimos Hombres Leopardo, a los que ningún ejército ha logrado derrotar jamás. Protegida tras las montañas de Kalarak, fuente del río Isis, Opar es la región más extraña del mundo, de donde ningún espía ha regresado vivo, y su reina —personificación de la diosa Entinu, o Kho según dicen otros— gobierna con mano de hierro.

    Pero de Opar hablaremos en el próximo capítulo de esta crónica, cuando comentemos la delirante vida de lady Iris Zimbalist, la única conquistadora de África que nunca salió de su propio país.

«Por los dioses», capítulo sexto: Levantar una nación con ladrillos prestados.

«¡POR LOS DIOSES!»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 23 de febrero de 1930.

Decía Joseph Conrad en «El corazón de las tinieblas» que la colonización consiste en quitarle la tierra a gente que tiene la tez de otro color o narices algo más chatas que las nuestras, y que no es nada agradable observada con atención. Un gran eufemismo para alguien que contempló con sus propios ojos los horrores que países supuestamente civilizados han estado cometiendo en África durante milenios. La historia de la humanidad consiste, a la postre, en el uso de la fuerza bruta en todas sus formas, y en la habilidad de los vencedores para reescribir los hechos con el fin de que eso no parezca que fue así.

Si en el capítulo anterior de esta crónica tratábamos sobre la esclavitud en el continente africano —materia de dictámenes políticos y fuente de abundante riqueza desde que existen registros históricos—, hoy hablaremos sobre los colonizadores. Decía Henri Jervé que la única moneda que ha permanecido vigente en África durante toda la historia es la piel del esclavo negro. Sólo en épocas muy recientes se ha abolido la esclavitud de manera legal —en Nilidia, a partir de 1852, cuando la revuelta popular de Basser obligó al Consejo de Notables a negociar con los golpistas y prohibir la esclavitud en todo el país; y ya de un modo definitivo en 1870, con la llegada del Ejército británico (1)—. Sin embargo, hoy África se enfrenta a un esclavismo mucho más cruel y silencioso: el económico. Grandes compañías de explotación se han abalanzado sobre los abundantes recursos africanos y, con la salida del Imperio otomano de muchos países, ahora consideran que todo les pertenece a ellas. Las principales cuencas mineras, los campos y los ríos se dedican a producir riquezas para las naciones europeas, condenando a la población local a la miseria con el fin de que dependan por completo de las compañías para sobrevivir. Nadie se arriesgará nunca a levantarse en armas contra los blancos ricos que los están sometiendo, pues la única opción que les quedaría sería entregarse a la pobreza y la condenación (2).

Un ejemplo de esto es la región minera de Fawar, en el sur de Nilidia, donde apenas se ha sentido el cambio de gobierno. La derrota del Imperio otomano en esta zona no es prácticamente conocida, y muchos de sus habitantes viven en las mismas condiciones que durante el siglo pasado. Dice Taymullah Farûq en sus escritos que la libertad en Nilidia es una burla, pues se hace saber al esclavo que ahora es libre gracias al Imperio británico, y por ello, en agradecimiento, debe entregar su vida al libertador. Una ironía que se sufre especialmente en Fawar.

Pero, como decimos, esta situación viene de antiguo.

Desde el establecimiento de los primeros grupos humanos en torno a la fértil vera del río Isis, muchos han sido los grandes imperios que se han fijado en Nilidia y han intentado hacerla suya. Las épocas en las que dividimos la historia de esta hermosa nación son las de sus conquistadores, cada cual pasando por allí y dejando su legado en forma de gigantescas construcciones, lengua, costumbres y dioses, a cada cual más pintoresco. En este sentido es particularmente importante la frase del profesor Farûq, según la cual la historia de Nilidia es un muro construido con ladrillos prestados, cada uno proveniente de un horno distinto, y por eso no siempre sus medidas coinciden, y por eso el muro ha salido como ha salido. Cada imperio estableció allí a su gente y formó un pequeño reino afín a sus intereses, que es de donde provienen las modernas provincias que conforman hoy en día el mapa nilidio: en el norte, Nilum, un poderoso reino fenicio hermanado con Cartago (y que ha devenido en la provincia de Ranuhi); al oeste, en torno al Isis, Rávenon, que guardaba mucha más relación cultural y comercial con el Egipto de los faraones (y a la que debemos lo que hoy es Basser); al sur, alrededor del desierto de Azura, Pristia, fundada por los romanos para explotar sus minas (en lo que se conoce actualmente como Fawar); al este, la capital, Nilur, erigida por el Imperio otomano en 1564 alrededor del palacio del entonces gobernador Afîl Deleh, tras ordenar asesinarlo (3); al sureste, como último lugar de civilización humana antes del desierto, Abbas, fundada por nómadas alai junto al oasis del mismo nombre (y que hoy alberga la diminuta aldea de Deleh, patria de la familia a la que debe su denominación); y al sur, junto a la frontera con Níger, Opar.

La mítica Opar. La negra y soñada Opar, protagonista de cientos de historias a lo largo de los siglos, inspiradora de las hazañas más portentosas, los viajes más increíbles y las novelas más imaginativas. Patria de las mujeres más bellas del mundo y los hombres más fuertes —fuertes hasta el punto que sus enemigos los comparaban, en diversos escritos, con simios o con bestias primitivas—.

Las minas de diamante de Opar son las más codiciadas del mundo, razón por la cual muchos han sido los ejércitos que han pretendido conquistarla, y todos hallaron enfrente a las tropas más temidas de cuantas se conocen: los Hombres Leopardo, los soldados de infantería más célebres de la historia —seguidos de lejos por los jenízaros otomanos y los corsarios de las islas de Pago—. Protegida tras las inexpugnables montañas de Kalarak, durante siglos Opar se ha mantenido intacta frente a las ansias de conquista extranjeras, y aún hoy ese territorio continúa autoproclamándose independiente de cualquier gobierno. Opar sólo rinde lealtad a su propio matriarcado, encabezado por la reina La, suma sacerdotisa del culto del Sol —al que ellos conocen como el Dios Llameante—, y de quien se cree que vive desde hace eones gracias a la sangre de sus enemigos. Los historiadores afirman que antiguamente los oparianos realizaban sacrificios rituales a su dios y después devoraban a sus víctimas, sirviéndose de sus almas igual que de sus cuerpos. De este modo era como la reina habría logrado la juventud eterna. La realidad es que el cargo de suma sacerdotisa —y con él el nombre de La y el gobierno del matriarcado— se ha heredado de madres a hijas desde hace siglos, en una línea de sucesión indeleble que deja en ridículo a cualquier monarquía del mundo.

Según la leyenda local, el Dios Llameante descansa por las noches tras las montañas de Kalarak, en el misterioso reino de Opar, donde duerme en el regazo de la diosa Entinu, que personifica a la tierra. Entre ambos nació el amor al comienzo de los tiempos, y el producto de ese amor es el río Isis, que nace en Opar y luego atraviesa toda Nilidia.

Del mismo modo, la suma sacerdotisa La personifica a la diosa Entinu, y sólo el Dios Llameante podrá emparejarse con ella, en los rituales de adoración al Sol que perpetúan el linaje. Hoy en día ya no se realizan prácticas caníbales en Opar, aunque la región es célebre por albergar a diversas sociedades secretas africanas que han encontrado allí un gobierno propicio al ocultismo que permite sus actividades: grupos como la Hermandad del Dios Mono, la Sociedad Leopardo y la Sociedad Cocodrilo actúan en la clandestinidad en la ciudad de Opar, sin que ningún gobierno haya podido controlarlos. Trataremos de ellos en el siguiente capítulo.

Opar es celosa de sus secretos, y por eso, a diferencia del resto de Nilidia, aún permanece como la última región inexplorada del mundo.

Nilidia no es tanto un país como una confederación de reinos autónomos, con una historia, un origen y un idioma propios que intentan conservar. Cada uno de los grandes imperios que por allí pasaron dejó su impronta en alguna región, y por eso la historia de Nilidia, igual que la del resto de África, no puede entenderse sin la de sus colonizadores, sus aportaciones, sus dioses y sus leyendas.

