Un cuento para celebrar el Día del Libro: «El palacio de las catacumbas habitadas por dioses» (escena post-créditos de «La reina demonio del río Isis»)

1

I

UN NUEVO AMANECER

Escuchadme, gentes de bien, y aprended la verdad: aquéllos que juegan con poderes innombrables, que convocan a los mismísimos infiernos en busca de un conocimiento que no deberían poseer, están llamados al sufrimiento eterno, y tanto ellos como su linaje estarán malditos hasta que la cólera de esos infiernos se aplaque.

Que el horror en que se ha convertido la existencia de sir James Brogdan Kane, héroe de guerra y gobernador de Nilidia, os sirva de lección para el futuro. Él, que abrió las puertas que debían permanecer cerradas, a pesar de mis muchas advertencias y del pavor que causó en los que lo conocían, ahora sufre las consecuencias de sus actos, tal y como los dioses decretaron.

Yo fui testigo de su ascenso y caída, de cómo se dejó tentar por los adoradores del Maligno y cometió actos impuros, hasta que su alma no tuvo salvación. Yo, Taymullah Farûq, consejero del Gobierno de Nilidia, supe del oscuro destino que le aguardaba en el mismo día en que llegó a nuestra patria, un cuatro de febrero de 1901, una fecha aciaga que los más viejos aún recordaréis.

Era un día gris con un viento gélido que azotaba el puerto de Ranuhi, congelándonos los huesos a pesar de la ropa de abrigo. Ninguno de los que estábamos allí sabíamos nada del misterioso hombre de guerra al que enviaban a gobernarnos, más que la historia de que había obtenido una Cruz Victoria en el conflicto contra los holandeses en Sudáfrica y que gozaba de la total confianza del nuevo rey. Nilidia iba a ser su gran prueba, una nación de la que él tampoco podía decir mucho, aparte de que era una posesión británica desde los tiempos de la reina Victoria y que sus habitantes, los azura, pobres e incultos gracias a ellos mismos y antes al Imperio otomano, les debíamos pleitesía.

Su barco llegó muy de mañana ante la mirada expectante de un millar de personas que abarrotábamos el puerto, temerosos y congelados, hasta que el portentoso HMS Oedipus atracó en Ranuhi y vació su carga: alrededor de un centenar de nobles y soldados que acompañaban al nuevo gobernador, un hombre extremadamente fuerte, de un tamaño colosal y vestido con uniforme de gala. Sus ojos recorrieron la multitud como el amo que revisa sus caballerizas antes de una gran carrera y, mientras su camarilla se esparcía por el puerto y recibía los honores de la clase gobernante, él se zafó de todos y caminó hasta nosotros, encarando a la muchedumbre que se agolpaba en las vallas y quería tocarlo, hablar con él, suplicar que fuera benévolo.

El gran caballero inglés se aupó sobre la masa informe de los azura y nos dijo:

«¡Saludos, pueblo de Nilidia! Mi nombre es sir James Brogdan Kane, cabeza de la baronía de Kane, y he sido designado por la Corona Británica para gobernar estas tierras. Para mí resulta un tremendo honor estar hoy aquí, y sabed que trataré de ser lo más magnánimo posible con vosotros. Habrá que trabajar duro para hacer algo bueno de este país, pero estaré siempre a vuestro lado para lograrlo. Vamos a demostrarle al Gobierno de Londres lo que se puede hacer en las Colonias. ¿Estáis conmigo?».

Y entonces, que aún no le conocíamos ni podíamos opinar de él, nos pareció sincero, y le aclamamos como a los héroes que vuelven a casa, aunque este héroe a lo que venía era a esclavizarnos.

Pronto le abordó ese monstruo cruel y degenerado que era lord Kendrick de Braemar, gobernador de este bello país hasta que sus propias atrocidades lo condenaron, y con él venía sir Philip Cartwright, portavoz del Consejo de Gobierno, y ambos le hablaron bien de Nilidia y le dijeron que sería fácil someternos. Le mintieron vilmente y él lo sabía, pues ya había leído informes acerca de nuestra revuelta y el mismo rey le había dicho que debía sofocarla lo antes posible. Pero aquel día por lo menos fingió aceptar sus palabras.

Quién sabe los horrores que ya pasaban por su mente, si la semilla de la maldad anidaba ya en su pecho y sólo buscaba una tierra fértil en la que germinar.

