La ambientación histórica en la novela de aventuras.

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El pasado 8 de abril fue el cumpleaños del profesor Bartolomé Bennassar, uno de los mayores expertos mundiales en la Edad Moderna y la Edad Contemporánea, y por eso publiqué una reseña en «Vigo é» de su obra más reputada: «El galeote de Argel» (puedes leer el artículo en este enlace).

Ahora toca hablar de un tema muy, muy importante a la hora de escribir novela de aventuras: la ambientación histórica. ¿Por qué hay tantas novelas de este género ambientadas en el pasado? ¿Es que ya no hay imaginación más que si miramos hacia atrás?

Hay tres elementos fundamentales que caracterizan a la novela de aventuras (ya traté sobre ello, hace algún tiempo, en el artículo «10 consejos para escribir novela de aventuras» que puedes leer en este enlace): el ritmo narrativo (qué es lo que pasa), los personajes (por qué pasa) y el entorno o worldbuilding (cómo pasa).

  • Los personajes son la base de la historia. Todos (pero sobre todo el/los protagonista/as) deben mostrar tres elementos de forma clara: un objetivo (busca/an algo), una motivación (hay una/as razón/razones para ello) y un conflicto (aparecen obstáculos para que no lo consiga/an). Es la «clave OMC».
  • El ritmo narrativo tiene que ser rápido. La aventura se define por la acción y el riesgo, y ninguna novela de este género puede desperdiciar páginas. Es la diferencia básica con otros géneros narrativos, que se permiten dedicar más tiempo a la caracterización, los sentimientos o las descripciones. Todo eso en la novela de aventuras estará claramente supeditado a la emoción de la trama central.
  • Y llegamos al entorno narrativo, que será exótico. El propio concepto de la aventura conlleva que el/los protagonistas se encuentren en un ambiente que no es el suyo, lo cual genera riesgo, y aun así tendrá/án que superarlo para obtener su objetivo. Por identificación, el lector sentirá ese mismo riesgo por medio de la exploración de ese ambiente extraño. Puede tratarse de un remoto pasado, una región inexplorada, un futuro salvaje u otro mundo. Puede ser incluso que el/los protagonista/as ya dominen ese lugar o situación (como un policía o un soldado, que han sido entrenados específicamente para esa tarea), pero aun así la aventura exige que afronte/en retos que en principio le/es superan, para acabar triunfando.

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Ejemplos hay muchos, y sobre algunos de ellos ya he escrito artículos, en esta misma página o en «Vigo é»:

  • «El galeote de Argel», de Bartolomé Bennassar: Trata sobre la vida del hijo de un marino cristiano, que resulta atrapado por corsarios berberiscos a finales del siglo XVI y convertido en galeote, y cómo va poco a poco ascendiendo hasta convertirse él mismo en uno de los más terribles corsarios del Mediterráneo. El protagonista no conoce Argel ni las costumbres musulmanas, de forma que el lector las va descubriendo al mismo tiempo que él, y de paso siente identificación hacia la búsqueda del personaje de su lugar en el mundo.
  • «El caballero invisible», de Valerio Massimo Manfredi: La historia de un caballero andante y su escudero (narrada por éste último) que realizan un viaje a través de la Península Ibérica para salvaguardar una extraña reliquia de los ataques continuados de los sarracenos. El narrador no conoce la región más que de oídas, ni la naturaleza de la reliquia ni su destino, por lo que no entiende el motivo por el que sus enemigos les persiguen de forma tan persistente. El lector se identifica con su extrañeza y, entre lo que él sabe y lo que descubre, se va metiendo en la historia.
  • «La taza de oro», de John Steinbeck: La recreación de la vida del bucanero Henry Morgan, desde una perspectiva mítica y en ocasiones mágica. El protagonista abandona su hogar familiar en Gales y afronta el viaje al Nuevo Mundo, donde espera obtener fortuna y, sobre todo, aventuras. Morgan no sueña con riquezas sino con explorar el mundo. Por eso acaba convirtiéndose en una figura casi mitológica. El lector le acompaña en su exploración de una América no siempre realista (Steinbeck aprovecha la narración para introducir algunos elementos propios muy interesantes) y se identifica con sus anhelos de libertad y realización.
  • «El prisionero de Zenda», de sir Anthony Hope: Curiosamente, el único de esta lista ambientado en su propia época de publicación, aunque en un entorno totalmente ficticio y apartado de lo habitual: la nación ficticia de Ruritania, en el corazón de Europa, que tiene mucho de medieval y de aventurera. El protagonista se embarca en un complot político en una nación desconocida, sólo por ser fiel a su honor, y de paso se enamora de quien no debe (otro tema clásico). El lector viaja con él hasta ese lugar y se identifica con sus altos valores caballerescos, al tiempo que desea que el desenlace sea positivo.
  • «La isla del tesoro», de Robert Louis Stevenson: La novela de aventuras por antonomasia, la gran novela de aprendizaje y también de exploración. El protagonista es un chaval que sueña con la aventura y descubre, por casualidad, el mapa de un legendario tesoro pirata, que se encuentra enterrado en una isla muy lejana. La novela cuenta la manera en que encontró el mapa y la expedición que se organiza para recuperarlo. El protagonista desconoce absolutamente todo: cómo son los piratas, dónde está la isla, qué se va a encontrar, si puede confiar en sus compañeros o no, e incluso (sobre todo) qué clase de persona quiere ser en el futuro. Todas esas incógnitas se irán desvelando a lo largo de los trepidantes capítulos, y el lector se identifica con todas ellas, porque cualquiera que lea esta novela habrá soñado alguna vez con recorrer el mundo en pos de un tesoro, y también se habrá preguntado qué clase de persona quiere ser. Por eso ésta sigue siendo la mejor novela de aventuras de todos los tiempos.