Y ésa, sin dudas, es la crónica más apasionante de todas.

REFERENCIAS

(1) Para conocer la historia completa de la revolución de Basser, consultar «La reina demonio del río Isis», publicado en nuestro país por Editorial Trymar en noviembre de 2016.

(2) La fe que mostraba Allan Walker en la capacidad de la población nilidia para la sublevación era escasa en esta época, tal y como ocurría con la mayoría de sus coetáneos. Esta situación cambió fundamentalmente con el horror de la revuelta de Ranuhi, en la costa norte de Nilidia, el 13 de mayo de 1930. La matanza sistemática de más de mil ciudadanos británicos durante esa noche demostró al mundo que sin duda habían subestimado al llamado Movimiento de Liberación Nilidio, y la monstruosa respuesta armada del Ejército británico obligó a una pronta intervención internacional para intentar calmar los ánimos. La Sociedad de Naciones tomó cartas en el asunto, sin que se llegara a ningún acuerdo hasta la proclamación del rey Abdel Haqq.

(3) La trágica historia del gobernador otomano Afîl Deleh y los horrores que se cometieron en Nilidia durante su gobierno también aparecen narrados en «La reina demonio del río Isis», de Editorial Trymar.

«Por los dioses», capítulo quinto: Colonialismo y mortalidad.

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 16 de febrero de 1930.

 

Decía Henri Jervé en varias de sus obras que «Nilidia dejó de ser ella misma el día en que prosperó tanto que llamó la atención de los grandes imperios, cuya voracidad se cebó especialmente en el continente africano». Y bien lo sabe él, que estudió durante años el horror de la esclavitud, el traslado forzoso al Nuevo Mundo de millones de personas y el drama de convertirse en una simple mercancía.

Jervé cuenta en su libro «El niño esclavo» la historia real de un Niño sin Nombre nacido en 1560 en una aldea pobre del sur de Nilidia, en el área de la hamada, junto a las grandes dunas del desierto de Azura. Su vida estaba destinada a limitarse al pastoreo de cabras en aquellas tierras desoladas, hasta que él y todos sus paisanos, una aldea entera, fueron capturados por esclavistas árabes, vendidos a piratas negreros del río Isis, enviados por la fuerza a las islas de Pago y finalmente embarcados como sirvientes en dirección a América. Éste fue el drama de millones de personas a lo largo de muchos siglos, alimentando las arcas de viles gobernantes. De hecho el barco que nombra Jervé en su obra fue uno de los últimos en salir desde Pago hacia América cargado de esclavos, ya que en 1564 se produjo la revolución de los corsarios de Pago contra el Imperio otomano, bajo las órdenes de la dama Escila, que resultó en la destrucción completa del archipiélago y el final de la esclavitud en esas tierras (1). Habría de pasar largo tiempo hasta que alguien volviera a establecerse en Pago, y con ello regresaron los piratas. Pero ésa es historia para otro día.

El caso es que aquel Niño sin Nombre fue conducido bajo tortura a la isla de La Española, donde el capitán del barco negrero —el genovés Aldo Coretti, patrón del navío El Comendador— lo vendió a un terrateniente dueño de vastas plantaciones azucareras. En aquella época las tierras del Nuevo Mundo requerían abundante mano de obra para el cultivo, y las autoridades habían decretado que los hombres negros estaban a la altura de las bestias en lo que al alma se refiere —fray Bartolomé de las Casas escribió que los indígenas americanos también eran hijos de Dios, por lo que ningún esfuerzo era excesivo a la hora de evangelizarlos, mientras que los negros carecían de alma, y por tanto eran los más adecuados para los trabajos forzosos (2)—. Esto dio pie a un lucrativo negocio que atravesaba medio mundo: esclavistas árabes recorrían las proximidades del desierto en busca de gente a la que nadie fuera a echar de menos; los piratas se movían a lo largo del Isis transportando su valioso cargamento, viajando hacia el sur hasta las regiones de los ríos Magara, Benue y Níger, donde entraban en contacto con tribus salvajes como los yoruba, para después regresar a la desembocadura del Isis en el Mediterráneo, y en concreto al imponente enclave que suponía el archipiélago de Pago, centro de operaciones de toda la red; y finalmente piratas del Trópico recorrían la distancia que los separaba del mar Caribe, donde cualquier negro veía su precio multiplicado. Este largo periplo no era fácil de completar, sobre todo por las inhumanas condiciones a las que eran sometidos los esclavos, por lo que muchos morían antes de llegar. Ante el más mínimo signo de debilidad, los esclavistas no dudaban en sacrificar su carga, bien dejándola abandonada en pleno desierto o arrojándola por la borda.

El mundo entero ha sido abonado con los restos de los hijos de África, cuyo suplicio no ha tenido fin hasta días recientes, con la llegada de los hombres blancos y su proceso de colonización. Hoy las condiciones de vida en África no tienen nada que ver con aquéllas, y los negros disfrutan de una cultura y una riqueza impensables hasta ahora. Podemos estar satisfechos del trabajo realizado en África por las grandes potencias occidentales, aunque, desde luego, todavía queda mucho por hacer (3).

Sin embargo, el Niño sin Nombre no tuvo tanta suerte, y apenas llegó vivo a América. Famélico, exhausto y con un pie gangrenado, puso todos sus esfuerzos en ocultar su miserable estado, pues era consciente de lo que hacían los esclavistas con los más débiles. Ya en La Española, bajó del barco por sí mismo, aunque apenas era capaz de caminar, y se unió al resto de sus compañeros para asistir a la venta de esclavos. Sabía que no tenía posibilidades de ser comprado. Él no valía para trabajar en el campo, ni para remendar sábanas, ni para cuidar a los hijos del dueño, así que ¿quién iba a estar interesado en él? Y, si nadie lo compraba, los piratas habían prometido que lo darían de comer a los perros. Seguramente vivo.

Así que hizo lo único que estaba a su alcance: aguzar el ingenio.

Ante aquel grupo de esclavos sucios, enfermos y harapientos se presentó François Jervé, el gran terrateniente, acompañado por su hija Nicole. Ellos estaban acostumbrados a adquirir trabajadores en ese estado, y solían curarlos y alimentarlos en su casa hasta que realmente estaban en condiciones de realizar las tareas del campo. Pero, incluso para los ojos del viejo propietario, el Niño sin Nombre presentaba un aspecto lamentable.

Entonces, y sin previo aviso, éste hizo algo inaudito: se puso a cantar. Era una canción ancestral nilidia que las ancianas solían cantar junto a las hogueras, y, aunque su voz sonaba como un grillo chillón, aquel sonido fue el más dulce que la pequeña Nicole había escuchado en toda su vida. Es más, al reconocer la tonada, el grupo entero de esclavos se puso a llorar amargamente, pues con cada nota venían a sus ojos imágenes del hogar perdido. La niña se acercó hasta él y le preguntó qué era lo que estaba cantando. Por toda respuesta, él entonó otra pieza, esta vez un agudo soniquete que había escuchado a los nómadas del desierto de Azura. Y después un estribillo rimado muy habitual en los puertos del río Isis. Y después una canción de cuna del norte de Nilidia.

A François Jervé y su hija les llevó un rato darse cuenta de que el niño no sabía hablar, y de que la única forma que tenía para comunicarse con el mundo era cantando. Los otros esclavos explicaron que el Niño sin Nombre era el último superviviente de una modesta aldea de montaña, una de las más pobres, ubicada al pie de una peligrosa cumbre donde solían producirse aludes casi a diario. Tan arriesgado era vivir allí que los lugareños se habían vuelto mudos, para evitar que ningún sonido desprendiera las rocas. En realidad sus gargantas estaban perfectamente bien, pero desde niños aprendían a guardar silencio por su propia seguridad. De modo que, cuando los esclavistas asaltaron el pueblo y raptaron a toda su gente, lo que más asombró al Niño sin Nombre fue la música. El contacto con otros pueblos lo dejó paralizado y, aunque nunca había aprendido a hablar, las canciones se grabaron a fuego en su cabeza. Así que, cuando su vida dependió de que pudiera comunicarse, la forma que se le ocurrió fue mediante música.