Si es así, desde luego en Nilidia la halló, pues todo lo bueno y lo malo de lo que es capaz la Humanidad yace en sus castillos abandonados, sus criptas fantasmagóricas y sus secretos prohibidos, que este hombre sin decencia se empeñó en despertar.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Lunes, 4 de febrero de 1901:

Hoy por fin he llegado a Nilidia. Después de una travesía horrible en la que parecía que el Diluvio Universal venía con nosotros, el barco al fin ha tocado puerto. El HMS Oedipus es una antigualla que a duras penas ha logrado traerme hasta aquí, y eso no ha conseguido más que empeorar mi humor. La jaqueca también me ha acompañado hasta este nuevo destino, y ninguno de los supuestos remedios de los médicos ingleses ni holandeses ha podido hacer nada por aliviarla. Estoy desesperado y grito con facilidad a los que me rodean. Mis propios hombres desconfían de mí, y reconozco que cada vez los trato peor.

Aun así he logrado sobreponerme y dar un breve discurso a los que me esperaban, sucios mendigos que se resisten a hablar inglés y a abandonar sus viejas costumbres bárbaras, como esa historia del rezo y el sacrificio de los animales. ¿Cómo pueden creer en esas cosas? Las grandes naciones venimos a África y les traemos riqueza y progreso, y en cambio ellos nos responden con violencia. Sé que varios consejeros del gobernador Braemar han sido asesinados por rebeldes, y eso no podemos consentirlo.

Esto no va a ser como lo de El Mahdi en Jartum, y yo soy el hombre encargado de esa tarea.

Nilidia no posee recursos naturales demasiado valiosos ni una posición especialmente estratégica para el control del Mediterráneo, rodeados como estamos por la Libia otomana al Oriente y el Túnez francés al otro lado, pero de un modo u otro este lugar pertenece al rey Eduardo y así debe seguir siendo, pese a quien pese.

Aquí no hay nada que conservar más que el honor, y eso para un Imperio como el que yo represento, es una razón de Estado. Así que a mí me corresponde preservar el honor de la Corona a cualquier precio, y para ello me han investido con plenos poderes y estoy dispuesto a usarlos, empezando hoy mismo.

Sin embargo hay una única cosa que no está a mi alcance, y es esa mujer que me han regalado. No puedo tocarla, no puedo hacerla realmente mía, pero a la vez me dicen que esa extraña dama de ojos profundos está aquí para servirme en todos mis deseos. Ahora mismo duerme en la habitación contigua.

¿Qué esperan que haga con ella…?

Qué gente más extraña son estos nilidios.

Arabesco

Yo mismo me presenté ante él aquella mañana turbulenta y mostré mis respetos, convocado por sir Philip Cartwright y otros miembros del Consejo a los que conocía bien, y que no se habrían atrevido a desobedecerme.

La voz del pequeño castor que era sir Philip me invitó a acercarme, mientras el nuevo Gobierno en pleno me observaba.

«Sir James», le dijo, «permítame que le introduzca a un buen amigo de Nilidia: Taymullah Farûq, consejero del rey en estas tierras perdidas».

Kane mostró su repulsa de una forma instintiva, pero al oír aquellas palabras se calmó, al menos en parte.

«¿Consejero del rey?», preguntó, «¿desde cuándo la Corona busca a lagartos árabes para que le aconsejen?».

Tranquilos, tranquilos, hermanos, no os dejéis llevar por la ira. Eso fue lo que dijo, sí, y mis ojos le transmitieron la maldición que mis labios no podían formular entonces, pero que no tardaría mucho en golpearle de lleno. Me incliné ante él y mostré un respeto que no se merecía, pero que en ese momento no podía rebatir o se habría producido un baño de sangre.

Dije: «Señor gobernador, mi sabiduría, mucha o poca, está a vuestro servicio, como lo ha estado desde hace siglos a través de toda mi familia, en la que se cuentan grandes visires y nobles que sirvieron como mano derecha de los monarcas. Espero poder serviros a vos en la misma forma».

Él se acercó a mí y gruñó como las bestias, sin que llegara a entender el regalo que le estaba ofreciendo. Se giró hacia Cartwright y le preguntó:

«¿Hay muchos traidores colaboracionistas como éste en Nilidia? Porque entonces mi trabajo va a ser muy fácil».

El portavoz del Consejo tragó saliva mientras yo abandonaba la reverencia y clavaba mi mirada en la suya, y fue Cartwright quien respondió, con un finísimo hilo de voz:

«Los llamamos askaris, señor. Son soldados indígenas que ayudan a nuestras tropas y sirven de mediación con la población general».