Como vemos, la ambientación histórica no es estrictamente necesaria en la novela de aventuras, pero sí muy conveniente. El escritor debe sacar al lector de sus patrones conocidos y soltarle en mitad de un ambiente hostil, para que no tenga más remedio que seguir la trama, mientras que necesita identificarse con las dificultades de los personajes. El exotismo y la emoción son los pilares básicos de esa construcción, que requiere una ambientación detallada, con el fin de crear verosimilitud. Es un juego delicado, difícil de alcanzar en la medida justa.

Pero es un juego maravilloso: el juego de crear una aventura.

¿Y puede haber algo mejor en el mundo que una buena novela de aventuras?

Más ambientaciones históricas, héroes, villanos y lugares exóticos en este enlace.

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Cómo construir uno de los mejores malvados literarios de todos los tiempos.

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El día 9 de febrero, con motivo del 155 cumpleaños de sir Anthony Hope, aparecía en «Vigo é» este detallado artículo acerca de «El prisionero de Zenda», considerada como una de las mejores novelas de aventuras de todos los tiempos. Esta afirmación no es en vano, ya que Hope pone en marcha en su obra los tres resortes fundamentales del género y los lleva a su máximo esplendor:

  • El entorno narrativo: «El prisionero de Zenda» transcurre en la nación ficticia de Ruritania, en el corazón de los Alpes europeos, un lugar idílico que mezcla los paisajes de montaña, los castillos medievales con su foso de aguas heladas, los pueblitos con tejados de paja y una corte de gran magnificencia imperial (que, por supuesto, oculta un lío de faldas entre uno de sus monarcas y una noble dama británica, algo que no puede faltar en una monarquía que se precie). Las modernas armas de fuego contrastan con los carruajes, los trenes con los caballos, de una manera tan irreal como creíble.
  • El ritmo narrativo: La acción no descansa en esta novela, hasta el punto que resulta casi imposible leer sólo el primer capítulo y no verse atrapado por esa endiablada manera de narrar, en esa trama apasionante de primos lejanos que intercambian papeles y se hallan encadenados por su honor, su amor y sus ganas de fiesta (en el sentido épico de la palabra).
  • Los personajes: Aquí es donde, sin duda, se destaca la maestría de Hope. Rudolf Rassendyll es un protagonista mítico que pasa por todas las fases del heroísmo, emparentadas casi con los doce trabajos de Hércules. Si en el primer capítulo se retrata a sí mismo como vago y ocioso por vocación, el enredo en el que le mete la casualidad pondrá en juego sus ideales, y le obligará a poner su honor por encima de la seguridad de su propia vida, para defender algo tan ajeno a él como es la Corona de Ruritania. Porque, ¿podría un caballero seguir llamándose así si no acudiera en defensa de una causa justa, cuando ésta se encuentra amenazada por indeseables?

Si grande es el héroe, no menos valiosos son sus enemigos: el temido Michael el Negro (capaz de urdir un plan tan ingenioso para alcanzar el trono, tan enrevesado, que hasta la última página mantenemos el alma en vilo por conocer el desenlace) y Rupert de Hentzau (una de las creaciones más agudas de la novela).

Rupert de Hentzau es el villano en la sombra, el ayudante del antagonista principal que termina por robar los focos y ganarse al público. Con su sonrisa pícara y su ágil espada, Rupert es malo porque le divierte (a diferencia de Michael, cuya única ambición reside en el trono, y con él la princesa, que queda reducida a una conquista material más). Rupert disfruta cabalgando, batiéndose en duelo, bebiendo y cortejando damas muy por encima de su posición social, sobre todo la hermosísima Antoinette de Mauban, de quien queda realmente prendado. O quizá no. Quizá Rupert desea a Antoinette sólo porque sabe que no puede alcanzarla, y ese reto imposible le arde en las venas y le demuestra que sigue vivo. Eso es lo que le convierte en un gran villano.

El día en que Michael el Negro alcance el trono de Ruritania, será verdaderamente feliz. El día en que Rupert de Hentzau consiga todo lo que anhela, su vida habrá dejado de tener sentido, y seguramente se suicidará. La búsqueda de placeres es el único motor de su existencia, y para ello los encara con arrojo y una permanente burla en el rostro.

Cuatro años después de la publicación de «El prisionero de Zenda», sir Anthony publicó la secuela, que no se podía titular de otra forma: «Rupert de Hentzau». El magistral villano asumía la parte central de esta segunda novela, y su desenlace no desmereció a la primera.

Grandes actores han encarnado la figura del espadachín sonriente y altanero: Douglas Fairbanks Jr en 1937 y James Mason en 1952.

¿Quién lo hará en el futuro?

Porque no hay duda de que una historia tan grande volverá al cine algún día, y Rupert de Hentzau demostrará de nuevo que es, por merecimiento, uno de los malvados más importantes de la historia de la creación humana.

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