Lo demás es historia del mundo. La niña se quedó encandilada con la prodigiosa voz del esclavo, François Jervé lo compró y lo llamó Henri, y así dejó de ser un Niño sin Nombre. Procuró para él los mejores cuidados, lo alimentó y permitió que estudiara en su biblioteca junto a su propia hija —algo impensable en aquella época— y, con el paso de los años, le dio carta de libertad. Los esclavos casi siempre morían como esclavos, era inaudito que un terrateniente otorgara un premio así a un hombre negro. Pero Henri Jervé no era un hombre más, era un espíritu libre que había nacido para volar. El viejo terrateniente lo supo sólo con verlo, por eso lo acogió bajo su techo como si fuera otro de sus hijos. Años después, este niño mudo se convirtió en uno de los mayores estudiosos sobre la historia de África, aprendió de los maestros más importantes del mundo y, no sin esfuerzo, volvió a su tierra. Visitó Nilidia cuando ya era un hombre adulto, y Nilidia no había cambiado en absoluto. Las redes de esclavistas seguían actuando de la misma manera, los barcos seguían partiendo en dirección a América, ya no desde las islas de Pago, pero sí desde el puerto de Ranuhi. Los hombres seguían siendo mezquinos en aquel lugar, y su vieja aldea seguía desierta, con los cuerpos de muchos de los suyos abandonados a la intemperie, aquéllos que se habían resistido o habían sido desechados por los esclavistas.

Henri Jervé ya no pertenecía a aquel lugar, quizá realmente ya no pertenecía a ninguno, por eso escribió su autobiografía en 1605, para alertar a la gente de su tiempo de los horrores que se estaban cometiendo en África, y que aún tardarían mucho tiempo en desaparecer.

La esclavitud no sería erradicada por completo de Nilidia hasta su conquista por parte del Imperio británico en 1870. Las redes de esclavistas fueron perseguidas hasta que todos ellos acabaron en prisión o hundidos con sus monstruosos barcos negreros. El Ejército británico no tuvo piedad con ellos.

«El niño esclavo» es considerado como una de las mayores joyas de la literatura nilidia, y una copia de la primera edición descansa hoy en el Museo de Historia de Nilur, junto a textos tan importantes como las tablillas donde fue escrito el primer discurso de Yaiza Deleh, fundadora del moderno Estado nilidio (4). Henri Jervé fue uno de esos millones de africanos víctimas de la depredación de los conquistadores extranjeros, bien de los blancos europeos o de los otomanos. Hoy podemos decir que tal atrocidad se ha extinguido para siempre, pero sirva este pequeño homenaje para recordar que tales cosas ocurrieron hace no tanto tiempo, y no deben repetirse jamás.

REFERENCIAS

(1) El propio Allan Walker escribió una larga crónica acerca de estos hechos, mitad histórica y mitad fabulada, en su serial «Galeras nilidias», que también se puede consultar en esta página web.

 (2) El envío de esclavos africanos al Nuevo Mundo comenzó ya en la primera mitad del siglo XVI y duró hasta el XIX. Fray Bartolomé de las Casas es considerado uno de los primeros instigadores de tal comercio, aunque se sabe que criticó con dureza las condiciones en que vivían los esclavos. La leyenda negra acerca del clérigo, con frases como la que nombra Allan Walker, parece haber partido de autores franceses del siglo XVIII. Recientes estudios apuntan a historiadores de esa época, que popularizaron la imagen del fraile defensor de los indígenas a costa de la venta de población negra.

(3) Son numerosos los trabajos en los que Allan Walker justifica la colonización europea en África. Hasta 1930, él creía firmemente que los pueblos africanos habían avanzado en su cultura gracias a los europeos. Por contra, criticaba con dureza la crueldad que muchos conquistadores habían demostrado, como Henry Morton Stanley. Walker exponía abiertamente en sus escritos las matanzas que realizaban el Ejército británico y el alemán, intentando así movilizar a la opinión pública occidental ante sus gobiernos. En este mismo sentido, Walker conoció en 1930 al profesor Taymullah Farûq, entonces cabecilla de la revolución nilidia, junto al que descubrió la verdadera naturaleza de la región y terminó por cambiar de parecer. A partir de entonces, Walker comenzó a abogar por la independencia de los pueblos de África, llegando incluso a entrevistarse con políticos europeos, lo que le puso en el punto de mira de los extremistas. Su destino final fue consecuencia de esto.

(4) Para conocer la historia completa de Yaiza Deleh, consultar «La reina demonio del río Isis», publicado en nuestro país por Editorial Trymar en noviembre de 2016.

«Por los dioses», capítulo cuarto: Los Reinos Jóvenes

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 9 de febrero de 1930.

La explosión demográfica de unos pueblos que buscaban sobrevivir a cualquier precio y la fragmentación de los grupos humanos empujados al nomadismo llevaron a la formación en Nilidia de numerosos reinos independientes alrededor del año 3000 a. C. De algunos tenemos verdadera constancia histórica, como sucede con Nilur y Rávenon, mientras que otros han sido popularizados por leyendas locales que han perdurado generación tras generación, sin que exista ningún documento que los avale.

Así ocurre con Murzak —que significa, literalmente, «El reino de un solo hombre»—. Según la tradición, Murzak era el mago más poderoso de su tiempo y el último superviviente de un pueblo de hombres—reptiles que habían luchado contra la humanidad, y perdido, al comienzo de los tiempos. Azura, el primer rey de los hombres, le permitió seguir vivo con tal de que nunca se volviera a cruzar en su camino, de modo que Murzak se exilió a las montañas de Hajuzah y formó un reino habitado tan sólo por él, del que era monarca y único habitante. Los más ancianos decían que en el reino de Murzak era donde se fabricaban las pesadillas que acosan a los hombres por la noche, ya que ése era el único momento del día en el que el brujo aún podía atacar a sus antiguos enemigos sin recibir la ira de Azura. También contaban que las almas de los grandes reyes nilidios iban a parar a Murzak por toda la eternidad, para enfrentarse a esas pesadillas en una batalla eterna, protegiendo a los hombres a costa de la paz del descanso.

Los héroes nunca tienen derecho a descansar, eso es algo común a muchas leyendas.

El reino de Extinta estaba habitado por todos los seres que habían fallecido desde que el mundo existe. Allí se reunían bestias primitivas, hombres de las cavernas y los antepasados de los habitantes de los pueblos actuales. Se suponía que Extinta se encontraba en todos los lugares a la vez —según otras versiones, en lo alto de una montaña protegida por una espesa niebla, igual que el Olimpo— y podía llegarse hasta allí mediante alguna clase de trance hipnótico, como hacían los chamanes. Esta creencia entronca con el culto a los muertos, los enterramientos rituales, el recuerdo de los antepasados —con la creación de pequeñas figuras que podían llevarse a cualquier parte, a modo de amuletos, algo muy común tiempo después en el mundo grecorromano— y el animismo. También se daba por hecho que Extinta estaba gobernada por los mejores seres de cada especie, fuera ésta cual fuese, con una suerte de meritocracia muy común entre los pueblos antiguos, que por tanto veían a sus dioses como una versión más elevada de sí mismos, con la misma estructura social.

