El entorno narrativo o worldbuilding en la novela de aventuras.

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Estos días hemos celebrado el 143 aniversario del nacimiento de Edgar Rice Burroughs, por lo que escribí este artículo para «Vigo é».

Burroughs es uno de los grandes maestros de la novela de aventuras, habiéndose convertido con el paso de las décadas en padre de los géneros fantástico y de ciencia-ficción. Tarzán de los Monos es, sin duda, su personaje más conocido, presente en innumerables publicaciones desde su primera aparición en 1912. Pero ningún entorno narrativo, ni siquiera el de Tarzán, es tan rico, tan complejo y tan bien presentado como el de John Carter de Marte.

En 1912 aparecía en la revista All-Star el serial de aventuras «Bajo las lunas de Marte», cuyo éxito fue tan absoluto que cinco años después era convertido en novela, con el título de «Una princesa de Marte». Allí debutaba John Carter, un soldado de Virginia que resulta misteriosamente transportado al planeta rojo, donde descubre una civilización sumida en la decadencia, la barbarie y la desertificación. Por eso sus habitantes dependen por entero de un complejo sistema de plantas atmosféricas y de canales que transportan agua desde el hielo de los polos hasta el ecuador.

Lo que Carter encuentra en Marte es uno de los mejores sistemas jamás escritos de pueblos, razas, sistemas políticos, creencias religiosas, localizaciones geográficas, hechos pasados, armas, plantas y animales. Vamos, absolutamente todo lo que compone el llamado entorno narrativo o worldbuilding, por su nombre en inglés: el decorado que rodea a los personajes y justifica que se comporten de esa manera.

«Cinco o seis ya habían sido empollados y las grotescas figuras que brillaban sentadas a la luz del sol bastaron para hacerme dudar de mi cordura. Parecían pura cabeza, con cuerpos pequeños, cuellos largos y seis piernas o, según me enteré más tarde, dos piernas, dos brazos y un par intermedio de miembros que podían servir tanto de una cosa como de otra. Los ojos estaban en los lados opuestos de la cabeza, un poco más arriba del centro, y sobresalían de tal forma que podían apuntar hacia delante o hacia atrás y también en forma independiente uno del otro, lo cual le permitía a este extraño animal mirar en cualquier dirección o en dos direcciones al mismo tiempo, sin necesidad de mover la cabeza».

Esta curiosa descripción pertenece al instante en que John Carter, recién llegado a la superficie de Marte, conoce a los impresionantes Hombres Verdes, una de las razas más belicosas, sanguinarias y temidas del planeta. Poco a poco, y en los distintos volúmenes de la saga, irá descubriendo las maravillas que oculta su nuevo hogar, y que sólo él en toda la Tierra llegará a conocer: Hombres Rojos, Hombres Negros, Hombres Amarillos, diosas encarnadas, cuerpos sin cabeza y cabezas sin cuerpo, hologramas dotados de vida y un sinfín de otros conceptos increíbles. La grandeza de Burroughs reside en su capacidad para relacionar estas locas ideas entre sí y crear genealogías, naciones y personajes tremendamente humanos, cada uno con la personalidad más adecuada a su origen. Tars Tarkas es el caudillo de los Hombres Verdes, por tanto posee sus seis miembros, su afición a la guerra y su espíritu combativo, pero a la vez es de alma noble y llegará a convertirse en el mejor amigo de John Carter. Esa es una de las claves del entorno narrativo: cada personaje es hijo de su tiempo y de las circunstancias que le han tocado vivir, de manera que no pueden actuar igual un Hombre Verde que uno Rojo, o un despiadado agente de la KGB en el Berlín de 1973 que un niño ratero del Londres de la Revolución Industrial. Pero luego está la propia naturaleza de cada uno, que puede llevarle a superar sus obstáculos (y alcanzar un final feliz) o entregarse a su destino (que también puede ser feliz, o no).

Uno de los trabajos más complejos del escritor consiste en conocer perfectamente el entorno narrativo en que se mueve su historia: si es un pueblo medieval norteafricano pegado a la costa, una montaña prehistórica, una selva amazónica de finales del siglo XX o una estación espacial del futuro lejano. Tendrá que determinar cuáles son los idiomas, la moneda y la política de esas sociedades, la manera de hablar, las armas que emplean o las relaciones entre los diferentes estamentos. No tienen nada que ver, en esas cuestiones, los adolescentes españoles de 2018 con los de un siglo antes, ni los asesinos a sueldo de la Sudáfrica actual con los de la Nueva York del siglo XIX.

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Esta labor de  «construcción de mundos» (de ahí el término «worldbuilding») es especialmente importante en la novela fantástica, donde todo hay que construirlo desde cero, pero en realidad se extiende a cualquier género literario.

