Documentándome: Dónde está Nilidia o el arte de inventarme un país

Como ya dije el otro día, tengo una novela en preparación para 2021. Puedes leer acerca de ella en este artículo. Es el fruto de un largo tiempo de estudio, preparación y escritura. Porque sí, las novelas también se estudian, sobre todo las de aventuras, que es mi género. Precisan de un tiempo relativamente largo de formación, documentación e investigación en fuentes de todo tipo, de lo cual no suele aparecer apenas nada en el texto final. La idea es que el libro se apoye sobre unas bases firmes pero que estas no ahoguen la narración, solo la justifiquen. El lector sigue una novela por la historia y los personajes, pero estos necesitan un trasfondo sólido para que sus actos tengan sentido.

En esta misma categoría de artículos, ya escribí algunas nociones sobre la importancia de los beduinos, sobre quiénes fueron las sibilas o sobre qué implica la existencia de un poder absoluto al alcance de los hombres. Todas esas son cuestiones importantes que sí aparecerán en la novela.

Pero me faltaba hablar del lugar en el que transcurre la acción, el país que va a albergar la historia y por qué. Ese lugar es Nilidia, la localización de todos mis escritos.

En 2004 se me ocurrió una idea loca de la que luego han salido muchas más: me inventé un país. Creé un lugar ficticio pero firmemente anclado en un entorno real, a la manera de Zenda o Wakanda. Eso me permitía fraguar las historias que quisiera a la vez que aprovechaba la riqueza del pasado de esa localización.

Pero ¿qué es Nilidia?

Nilidia es un país supuestamente ubicado entre Libia, Túnez y Níger. En mi imaginación, allí se extiende una gran lengua de tierra que comparte muchas de sus historias reales: en Nilidia ha habido conquistadores romanos, otomanos e ingleses; en su costa norte se estableció una hermandad de piratas durante la Edad Moderna; las rutas nómadas atravesaban el desierto cargadas de riquezas; el sur estaba plagado de junglas y dominado por temibles reinos negros; y sobre todo las fronteras cambiaron con inusitada rapidez, empujadas en un sentido o en otro por el salvajismo, la desesperación y el sacrificio de miles de guerreros anónimos a través de los tiempos.

En mi primera novela, «Nilidiam», hablaba sobre la revolución islámica que tuvo lugar en el país en 1930 y que logró expulsar de allí al gobierno instaurado desde seis décadas antes, un títere controlado por militares británicos. Esto supuso el final de la época de colonialismo y el inicio de un tiempo nuevo, valiente y decidido. Políticos formados en universidades europeas tomaron las riendas de un Estado recién nacido y se enfrentaron a unas terribles condiciones de pobreza, analfabetismo y servilismo de las grandes fortunas británicas, muchas de las cuales se habían marchado tras la declaración de independencia. Es muy representativo el símbolo de las vías de tren que nunca llegaron a terminarse y que, por tanto, no llevaban a ningún lugar. Varias de esas imágenes fueron publicadas en los años 70 en la revista Newsweek, con la intención de mostrar el deterioro que sufrían muchos de los países que lucharon por la independencia frente al colonialismo militar europeo, solo para terminar hundidos en la miseria por culpa del colonialismo económico.

Y todo empezó con una batalla en Baal Azur, que es de lo que trata la novela. Un durísimo levantamiento armado que arrasó la costa norte.

En mi segunda novela, «La reina demonio del río Isis», salté a 1852 y abordé el inicio de la invasión británica de Nilidia, cuando la decadencia del gobierno otomano había llevado a la región al desastre y unos cuantas fortunas se aprovechaban del caos. Allí fue donde apareció el Ejército británico, dispuesto a apoderarse de la ciudad de Basser, en la región central de Nilidia. Los relatos de la crueldad de esta batalla puso los pelos de punta a los intelectuales de la época, lo que fue recogido por los cronistas de medio mundo. La defensa de los nilidios resultó tan intensa que la guerra de ocupación duró hasta 1870, fecha del tratado de paz.

Pero nada de eso aparecerá en la nueva novela, porque he decidido retrotraerme aún más, a un tiempo muy anterior a la presencia europea en Nilidia. La época es otra, pero la situación es parecida, porque estos países del norte de África siempre tuvieron conquistadores, de muchos orígenes distintos. Tribus árabes llegaron del este, diezmando y extendiendo su fe y su lengua. Legionarios romanos atravesaron el desierto en busca de riquezas. Barcos fenicios establecieron ciudades en el norte.

Es difícil saber cuánto de lo que hoy en día es Nilidia proviene de sus propias raíces y cuánto lo ha heredado de sus muchos colonizadores. Como dijo en «Nilidiam» el profesor Taymullah Farûq, «la historia de este país ha sido como querer construir un muro con ladrillos prestados. Al final hemos hecho lo que hemos podido».

Pues bien, este es el terreno de la aventura, mitad auténtica y mitad inventada, pero siempre apasionante. Habrá batallas, leyendas y un viaje, que podrás realizar con los protagonistas si te animas.

¿Quieres conocer Nilidia?

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