Personajes de aventura: Es–Saheli, el granadino que cambió la historia del arte

Poeta, arquitecto y genio. Provocador, libidinoso, adúltero, homosexual y drogadicto. Muchas historias se han contado de Es–Saheli, la mayoría de ellas con el único fin de emponzoñar su figura. Hoy sabemos que era un hombre único, dotado más que nadie para el cultivo de las artes, y autor de obras inmortales que han influenciado a las generaciones siguientes. Sin embargo, pocos lo conocen en la propia tierra que lo vio nacer.

Abú Haq Es Saheli nació en Guadix, Granada, igual que Ibn Tufail —que fue maestro de Averroes—, Al–Haddad y el mártir mozárabe Fandila. Era 1290, una época grandiosa para Al–Ándalus, en la que poetas, arquitectos, floristas, perfumistas y traductores llenaban las ciudades y disfrutaban de un prestigio social bien ganado. El padre de Es–Saheli pertenecía al gremio de perfumistas y además servía como alamín, esto es, como la persona legitimada para cuidar los precios, pesos y medidas de los objetos a la venta. Esto le consiguió una buena posición social, pero aun así aspiraba a más y por ello repudió a su mujer —la madre de Es–Saheli— y se casó con la hija de Osmán, visir del rey Nasr I. Por su parte, Es–Saheli contrajo matrimonio con una hermosa mujer llamada Afiya, de la que estaba muy enamorado. Trabajó como contable de la notaría de la Alcaicería y posteriormente como secretario de la Chancillería Real, al tiempo que empezaba a escribir poemas y a disfrutar de los placeres de la noche. Estas dos últimas cuestiones lo hicieron muy popular en el reino de Granada.

Por desgracia, las conspiraciones estaban a la orden del día. Abdalá, un efebo de la ciudad, y su dueño desarrollaron unos celos incontrolables hacia Es–Saheli, que se había convertido en una de las figuras más conocidas de la sociedad y sin embargo permanecía fiel a su esposa Afiya. Abdalá había sido uno de los mejores amigos de Es–Saheli durante su infancia, y tal vez algo más, pero el poeta ya no estaba interesado en él. De modo que el efebo inició una conjura que hizo que cayera en desgracia el propio visir del rey y con él su hija, lo que arrastró al padre de Es–Saheli. Toda esa nueva familia de su padre quedó en la miseria casi de la noche a la mañana, por lo que el poeta tuvo que acogerlos en su casa.

Poco después, Afiya abandonó a su marido, harta de sus infidelidades y de su extrema afición por el vino y el licor de anacardo, que estaban hundiendo su buena imagen como poeta. No mucho después, los ulemas de Granada —esto es, los teólogos y juristas de la ley sagrada— encontraron que los versos de Es–Saheli eran blasfemos y lo condenaron a diez años de destierro. Su vida había dado un vuelco completo.

Pero el poeta no se rindió en ningún momento y planeó una aventura. Si los ulemas lo habían condenado al destierro, él transformaría esa situación en una oportunidad y aprovecharía para realizar una peregrinación a La Meca, acompañado por su mejor amigo, Jawdar, hijo ilegítimo del notario de la Alcaicería. Ambos se lanzaron a navegar desde Almuñécar, en un viaje lleno de historias asombrosas. En una primera etapa se establecieron en El Cairo, desde donde visitaron Bagdad y Damasco, y aprendieron mucho de las distintas variantes del arte islámico. Jawdar enfermó y estuvo al borde de la muerte, y solo pudo salvarse gracias a la ayuda de un hechicero de Luxor, al que Es–Saheli fue a buscar con la ayuda de una esclava llamada Kohl. El poeta estuvo a punto de morir en el interior de una tumba egipcia, pero finalmente pudo escapar, su amigo se curó de esa extraña enfermedad y la esclava se convirtió en la amante de Es–Saheli, de quien tuvo un hijo. Pero la felicidad no les duró mucho: Kohl también abandonó al poeta, porque su adicción al alcohol seguía siendo la misma que años atrás.

