«Por los dioses», capítulo sexto: Levantar una nación con ladrillos prestados.

«¡POR LOS DIOSES!»

LA HISTORIA DE NILIDIA (RESUMIDA) A TRAVÉS DE SUS MITOS

Por Allan Walker, periodista e historiador.

Publicada originalmente en The New York Times Magazine el 23 de febrero de 1930.

Decía Joseph Conrad en «El corazón de las tinieblas» que la colonización consiste en quitarle la tierra a gente que tiene la tez de otro color o narices algo más chatas que las nuestras, y que no es nada agradable observada con atención. Un gran eufemismo para alguien que contempló con sus propios ojos los horrores que países supuestamente civilizados han estado cometiendo en África durante milenios. La historia de la humanidad consiste, a la postre, en el uso de la fuerza bruta en todas sus formas, y en la habilidad de los vencedores para reescribir los hechos con el fin de que eso no parezca que fue así.

Si en el capítulo anterior de esta crónica tratábamos sobre la esclavitud en el continente africano —materia de dictámenes políticos y fuente de abundante riqueza desde que existen registros históricos—, hoy hablaremos sobre los colonizadores. Decía Henri Jervé que la única moneda que ha permanecido vigente en África durante toda la historia es la piel del esclavo negro. Sólo en épocas muy recientes se ha abolido la esclavitud de manera legal —en Nilidia, a partir de 1852, cuando la revuelta popular de Basser obligó al Consejo de Notables a negociar con los golpistas y prohibir la esclavitud en todo el país; y ya de un modo definitivo en 1870, con la llegada del Ejército británico (1)—. Sin embargo, hoy África se enfrenta a un esclavismo mucho más cruel y silencioso: el económico. Grandes compañías de explotación se han abalanzado sobre los abundantes recursos africanos y, con la salida del Imperio otomano de muchos países, ahora consideran que todo les pertenece a ellas. Las principales cuencas mineras, los campos y los ríos se dedican a producir riquezas para las naciones europeas, condenando a la población local a la miseria con el fin de que dependan por completo de las compañías para sobrevivir. Nadie se arriesgará nunca a levantarse en armas contra los blancos ricos que los están sometiendo, pues la única opción que les quedaría sería entregarse a la pobreza y la condenación (2).

Un ejemplo de esto es la región minera de Fawar, en el sur de Nilidia, donde apenas se ha sentido el cambio de gobierno. La derrota del Imperio otomano en esta zona no es prácticamente conocida, y muchos de sus habitantes viven en las mismas condiciones que durante el siglo pasado. Dice Taymullah Farûq en sus escritos que la libertad en Nilidia es una burla, pues se hace saber al esclavo que ahora es libre gracias al Imperio británico, y por ello, en agradecimiento, debe entregar su vida al libertador. Una ironía que se sufre especialmente en Fawar.

Pero, como decimos, esta situación viene de antiguo.

Desde el establecimiento de los primeros grupos humanos en torno a la fértil vera del río Isis, muchos han sido los grandes imperios que se han fijado en Nilidia y han intentado hacerla suya. Las épocas en las que dividimos la historia de esta hermosa nación son las de sus conquistadores, cada cual pasando por allí y dejando su legado en forma de gigantescas construcciones, lengua, costumbres y dioses, a cada cual más pintoresco. En este sentido es particularmente importante la frase del profesor Farûq, según la cual la historia de Nilidia es un muro construido con ladrillos prestados, cada uno proveniente de un horno distinto, y por eso no siempre sus medidas coinciden, y por eso el muro ha salido como ha salido. Cada imperio estableció allí a su gente y formó un pequeño reino afín a sus intereses, que es de donde provienen las modernas provincias que conforman hoy en día el mapa nilidio: en el norte, Nilum, un poderoso reino fenicio hermanado con Cartago (y que ha devenido en la provincia de Ranuhi); al oeste, en torno al Isis, Rávenon, que guardaba mucha más relación cultural y comercial con el Egipto de los faraones (y a la que debemos lo que hoy es Basser); al sur, alrededor del desierto de Azura, Pristia, fundada por los romanos para explotar sus minas (en lo que se conoce actualmente como Fawar); al este, la capital, Nilur, erigida por el Imperio otomano en 1564 alrededor del palacio del entonces gobernador Afîl Deleh, tras ordenar asesinarlo (3); al sureste, como último lugar de civilización humana antes del desierto, Abbas, fundada por nómadas alai junto al oasis del mismo nombre (y que hoy alberga la diminuta aldea de Deleh, patria de la familia a la que debe su denominación); y al sur, junto a la frontera con Níger, Opar.