¿Os podéis creer que ésa fue su explicación? Realmente a día de hoy aún creen que estamos deseando ayudarlos, que en verdad hemos creado la figura de los askaris, los árabes colaboracionistas, en su beneficio y no en el nuestro propio. ¡Ah, qué equivocados están! Casi siento pena por ellos, que ni se dan cuenta de la manera en que nos hemos infiltrado en su mundo y lo hemos hecho nuestro, esperando el momento en que los expulsemos de aquí.

Y como un arma más en esta lenta guerra, acerqué hasta su mano la de la bellísima joven que me acompañaba, cubierta por el velo ceremonial, como manda la tradición de nuestro pueblo.

«Señor gobernador», seguí diciendo, «deseo hacerle un regalo de bienvenida. En mi tierra es costumbre que los hombres más poderosos tengan a su servicio a una mujer que se ocupe de cuidarlos, una criada que mande sobre todas las demás criadas y gobierne la casa para que seáis feliz. Esta figura, que recibe el nombre de ekkra, os obedecerá en todo, pero hay una condición que estaréis obligado a cumplir: debe ser siempre virgen, para que su afecto hacia vos sea puro y no se enturbie con el deseo carnal».

Kane asintió a la vez que yo descubría el velo de la muchacha, de modo que sólo él pudiese verla, y los ojos más hermosos de toda Nilidia se clavaron en los suyos. Era una mirada intensa que brillaba con la luz de la luna de plata del desierto, con la magia de los pozos secretos que sólo conoce su gente y los conjuros de las ancianas brujas de la arena. Era una diosa y un demonio, con la que espero que nunca os crucéis, porque en verdad os atraparía por siempre, como hizo con el incauto sir James.

«Señor gobernador», concluí, sabiendo que ya no me estaba haciendo caso, «ésta es Umara Aziz, princesa del pueblo nómada de los hari, que os la entrega en señal de buena voluntad».

Y ya no hicieron falta más presentaciones, porque esa mujer hecha de fuego se había tragado por completo el alma corrupta del gran soldado inglés, y sólo era cuestión de tiempo que lo demostrase.

2

II

EL DOLOR

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Viernes, 8 de febrero de 1901:

He podido finalmente conocer los principales logros del gobierno de la familia Braemar, y también sus desgracias. No me extraña que Su Majestad tuviera tanta prisa por sacarlos de su asiento de poder y entregarme a mí el mando de esta pobre nación, porque se había convertido en el hogar de los horrores más sacrílegos de los que pueda tener conciencia el ser humano.

La llegada a la capital, Nilur, fue un auténtico suplicio, atravesando caminos enfangados y casuchas de barro cocido, como si estuviéramos en la Prehistoria. La ciudad es hermosa, eso sí, pero está rodeada por enormes barrios de mendigos que destilan su pobreza y su mal olor hacia nosotros. Ya he ordenado derribarlos y que se marchen a vivir hacia el interior, a Basser u otras localidades que no estén cerca de mí. Dejaremos únicamente las construcciones básicas para que se alojen los criados que trabajan para las familias británicas de la ciudad, pero ni una más. Tengo muchos planes para Nilidia, pero va a ser un trabajo inmenso que tardará en dar sus frutos. Coches, carreteras, conducciones de agua potable, medicinas… Hacen falta tantas cosas para garantizar el bienestar de mis conciudadanos que a veces las obligaciones me abruman. Aún es pronto para nada, pero juro que lo conseguiré.

Este viejo árabe que me sigue a todas partes, Taymullah, me ha recomendado encarecidamente que no me instale en el Palacio del Alba, donde hasta ahora se encuentra la vivienda del gobernador. Dice que está maldita y que fue la causa de la locura de la familia Braemar, lo que les llevó a desmanes sin fin con la población nilidia. He oído esas historias y no me gustan. Cuentan que sus propios soldados se rebelaron y atacaron el palacio en la noche, expulsando al gobernador y a toda su familia. Leí en el informe que las catacumbas habían sido utilizadas para encuentros depravados con animales y con mendigos de las aldeas circundantes, torturas y mutilaciones, una suerte de ritos paganos de una brutalidad nunca vista en los que lord Kendrick se entregaba a un frenesí carnal absolutamente indigno.

No sé qué pudo pasar por la cabeza de ese hombre, si es que todavía se le puede llamar hombre, pero las pinturas con las que decoró el palacio, cuyo autor no he podido identificar, son tan horribles, tan intranquilizadoras, que da buena cuenta de lo monstruoso de su carácter. Cosas que reptan desde el interior de sarcófagos, ojos no humanos que nos vigilan entre la niebla, incluso cuerpos desmembrados y vísceras repartidas por el suelo. ¿Qué clase de persona decoraría con eso su salón?

