Reseñas aventureras: «Rex Steele, Nazi Smasher», de Matt Peters y Bill Pressing.

Hay historias tan divertidas, tan geniales y tan eternas que tienen que volver a la actualidad cada cierto tiempo, pese a todo.

Algo así es lo que les sucede a Matt Peters y Bill Pressing, los creadores de «Rex Steele, Nazi Smasher». Ellos se conocieron durante sus estudios en la Joe Kubert School of Cartoon and Graphic Art, en Dover, Nueva Jersey. Se hicieron amigos al instante y compartieron muchos de sus gustos, entre ellos los seriales cinematográficos de los años 30, auténticas joyas históricas que constituyen el antecedente más claro de las actuales series de televisión. En las primeras décadas del siglo XX se hicieron tremendamente populares esas producciones de unos quince capítulos, con historias tremendistas, aventuras locas, personajes planos y siempre un final abrupto, que dejaba al héroe en peligro mortal hasta la semana siguiente —el famoso cliffhanger, recurso que utilizan casi todas las series modernas—. Cada sábado, los niños de América acudían al cine para descubrir cómo se las había arreglado el protagonista para salir del apuro en el que lo había puesto el villano y en qué nuevas peripecias se vería envuelto. Flash Gordon, Fu Manchú, Terry y los piratas, el Zorro, Buck Rogers, Superman, Batman, el Capitán América, el Llanero Solitario o la Sombra son solo algunos de los muchísimos personajes que disfrutaron de su propio serial, cuando apenas habían pasado unos años desde que el cine contara con sonido.

Peters y Pressing soñaban con homenajear aquellos tiempos simples y puros de la narración, cuando los héroes arreglaban todo a puñetazos y los malos ideaban planes muy complejos que nunca llegaban a funcionar. El día en el que, en la escuela, les pusieron como tarea crear un cómic de tres páginas, ellos idearon a Rex Steele, el defensor de los valores de verdad, justicia y el modo americano de vida. En una época de bandos radicalmente opuestos como la Segunda Guerra Mundial, Rex viaja por todo el mundo desbaratando los planes del ejército nazi, siempre de forma heroica y en el último minuto. Él es la cabeza visible de E.A.G.L.E., una organización americana dedicada a fabricar armamento experimental para la guerra, como la giro–mochila aeromática alfa–9, un ingenio personal que permitirá que los soldados vuelen por sí mismos, sin necesidad de aviones. Rex se ocupa de custodiar la mochila, de la que pretende apoderarse Eval Schnitzler, uno de los mayores genios nazis. El enfrentamiento entre ambos resulta inevitable. Junto a Rex lucha Penny Thimble, la secretaria de E.A.G.L.E., mientras que Schnitzler cuenta con la mano ejecutora de Greta Schultz, una arrogante oficial dispuesta a todo.

Ese es el tono constante en las historietas de «Rex Steele, Nazi Smasher»: la aventura desenfrenada y simplista, con ciudades secretas, experimentos locos y resoluciones fuera de toda lógica. Rex siempre triunfa porque es el héroe, y eso conlleva una evidente burla hacia todo el género, tanto a las versiones de entonces como a las que hemos heredado. Indiana Jones, Rocketeer o Tom Strong son hijos literarios de aquellos seriales, igual que la obra de Peters y Pressing.

Rex Steele vio la luz por primera vez en 1999, en un cómic de solo tres páginas que se incluía en la antología Monkeysuit. En 2004, el director Alex Woo realizó un cortometraje basado en ese cómic, que sirvió para que los autores pudieran finalmente desarrollar al personaje y crear un total de cinco historietas cortas con distintas aventuras del héroe. Estas son las que Aleta Ediciones reunió en 2014 en un único tomo en tapa dura.

Peters y Pressing se ha convertido, con el paso de los años, en grandes figuras de la animación, trabajando para empresas tan importantes como Warner Bros Animation y Pixar. Pero nunca se han olvidado del héroe de mandíbula cuadrada y puños ágiles que crearon en la escuela, solo por diversión, y que luego ha dado tantas vueltas.

«Rex Steele, Nazi Smasher» es un cómic tan divertido que todo el mundo debería leerlo de vez en cuando, solo para desengrasar las neuronas y recordar los tiempos en los que no había más que buenos y malos, y las historias podían enganchar durante semanas, a base de unas buenas peleas y unos finales llenos de sorpresas.

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