Escribir una novela de aventuras es como jugar a «50 x 15»

Quién quiere ser millonario

En noviembre del año pasado publiqué —la maravillosa, espectacular y trepidante novela de aventuras— «La reina demonio del río Isis» (buscadla en este enlace y juro que no os decepcionará). ¿Hay algún género mejor que la aventura? Lugares exóticos, héroes y heroínas arriesgados, batallas a vida o muerte y sobre todo mucho, mucho ritmo narrativo. La vida es demasiado corta como para ocupar tu tiempo en una novela aburrida.

Escribir una novela de aventuras es como jugar a «50 x 15». ¿Os acordáis de aquel concurso de las preguntas, los comodines y Carlos Sobera enarcando una ceja? Era la versión española del programa original «Who wants to be a millonaire?», en el que un concursante sentado frente a una pantalla debía responder a 15 preguntas, cada una con cuatro opciones posibles, y a mitad de trayecto disponía de dos oportunidades para plantarse con lo que llevara ganado.  Pues exactamente igual. Bueno, quizá haya que adaptarlo un poco, pero no demasiado.

En el fondo una novela de aventuras se basa en cuatro elementos fundamentales: una premisa, unos personajes, una historia y un entorno narrativo. Nada más. Así de fácil. Y veréis que era más o menos lo mismo que aportaba aquel viejo concurso.

  • La premisa es el porqué de la novela, qué persiguen los personajes, qué motiva la acción. Era el maletín de los 50 millones: el premio final si el héroe completaba todas las pruebas, si contestaba bien a las 15 preguntas. No tiene por qué mantenerse durante toda la narración, puede cambiar o no conforme los personajes descubren a lo que deben enfrentarse. Eso ocurría a veces. El concursante acertaba unas cuantas preguntas y veía que podía plantarse con la mitad del premio final, y se lo llevaba asegurado; o seguir adelante y poner todo en riesgo. ¿Qué elegiría? ¿Realmente compensaba el peligro? Pues dependía de cada uno: en unos casos querían el dinero para llevar de crucero a sus padres, que eran unos ancianitos adorables que nunca tuvieron luna de miel —y entonces no podían conformarse más que con una cifra abultada—, mientras que en otros casos se habían apuntado por casualidad durante una noche de borrachera —de modo que bastante era que salieran con algún euro en el bolsillo—. ¿Es mejor una premisa que otra? ¿Quién se merece más ganar el premio? Ahí está la habilidad del escritor para caracterizar a sus protagonistas, creando una motivación convincente, marcada por un pasado verosímil y un presente que justifique los hechos. Creo que era Ernesto Sábato el que decía que sólo hay tres temas de los que puede tratar la literatura: el amor, la vida o la muerte. Pues adelante. No se van a escribir solos (y a lo mejor tu premisa no resulta importante en el desarrollo final, puede que el concursante se lo esté pasando tan bien en el programa que decida olvidarse de los sueños que lo llevaron allí y juegue sin prestar atención al riesgo; entonces la premisa se convierte en excusa argumental, y estamos ante un «McGuffin»: si no habéis oído nunca esa palabreja, echad un vistazo a este enlace, que os aclarará todas las dudas).
  • Los personajes son la clave de la novela. Nadie va a leer 200 páginas con las peripecias de alguien que no le atraiga. Por eso los mayores esfuerzos del escritor deben estar en la caracterización de los personajes, a veces de manera estática, inicial, previa a los hechos que se narran —esto era muy típico en la forma de escribir anterior al siglo XX, muy dada a las descripciones largas y estáticas, que detenían la acción: es lo que podríamos llamar «el modelo ruso»—; o bien ya conforme la historia vaya avanzando, lo que nos aporta no sólo la personalidad de cada uno sino cómo afronta lo que se le venga encima —mucho más empleada en los folletines y las revistas de acción, que van directos a los hechos y definen a los personajes de un modo indirecto, por sus reacciones: es lo que bautizaremos como «el modelo pulp»—. Ahora bien, no todos los personajes son igual de importantes: el concursante central era la base del programa —el protagonista—; luego estaba Carlos Sobera, que actuaba como maestro de ceremonias pero no intervenía en el desenlace —el secundario—; y por último el público, que sólo pasaba por allí hasta que requerían de él para contestar en uno de los comodines —los figurantes—. El escritor debe servir SIEMPRE a la historia que desea contar, y para ello debe otorgar al protagonista el peso central de la trama, mientras que los secundarios serán más pasajeros y los figurantes tendrán un papel mínimo. Por otra parte, también debemos tener en cuenta que todo secundario será protagonista de su propia historia, así que hay que evitar los clichés. Uno de los errores más frecuentes es no saber ponderar la influencia de los secundarios: o se pasan de protagonistas y se comen al que debería serlo; o se convierten en planos y olvidables. Y además es posible que se trate de una novela coral, en la que varios protagonistas afronten retos similares o distintos, cada uno a su modo: ni Carlos Sobera ni alguien del público obtendría los mismos resultados que el concursante central ante las mismas preguntas, mucho menos si se las cambian. Por eso una misma premisa permite cientos de variables en el resultado final.