Cuentan que es un loco que habla solo por las calles, y su familia ha vuelto a Londres mientras no se tengan noticias de él. Algunos afirman haberlo observado de lejos junto al oasis de Deleh, en la entrada del maligno desierto de Azura, del que ningún hombre ha salido jamás. Si eso es cierto, temo que la familia Braemar no volverá a contemplar el rostro desencajado de lord Kendrick, ni a oír su risa inhumana, que a veces aún parece flotar por estos tétricos pasillos.

El palacio, sin duda, es la obra de otro loco parecido, pues ninguna estancia conduce directamente a otra, y el corredor gira y se retuerce sobre sí mismo como si fuera una cobra. Hallar cualquier lugar concreto es casi imposible, y si no fuera porque no creo en asuntos de fantasmas, diría que las habitaciones juegan a intercambiarse entre sí y confundirme. Los techos y la columnata del patio central están decorados con figuras horripilantes que sin duda representan a musulmanes condenados por la Inquisición durante la Edad Media, ya que, igual que pasó con Túnez, a Nilidia llegaron muchos de los adoradores de Alá que huían de la represión llevada a cabo por los cristianos. Ahora sus bocas sin dientes y sus ojos desorbitados gritan una agonía de hace cinco siglos desde el techo de mi alcoba o desde la bóveda bajo la que escribo en estos momentos.

Normalmente no me preocupa, pero en noches como la de hoy, cuando la jaqueca no me deja dormir y deambulo sin saber hacia dónde, esas nefastas presencias del techo me intimidan. La guerra con frecuencia es un asunto despiadado, pero hay ocasiones en las que la paz es mucho peor.

Umara, mi jefa de criadas, no tiene ningún problema para orientarse en palacio o para dormir con esas imágenes sobre ella, y me pregunto cómo lo hace. ¿Estará durmiendo ahora mismo? ¿Cómo será su respiración? ¿Estará intranquila?

No lo sé y, por alguna extraña razón, eso me produce un enorme desasosiego.

Arabesco

Pero él no quiso hacerme caso nunca, a pesar de mis advertencias sobre las criaturas que habitan en el Palacio del Alba, seres sin cuerpo que juegan a manipular a los hombres, invaden su corazón y es imposible expulsarlos. Eso es lo que le había ocurrido al depravado lord Kendrick, del que hasta los más ancianos han borrado cualquier recuerdo, pero Kane resultó no ser mucho mejor, o al menos igual de vulnerable a aquellas presencias.

Él no podía entender nada, no sabía lo que era el palacio o por qué está allí, y no atendía a razones.

Intenté convencerlo para que trasladara la capital al norte, a Ranuhi, donde en la Antigüedad reinó la dinastía de los Huymánidas, pero su curiosidad venció a la lógica y no se mudó. Y entonces esa mujer lo controló por entero.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Lunes, 11 de febrero de 1901:

No lo soporto, no puedo vivir así. Esa maldita princesa del desierto se contonea delante mía con sus ropas de color y sus joyas tintineando, pasea sus manos por mi rostro y me seca el sudor, cuida mi ropa, limpia mis zapatos y hasta me baña. Su tacto es como de seda y su voz es dulcísima, y sin embargo no me está permitido siquiera tocarla. Sólo con dirigirme a ella provoco un delicado rubor en sus mejillas que me encanta, y en cambio con lo que sueño cada noche es con agarrar y someter su cuerpo a todas mis fantasías, destrozar su túnica y hacerla mujer, aunque para eso tenga que romper mil tradiciones de este país sin sentido. ¿Quiénes se creen que son para negarme a mí nada, para imponerme esta estúpida norma?

¡Yo soy el gobernador de Nilidia y de toda su gente, y si deseo tomar a una mujer de su raza, deberían sentirse honrados!

No, no estoy siendo racional. Es esta maldita jaqueca, que no me abandona ni de día ni de noche. Vago desesperado por los más oscuros rincones de palacio y ya apenas salgo al exterior, consciente de que la luz del sol aumentaría mis padecimientos. Las Juntas de Gobierno únicamente pueden celebrarse aquí, y sé que mis enemigos políticos se están aprovechando de ello para confabular. Algunos miembros de la familia Braemar han sido vistos acudiendo a reuniones secretas en las que sin duda buscan recuperar el poder, aun sin la presencia de lord Kendrick, del que nadie sabe nada. Pretenden evitar que me asiente en mi cargo, ahora que apenas acabo de llegar y que ya conocen mis debilidades, pero no se lo permitiré. Hoy mismo he ordenado una purga de los barrios donde viven los altos cargos que se opusieron a mi nombramiento, y en breve tendré la piel de algún traidor.