La mítica Opar. La negra y soñada Opar, protagonista de cientos de historias a lo largo de los siglos, inspiradora de las hazañas más portentosas, los viajes más increíbles y las novelas más imaginativas. Patria de las mujeres más bellas del mundo y los hombres más fuertes —fuertes hasta el punto que sus enemigos los comparaban, en diversos escritos, con simios o con bestias primitivas—.

Las minas de diamante de Opar son las más codiciadas del mundo, razón por la cual muchos han sido los ejércitos que han pretendido conquistarla, y todos hallaron enfrente a las tropas más temidas de cuantas se conocen: los Hombres Leopardo, los soldados de infantería más célebres de la historia —seguidos de lejos por los jenízaros otomanos y los corsarios de las islas de Pago—. Protegida tras las inexpugnables montañas de Kalarak, durante siglos Opar se ha mantenido intacta frente a las ansias de conquista extranjeras, y aún hoy ese territorio continúa autoproclamándose independiente de cualquier gobierno. Opar sólo rinde lealtad a su propio matriarcado, encabezado por la reina La, suma sacerdotisa del culto del Sol —al que ellos conocen como el Dios Llameante—, y de quien se cree que vive desde hace eones gracias a la sangre de sus enemigos. Los historiadores afirman que antiguamente los oparianos realizaban sacrificios rituales a su dios y después devoraban a sus víctimas, sirviéndose de sus almas igual que de sus cuerpos. De este modo era como la reina habría logrado la juventud eterna. La realidad es que el cargo de suma sacerdotisa —y con él el nombre de La y el gobierno del matriarcado— se ha heredado de madres a hijas desde hace siglos, en una línea de sucesión indeleble que deja en ridículo a cualquier monarquía del mundo.

Según la leyenda local, el Dios Llameante descansa por las noches tras las montañas de Kalarak, en el misterioso reino de Opar, donde duerme en el regazo de la diosa Entinu, que personifica a la tierra. Entre ambos nació el amor al comienzo de los tiempos, y el producto de ese amor es el río Isis, que nace en Opar y luego atraviesa toda Nilidia.

Del mismo modo, la suma sacerdotisa La personifica a la diosa Entinu, y sólo el Dios Llameante podrá emparejarse con ella, en los rituales de adoración al Sol que perpetúan el linaje. Hoy en día ya no se realizan prácticas caníbales en Opar, aunque la región es célebre por albergar a diversas sociedades secretas africanas que han encontrado allí un gobierno propicio al ocultismo que permite sus actividades: grupos como la Hermandad del Dios Mono, la Sociedad Leopardo y la Sociedad Cocodrilo actúan en la clandestinidad en la ciudad de Opar, sin que ningún gobierno haya podido controlarlos. Trataremos de ellos en el siguiente capítulo.

Opar es celosa de sus secretos, y por eso, a diferencia del resto de Nilidia, aún permanece como la última región inexplorada del mundo.

Nilidia no es tanto un país como una confederación de reinos autónomos, con una historia, un origen y un idioma propios que intentan conservar. Cada uno de los grandes imperios que por allí pasaron dejó su impronta en alguna región, y por eso la historia de Nilidia, igual que la del resto de África, no puede entenderse sin la de sus colonizadores, sus aportaciones, sus dioses y sus leyendas.

Y ésa, sin dudas, es la crónica más apasionante de todas.

REFERENCIAS

(1) Para conocer la historia completa de la revolución de Basser, consultar «La reina demonio del río Isis», publicado en nuestro país por Editorial Trymar en noviembre de 2016.

(2) La fe que mostraba Allan Walker en la capacidad de la población nilidia para la sublevación era escasa en esta época, tal y como ocurría con la mayoría de sus coetáneos. Esta situación cambió fundamentalmente con el horror de la revuelta de Ranuhi, en la costa norte de Nilidia, el 13 de mayo de 1930. La matanza sistemática de más de mil ciudadanos británicos durante esa noche demostró al mundo que sin duda habían subestimado al llamado Movimiento de Liberación Nilidio, y la monstruosa respuesta armada del Ejército británico obligó a una pronta intervención internacional para intentar calmar los ánimos. La Sociedad de Naciones tomó cartas en el asunto, sin que se llegara a ningún acuerdo hasta la proclamación del rey Abdel Haqq.

(3) La trágica historia del gobernador otomano Afîl Deleh y los horrores que se cometieron en Nilidia durante su gobierno también aparecen narrados en «La reina demonio del río Isis», de Editorial Trymar.

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