«El husmo de la tierra», de Fran Zabaleta, o la arquitectura de catedrales convertida en novela

Medievalario

Decía John Byrne, el guionista y dibujante de comics canadiense, que un autor nunca debería hacer una crítica del trabajo de otro, pues cada producción es el resultado de unas premisas, unas condiciones y un esfuerzo muy determinados, que rara vez pueden ser juzgados desde fuera, por lo que lo más que debería opinar ese autor es que «él no habría escrito lo mismo».

Estos días he terminado de leer  «El husmo de la tierra», de Fran Zabaleta, y me queda tremendamente claro que yo nunca habría escrito algo así.

«El husmo de la tierra» es la tercera novela corta de las cuatro incluidas en el libro «Medievalario», que este mes se encuentra de promoción en Amazon, en lo que se denomina  «El mes indie» (escribí una maravillosa reseña sobre «El bando perdedor» en este enlace). Ahora bien, yo que tú leería con atención esta crítica antes de embarcarte en la obra. No va a ser un comentario del tipo de «Qué bueno es» o «Me ha encantado» y ya está. Para nada. Hoy va a haber sangre.

«Medievalario» pretende, como su propio nombre indica, no tanto contar una historia determinada sino más bien servir de muestrario de personas y actitudes de la Edad Media. Por esta razón los personajes son tan importantes como los diálogos, el entorno narrativo, las descripciones y, muy especialmente, los silencios. Los protagonistas rara vez están dispuestos a contar sus verdades, pues más que eso, las sufren. Los hechos son crueles; los encuentros, teñidos de sangre. Y casi nunca ganan los buenos. Muy demostrativa es la escena en la que un juglar y su aprendiz viajan a lo largo de un camino en un carro de heno. Los lugareños encuentran a los dos peregrinos y les piden comida, a lo cual accede el juglar. Sin embargo, uno de los labriegos lo mira desconfiado: «Si nos da dos panes, es que tiene diez». Y eso desata una tormenta de violencia gratuita, sangre de inocentes derramada y un destino horrible para los supervivientes. Sin un porqué más que el hambre y la desesperación. Sin una razón moral que lo justifique.

El título del libro alude a los famosos bestiarios, colecciones ilustradas de animales y fauna que se hicieron muy famosos durante el Medievo, en unos casos reales y en otros legendarios o directamente inventados. Grandes autores desde Aristóteles a Jorge Luis Borges realizaron bestiarios, siendo adoptados por el cristianismo durante la Edad Media como una forma de enseñanza moral de sus fieles. En los tiempos del oscurantismo, cuando apenas nadie sabía leer ni escribir, y la única enseñanza que recibía el pueblo era a través de los sermones del párroco o de la tradición oral que les contaron sus padres, los bestiarios eran una buena herramienta para extender el conocimiento. Filósofos y científicos de la época vertían allí todo su saber, casi siempre ligado a una moraleja. Teniendo en cuenta que la Iglesia personificaba la Palabra de Dios en la Tierra, cualquier medio escrito debía reflejar las bondades morales del cristianismo y, del mismo modo que ocurrió con el arte, la ciencia se volvió sacra. Cada animal y planta, reales o ficticios, estaba acompañado por una lección de buenos y malos, y a veces incluso de ambos.

Esto es exactamente lo que Zabaleta traslada a su libro, en un muestrario de monjes, caballeros, labradores y reyes que no desmerece de aquellos espectáculos de monstruos que iban de pueblo en pueblo. Los diferentes estamentos sociales de la época son reflejados con una objetividad fría, con la descarnada crueldad de quien conoce bien de lo que habla y se divierte escandalizando a la moral del presente, tan alejada (en apariencia) de aquélla. Matanzas, violaciones, abusos infantiles, torturas a animales y traiciones a cualquier valor ético imaginable aparecen entre sus páginas con la naturalidad con que lo hacían en la Edad Media, eliminando de la narración todo atisbo de la visión moral de su creador; algo, por desgracia, muy típico en la novela histórica, que suele querer entender el pasado a través de los conocimientos y la ética del presente, lo cual lleva sin remedio al fracaso o al maniqueísmo. No, aquí no verás nada de eso: aquí los personajes actúan como les viene en gana y les permite su estamento, sin preocuparles conceptos estúpidos como lo que esté bien o lo que esté mal.