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  • La historia es la razón de todo esto. Cada una de las 200 páginas está ahí para contar algo en concreto, y debe terminar cuando se acaba. Parece muy obvio, pero ése es otro error muy frecuente: empezar a narrar el pasado de cada uno de los personajes, o lo que comieron ayer o qué sueñan hacer el próximo verano… Por eso también algunas novelas duran 80 páginas y otras 700, y las 80 se pueden hacer eternas y las 700 insuficientes. Lo que marcará todo será la historia. El escritor debe tener muy claro el motivo de su novela y centrarse en eso, no perderse. En el símil del concurso, son las 15 preguntas que acertar, son las pruebas de Hércules que lo convertirán en un dios —en el fondo, todo esto es un «monomito», como diría Joseph Campbell, un «viaje del héroe», cuya explicación podéis encontrar en este otro enlace. ¿A alguien se le ocurriría retransmitir, con todo lujo de detalles, cómo el concursante llegaba en coche hasta el plató, o lo que hicieron sus padres diez días después? Quizá sea una historia interesante, no digo que no pueda serlo, pero desde luego sería otra historia. Un guion para una novela diferente.
  • Y por último llegamos al entorno narrativo, eso que ahora todo el mundo llama worldbuilding. Consiste en los medios con los que cuenta el protagonista para alcanzar su objetivo, sus armas y sus defectos, el mundo que le rodea. No es lo mismo buscar la estatua de un halcón legendario en el San Francisco de 1930 que en la isla de Malta en 1530, o en el Marte de 2530, por poner otro ejemplo. Las distancias, los idiomas, las estructuras sociales o la religiosidad serán muy diferentes. El papel de la mujer, la manera de entender la procreación y el sexo, los vicios, la moda… Durante la actuación de cada concursante, había tres comodines que podía emplear en cualquier momento: el del público, el del 50 % y el de la llamada telefónica. Eran medios para obtener su fin, y servían para matizar la historia y las características del personaje. Un mismo concursante actuaría de distinta forma si tuviera otros comodines, o si le faltaran —y de hecho casi todos decidían plantarse cuando ya habían consumido los tres—. Ésa es la gran virtud de un entorno narrativo bien empleado, que debe marcar la novela entera y no ser intercambiable por otro. ¿Cuántas historias vemos en las que daría igual que transcurrieran en cualquiera de esos tres entornos que hemos planteado? Y pensemos que ésta es una de las principales características de una novela de aventuras: las localizaciones exóticas, que llegan a convertirse en parte fundamental de la novela, definiéndola, caracterizándola. El entorno narrativo es el lugar donde cuelgas un Van Gogh: tú decides si ponerlo en el centro de tu casa o en el patio de atrás.

 

Así que ésta es la idea, ésta es la base. Ése es el truco, no hay nada más: sólo escribir y disfrutar del concurso. En el fondo da igual si te llevas los 50 millones, lo importante es que juegues y lo pases bien. Si los concursantes salen contentos del programa, los espectadores en sus casas —los lectores— percibirán sus sentimientos y serán partícipes.

millonario

 

Moraleja:

Lo importante es participar.

 

Más tonterías como ésta, y algunas incluso mejores, en este enlace.

4 comentarios en “Escribir una novela de aventuras es como jugar a «50 x 15»

  1. ¡Me ha encantado el artículo! Me gustó mucho la peli de Danny Boyle en su día y, aunque no era tremendamente fan de Quién quiere ser millonario, es un clásico en los programas de entretenimiento: acertadísima la comparación ¡y el viaje por el proceso completo de creación de una novela! Mucha gente piensa que escribir un libro es fácil y que cualquiera podría hacerlo, y aunque estoy de acuerdo con que todo el mundo lleva a un escritor potencial dentro, ni todos escriben libros ni, por supuesto, libros que merezcan ser leídos: ¡como no todos los concursantes se llevaban el premio en el concurso!

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    1. ¡Muchísimas gracias! Me alegra que te haya gustado. La comparación se me ocurrió un día por la más absoluta casualidad, porque en realidad cualquier concurso guarda mucho parecido con la creación de una novela: hay un/unos protagonista/as, unas reglas de juego y bastante azar. La diferencia es que el autor manipula el juego para que salga lo que él quiere y contar una historia bonita, porque, si todo fuera azar, sólo podría escribir Paul Auster.

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  2. Y también es cierto lo que dices, que creo que lo leí en una entrevista a Neil Gaiman: “Todo el mundo tiene buenas ideas, pero la labor del escritor es tomar muchas buenas ideas, hilvanarlas y crear una novela”. Bueno, o algo parecido, que estoy hablando de memoria, pero la gracia era ésa.

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