Lady Iris Zimbalist consideraba que esta leyenda se encontraba también a la base de las muchas narraciones sobre mundos perdidos que han abundando en la literatura del siglo XIX y comienzos del XX. Islas remotas pobladas por dinosaurios, continentes subterráneos, ciudades halladas bajo el hielo de la Antártida… Es bien sabido que autores como Julio Verne, Edgar Rice Burroughs, lord Dunsany, Howard Phillips Lovecraft y Edward Bulwer—Lytton conocieron de primera mano las narraciones nilidias y egipcias de tiempos antiguos, ya que éstas se habían hecho muy populares entre los círculos literarios de sus respectivas épocas. Chistes y fábulas parcheadas que se usaban para animar las veladas de joyas, vino y música de la nueva aristocracia, y que estos autores solían transformar en argumentos para sus relatos, intercambiando con frecuencia notas entre ellos.

De igual modo que ocurrió con otra leyenda muy popular entre los pescadores del río Isis: la de los Navíos Blancos. A semejanza de la historia del reino de Extinta, se contaba que una flota de grandes embarcaciones de aspecto fantasmal recorría de noche el Isis, protegida por bancos de niebla y tripulada por las almas de hombres malvados, a los que los espíritus habían condenado a vagar para siempre —nótese aquí el aspecto de moralidad, que no aparece en Extinta, donde todos los seres habitaban en comunión con su entorno—. Si alguien era visitado por los Navíos Blancos o lograba divisarlos a lo lejos, su final estaba próximo, y pronto montaría en uno de ellos.

Siglos después, cuando una gran masa de población negra se mezcló con los nilidios originales —como consecuencia del comercio de esclavos provenientes de regiones al sur de Azura—, las leyendas también cambiaron, y se decía, como frase hecha, que, cuando una persona había pasado por un trance complicado que había puesto en peligro su vida o la manera en que la disfrutaba, era que «le habían visitado los Navíos Blancos». Lady Iris opina en sus libros que esta expresión debió sin duda de llegar a oídos de Lovecraft, el cual la utilizó como base para uno de sus relatos.

Como decimos, las migraciones han cambiado desde siempre la «geografía de los dioses». Como ejemplo tenemos el extraño caso del llamado «Templo de Shui Entinu», una versión del culto a la diosa Entinu —propio de las montañas de Kalarak, en el sureste nilidio— que fue hallada, sin embargo, bajo las ruinas árabes de la ciudad de Ranuhi, en plena costa norte. Las investigaciones dataron el hallazgo como edificado en la primera mitad del siglo XVII, sin duda obra de mujeres esclavas a las que se obligó a emigrar al norte y trabajar para familias ricas de Ranuhi, llevándose consigo sus creencias. El presente texto no pretende ahondar en tales pormenorizaciones y, si se desean más datos acerca de las corrientes migratorias, voluntarias o forzadas, lo más adecuado sería consultar la obra del etnógrafo Henri Jervé.

También de aquella época data la leyenda sobre el reino de las Águilas, que a día de hoy aún se sigue contando entre los pueblos nómadas del desierto de Azura. Según parece, el dios Setesh aceptó a los hombres de las dunas como sus sirvientes a cambio de un privilegio: sus almas nunca se mezclarían con las de otros seres y vivirían por siempre en su desierto, tomando la forma de águilas. Por eso este animal se considera sagrado y los alai lo emplean como tótem.

Los nativos de las aldeas situadas alrededor del gigantesco lago Braemar —llamado lago de Kinae antes de la dominación británica— creen que los cocodrilos del pantano albergan antiguos espíritus que dominaron la Tierra al comienzo de los tiempos, antes de ser derrotados por la pareja de dioses que formaban Raal y Shui —análogos de los Baal y Tanit fenicios—. En vista de las muchas víctimas que había ocasionado la ancestral guerra entre dioses del cielo y espíritus de la tierra, la diosa Shui lloró amargamente, y sus lágrimas se convirtieron en una lluvia torrencial que inundó el reino de los espíritus, sepultándolo bajo las aguas de lo que ahora es el lago. Los espíritus, incapaces de seguir luchando, renunciaron a sus lujosos palacios y se convirtieron en cocodrilos, alcanzando de este modo una paz duradera. Así, año tras año, las aguas del deshielo de las montañas de Hajuzah van a nutrir al lago Braemar, para que los espíritus nunca puedan liberarse de su encierro.

Al sur del lago, en la zona que ahora delimita la hamada de Azura, antes de dar paso a las dunas, es donde se cree que existía, hace muchos siglos, el reino de los Árboles que Caminan. Más antiguos que los hombres, estos árboles formidables podían desplazarse, aunque lo hacían muy despacio. Su sabiduría era enorme, ya que habían conocido diversas épocas de la historia del mundo. Sin embargo, todos ellos perecieron en la batalla contra los hombres, que necesitaban el lago para sobrevivir. Todos excepto uno: Kabún, el más sabio, que se aferró al suelo y se negó a que nadie lo moviera del reino que habían creado con tanto esfuerzo. Y cuando sus hermanos fueron destruidos por los belicosos humanos, Kabún llenó el aire con sus semillas y germinó en todos los lugares, incluso al otro lado del mar. Así fue como la vegetación se extendió por el planeta. Siglos después existió un gran árbol en esa región, al que los lugareños llamaban cariñosamente Kabún, y que fue clave en distintos episodios de la historia nilidia: se considera que fue el modelo sobre el que se ideó la bandera de la nación en 1580, la cual representa un álamo negro sobre fondo rojo; Yusuf Kembé, Padre del Estado, fundó allí la ciudad de Nilur y la nombró capital de Nilidia; por último, el árbol fue devorado por el terrible fuego que asoló Nilur en 1870 —y que se considera provocado por el Ejército británico para hacerse con la ciudad—. Ahora ya no existe ningún Kabún, y los más ancianos de Nilur avisan de que se acerca un desastre como consecuencia de ello, pues no se debe importunar a los espíritus, ni siquiera a los que viven fijos en la tierra y no se pueden mover.

Las más ancianas de la región de la costa norte cuentan la historia de un reino fantástico poblado por seres mucho más evolucionados que los hombres, que por aquel entonces no eran más que bestias. Sin embargo, las bestias son temibles en una guerra, y por eso derrotaban a cualquier enemigo que se les presentara —nótese la presencia constante de la guerra como elemento clave de muchas leyendas, apareciendo como motor de la evolución de los pueblos, tal y como luego opinaría Heráclito—. En un último acto de generosidad antes de extinguirse, estos seres portentosos regalaron a los hombres el lenguaje y la música, considerados por los nilidios como las dos cualidades que los separan de las bestias y los igualan a los dioses.

Por último, nombraremos la leyenda de la antiquísima guerra que libraron los hombres contra los espíritus primordiales, por la que los primeros se hicieron dueños del mundo y los segundos se vieron obligados a mostrarse únicamente a través de signos. De esta manera, los espíritus comenzaron a influir en el alma de los hombres, unos para atraerlos hacia el bien y otros hacia el mal, por lo que dicen los pueblos del Isis que cada corazón deberá librar su propia guerra y decidir por quién se quiere dejar influir. Así nacieron los mitos sobre espíritus buenos y malos, como los ghoul, súcubos, íncubos, los shazrah o los pastores de pueblos.

Un sinfín de leyendas, en definitiva, sobre los reinos que habitaron aquella Nilidia inicial, primitiva y dispersa, cuando la grandeza ya había desaparecido y sólo la necesidad de sobrevivir evitaba que ellos también se extinguieran. El siguiente paso lógico, como veremos en los siguientes capítulos, era que los grandes imperios de la época se fijaran en ella y decidieran saquear sus materias primas.

En adelante los dioses dejaron de ser propios y pasaron a ser los que les fueron prestando.

«¡Por los dioses!», capítulo tercero: A orillas del río Isis.

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 2 de febrero de 1930.