Ah, qué bajo he caído en tan poco tiempo, ordenando represalias contra familias enteras en vez de enfrentarme a otros soldados en el campo de batalla. Es este país, sin duda, es maligno, destila crueldad en cada rayo de sol y cada brizna de hierba. ¿Cómo pude aceptar venir aquí?

Yo que era un héroe de guerra condecorado, y ahora me arrastro como un fantasma por un castillo plagado de dolor. Los rostros en piedra de los torturados aún me observan, y empiezo a sospechar que esta gente no murió en España por culpa de la Inquisición, sino que fue aquí mismo donde se infligieron tales castigos de una monstruosidad infinita. Hay noches que me complace imaginarlo, pensar cómo pudo morir uno u otro, qué tipo de atrocidades practicaron en ellos, qué causó cada rictus mortal.

De joven, cuando estudiaba en la Real Academia Militar de Woolwich, como hicieron antes que yo todos los varones de la familia Kane, leí un tratado sobre las técnicas de la Inquisición que nunca he sido capaz de olvidar. Aquellas prácticas inhumanas se me quedaron grabadas en la mente. Ratas masticando las tripas de los prisioneros, ruedas que estaban a punto de arrancarles los brazos y las piernas, mazas que trituraban dedos… ¿Cómo es posible que alguien idee esas cosas? ¿Qué clase de demonios…? Porque demonios es lo que eran en realidad, aunque con apariencia humana.

Ahora, en este siniestro lugar donde se cometieron actos similares, creo que puedo entender la fascinación que sintió el escultor por esas mandíbulas desencajadas y esos ojos que nunca tendrán paz, porque a mí me ocurre lo mismo. Cada vez me siento más identificado con el sufrimiento de estas personas, no con su raza, su lengua o sus creencias religiosas, pero sí con la manera en la que experimentaron dolor.

Tal vez el dolor sea el único lenguaje universal de los hombres, y hubo alguien que lo descubrió, en este mismo palacio, hace muchos siglos.

Taymullah me ha prometido que me traerá opio para calmar mi jaqueca, y es posible que entonces ya no piense estas cosas tan extrañas.

3

III

LOS DEMONIOS

El paso de los días probó que este nuevo gobernador era un hombre débil que no se merecía el cargo. La flaqueza que mostró a la hora de acometer sus obligaciones hacia esta nación fue aprovechada por los turcos para anexionarse las montañas de Urgo, en una rápida maniobra que nuestro ejército no supo contrarrestar. Los cuerpos de cientos de soldados nilidios regaron una amplia frontera que ya nunca hemos recuperado, y en la que desde entonces se yergue un monolito de piedra en honor a sus víctimas.

El efecto moral de esta derrota fue inmenso, y de no ser por el propio sir Philip Cartwright, que asumió el mando del ejército y se atrincheró en el norte para detener la invasión, es posible que la capital hubiera caído en un par de semanas.

Nilidia era un baluarte que todos querían: los ingleses para demostrar que podían conservarla, y los turcos porque conocían la leyenda de la Primera Ciudad y ardían en deseos de comprobar si era cierta. Sus consejeros les habían dicho que incontables tesoros aguardaban ocultos bajo las arenas del desierto de Azura, donde una vez existió la prodigiosa ciudad de Urm, la de torres de alabastro más altas que el sol y hombres de una belleza y una sabiduría que no podrán igualarse nunca. Urm, que fue creciendo hasta abarcar toda África y Asia, hasta que su propia culpa la hizo mortal, y por decreto de los dioses las arenas la sepultaron por completo, con todas sus familias y sus maravillosas construcciones, que ahora no son más que leyendas. Esto era lo que ansiaban los turcos, la riqueza y el poder de otro tiempo, aunque la misma leyenda les decía que tales logros les estaban vedados, pues sobre Urm había caído una maldición que afectaría a todo aquél que pretendiese liberarla, generación tras generación, hasta el fin de los días.

Pero como ya he dicho antes, la codicia es una de las fuerzas más poderosas de la humanidad, y así lo fue para el Imperio otomano, para sir James Brogdan Kane y para su ekkra, Umara Aziz, y ninguno de ellos salió bien parado de este drama.

Arabesco

Extraído del diario de sir James Brogdan Kane:

Miércoles, 13 de febrero de 1901:

Hoy lo he comprendido por fin, ya sé lo que vio lord Kendrick en las catacumbas del que ahora es mi palacio, me ha sido mostrado el Mapa de la Creación y sé lo que somos.

Y me aterra.

