«Entre turrones», de Rubén Berrueco : Cuando los dulces son un reflejo de tu propia vida.

Rubén Berrueco

En 2016, Rubén Berrueco Moreno publicaba su primera novela, una historia que trata, en sus propias palabras, sobre «encontrar el destino por los caminos que precisamente escoges para librarte de él». «Entre turrones» ha sido un gran éxito y hacía tiempo que quería saber por qué. Aunque no es el género literario del que más conozco, o quizá precisamente por eso, me apetecía probarlo.

«En los años sesenta, Fidel Castro quiso endulzar su revolución regalando a cada cubano una pastilla de turrón. A día de hoy, nadie se aventura a decir si aquella curiosa estrategia consiguió su cometido, pero lo que todos aseguran es que fue el punto de inflexión para que la industria turronera de Jijona despegara, pues gracias al empujón de aquel pedido anual, sus empresas no pararon de crecer durante aquella época de bonanza».

Así comienza «Entre turrones», una historia que queda ya perfectamente definida en el primer párrafo: trata sobre Jijona, el contacto con América, la ilusión por salir adelante, los esfuerzos por ser felices, y también sobre dulces, muchos dulces. Pablo descubrirá la vida secreta de su abuelo Agustín a través de los recuerdos que tiene de él la familia, pero también gracias a su propio viaje a Jijona, que vivirá como un viaje interior y exterior. Barcelona se convierte en el polo opuesto, en la ciudad de donde él proviene y en la que se siente cómodo. Jijona será su expiación, su reconversión, a través de las viejas raíces familiares. Sus ojos verán de un modo diferente a su madre, Pura, y a la tía Pilar; pero sobre todo al abuelo Agustín, que logrará abandonar la clásica etiqueta de ser «un yayo estándar, bonachón y tranquilo cuyo único afán parecía haber sido pasar desapercibido durante sus visitas a la ciudad condal». 

Los capítulos no están identificados con números, sino con los nombres de algún dulce típico de la zona, y una explicación que lo une directamente con la historia narrada: peladilla, alfajor, guirlache, garrapiñadas… Esto me ha parecido brillante. Sólo había visto algo así en «Trago amargo», una novela negra del mexicano F. G. Hachenbeck que en su momento no supe valorar. Por suerte no me ha ocurrido algo parecido con «Entre turrones».

Los vistazos atrás en la Historia nos muestran una España muy diferente, la de la posguerra, donde las posibilidades de salir adelante en la vida se medían en cupones de racionamiento y los más listos buscaban otros caminos: «Se despidieron con un fuerte apretón de manos que sería el comienzo de una amistad que duraría años y con el que sellaron una relación comercial mediante la que Timoteo entró a formar parte del negocio del estraperlo, ayudando a Don Julián a distribuir la mercancía en su barrio».

Berrueco, pediatra de profesión y veterano en las letras después de una larga formación, es un hábil narrador de historias humanas, empeñado en retratar la vida de la gente con una mirada carente de prejuicios, igual la guerra, que el crimen, los embarazos no deseados, los fusilamientos, las señoras mayores que te comerías a besos y los pueblos a los que marcharse para encontrarse a uno mismo, tanto ahora como en la posguerra. Decía Hemingway que lo fundamental que debe ser una novela es honesta, y entonces el lector lo sentirá.

Pues pocas novelas hay más honestas que «Entre turrones».

Y encima este viernes Berrueco publica su segunda novela: «Cuando los ojos no ven».

A ver que ver si mantiene el listón igual de alto.

Más novelas honestas (y algunas no tanto) en este enlace.

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