La principal característica que define a los mitos es la transmisión oral. Las grandes historias de dioses y héroes han perdurado viajando de boca a oído durante muchos siglos, y de los valles a las montañas de África siguiendo las migraciones de aquellos pueblos primitivos. Esto hace que, en muchas ocasiones, esos mitos sean contradictorios, presentando narraciones inconexas de las que no quedaron registros hasta la Edad Media, cuando cronistas europeos interesados en inmortalizar las tradiciones árabes como fray Enrique de Braemar, Marcus Zinner, Julius Kao o Henri Jervé nos legaron las versiones que desde entonces se han convertido en ortodoxas. El esplendor de la antigua Azura, el amor imposible entre Setesh el Rojo y Asir la Negra, el pescador de quien se enamoró la diosa Shui y dieron a luz a la reina Nilat, fundadora de la nación de Nilidia… Sin embargo, esos mismos autores reconocen que los distintos grupos humanos dispersos por la geografía nilidia han caracterizado a sus dioses de un modo no siempre coincidente. Los pueblos negros de las tierras al sur de Fawar creen que existe una fuerza universal llamada Magara, a la que están unidas las almas de todos los seres vivos y muertos y que no se diferencia tanto del concepto de «dios invisible» de los cristianos, al que se unen, del mismo modo, las almas de los que fallecen sin pecado. En cambio, las tribus matriarcales que habitan las montañas de Kalarak, al sur de Nilidia, adoran a la diosa madre Entinu, que dio a luz a todos los seres vivos del universo y por eso consideran que son hermanos de los animales y las plantas, quizá como consecuencia de la aridez de su territorio, en el que cualquier árbol o liebre puede decidir la supervivencia de un pueblo.

En el fondo todos los dioses son parecidos: la diosa Entinu es similar a Isis que dio nombre al rio que atraviesa Nilidia de sur a norte, a Shui que los reinos de la costa norte tomaron de los fenicios y también a la Virgen María, ya que la religión católica reinterpretó los mitos locales en aquellas regiones por las que se iba extendiendo, y de ahí su gran éxito. El simbolismo de la Diosa Madre aparece en la mayor parte de culturas conocidas, lo que hace pensar en patrones psicológicos comunes a todas, como apunta en sus estudios el psiquiatra suizo Carl Gustav Jung, de quien este autor se declara gran admirador.

Tras la desertización de la región de Azura, en el centro y sur de Nilidia, sus pobladores se volvieron nómadas y buscaron tierras nuevas que garantizaran su supervivencia teoría de la Gran Diáspora Nilidia, publicada por sir William McKenzie en 1872. La mayor parte de ellos se establecieron en las orillas del formidable río Isis, que discurre desde el corazón de las montañas de Kalarak —al sur del sureste del país, luego atraviesa el desierto creando a su paso zonas fértiles que permitieron que la vida saliera adelante y finalmente desemboca en la costa norte a la altura de la ciudad de Ranuhi, donde recibe el nombre de río Ranu.

Alrededor del año 3000 a. C., las orillas del Isis estaban pobladas por un sinfín de grupos humanos que vivían de la agricultura y la ganadería, mientras algunas tribus nómadas recorrían el desierto en busca de oasis. Esta distinción entre la fértil vera del río de color negro, por el limo y la aridez del desierto amarillo rojizo parece ser el origen de la ancestral canción Ebediyet «Eternidad», propia de los nómadas alai, y con la que enseñan a sus hijos el origen del hombre:

Negra y rojo eran al principio,

negra y rojo los parieron,

la diosa que vive en el limo

y el dios que reina en las dunas.

Madre y padre de todos los hombres,

una es la vida y otro la muerte,

ella cría a sus hijos

y él los devora.

Negra y rojo eran al principio,

negra y rojo los parieron,

reyes son sus hijos,

señores de la creación.


Este autor que firma puede dar fe de cómo esta breve cantinela ha pasado de padres a hijos durante siglos en los importantes consejos de las hogueras que celebran los
alai, unidos como una sola familia que se protege de los rigores del desierto. Si no fuera por su compromiso con la tribu como un todo, sin duda las terribles condiciones de vida de Azura habrían acabado con ellos hace largo tiempo. El hambre, el calor infernal y la ausencia de agua potable han creado en este pueblo una voluntad inquebrantable, una lucidez infinita en sus ojos y una fortaleza de espíritu que les llenan de felicidad, incluso en esos lugares que más parecen el propio infierno. Ellos no creen que existan el Bien ni el Mal como conceptos absolutos a diferencia de lo que narra La Épica de Murtaka, como veíamos en el capítulo anterior de esta crónica, y que, según la leyenda, es lo que terminó con el imperio de Azura, sino que son aspectos diferentes de una sola alma humana. Por eso el alma debe fortalecerse igual que el cuerpo, expuesta a rigores como aquéllos y siempre a piques de flaquear. Si un solo miembro de la tribu es débil, toda la tribu perecerá con él. Es sabido que en la antigüedad existían lugares de sacrificio en casi todos los asentamientos importantes del norte de África, incluso de niños en algunas ocasiones véase al respecto la investigación que realizó lady Iris Zimbalist acerca del tofet de Cartago, cuya estructura como necrópolis infantil se repite de manera sistemática por medio continente, lo que sir William McKenzie achacó a la diáspora de los pueblos nilidios huyendo de la desertización. Los dioses fenicios Baal y Tanit exigían sacrificios humanos, igual que Isis, a la que se adoraba en aquellas riberas fértiles desde tiempos inmemoriales (1). El resultado práctico era la purificación de las tribus, que así se libraban de sus miembros menos capacitados y mejoraban sus capacidades de supervivencia (2).

La leyenda, como es referida en aquellos consejos de las hogueras, afirma que una mujer nilidia llamada Asir se enamoró perdidamente del dios Setesh, rey de las serpientes y de las mentiras. Ella era la matriarca de las tribus que acampaban junto al río, y él personificaba a los pueblos que reinaban en el desierto, a los que protegía con su poder divino. Esta unión era impropia en todos los sentidos, pero fue celebrada por los hombres, ya que de este modo podrían aliarse ambas formas de vida y conjurar otra vez a toda la humanidad bajo una misma bandera, tal y como había sido al principio de los tiempos la leyenda divaga aquí sobre a qué se refiere con «el principio de los tiempos», pero podemos suponer que hablan de Azura, el primer imperio, que se escindió por el egoísmo de sus pobladores, como vimos en capítulos previos de esta crónica.

Setesh yació con ella y tuvieron diez hijos, llamados a gobernar la Tierra por encontrarse su naturaleza a medio camino entre la de los hombres y los dioses. Sin embargo, Asir nunca entendió que su emparejamiento con un dios había sido impropio, y que él jamás podría quedarse a su lado mucho tiempo, pues ambos provenían de mundos muy distintos. Una noche aciaga Setesh se levantó de su lecho, en el palacio que había construido en las montañas de Kalarak junto al nacimiento del río y del desierto, a medio camino de ambos mundos y asesinó a toda su familia. Tomó un puñal de oro y segó la vida de su esposa y de sus diez hijos, arrojando los cuerpos al río. Después regresó al cielo y se unió otra vez a sus hermanos dioses, para no volver jamás a la Tierra.

Lo que él no esperaba es que los pueblos de la ribera comenzasen a adorar a Asir como su propia diosa, con un fervor y una entrega como no se habían visto nunca. Y eso hizo que su matriarca resucitase, esta vez convertida en diosa, bajo el nombre de Isis, que es a la que adoran desde entonces.

Y por eso las aguas del río se vuelven rojas en cada atardecer, porque en su seno llevan la sangre de la Isis mujer y sus diez hijos, y por eso ella se considera la diosa madre, pues cuida de los pueblos de la ribera como si fueran su propia familia, la misma que perdió por culpa de un dios traicionero.

Otros mitos afirman que los hijos de Setesh y Asir también resucitaron, esta vez convertidos en semidioses, y en concreto son adorados por las tribus matriarcales de las montañas de Kalarak, donde se los conoce como los Enearai, los diez hijos de la diosa Entinu y representantes de las virtudes y los pecados de los hombres cinco virtudes básicas y sus pecados correspondientes.

Los alai, los jinetes del desierto de Azura, cantan una vieja canción a sus niños que habla precisamente de esta leyenda, y con la que intentan confortarlos en las frías noches bajo las estrellas:


Duerme, mi vida, descansa los ojos,

que la diosa Isis guarda tus sueños,

y te protege de los demonios oscuros,

para que nada te turbe.