Anoche probé a fumar el opio que me trajo Taymullah, tan desesperado estaba por mi horrible dolor de cabeza como para probar cualquier clase de sustancia que me facilitara cualquier clase de hombre, incluso un sucio chamán de una tribu de beduinos, de cuya lealtad ni siquiera estoy muy seguro. Pero algo tenía que hacer, mi cordura y mis logros estaban desapareciendo, mi posición de gobierno se tambaleaba, mi imagen de líder fuerte se había evaporado, fruto de una campaña de desprestigio extendida por mis enemigos, e incluso mi capacidad para discernir la realidad de la fantasía era cada vez más escasa.

Todo eso ha desaparecido hoy.

Por alguna extraña razón me he despertado con la cabeza lúcida y el corazón tranquilo, seguramente como nunca en mi vida, y he sido capaz de salir a la luz del sol y hablar con mis criados sin gritarles. La paz ha vuelto a mis manos, que ya no tiemblan más, y mi paso es firme de nuevo. En mis labios se dibuja una sonrisa un poco estúpida, y no me extraña, porque parece que al fin soy libre de años de sufrimiento y de pesar. ¿Cómo podría dar gracias por mi inmensa fortuna?

Sin embargo, en mi memoria siguen clavados los actos que tuve que realizar para ganarme este don, y es posible que ni yo ni mis descendientes nos veamos nunca libres de la penitencia que me corresponde por ello. Anoche probé el extraño opio de Taymullah y sin quererlo liberé mis instintos más primarios, haciéndome vulnerable a las malignas presencias que desde siempre han habitado en este palacio, y a las que ahora me debo, pues son las que me han curado.

Mis recuerdos son confusos, sobre todo en lo que atañe a los detalles más precisos, pero sé que me vi a mí mismo desde fuera y que caminaba por un bosque rodeado de bestias salvajes, un lugar tenebroso en el que todos los seres eran depredadores, tanto los animales como las mismas plantas, y podía sentir su aliento amenazándome desde los bordes del camino. Sus dientes y espinas se dirigían hacia mí, sus gruñidos, sus zarpas… hasta que fui capaz de sobreponerme al miedo, desenvainé la espada y me lancé fuera del camino, para combatirlos en su propio terreno. Corté miembros y troncos mientras me bañaba en su sangre y su savia, sin que yo recibiera ni una sola herida. Recuerdo la ferocidad de la batalla, el placer que sentí al destrozarlos a todos, hasta el punto que, cuando no quedó en pie ni uno, me puse en cuclillas y devoré su carne, disfrutando como si yo también fuera una bestia igual que ellos.

Entonces se apartó un velo de mis ojos, y entendí que esos enemigos a los que había matado no eran otros que los hermanos pequeños de la familia Braemar, cuyos cadáveres desmembrados y parcialmente devorados yacían ahora a mis pies, entre los llantos inconsolables de sus viudas. No podía controlar mi propio cuerpo ni la maravillosa sensación de placer por la victoria, y lo siguiente que recuerdo es verme a mí mismo desgarrando la túnica de Umara con los dientes y tomándola por la fuerza. No estoy orgulloso de lo que hice, pero incluso ahora, cuando la borrachera del opio ya ha pasado, sigo estremeciéndome de placer al pensar en sus fuertes muslos, sus pechos negros, su boca gimiendo mientras la poseía y su espalda curvándose para que su pelvis pudiera recibirme en profundidad. Fue un acto salvaje en el que no medió ni una sola palabra, pero no hizo falta, porque tanto ella como yo sabíamos que lo estábamos deseando hace tiempo, así que en cierto modo fue como una liberación.

Pasado el éxtasis, quedamos tirados en el suelo con nuestros cuerpos mezclados, sabiendo que no queríamos separarnos. Sin embargo, la droga fue evaporándose de mi organismo y mi conciencia volvió plenamente, momento en el que me sentí avergonzado de lo que había hecho y rompí a llorar.

Umara me rodeó con sus brazos para consolarme y dijo: «Mi señor, no te aflijas. Lo que has experimentado es la verdadera naturaleza de los hombres, que toman por la fuerza lo que desean. La civilización que tanto veneras sólo es un disfraz, y esta noche has conseguido desprenderte de él».

Pero yo no quería dejar de ser civilizado, esa brutalidad era tan ajena a mí que sentía que alguien había robado mi cuerpo y lo había utilizado para su propio disfrute. No podía entender algo así. Incluso en los peores días de la guerra, siempre había conseguido ser un caballero y no abandonarme a la locura de la violencia sin razón, en la que sí había visto sucumbir a otros, algunos de ellos amigos cercanos

Y esta vez había sido yo el demente que se entregó a la furia y la sangre, destrozando toda posibilidad de recuperar mi vida normal.

