Píldoras de historia: El día en que un jesuita español descubrió las fuentes del Nilo Azul

Para los occidentales, África fue durante siglos un continente sumido en el desconcierto y el misterio. Muchas de sus regiones permanecieron aisladas del resto del mundo hasta épocas recientes y los cartógrafos de Grecia y Roma intentaron, sin mucho éxito, registrar sus principales accidentes geográficos.

Varias expediciones militares intentaron, en época romana, llegar hasta las fuentes del Nilo, pero no fueron capaces de remontar sus cataratas y atravesar la región pantanosa del Sudd, por lo que los mapas de aquel tiempo se limitaban a amplios manchones vacíos de contenido o graciosas figuras de animales que tapaban su desconocimiento. Solo algunas referencias orales o testimonios sin demasiada certeza les otorgaban pistas de lo que sucedía en el interior del continente.

Hoy sabemos que el Nilo es el río más largo de África y el segundo más largo del mundo, después del Amazonas. Sabemos que desagua su caudal en el Mediterráneo a través del conocido como delta del Nilo y que proviene de dos fuentes desiguales: el Nilo Blanco (que nace en los Grandes Lagos de África, en el Gran Valle del Rift) y el Nilo Azul (que se origina en el lago Tana, en Etiopía).

La historia de la región de Etiopía se remonta al año 3000 a. C., por los registros que demuestran que ya existían pueblos asentados allí, pero el conocimiento acerca del origen del Nilo Azul nunca había trascendido. Durante mucho tiempo se pensó que el primer occidental en visitar el lago Tana había sido James Bruce de Kinnaird, un explorador británico que alcanzó su objetivo en 1770. Pero hace unos años se descubrió la historia de un misionero jesuita de origen español que ya había conocido Etiopía siglo y medio antes, y cuyos logros históricos no se limitaron a eso.

Pedro Páez Jaramillo nació en 1564 en un pequeño pueblecito madrileño llamado Olmeda de la Cebolla (lugar que, desde 1953, cambió de nombre por el de Olmeda de las Fuentes, no en relación a los logros de Páez, sino por la propia abundancia de fuentes en el municipio). Hijo de una buena familia de la aristocracia, recibió una educación esmerada, que incluía la equitación, manejo de armas, ciencia y artes.

Por esa época, la Compañía de Jesús ya había logrado una formidable expansión por toda Europa. Fundada en 1540 por san Ignacio de Loyola, contaba con más de mil miembros cuando él murió, en el año cincuenta y seis, y había participado en el Concilio de Trento. Su reputación crecía a una velocidad enorme y muchos hijos de familias hidalgas se unían a ella con la esperanza de colaborar en su obra de evangelización.

Páez entró en los jesuitas en 1582, a la edad de dieciocho años, y se formó en la casa de probación jesuita de Villarejo de Fuentes y después en Belmonte, en Cuenca. Su vocación era servir como misionero y para ello estaba decidido a abandonar Europa y dirigirse a los lugares más remotos, donde deseaba conocer otras culturas y acercarlas al cristianismo. Su primera solicitud fue que lo destinaran a Oriente, pero en esa época corría mucho más peligro la misión en Etiopía. Su primer destino, en 1588, fue Goa, en la India, donde fue ordenado sacerdote. Allí conoció a Antonio de Montserrat, un veterano explorador jesuita que ya había elaborado importantes mapas y tratados acerca de Asia Central.

Juntos partieron hacia Etiopía en 1589, haciéndose pasar por comerciantes armenios. Sin embargo, al llegar a Dhofar, en Yemen, los dos viajeros fueron traicionados por el capitán del navío y vendidos como esclavos. Durante siete años pasaron toda clase de calamidades, los últimos meses como remeros en el mar Rojo, hasta que el propio gobernador de Goa negoció su rescate por orden directa del rey Felipe II. Antonio de Montserrat no pudo recuperarse de aquella experiencia y murió en Goa en 1600, legando al mundo una formidable obra acerca de la historia y las costumbres de Asia, y en concreto un importantísimo mapa del Himalaya.

Páez no se había olvidado de su proyecto de misión en Etiopía y, tras unos años en la India, volvió a partir hacia África en 1603, de nuevo disfrazado de comerciante, pero esta vez solo. Su valor obtuvo éxito y pudo alcanzar el puerto de Massawa, desde donde comenzó su trabajo. Su capacidad para los idiomas, sus conocimientos de artes muy distintas y su gran carisma lograron que impresionara en poco tiempo incluso al rey Zadengel, que se convirtió al catolicismo por mediación suya. Sin embargo, el país sufría una inestabilidad política que terminó en guerra civil y en la muerte en 1604 de Zadengel, que fue sustituido dos años después por el rey Susenyos.

Los jesuitas temían que esos estallidos de violencia les costaran la vida, pero Páez fue capaz de ganarse también el afecto del nuevo monarca, que vio con buenos ojos esa nueva fe. Poco a poco, la Compañía de Jesús extendió sus lugares de influencia, con la construcción de nuevas escuelas y grandes iglesias de estilo europeo. El rey Susenyos se convirtió al catolicismo en 1621 y se sirvió de Páez como embajador ante Felipe II y el Papa, además de ante las otras confesiones religiosas de Etiopía, que finalmente se apaciguaron, en parte por la labor mediadora del jesuita y en parte por las armas del rey.

Páez aprovechó aquellos años para elaborar un impresionante tratado en cuatro libros, llamado História da Etiópia, donde recoge todas las cuestiones culturales imaginables, como la flora, la fauna, las costumbres locales, la geografía o los hechos pasados. La mejor compilación posible del saber de aquella región vino de mano del jesuita, que además reflejó en sus páginas una visita realizada junto al rey, en 1618, a las fuentes del Nilo Azul.

«La gente de este imperio lo llama Abaoai, y tiene su fuente en el reino de Gojam, en una tierra que se llama Sahala, a cuyos moradores llaman Agaus… Está la fuente casi al poniente de este reino, en la cabeza de un vallecito que se forma en un campo grande, y el 21 de abril de 1618, que llegué a verlo, no parecía más que dos ojos redondos de cuatro palmos de largo».

Pedro Páez era un hombre de mundo y conocía perfectamente el valor de lo que estaba visitando, pero en ningún momento se dio crédito por ello. Tan pasajera es la mención de este hecho en la gran obra que escribió que ha pasado casi desapercibida durante siglos.

Hoy sabemos con certeza que Páez fue el primer occidental que visitó las fuentes del Nilo Azul y escribió sobre ello. Ni sus esfuerzos evangelizadores tuvieron efecto a largo plazo ni los jesuitas perduraron en Etiopía mucho más, pero hay que valorar que su intención no era solo cristianizar a otros pueblos, sino conocerlos por dentro, entenderlos, descubrirlos en su forma de vivir. Y en eso, sin duda, tuvo un enorme éxito.

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