Se basa en varios ejes fundamentales:

  • Clima: El primer paso consiste en organizar las regiones climáticas en que se divide un territorio, que incluirá montañas, valles, ríos y mares. Solo con eso ya podremos tener algunos elementos claros, tales como la humedad o desertificación de ciertos territorios, el acceso a agua salada con que contarán sus habitantes o las fronteras naturales. Temperaturas, vientos, mareas o estaciones del año aparecen en este apartado.
  • Política: Razas, pueblos y naciones. Su diversidad vendrá inevitablemente mediada por el punto anterior, ya que todos los pueblos de la Historia de la Humanidad (y todos los que están por venir, me permito a adivinar) desean establecerse en las regiones de clima más benévolo, mejor acceso a agua potable y alimentos, y más defendible de sus enemigos. Si esto no ocurre, el escritor debe explicar por qué, como hace Vázquez-Figueroa en su novela «Tuareg», donde justifica que los nómadas del desierto sientan querencia por el lugar más inhabitable del mundo.
  • Lenguas: Unido íntimamente al punto anterior. Cada pueblo utiliza su lengua, que con frecuencia intenta imponer a los demás. La lengua es una vía para el intercambio de información y bienes. Por tanto, habrá unas más empleadas que otras, y eso será consecuencia del grado de aislamiento o relaciones de un pueblo.
  • Economía: ¿De qué viven esos pueblos? ¿Y hasta qué punto han llevado su desarrollo? Puede tratarse de una pequeña aldea costera que se alimenta de lo poco que pesca, de una gran ciudad minera o de una estación espacial junto a un agujero de gusano; y la vida de sus habitantes, en cada uno de esos casos, estará marcada por ello. También la diversidad racial, ya que las urbes económicamente más fuertes suelen atraer a gentes muy variadas (y, como vimos antes, la diversidad racial lleva a la coexistencia de lenguas diferentes y al uso inevitable de una lengua común, que prevalece).
  • Estructura social: El desarrollo de la economía local suele ocasionar la formación de clases sociales distintas, marcadas por la posesión de riquezas. Pero también puede ser que el criterio que marque esas clases sea la raza de origen (castas) o la religión que profesen (como en la persecución de los judíos por parte de los Reyes Católicos). Pero en el fondo todo tiene que ver con el dinero (las castas superiores acumulan las riquezas, y los judíos eran prestamistas ricos cuando los expulsaron de España), de modo que las otras razones pueden ser solamente excusas.
  • Creencias religiosas: La religiosidad es una necesidad del ser humano, que, desde que desarrolló su inteligencia, empezó a preguntarse por el sentido de la vida y si existían seres superiores que lo conocieran. Los ritos funerarios y las súplicas a seres superiores están presentes incluso en los pueblos más primitivos, de modo que el escritor también tendrá que detallar esto en su novela. Las sociedades más evolucionadas crean religiones más elaboradas, con panteones llenos de dioses, lugares sagrados, libros donde están escritos sus preceptos y enormes templos en los que reunirse. La religión no es solo una cuestión de fe, sino que tiene una función social y otra íntima, y además es una forma de controlar a la sociedad y obtener riquezas.
  • Historia: Todas estas nociones se transforman con el paso del tiempo. Los imperios cambian y se extinguen, y suelen llevarse consigo su lengua, su moneda y a sus dioses, aplastados por el imperio vencedor. Sin embargo, algo siempre queda, sobre todo entre los miembros cultos de la sociedad (que aprenden de los que estudiaron otros antes que ellos) y de las clases más bajas (que seguirán utilizando vocablos y armas de tiempos anteriores, mezclados con los nuevos). Pueblos diferentes sólo se relacionan entre sí por dos vías: o el comercio o la guerra. El primero determina épocas largas, tranquilas y de gran avance científico; mientras que la segunda provoca rupturismo, inestabilidad y miedo en la sociedad. Y recordemos que la Historia siempre la escriben los vencedores.

 

Estos siete mandamientos del entorno narrativo se resumen en dos:

  • Coherencia: Por mucho que en una novela aparezcan poderes mágicos, animales cyborg o viajes en el tiempo (o todo ello junto, como en una locura que escribí yo mismo hace años), las reglas por las que se rige ese mundo deben ser coherentes, y el escritor debe respetarlas en todo momento. Un caballero británico de 1873 no puede solucionar una duda consultando en Google, o en algún momento tendrá que explicar muy bien cómo lo ha hecho.
  • Quien manda en un libro es la historia, no el entorno narrativo: Todo, todo, todo, todo lo que aparezca escrito debe estar al servicio de la historia, no del entorno, de los personajes o (lo que es muy común) del lucimiento del autor, como ya aparecía en este artículo. A nadie le importa un listado de razas, costumbres y pasado de ese mundo si toda esa información no va a influir en la historia. Edgar Rice Burroughs escribió once novelas sobre Marte, y en cada una aparecía una raza nueva. No habría tenido sentido presentar en la primera novela de la serie al pueblo al que se iba a enfrentar John Carter en la última.

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