Umara me acunó como a un niño y susurró en mi oído: «Hay dioses de un poder terrible que duermen en las catacumbas de este palacio. Su reinado es de otro tiempo, pero llegará el día en que despierten otra vez y gobiernen un mundo que les pertenece, pues los hombres no somos más que criados que guardamos la casa hasta el retorno del amo».

Y eso me estremeció más todavía.

Hoy en cambio me he levantado pletórico de fuerzas y sin un solo atisbo de debilidad. He dado órdenes con la firmeza de un auténtico líder, y creo que por primera vez los nilidios sienten que tienen el gobernador que se merecen.

Sé que estos dones no vienen sin un cuantioso pago, generalmente no sólo por mi parte sino también por los que me hereden. Esta noche bajaré a las catacumbas y me enfrentaré a ellos, y es posible que no vuelva vivo. Si alguien encuentra este diario, sabed que no fui el hombre cruel y despótico que dirá la Historia, ni el títere de poderes oscuros que puede suponer quien lea estas líneas.

Sólo fui un soldado que nunca se cuestionó las órdenes, hasta que me topé con un mal tan antiguo que los hombres a su lado parecemos recién nacidos, unos seres primigenios que se entretienen haciendo que suframos horrores sin fin, porque la inmensidad del Cosmos les ha enseñado a ser atroces y ellos disfrutan siéndolo.

A costa de la pobre alma humana, que destrozan cada día hasta que la consumen.

Arabesco

Sí, hermanos, esta tierra siempre ha sido hollada por conquistadores extranjeros. Romanos, otomanos y ahora ingleses… En nuestros campos siempre ha habido invasores, y con frecuencia también en el lecho de nuestras damas. Los turcos oyeron acerca de la leyenda de Urm y ansiaron poseerla, aunque sé de buena tinta que también les hablaron de la maldición. Ellos conocían la historia completa y aun así anhelaban recuperar este país, aunque sabían del destino aciago de Murtaka, el último de los reyes de Urm, cuya ambición sin límites condenó a la nación y la sepultó bajo la arena del desierto.

Se dice que Urm, la Primera Ciudad, había alcanzado cotas de desarrollo nunca vistas, gracias a la que aquellos seres que una vez fueron monos lograron convertirse en señores de la Creación. Sus máquinas eran portentosas, sus vidas se prolongaban casi hasta el infinito y su permanente contacto unos con otros hacía que siempre estuvieran felices. Sin embargo, nada de esto colmaba a Murtaka, cuyo corazón era una vasija sin fondo que ni con toda la felicidad del universo se habría podido llenar. Él contemplaba a sus súbditos y admiraba su capacidad para la alegría, mientras que él se afligía por no poseer más conocimiento, por no saberlo todo. Rebuscaba en libros prohibidos, conjuraba a entidades que los mortales no deberían ni mentar, y aun así nada le complacía, siempre sombrío, siempre triste.

Siempre solo.

Finalmente un día este rey oscuro convocó al mismísimo dios Raal, el padre de nuestra raza, que nos guía juiciosamente desde los tiempos de los viajeros fenicios. Raal le atendió con el amor de un padre, pero no era amor lo que buscaba el rey, sino el conocimiento prohibido, oculto en los rincones del Cosmos. Buscaba la verdad sobre el infierno y dónde se encuentra, por qué tenemos un alma o cuál es el propósito de la vida humana.

Raal le observó intranquilo y dijo que tales conocimientos están vedados a un hombre mortal, pero Murtaka siguió insistiendo, dispuesto incluso a renunciar a su mortalidad, a su corazón o a su alma si era necesario. Raal dijo que no sólo le costaría eso, sino también la vida de todos sus súbditos, la pervivencia de su nación y su lugar en la Historia. Dijo que, si persistía en ese loco intento, Él le concedería su deseo, pero en adelante la figura de Murtaka sería tratada con pavor, se le llamaría loco y mal gobernante, y nunca más se recordaría su nombre, por miedo siquiera a pronunciarlo.

El rey meditó aquellas palabras durante un segundo y a continuación respondió: «Acepto el trato».

Y al alba del siguiente día Urm fue tragada por la más gigantesca tormenta de arena que ha conocido la Historia, dejando tan sólo en pie el Palacio que por esto se llamaría del Alba, y que había sido hogar de los monarcas de esta gran nación desde el comienzo de los tiempos.

