Qué he aprendido como autor de novela histórica de aquellos pueblos que han logrado perdonarse.

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Dos de mis pecados capitales son la Historia y los realitys, supongo que por eso me encantan las novelas de aventuras, porque están a medio camino de ambos. Alejandro Dumas nunca fue un historicista, y de hecho presumía de manipular los hechos reales a su antojo para que casaran mejor en sus novelas. Todo estaba supeditado a la trama, y nadie se llevaba las manos a la cabeza, pues las reglas del juego estaban expuestas desde el principio. Las obras de Arturo Pérez-Reverte, en cambio, sí hacen gala de una corrección histórica exquisita, que de igual modo está supeditada a lo que él quiere contar. Cuentan que se enfadó hasta límites insospechados cuando vio ondear una bandera errónea en la serie de televisión basada en sus personajes. Era sólo una bandera de fondo, pero no era la correcta para ese período histórico. Él tenía claro que la trama del capítulo no era la bandera, ni siquiera influía lo más mínimo, pero estaba ahí, en el plano final, así que no podía permitir que estuviera equivocada.

Ésa es una de las mayores lecciones sobre autoexigencia en el trabajo literario. No hacía falta que nadie protestara por esa incorrección: él mismo protestaría más que ningún otro.

¿A dónde quiero ir a parar?

A la moraleja del día: puedo aceptar que se altere la Historia real en aras de la trama de una novela (explicando en algún apéndice del libro cómo y por qué se tomaron esas decisiones, como hace por ejemplo Manfredi), pero lo malo es que hoy en día se recurre a ello sobre todo por corrección política. No querer molestar, no ofender susceptibilidades, no causar enfados… Ésas son las razones principales para decir las cosas de un modo elegante. Olvidando los pasajes más terribles para que nadie se altere.

Anoche descubrí otra razón aún más importante. Por absolución.

Fue cuando vi «Planeta Calleja», un buen programa de aventuras en el que determinados famosos, uno por semana, exploran selvas perdidas en África, o vuelan sin motor en lo más remoto de Asia o cosas parecidas. Para un soñador como yo, éstas son quizá las últimas oportunidades para vibrar con un auténtica aventura, inmersos como estamos en un mundo donde todo ha sido descubierto, donde ya no quedan manchas borrosas en los mapas ni territorios inexplorados. ¿Qué romanticismo puede haber ya? ¿Diseñar un mundo nuevo por ordenador o volver una y otra vez a momentos pasados? ¿Las aventuras sólo pueden transcurrir en el pasado, nos hemos vuelto demasiado aburridos (Clive Cussler tendría mucho que decir al respecto, pero eso será tema para otra entrada)?

El caso es que anoche Jesús Calleja y Carles Francino recorrían Cabo Verde, donde se encuentran algunos de los rincones más bellos del mundo. Corrían por sus infinitas playas, buceaban en sus aguas de un azul de ensueño y finalmente descendían haciendo rapel por una de las gargantas de roca más altas que existen, y por la que nunca había pasado nadie. Una auténtica proeza. Una delicia.

En un momento determinado, Calleja y Francino conversaban con algunos chavales de la zona y les preguntaban cómo era la vida por allí.

—Muy pobre —decía uno de ellos —. Nuestra vida es muy pobre, pero vamos saliendo adelante.

—¿Y qué tal la relación con los portugueses? —preguntaba Francino —. Porque aquí hubo «de todo».

—¡Ah, nos llevamos bien! Algunos todavía les guardan algo de rencor por el tema de los esclavos, pero nada más. Los demás, muy bien.

Y esa contestación me golpeó en el estómago como un puño.

Los portugueses, igual que muchas otras grandes potencias colonizadoras, cometieron un sinfín de atrocidades en Cabo Verde. El comercio de esclavos arrasó el África negra durante siglos, granjeando enormes fortunas para los imperios del norte, que no temblaron a la hora de destruir a pueblos enteros, coronar y deponer reyes a su antojo, bombardear cuando les venía en gana, y en definitiva marcar las leyes de unos territorios que siempre fueron salvajes y de unos grupos humanos que durante mucho tiempo fueron considerados menos que bestias. Las caravanas de esclavistas árabes, las torturas, las mutilaciones y barcos cargados de hombres, mujeres y niños. El horror en todas sus formas, no sólo a cambio de riquezas, sino también del poder.

¿Y ahora ya todos se llevan bien?

Es sin duda un ejercicio de borrón y cuenta nueva similar al que hicieron los alemanes para olvidar el nazismo, o tantos otros pueblos que deciden valientemente encarar el futuro sin tener siempre presente el horror del pasado. Aceptar quiénes fueron pero no dejar que eso les robe el porvenir. Es realmente precioso, y muy admirable.

Ojala todos los pueblos seamos capaces de algo así. De perdonarnos.

Yo escribo novelas ambientadas en ese turbulento pasado, pero agradezco que el resto de la humanidad no piense en eso día a día, que ya no queden revanchas, sino sólo material para estupendas novelas de aventuras.

Moraleja:

El mundo, sobre todo Cabo Verde, es un lugar demasiado bonito para seguir odiándonos, y la emoción debería reservarse para las aventuras, no para la guerra.

Por eso adoro escribir aventuras.

2 comentarios en “Qué he aprendido como autor de novela histórica de aquellos pueblos que han logrado perdonarse.

  1. Hola Gabriel:
    Excelente tu artículo sobre la historia y las historias. A mí personalmente me gustan las historias que transcurren en lugares y épocas pretéritas pero, que sin embargo, queda claro que protagonistas y peripecias se mueven en el espacio de la ficción. ¿Y sabes por qué lo prefiero así? Pues porque estoy convencido que la imaginación es capaz de acaparar y contar las mil posibilidades que la historia ofertó y no se materializaron. Un ejemplo: El Don Carlos, de Schiller, nos cuenta, a pesar de de inexactitudes históricas y desafecciones hacia la España de la época, una historia mucho más interesante y plena de sentimientos que el puro relato historicista. No fue así, pero podía haberlo sido. No se trata de una crónica es tan solo una posibilidad que nos ofrece la literatura.
    Un saludo
    Nos leemos
    http://www.jorgesolera

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    1. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Asumo que las licencias literarias son perfectamente válidas, sabiendo desde el principio que no es un libro de Historia, sino una novela, cuyo principal fin es contar algo, y por tanto rinde todas sus armas ante la narración, no la corrección histórica. Para eso están los apéndices o las notas al pie, para aclarar cuánto de lo que se narra fue auténtico. La literatura es un vehículo precioso para extender la cultura, pero en el fondo no es Historia.

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