Porque ella también es madre,

y mujer antes que diosa.

Ella amó como mortal

y cuida a los suyos.


Su amor era Setesh el Rojo,

el adorador del diablo,

y con él tuvo diez hijos,

que formaron los pueblos del mundo.


Los hombres provienen de ambos dioses padres,

el bien y el mal, rojo y negro,

los pecados y las virtudes entremezclados,

y por eso los hombres son libres.

Duerme, mi vida, descansa los ojos,

elige tu camino libremente,

ama y cuida de los tuyos,

como la diosa Isis.

En el Antiguo Egipto se adoraba también a Isis como diosa madre y protectora de los hombres, aunque en aquellas regiones la historia de su origen cambiaba un poco: Isis y Osiris eran esposos y a la vez hermanos igual que Hera y Zeus en Grecia, y Juno y Júpiter en Roma, y hermanos a su vez del maligno Seth y de su esposa Neftis. Isis y Neftis eran gemelas y contrarias en todo, de la misma forma que ocurría con Osiris y su contrario, Seth. Éste último, odiando a Osiris, lo metió dentro de un cofre y lo arrojó al Nilo. Y cuando Isis logró encontrar el cuerpo, Seth lo partió en catorce pedazos y lo esparció por todo Egipto. Aun así, la dulce esposa, acompañada de su hermana Neftis, consiguió recomponer los restos y, con la ayuda de Anubis, concebir a su hijo Horus, que vengaría la afrenta familiar y se proclamaría dios de todo Egipto, mientras que Seth era arrojado al desierto.

Los paralelismos con la historia nilidia son evidentes: Osiris es asesinado como hombre y arrojado al río, pero regresa convertido en un dios; Horus personifica la fertilidad de la cuenca del Nilo, mientras que Seth es representado como dios del desierto.

¿A qué se deben estos parecidos, que no podríamos considerar casuales? Sir William McKenzie afirma sin dudar que ambos pueblos nilidios y egipcios provienen de ancestros comunes, el Imperio de Azura, destruido por el pecado de los hombres (escribía el profesor Taymullah Farûq que «La nación entera se resquebrajó por su culpa, y en pocos años el orgulloso imperio se disolvió como granos de arena esparcidos por el viento, dando pie a todas las ciudades, estados y nuevos reinos que poblaron el mundo»).

Lady Iris Zimbalist en cambio apuesta en su obra por un razonamiento bastante más simple: los intercambios culturales entre regiones no tan alejadas geográficamente. Si existen pruebas de los «préstamos de dioses» entre fenicios y nilidios los nilidios Raal y Shui no son más que versiones de los fenicios Baal y Tanit, «exportados» gracias al contacto comercial por el Mediterráneo, como veremos en los siguientes capítulos, ¿qué no podría haber ocurrido con los moradores del Nilo? ¿Acaso el Sahara y el Azura no son desiertos hermanos, recorridos por tribus similares que los consideran su hogar? Los alai dicen que ellos son los únicos hombres verdaderamente libres, porque el desierto es el único lugar del mundo donde no existen las fronteras.

De hecho los griegos los denominaron libios y también bereberes del griego βάρβαρος, que significa «bárbaros», pero ellos se refieren a sí mismos como imazighen, «hombres libres». Y fruto de esa libertad los nómadas recorrieron África a comienzos de la historia escrita, llevando consigo las leyendas, las tradiciones y los mitos que conformarían muchas de las culturas que más tarde se habrían de desarrollar por todo el continente. El Egipto de los faraones, la Numidia de Yugurta, la mítica Opar, Abbas, Nubia, Pristia y un sinfín de reinos más, ahora olvidados por el tiempo, distintos en sus lenguas y sus costumbres, pero unidos por larguísimas caravanas que atravesaban el desierto por medio de caminos que nadie más conoce. Así perduraron los dioses. Así avanzó la humanidad, como decíamos al comienzo de este artículo, gracias a la transmisión oral de leyendas parcheadas, que a lo largo de tantos siglos lograron construir nuevos imperios, bajo la sombra de las gigantescas dunas.

REFERENCIAS

(1) La noción antigua de si los primeros pobladores de África realizaban sacrificios humanos ha sido puesta en duda desde los años ochenta del siglo veinte. Historiadores modernos defienden que tal práctica, aunque existiera, fue magnificada por los cronistas romanos cuando conquistaron esos territorios, como una forma de demonizar a sus enemigos. De esta forma, Roma mejoraba su imagen al «salvar» a los africanos de su barbarie.

(2) Por comentarios como éste, Allan Walker ha sido tachado desde siempre de racista. Sus escritos defienden con frecuencia la eugenesia, utilizando ejemplos de tribus antiguas, aunque estudios posteriores no han demostrado que éstas llevaran a cabo prácticas de ese tipo.

«¡Por los dioses!», capítulo segundo: Ocaso del imperio centroafricano

«¡POR LOS DIOSES!»

 LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 26 de enero de 1930.

Como dijimos en el capítulo anterior, la región de Azura ya se había convertido en un desierto alrededor del año 3000 a. C., debido a un cambio brusco en las condiciones climatológicas. Previamente a eso, es conocida la existencia de grandes masas boscosas, fértiles valles y temperaturas estables que permitieron el desarrollo de una importante cultura en relación con la naturaleza. Jirafas, leones, cabras y elefantes se movían por aquellas tierras en completa libertad, y los azuras primigenios empezaron a cazar o pastorear a la mayoría de ellos.

Todas esas actividades se vieron transformadas de manera irremediable con la llegada de la desertificación, que arrasó en —relativamente— poco tiempo con aquel estilo de vida, esparciendo sus numerosos grupos humanos por el mundo —incluyendo Europa—, y dando lugar a las nacientes culturas de Uruk, Fenicia, Egipto y Grecia.

En relación a este cambio tan drástico de existencia, contamos con una fuente valiosísima de información, en la cual, sin embargo, es difícil separar el mito de la ciencia. Se trata de la Épica de Murtaka, uno de los más importantes poemas épicos de la historia, comparado por su influencia histórica con el Cantar de mío Cid, escrito en España sobre el año 1200 d. C. Murtaka data, según la mayoría de estudiosos, de finales del siglo XIV d. C., recogiendo diversas  leyendas bereberes en los tiempos en que ya no existía una Nilidia cohesionada —como hablaremos en siguientes capítulos—, desde la caída del Imperio romano. La autoría del poema se atribuye al monje dominico fray Enrique de Braemar, renombrado intelectual que, durante la época de la decadencia de las órdenes religiosas en el siglo XIV, recorrió el norte de África tratando de evangelizar a las dispersas tribus nómadas que habían resultado de la disgregación en el siglo VII del antiguo reino de Nilidia. El resultado de esta epopeya fue plasmado en el interesantísimo libro de viajes «Contemplata aliis tradere» («Dar a otros lo contemplado», en referencia al lema de la orden dominica en aquellos tiempos: Contemplari et contemplata aliis tradere, «Contemplar y dar a otros lo contemplado»). La idea básica es que fray Enrique aprendió tanto de aquellos hombres como les enseñó él, y sus esfuerzos de evangelización se vieron compensados con el descubrimiento de toda la riqueza cultural que atesoraban los nilidios. Una de las mayores aportaciones fue la leyenda del rey Murtaka, último gobernante del mítico reino de Azura —también llamado Urm en otras regiones—, cuya decadencia causó él mismo alrededor del año 10.000 o 15.000 a. C. Fray Enrique compiló toda la información disponible sobre este personaje —a medio camino entre lo históricamente demostrable y la fábula educativa, sin que a día de hoy podamos discernir con seguridad uno de otra—, y nos legó la Épica de Murtaka, extenso poema que narra como ninguna otra fuente la ruina de Azura.