Aprended por tanto la lección que transmiten mis palabras, gentes de bien: hay conocimientos que deben seguir ignorados, demonios a los que no debéis conocer, tesoros que sólo acarrean desgracias para uno mismo y para los que os rodean. Así le pasó al rey Murtaka y desde él a todos los gobernantes de Nilidia, sin que el poderoso sir James Brogdan Kane haya escapado a la maldición de esta herencia nefasta, y ahora sufre por la oscuridad de su alma igual que sufrimos todos.

Mirad, mirad dónde se encuentra ahora y en qué condiciones.

Compadeceos de él y no repitáis sus pecados.

Epílogo

EPÍLOGO

OTRO NUEVO AMANECER

Carta de sir Philip Cartwright, portavoz del Consejo de Gobierno de Nilidia, a lord Salisbury, Primer Ministro del Reino Unido:

Nilur, a 18 de febrero de 1901.

Estimado señor:

Por la presente le informo de que sir James Brogdan Kane, barón de Kane y gobernador de Nilidia, se encuentra afecto de una enfermedad presumiblemente incurable. Los médicos de la capital ya trabajan para restablecer su salud, pero se muestran poco esperanzados. Sus síntomas son erráticos pero muy incapacitantes, alternando momentos de locura, en los que profiere gritos disonantes y desea escapar de palacio, con días enteros en los que somos incapaces de despertarlo. Su mente parece luchar contra imágenes que él mismo no puede comprender, por lo que sufre de un modo horrible y a veces parece agonizar, haciéndonos temer por su vida.

Tal enfermedad dio comienzo una noche en la que fue hallado corriendo por los pasillos que provienen de las catacumbas. En aquel entonces chillaba frases inteligibles, y ya al día siguiente cayó en el profundo estado que le refiero, del que no ha sido posible que se recupere. Su criada favorita cuenta que esa noche sir James bajó a las catacumbas dispuesto a conocer el motivo de la locura del anterior gobernador, lord Kendrick de Braemar, del que no hemos tenido noticias desde que perdió el sentido. Sin embargo, parece más bien que ha sido al contrario, y que la locura ahora ha contagiado a nuestro gobernante. Una desgracia, sin duda.

Lo único que pudimos sacar en claro de su discurso fueron las frases que oímos la criada y yo esa noche en que lo encontramos volviendo de las catacumbas, y que han resultado ser las últimas que pronuncie en esta vida:

«Estamos solos en el Universo».

«No hay nada allí abajo, absolutamente nada».

«Fuimos nosotros».

«Quien cometió esas monstruosidades fui yo, por mi propia mano, y lord Kendrick las suyas, y nadie más».

«Estamos solos en el Universo».

Y así lo repetía una y otra vez, sin un orden establecido. Desconozco a qué se refería, pero desde luego tiene que ser algo terrorífico, ya que lo atormenta de día y de noche.

Esto, como comprenderá, ha revuelto a las masas de Nilidia, sumado a los rumores acerca de la muerte violenta de la familia Braemar, que achacan al propio sir James. La población árabe está encendida y es fácil que se produzca un levantamiento armado en los próximos días. Por eso le ruego que nombre a otra persona para el puesto de gobernador, yo mismo, si tiene a bien. El caos empieza a ser incontrolable y es preciso que la estabilidad se recupere enseguida. Mi conocimiento sobre los entresijos del Estado me convierte en el candidato más idóneo, por ello le solicito permiso para asumir el mando del país y encabezar de nuevo al ejército contra estas revueltas.

Debe ser ahora que todavía estamos a tiempo.

De lo contrario, nos arriesgamos a que Nilidia sea engullida por tanto horror y desaparezca por completo, como se cuenta que sucedió con la antigua Urm en los tiempos del rey Murtaka.

Espero su pronta respuesta.

Atentamente…

Arabesco

Sin embargo, señores, tampoco me hagan demasiado caso. Todo en el fondo son historias, nada es real más que aquello en lo que creemos. Todo es ficticio, todo inventado, incluso nuestras vidas.

Y yo, Taymullah, no soy más que un juglar contando cuentos en una calle mugrienta, una pieza de ajedrez en un tablero que yo no controlo. No fue a mí a quien se le ocurrió esta historia, yo no muevo los hilos del mundo, ése es otro a quien nadie ha mirado hasta ahora.

Yo sólo me ocupo de contarlo y espero que os guste, porque ésa es la única función del cuentista: confundir al espectador hasta que se descubra la trama y entonces ofrecer su sonrisa, agradecer los aplausos y pedir la voluntad.

Gracias por vuestra paciencia. Venid mañana y volveremos a vernos, en la misma esquina, con los mismos sueños.

Estáis invitados al siguiente cuento.

Final

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