Después de eso, completó la peregrinación a la Meca y allí conoció a Mansa Musa, emperador de Mali, la persona que cambiaría su vida por completo. Musa I de Mali era el gobernante más rico de su tiempo y posiblemente el hombre más rico de la historia. Era el señor del oro del África negra, hasta tal punto que hundió la economía de todos los lugares por los que pasó. En 1324 realizó una peregrinación a La Meca, con el fin de cumplir con uno de los pilares del islam. Pero Musa no fue precisamente discreto en este viaje: se desplazó hasta Arabia con sesenta mil hombres, doce mil mujeres y ochenta camellos, todos ellos cargados con barras de oro, cetros de oro y bolsas llenas de polvo de oro. Durante el trayecto, el emperador ordenó ir regalando todo ese oro a los pobres de las ciudades por las que pasaba, que fueron El Cairo y Medina. Eso cambió por completo la economía local, con un exceso de oro que los países no eran capaces de asumir. El precio del oro se hundió y eso aumentó la inflación hasta unos niveles nunca vistos. Musa, consciente de lo que había provocado, intentó recuperar parte de esos regalos, pero ya fue tarde: los precios se multiplicaron y los efectos del famoso viaje tardaron más de una década en desaparecer.

Pero algunas cosas buenas sí salieron de entonces: Musa conoció a Es–Saheli y lo convenció para que se mudara a su corte, en la región del Sahel, más allá del Sahara. El emperador disfrutaba mucho con los versos del poeta y este no tenía un lugar mejor en el que establecerse. De su amistad surgió una producción literaria increíble, que luego se transformó en arquitectura. Musa le propuso a Es–Saheli que empleara todo el conocimiento que había atesorado para erigir la más impresionante de las mezquitas, allí, en Tombuctú, en el confín del mundo. El poeta no se amilanó y con su esfuerzo no solo consiguió resumir todas las corrientes artísticas que había descubierto a lo largo de sus viajes por el mundo islámico, sino además hacerlas propias, autóctonas. Dio comienzo a lo que después se ha llamado el arte sudanés, con obras tan impresionantes como la mezquita de Djingareyber y el Palacio Real Madugu. Empleando materiales sencillos como el barro, logró un esplendor semejante al de las construcciones de lugares más conocidos, como Damasco. Pero también encontró una personalidad propia, la de la tierra roja del Sahel, que hicieron inconfundibles sus obras.

El poeta convertido en arquitecto obtuvo el justo reconocimiento de sus obras y la inmortalidad. De hecho, hasta entonces era conocido solo como Abú Haq y fue a partir de su trabajo en Tombuctú que empezó a añadirse a su nombre la coletilla de Es–Saheli —o sea, «Abú Haq, el del Sahel»—. Vivió para ver crecer el esplendor de Tombuctú, en parte por sus construcciones y en parte por la fama de «la ciudad del oro» que había creado en el mundo la peregrinación de Musa, que ya en su tiempo atrajo a numerosos mercaderes europeos y que se extendió hasta el siglo XIX, con los viajes de los exploradores blancos.

En Tombuctú, Es–Saheli conoció a una joven negra que cayó perdidamente enamorada de él y que lo cuidó por el resto de sus días. Murió en 1346, en la misma mezquita que había sido el culmen de su creatividad, y que hoy es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Desde ese tiempo, la ciudad de Tombuctú ha pasado por muchas manos y han sido unos cuantos los señores de la guerra que la han conquistado, y con frecuencia arrasado. Pero ninguno se ha atrevido nunca a tocar la mezquita que construyó Es–Saheli, impresionados por su belleza serena e imperturbable, igual que les ocurrió a genios como Gaudí y Barceló. Sin embargo, la figura del poeta y arquitecto granadino permanece injustamente olvidada en su tierra natal, que solo en los últimos años empieza a dedicarle los homenajes que sin duda lleva tiempo mereciéndose.

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