Según esta historia, Azura era un brillante imperio ubicado en el corazón de África durante la prehistoria de la humanidad, habitado por sabios filósofos, imaginativos constructores, escritores, músicos y en general lo mejor que podía dar su especie, siempre en comunión con el resto de la naturaleza. Así lo explica ya en sus primeros versos:

 

En el comienzo del tiempo de los hombres,

cuando el mundo vivía en hermosa unión

y todos los seres se trataban como hermanos,

hubo una grandiosa ciudad de hombres justos

allá donde su especie había nacido.

 

Fray Enrique traduce casi palabra por palabra las antiquísimas canciones de los chamanes nilidios, las que llevan siglos cantando junto a las hogueras para educar a los jóvenes de cada  tribu. La descripción que realiza de aquellos hombres es tan elogiosa que parece más propia de la literatura fantástica, lo que, ya en este siglo, ha dado pie a diversas teorías poco científicas, algunas de las cuales llegan a elucubrar si aquellos primitivos azuras podrían ser de procedencia alienígena, del mismo modo que se ha postulado con el pueblo egipcio, el fenicio o el griego.

Teóricos como el español Mateu Batlló o el alemán Jaxon Grünenthal han escrito largas disertaciones sobre este tema, con opiniones contrapuestas. El primero concuerda con fray Enrique en situar el origen de la humanidad en el corazón de África, mientras que Grünenthal —más cercano a los postulados del Grupo de Estudio de la Antigüedad Alemana, también conocido como Sociedad Thule— aboga por el mito de Hiperbórea, supuestamente ubicada más al norte del continente europeo, según algunos autores incluso en regiones polares. Este conflicto de «Azura vs Hiperbórea» dista mucho de estar solucionado, y tiene que ver con la propia reivindicación de la raza aria, que ciertos investigadores pretenden separar del resto de los hombres. La Sociedad Thule —nombrada así en referencia a la Última Thule de la que escribiera Virgilio— lleva años atribuyendo un origen más elevado, e incluso divino, a la raza aria, emparentándola con los gigantes hiperbóreos de la mitología griega, o en otras ocasiones con extraterrestres provenientes de la estrella Aldebarán. Historias de este tipo corren por los círculos esotéricos de media Europa, sin que cuenten con la más mínima credibilidad. Por contra, las argumentaciones del profesor Batlló se basan en investigaciones arqueológicas realizadas por él mismo, notas compartidas con los mayores expertos de todo el mundo y textos tan serios como el de fray Enrique de Braemar, que en ningún caso puede ser tachado de mostrar implicaciones políticas (1)

La Épica de Murtaka sigue siendo un documento de valor incalculable. Su mensaje último es el del respeto entre todos los pueblos y todas las especies, y, cuando éste se rompe, los dioses aplican su castigo. Murtaka es presentado como un rey justo atormentado por el miedo a la muerte. Tras años de reinado honorable, descubre que su vida en algún momento llegará al final, lo cual le produce un desasosiego tan terrible que no puede conciliar el sueño. Después de todo lo vivido y luchado, lo único que quedará será su recuerdo, mientras su cuerpo se descompone:

 

El gran Murtaka se vio a sí mismo muerto,

olvidados sus logros, perdidos sus pasos,

sin más legado que el cantar de las hogueras,

mientras su cuerpo se marchita en un agujero

frío y húmedo, visitado por alimañas.

 

¿Qué más da, por tanto, ser un rey o un vasallo?

¿Qué más da haber obrado con justicia o no?,

si a la postre todos ocupan el mismo lugar

y sólo los dioses y los carroñeros se preocupan.

 

Es de destacar cómo, en unos pocos versos, el autor transmite la preocupación del ser humano por el sentido de la vida y de la muerte, los enterramientos rituales, el juicio final y la otra vida, elementos todos ellos que sabemos que ya estaban presentes en la comunidad prehistórica de Azura.

Murtaka sufre de tal manera por la inevitabilidad de la muerte que llega a consultar a adoradores de la magia negra: órdenes secretas presentes en los bajos fondos del reino y que practican rituales en honor a dioses anteriores a los de los hombres.

Pero ninguno era tan maligno como su señor,

el temido Setesh el Rojo,

nacido antes de la creación de Azura,

antes de que los hombres caminaran por el mundo.

 

Su influjo era indeseable,

opuesto al bien y a todo lo noble,

que estaba representado por Asir la Negra,

suma sacerdotisa del reino de Azura.

 

Murtaka confió en Setesh y le pidió no morir nunca,

y a cambio le entregó cuanto él le pedía:

oro y joyas, palacios, ejércitos

y la creación de una orden de adeptos que le veneraba.

 

El rey consiguió escapar de la muerte,

pero con ello condenó a todo su pueblo,

al que avocó a la destrucción y el hambre,

devorados por el desierto.

 

Así concluye el primer capítulo de la Épica de Murtaka, adelantando ya cuál será la conclusión de la historia: el brujo maligno le concede la inmortalidad, pero a costa de no poder concebir hijo alguno, y con el final de su linaje vendrá la decadencia del reino de Azura. Los hombres comunes se apoderarán del gobierno y se perderá la grandeza de los reyes dioses, que hasta entonces habían regido el destino del mundo.

Diversos historiadores han querido hallar en este relato nociones similares a la venta del alma que aparecería dos siglos después en el mito de Fausto; a la guerra ancestral entre hermanos de los dioses egipcios Seth y Osiris —además con la referencia a sus colores respectivos y el uso de sus nombres originales (2)—; e incluso una versión diferente a la historia del Diluvio Universal. Murtaka, igual que Gilgamesh, busca trascender su propia existencia; e igual que Noé o Utnapistim, ve cómo todo su mundo es arrasado por un cataclismo, quedando él como único superviviente. El brujo Setesh y su orden traen consigo el desastre, Azura es condenada por el cambio climático que convierte la región en un desierto, y las brillantes torres y los palacios son devorados por un mar de dunas. Los hombres se enfrentan entre ellos, unos leales a la suma sacerdotisa y otros al poderoso culto de adoradores del mal, lo que hace que los dioses les castiguen por sus actos.

Asir la Negra es asesinada por Setesh y su cuerpo arrojado al río, mientras la arena se traga Azura por siempre, y con ella desaparece la primera gran edad de los hombres, consumida por la maldad de sus pobladores, la avaricia de su rey y la justicia de los dioses ancestrales, de la que nadie puede escapar jamás.

La Épica de Murtaka finaliza con unos versos que sirven de resumen y moraleja a toda la obra, y en general de lema para la mayor parte de la literatura épica medieval:

 

El mundo no es un erial salvaje

donde los hombres actúen en completa inconsciencia.

Los actos buenos y malos deben someterse a Dios,

pues Él decide qué son el bien y el mal.

 

Murtaka quiso ser más dios que hombre,

y para ello puso su alma en juego

y renunció a gobernar a su pueblo,

pues nada le importaba sino vivir por siempre.

 

La avaricia es la fuente de todos los males

y condena el alma y destruye imperios.

Azura fue devorada por la furia de Dios

como hicieron las plagas que sacudieron Egipto.

 

¡Oh, hombre!, que lees estas líneas,

sé temeroso de Dios y cumple sus preceptos,

no busques aquello que no está a tu alcance,

pues el Diablo acecha a la vista de todos.

 

Nótese cómo aquí fray Enrique se aleja de los mitos conocidos y añade su propia aportación, más típica de la religiosidad medieval —oscura y temerosa de Dios—, y sustituyendo el politeísmo ancestral nilidio por la creencia en un Dios único que vigila a sus hijos.

El último verso —«El diablo acecha a la vista de todos»— se convertiría en frase habitual en muchos textos e incluso dentro de la propia orden de los dominicos, como una advertencia.

Quién sabe si hoy en día no deberíamos aplicarnos ese mismo cuento, pues a veces, disfrazados como sesudos historiadores de la raza aria, puedan estar caminando entre nosotros auténticos demonios.