Y ésa es otra de las rarezas de esta novela, porque en ella hay buenos y malos, y hay lecciones morales (como debe tener todo bestiario), pero son los de su época, no los de la nuestra. No son héroes ni malvados según creamos nosotros, sino según lo creían ellos, lo que los convierte en seres bastante más egoístas, salvajes, violentos y terribles de lo que podríamos llegar a imaginar. Y los hechos rara vez ocurren como pensaríamos. No están demasiado marcadas las estructuras narrativas, no se le ven las costuras al tejido de la ficción, sino que las escenas, como aquélla del juglar y su azaroso derramamiento de sangre, obedecen a lo despiadado de los hombres que se ocultaban en cada camino, y al escaso valor que se le otorgaba a la vida en cualquiera de sus formas. Cuando el mundo es una jungla cruel de guerra perpetua, a nadie le importa lo más mínimo cuál de los personajes sobreviva. Y con esa intranquilidad vive el lector de «Medievalario».

La otra característica fundamental es el detenimiento con que se construye la historia, sin artificios, con la lentitud parsimoniosa de aquellos maestros de obra que legaban su vida a una gran construcción: un impresionante templo, una catedral que resistiera el paso de los siglos (y que, en la mayoría de ocasiones, tendrían que rematar sus hijos, o incluso sus nietos). No es vana la imagen que aparece en «El husmo de la tierra», cuando el abad Todorero utiliza las ganancias obtenidas del pueblo para costear la construcción de un formidable templo de piedra, con un doble fin: engrandecer la imagen de la Iglesia de Roma y cobrar unos buenos maravedíes a los peregrinos que transiten por su aldea. El cielo y la tierra, unidos en una sólida estructura que resista el paso del tiempo. Y así es justamente como Zabaleta construye su novela: pendiente de cada capitel, cada arquivolta, cada vidriera. Edificando frente a tus ojos pero sin que seas capaz de vislumbrar la grandeza del conjunto hasta que lo termina. Como si la imagen global sólo estuviera presente en su cabeza, y la descubriera poco a poco, columna a columna, hasta deslumbrarte.

fran-zabaleta

Y en realidad éste ha sido también mi principal problema con la obra. Cuando me lancé sobre «El husmo de la tierra», yo venía de leer «El capitán Tormenta», de Emilio Salgari, que es puro nervio, pura acción, puro in medias res. Salgari escribía con la furia de un titán y la rapidez de un ave de presa, que no da ni una vuelta más de las necesarias y se apresura por atrapar a su víctima. Sus libros son aventura desenfrenada, desde el cañonazo en la primera página al desesperado abordaje en la última, y apenas deja tiempo para la minuciosidad de los constructores de obra. Y creo que yo también soy un escritor de ese tipo, mucho más de nervio que de introspección, más de batalla que de templo.

Cuando publiqué «La reina demonio del río Isis» (ya de paso, vamos a hacer un poco de autobombo), hubo una frase en la promoción que siempre me pareció especialmente lograda: «… una novela histórica de aventuras, pero más Salgari que Ken Follet». Y es exactamente eso: Fran Zabaleta es a Ken Follet lo que yo soy a Salgari, él es a la meticulosidad de un armador de puzles lo que yo soy al niño que los rompe y esparce las piezas por todos los rincones de la casa.

Por eso nunca tuve paciencia para armar puzles.

Y por eso nunca podría escribir algo como «El husmo de la tierra».

(Sí, sí, ya sé que prometí que habría sangre, así que os doy la receta: ¡abrid «Medievalario» por cualquier página y la tendréis a borbotones!!!!). 

Más puzles narrativos, más locuras y aun mejor escritas en este enlace.

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