Sólo espero que no tengamos que arrepentirnos de no haber hecho caso al pobre fray Enrique.

REFERENCIAS

(1) Debemos entender la época en que fue escrito el presente artículo. Desde comienzos del siglo XX habían aparecido extrañas teorías en diversos círculos supuestamente científicos sobre el origen de la humanidad. Sus miembros defendían un origen distinto para la raza aria, a la que colocaban por encima del resto. Importantes intelectuales alemanes hablaban constantemente sobre este asunto, conformando grupos de presión como la Sociedad Thule, que mantuvo fuertes lazos años después con el Partido Nazi. Por tanto, muchas de esas opiniones sabemos ahora que estaban sesgadas políticamente, pero entonces se daban como provenientes de expertos, y costaba restarles credibilidad. Autores como Mateu Batlló y el propio Allan Walker escribieron obras objetivas que han soportado bien el paso del tiempo, como ocurre con este artículo. Sin embargo, en aquel entonces no tuvieron más remedio que citar a personajes claramente nazis como Jaxon Grünenthal, cuya reputación ha desaparecido con el paso de las décadas.

(2) Seth es el nombre griego del dios egipcio Suty (o Setesh), representado por el color rojo del desierto; mientras que Osiris es el nombre griego del dios egipcio Asir (o Usir), representado por el color negro o verde. La denominación que se utiliza con más frecuencia hoy día para ellos es la griega, mientras que en la Épica de Murtaka los personajes principales llevan los nombres de Setesh y Asir. El asunto del cambio de sexo de Osiris (varón en la mitología egipcia y mujer en la de Azura), será debatido en el siguiente capítulo.

«¡Por los dioses!», capítulo primero: El origen.

«¡POR LOS DIOSES!»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

 

 Por Allan Walker, periodista e historiador.

Artículo publicado originalmente en The New York Times Magazine el 19 de enero de 1930.

Los primeros restos prehistóricos hallados en Nilidia hablan de tribus bereberes anteriores al año 9000 a. C., que construyeron asentamientos en la zona actualmente ocupada por el desierto de Azura, y que en aquel entonces disfrutaba de un clima suave con abundantes lluvias. Aquellos primeros pueblos, conocidos como los azura, levantaron una sociedad basada en la agricultura y el pastoreo, de la que tenemos constancia gracias a las abundantes pinturas rupestres identificadas en la región. Su organización tribal y sus creencias eran sencillas, basadas en el animismo y el culto a los antepasados. Se cree que el concepto de una fuerza vital que una a todos los seres, incluyendo los ya fallecidos, y que con frecuencia se denomina Magara, proviene de aquellos tiempos. También las estrellas eran motivo de estudio, como descubrió el arqueólogo sir William McKenzie en su expedición de 1872 —que logró, a la postre, identificar las fuentes del río Isis—. Sir William localizó, con la ayuda de una antiquísima orden de jinetes nómadas, una serie de construcciones faraónicas casi enterradas por las arenas del desierto de Azura, y que parecían corresponder a aquellos primeros pobladores. Sin embargo, el grado de desarrollo cultural y científico que describió en aquel lugar supera con mucho lo que siempre hemos pensado. En el tratado «Acerca de los pueblos que habitaron la cuenca del río Isis», sir William defendió la existencia de unos nilidios que dominaban la astronomía y el álgebra, gracias a lo cual sometían a su voluntad el clima, las cosechas, el ganado e incluso las corrientes marinas. Es sabido que en la antigüedad existía un mar interior en el corazón de África, donde hoy sólo restan zonas desérticas, llamado el mar de Azura, y sir William afirmaba que aquellos jinetes que le habían guiado a través de las dunas —autodenominados los alai— fueron en otro tiempo marinos que gobernaban naves portentosas, de las que él aseguraba haber contemplado restos en aquellos palacios perdidos.

Esta teoría de un imperio protohumano en el centro de África —conocida como «la teoría mckenziana»—, del que provendrían siglos después las culturas nubia y egipcia, entre muchas otras, y sus lenguas propias, entronca con numerosas leyendas locales de las que yo mismo he oído hablar en mis viajes, como las míticas localizaciones de Mu, Atlántida o Urm, de las que se cuenta que existieron al comienzo de los tiempos y por su arrogancia fueron aniquiladas por los dioses. Es el mito clásico del Diluvio Universal, presente en casi todas las culturas: la historia bíblica de Noé, Utnapistim en el Poema de Gilgamesh, Manu en el hinduismo, Deucalión en Grecia… También el continente perdido de Mu —del que aparecen referencias en el Codex Tro-Cortesianus— y el de la Atlántida —citado por Platón en sus diálogos Timeo y Critias— habrían sido destruidos por sendos cataclismos provocados por los dioses, como una forma de castigo a los hombres por su arrogancia. Del mismo modo, la historia de la Torre de Babel representa también a ese Dios vengador y furioso, provocando en este último caso el origen de todas las lenguas.

Hoy sabemos que la mayoría de mitos antiguos tienen algún poso de verdad. La Torre de Babel ha sido clásicamente asociada con Etemenanki, el zigurat presente en Babilonia alrededor del siglo VI a. C., y dedicado al dios Marduk. El propio Diluvio Universal pudo tratarse en realidad de alguna inundación provocada por las crecidas del Tigris y el Éufrates, causando el pavor de los pueblos que se asentaban en sus orillas.

Asimismo, está demostrado que la región de Azura se convirtió en un desierto hace unos seis mil años, cuando la progresiva disminución de las lluvias y el aumento de la temperatura acabó con aquel gran mar interior y con la cultura ligada a él, que ahora yace olvidada bajo las dunas. Sus habitantes se vieron obligados a buscar zonas menos áridas en las que poder subsistir, y de este modo los antiguos marinos se convirtieron en jinetes, y después en nómadas que extendieron su cultura por el mundo.

Ésta es, por tanto, la enseñanza que los ancianos buscan transmitir a los jóvenes con sus cuentos junto a la hoguera, igual en una tradición que en otra: el Antiguo Imperio fue destruido por un cataclismo natural, no por ningún enemigo, y eso es lo que condujo a la emigración y, a la postre, al nacimiento de todas las lenguas, y del mundo como lo conocemos hoy.

Por desgracia, los palacios de los que hablaba sir William no han podido ser hallados nunca más, ni siquiera por él mismo, y los jinetes de las arenas se han negado a volver a conducirlo hasta allí, alegando que fue él quien decidió abandonar Azura y regresar al mundo de los blancos, y que ése es un camino que no tiene retorno.

Misticismo y sacralidad se mezclan en esta historia fabulosa que tal vez nunca veamos esclarecida, ya que no hay restos suficientes en los territorios conocidos como para arrojar algo de luz sobre el origen de África. Lo único que nos queda es la suposición o, como han hecho diversos escritores americanos, llenar esos huecos con fantasía. Son especialmente populares las narraciones sobre el origen de la humanidad, atribuyéndola a seres de otros planetas o de realidades ajenas a ésta. Aunque yo mismo he colaborado con revistas del género, escribiendo relatos parecidos, sólo la ciencia podrá demostrar qué hay de verdad en esas historias de ricos palacios enterrados por la venganza de los dioses. Y es fácil que ninguno de nosotros lleguemos a verlo.

Es lo mismo que le ocurrió a sir William, que pasó sus últimos días en la miseria más absoluta, empleando sus antaño formidables recursos en costear una expedición tras otra con el fin de encontrar la mítica Azura, la que él había conocido y abandonó para abrirle los ojos al resto del mundo. Ese hombre sacrificó su felicidad y terminó loco y arruinado, suplicando a los dioses de África que le permitieran volver a la ciudad primigenia, sin conseguirlo.

Quién sabe si llevaba razón. Desde luego, yo no lo sé, pero este escrito va dedicado a su memoria, con el fin de que, esté donde esté, descubra que su labor no será olvidada.

Con cariño y respeto, para el primer maestro de la historiografía nilidia, de quien tanto aprendí.